Mandel sobre la Segunda Guerra: una interpretación imprescindible

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MILLAN

 

ANDREA ROBLES

CEIP León Trotsky.

Número 25, noviembre 2015.

 

Dentro de la abundante literatura sobre este acontecimiento clave del siglo XX, este libro ofrece una de las pocas interpretaciones marxistas, independiente de ambos campos imperialistas, del fascismo y los Aliados (la alianza de los imperialismos “democráticos” y la Unión Soviética), a la que la socialdemocracia y los partidos comunistas se subordinaron. Además de ser dirigente de la IV Internacional, perseguido y apresado durante la Guerra, Mandel, reconocido por el rigor teórico de sus numerosos libros, se apoya aquí en la tradición de Lenin y Trotsky y el marxismo revolucionario de los convulsivos cuarenta años previos, para quienes la Primera Guerra Mundial había dado cuenta del cambio de época respecto de la que vivieron Marx y Engels.

La época imperialista daba lugar a tres fenómenos vinculados, no automáticamente pero sí inherentes a las propias contradicciones del capitalismo en decadencia: las guerras, las crisis económicas y las revoluciones. Alejado de cualquier mecanicismo sociológico, económico o geoestratégico, parte de la teoría más avanzada, de las elaboraciones sobre el resultado de la Primera Guerra y la preparación posterior, de una perspectiva interesada en el triunfo de la revolución que volvería a emerger de las entrañas de la nueva Guerra –derrotados los intentos en la década de 1930–, tal como efectivamente ocurrió [1]. Ernest Mandel continúa esta tradición para abordar El Significado de la Segunda Guerra Mundial y, por tal motivo, presenta un interés tanto para estudiosos como para cualquier lector interesado en el tema, ofreciendo una obra excelentemente bien escrita, fundamentada y sintética que desentraña muchos de los paradigmas del mundo de las últimas siete décadas.

Desde este ángulo podemos decir que Mandel retoma y desarrolla aspectos claves de la teoría marxista en los distintos capítulos que dedica a los objetivos de la guerra, las causas inmediatas, las fuerzas sociales en juego, la estrategia, los momentos de cambios decisivos, el resultado y hasta los vinculados a los recursos, armamento, logística, ciencia y administración.

Uno. Derivado de la estrategia donde, a la luz de la famosa frase de Clausewitz, “la guerra es una continuación de la política por otros medios”, el autor remarca la naturaleza de clase del Estado que hace la guerra y sus intereses, que determinan las consideraciones militares y geopolíticas; la clase dominante nacional está condicionada decisivamente por la relación de fuerzas sociales y materiales. Retoma a Franz Mehring, quien define que “la guerra no es una cosa en sí misma, que posea su meta propia; es parte orgánica de una política a cuyas conjeturas permanece unida y a cuyas necesidades tiene que adoptar sus propios logros”. Así como a Lenin, que señala que la guerra de 1914 era “una continuación de la política de las grandes potencias y de las principales clases dentro de ellas”. En cuanto a la correlación de fuerzas, Mandel señala otro elemento, subestimado por la mayoría de las potencias y de mucho peso en la elección racional de las prioridades de un gobierno en la utilización de sus recursos: lo que el enemigo intenta hacer. Son elementos que componen la relación de fuerzas total de un Estado en guerra, de donde emana la decisión de una estrategia ofensiva o defensiva.

Dos. Vinculado al verdadero carácter de la Segunda Guerra, mayoritaria –y erróneamente– definido como un enfrentamiento entre democracia y fascismo, para Mandel solo puede ser comprendido dentro de la tendencia imperialista por el dominio mundial, cuyo resultado definió el patrón particular de acumulación para todo un período. Se trata de una guerra de carácter interimperialista por un nuevo reparto del mundo y expresa, en definitiva, una sed insaciable de plusvalía que tuvo en “la resistencia de las clases obreras a la tendencia hegemónica de la burguesía y la joven República Soviética (…) formidables obstáculos en la prosecución de los designios imperialistas”. En este sentido, se puso en evidencia la estrecha relación entre las guerras imperialistas, de liberación nacional en las colonias y semicolonias, así como revolucionarias, tanto en la defensa del Estado obrero o como resultado del enfrentamiento de la clase obrera contra la burguesía en los propios países imperialistas.

Tres. El autor muestra cómo las revoluciones en Yugoeslavia y Grecia, la insurrección en el norte de Italia, la generalización de la Resistencia en Francia y otros países europeos a partir de la caída de Mussolini y la derrota decisiva alemana en la batalla de Stalingrado a inicios de 1943 replantean los objetivos de ambos campos. Conseguido el triunfo sobre el Eje, los Aliados occidentales tendrán que derrotar los procesos revolucionarios, cuestión que no lograrán en su totalidad aunque sí en el decisivo escenario europeo, mediante la combinación de ataques y bombardeos a poblaciones civiles –las más conocidas, Hiroshima y Nagasaki– y planes de salvataje económicos de posguerra. El rol del Kremlin –que se adjudicó el triunfo sobre la Alemania de Hitler, en realidad fue resultado del heroísmo del pueblo soviético– y los partidos comunistas en estos procesos de resistencia y revolución, fue el engranaje indispensable para garantizar la continuidad del imperialismo.

Desde el punto de vista ideológico, en el capítulo específico dedicado al tema y en los anexos, el autor debate tanto con la principal arma que usaron los Aliados, el antifascismo, como con quienes sostienen la exclusividad hitleriana del racismo extremo, que Mandel ubica congénitamente vinculado al colonialismo e imperialismo institucionalizados. Debates que lejos están de haber quedado en el pasado.

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