Macri y el espejismo de la CEOlogía

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PAULA VARELA Y GASTÓN GUTIÉRREZ

Número 27, marzo 2016.

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Macri hizo campaña electoral con la infantería de las ONG pero terminó gobernando con los tanques de los CEO. Devaluación, inflación y despidos son las nuevas palabras del relato que Macri enunció, deletreó o balbuceó, para explicar por qué la “catástrofe kirchnerista” dejó cuentas que no cierran sin ajuste1. La táctica electoral duranbarbista dio paso a la estrategia de los grandes monopolios y, en ese giro, el lugar de los CEO no es simple venalidad.

 

Vocación de servicio

Beatriz Sarlo señaló que Macri y su gobierno tienen un “vacío simbólico” que lo despoja, por ahora, de un relato2. Otros quisieron ver en el discurso de apertura de la Asamblea Legislativa el comienzo de reversión de ese vacío: los liberales como recurso necesario para justificar las medidas más impopulares, los kirchneristas como invención de una catástrofe que no sucedió para poder justificar un ajuste innecesario. Sin embargo, la argamasa más profunda del nuevo relato en ciernes reside en la ideología que Marcos Peña (perdón, “y equipo”) utilizan en la comunicación del nuevo gobierno. Ésta se despliega en las redes sociales y los grandes medios, pero tiene su materialidad en el peso desorbitado de gerentes y representantes directos del capital en los principales puestos de gobierno. La idea es simple: nadie mejor que ellos para transmitir un nuevo ethos que anuncia la era de la “modernización del Estado” basada en una administración racional del erario público. Aunque la descripción de tal empresa fue más bien pobre: un dudoso combo de algunos documentos on-line por venir y muchos despidos que ya llegaron, la transformación del “Estado de los parásitos” en el “Estado de los gestores” es el nervio ideológico principal del nuevo gobierno. Este nervio permite leer dos cosas que exceden al propio PRO (y mucho más a Marquitos). En primer lugar, la persistencia subterránea de la crisis de las castas políticas de los partidos tradicionales que el kirchnerismo vino a suturar post 2001 a fuerza de estatalismo. En segundo lugar, la fragilidad de esa sutura que hace que hoy, 15 años después, vuelva a aparecer bajo la forma del hastío de los parásitos que viven del Estado. El PRO es el intento de sutura por derecha de la crisis de las castas políticas y su relato es el de la modernización de los expertos en gestión. Así lo exaltó La Nación en su habitual sermoneo editorial:

Con su equipo de fogueados administradores –que, además, son llamativamente jóvenes– el presidente de la Nación está poniendo en práctica una nueva forma de gestionar el Estado. Una forma donde los funcionarios no se servirán de él, sino que entregarán lo mejor de sus experiencias profesionales para mejorar la vida de los argentinos. Aunque, al hacerlo, empeoren las propias3.

Hermosa transmutación en la que los CEO se parecen mucho más a los voluntarios desinteresados de una ONG que a los representantes de las empresas y con ellas, de su impiedad (como lo sabe cualquiera que vea el personaje de Echarri en La Leona). Hermosa síntesis entre la eficacia de los CEO y el voluntariado de las ONG. Si en el relato kirchnerista la defensa de que los empresarios “se la lleven en pala” venía por el lado de concebir un Estado árbitro que los humanizaba con su regulación (y con los recursos del viento de cola), en el relato macrista la defensa de la pala para la misma clase (aunque no necesariamente para los mismos sectores en su interior) viene por el lado de concebir un empresariado cuyos gerentes (no se sabe bien por qué) dejan de defender intereses particulares y pasa a defender los generales. Hay que reconocer que si aquello exigía ya una profesión de fe (sino pregúntele a los trabajadores de Lear cómo humanizó el Estado a los intereses de la multinacional yankee), esto es un salto que ya exige el fundamentalismo. No se conoce, hasta ahora, que la modernización haya empeorado la vida de algún sacrificado CEO; lo que sí se sabe es que en escasos tres meses ya empeoró la vida de más de 20 mil despedidos en el sector público a fuerza de resoluciones ministeriales.

 

Los superamigos

En “¿Por qué triunfó la rebelión de los CEO?” decíamos:

El PRO y su impronta de team leaders pragmáticos es un doble vehículo: de configuración de una nueva casta gerencial del Estado, y de un copamiento directo por las multinacionales del poder ejecutivo. A tal punto eso se volvió evidente en los nombres del gabinete, que Clarín se vio obligado a preguntarle a Peña si no habría “conflicto de intereses” entre los ministros y sus cargos (o sea, entre el interés privado y el “general”). Estos dos problemas llevan a un tercero: la necesidad de aplicar un ofensivo programa de clase4.

Tres meses después, la relación indisociable entre casta gerencial del Estado y multinacionales roza lo obsceno. En un estudio reciente de CIFRA se aportan datos acerca de la trayectoria educativa y laboral de los principales cuadros gubernamentales. Concluyen que bancos transnacionales, producción y refinación de hidrocarburos y servicios (telefónicas, electricidad e informaciones) constituyen las actividades con mayor cantidad de funcionarios5. Alejandro Bercovich señaló en la revista Crisis:

…la fidelidad de los alfiles corporate es, ante todo, con la organización que los convirtió en lo que son. Y la de los empresarios que ponen en riesgo su propio capital, con ese capital que también preserva su lugar privilegiado en la sociedad6.

Efectivamente, la casta de los CEO está incapacitada de afectar aunque sea mínimamente las ganancias de los mundos empresarios a los que pertenecen. ¿O alguien puede pensar que Buryaile (CRA y ex Mesa de Enlace) podría sostener un aumento de las retenciones a la soja?, ¿acaso Aranguren, que empezó como becario en Shell en el lejano 1977, pudiera aunque sea coquetear con tocar la renta petrolera?, y Pancho Cabrera, que fue “expropiado” de su negocio de AFJP, ¿sentirá aflicción por las miserias del sistema provisional?

La Argentina “atendida por sus propios dueños”, como popularizamos en nuestras denuncias desde la izquierda, se ha mostrado prístinamente en estos meses. Y el “conflicto de intereses” que trae ya evidenció un tendal de negocios y beneficios “particulares” que se proponen la (no sencilla) tarea de dejar chiquito el “capitalismo de amigos” kirchnerista. He aquí algunos casos del “capitalismo de superamigos” macrista: Buryaile y la exponencial baja de las retenciones para el agropower, Gustavo Lopetegui (ex CEO de LAN) y el ajuste del presupuesto de Aerolíneas Argentinas (con los preanuncios de despidos masivos), el secretario de comercio Braun (de supermercados La Anónima) y el alza incontrolada de los precios. A lo que habría que agregar la continuidad de Lino Barañao en Ciencia y Técnica y sus vínculos con Monsanto (cosa que los “científicos autoconvocados” de CONICET suelen olvidar). Para tener más casos disponibles, como repiten los amigos de globos amarillos: “hay que darles tiempo”.

 

El Estado “nac&pop” parió a los CEO

La discusión sobre la relación entre el personal político del Estado y los intereses de clase que ese Estado defiende tiene una larga tradición en el marxismo. De allí que cualquier posición que intente resolver el problema al grito de “el Estado es capitalista y punto” o “lo que importan son las relaciones sociales y no las personas” no hace más que festejar un marxismo de gabinete con nula voluntad de intervención política (y por ende, de transformación social). El conocido debate Miliband-Poulantzas7 es un buen ejemplo de la importancia que el marxismo ha dado a la distinción entre naturaleza de clase del Estado (burgués) y origen de clase de su personal político. Repongámoslo mínimamente. En 1969 Ralph Miliband publica El Estado en la sociedad capitalista. El objetivo del libro era oponerse a los teóricos de la democracia liberal que afirmaban que la separación entre propiedad y control (o sea, la separación entre burgueses y CEO) había terminado empoderando (para usar una expresión cristinista) a los managers. Y dado que éstos no tenían intereses como propietarios en sentido estricto (porque no lo son), su conducta no estaba movida por la persecución de beneficios propios sino por el crecimiento general como una suerte de interés común (cualquier parecido con la editorial de La Nación y los CEO del interés general no es pura coincidencia). En este contexto, el Estado dejaba de ser un instrumento de dominación de clase (o sea, un Estado burgués) y pasaba a ser un espacio de competencia de una pluralidad de elites económicas y políticas (entre las que están los managers) que impedía que alguna de ellas impusiera una efectiva dominación de clase. Según estas teorías, dice Miliband, la competencia entre elites, “sancionada y garantizada por el propio Estado, garantiza la difusión y el equilibrio de poder, y que ningún interés particular pesará demasiado sobre el Estado”8. Contra estas teorías (conocidas como managerialismo) es que emprende un estudio empírico buscando demostrar que los sectores sociales entre los que el Estado recluta su personal político (clases medias y altas) comparten intereses económicos pero también ideologías que hacen que, aunque individualmente no persigan un beneficio particular, ese personal sea clave para garantizar la dominación de clase del Estado burgués. Si Miliband emprendiera hoy un estudio empírico similar en Argentina volvería a refutar a las teorías managerialistas (hoy vestidas de CEO-Heidi) y no tendría más que decir: “yo te avisé”.

Ahora bien, es Nicos Poulantzas (sobre el que hemos escrito críticamente en esta revista9) quien apunta (acertadamente) una debilidad del argumento de Miliband y prevé el desvío “empirista” y “subjetivista” que puede tener esta visión de la relación entre personal político y carácter de clase del Estado. Poulantzas sostiene que, si bien la fortaleza del estudio de Miliband es desmitificar cualquier fantasía de neutralidad del Estado, su error consiste en reducir el análisis del carácter de clase del Estado al análisis de su personal político y sus motivaciones personales, en la medida en que este carácter no se juega en el terreno personal (¡puede haber managers con las mejores intenciones!) sino en las relaciones sociales de producción que ese Estado garantiza aunque lo haga a través de un funcionario salido de las filas de los sectores populares.

Es a la luz de estos debates, ampliamente conocidos por Eduardo Basualdo y su equipo (de hecho Poulantzas es una referencia explícita de sus trabajos), que el informe (que provee datos muy interesantes sobre la trayectoria educativa y laboral del actual personal político del Estado bajo el gobierno de Macri) muestra su costado “interesado”. El personal político del Estado no es la única variable de medición de su carácter de clase, ni siquiera de qué fracciones de clase son las hegemónicas en un determinado momento histórico. Más aún, justamente por lo que señala Poulantzas, puede haber momentos en que el personal del Estado puede aparecer contradictorio con los intereses que se benefician efectivamente a través de la política estatal. Un ejemplo de eso es el caso del ex ministro de Economía Axel Kicillof. Si uno se guiara por su trayectoria educativa y laboral (egresado de la UBA, docente e investigador universitario, autor de un libro sobre Keynes, incluso miembro activo de la gremial docente de su facultad), uno no podría menos que esperar de él una serie de políticas rebosantes de beneficios a los sectores populares. Sin embargo, fue Kicillof el personal político que llevó adelante el combo de devaluación y pago al Club de París, mientras festejaba el carácter de “pagadora serial” de deuda externa, tal como se autodenominó la presidenta Fernández. El actual ajuste es la profundización de lo iniciado en el “tramo Kicillof” y, en caso de un triunfo de Scioli, todos los indicios marcaban un rumbo económico similar. Los despidos con represión de estatales de Santa Cruz y Santiago del Estero no hacen más que confirmarlo, aunque quienes los llevan adelante no hayan pasado por la gerencia de ninguna multinacional. Estas son pequeñas muestras de que si bien el banquete de CEO del gobierno macrista no deja dudas sobre el carácter de clase del Estado en la Argentina actual, el razonamiento inverso no es bajo ningún concepto válido. CIFRA parece adherir a distintas teorías del Estado según su conveniencia. Para leer el Estado bajo el gobierno de Macri se vuelve un marxista milibandiano, pero para leerlo bajo su propio gobierno (el kirchnerista) termina abrazando (en nombre de Poulantzas) una suerte de teoría en la que el Estado es el árbitro de bloques de intereses que compiten entre sí, alentando la fantasía (tan común entre kirchneristas) de que ese arbitraje permitiría la transformación del Estado capitalista en un Estado a favor de los intereses populares. No solo el Estado bajo el kirchnerismo fue burgués sin medias tintas, sino que varios de los sectores capitalistas que hoy pueblan la lista de beneficiados por el macrismo poblaron también la lista de los beneficiados por el kirchnerismo. Más aún, la timidez del arbitraje estatalista del kirchnerismo es directamente proporcional a la velocidad con que avanza el ajuste de Macri; y el desplazamiento de la camarilla kirchnerista, con denuncias de corrupción incluidas, a la naturaleza fantasmal de su carácter “popular”.

 

  1. “Entre el sueño eterno y el pantano de lo real”, Lucía Ortega y Pablo Anino, en este número.
  2. En el programa Quiero que me expliquen, 02/03/2016, Canal Metro.
  3. “Un gabinete de CEO”, Ideas de La Nación, 24/01/2016.
  4. Varela, P. y Gutiérrez, G. en IdZ 26.
  5. “La naturaleza política y la trayectoria económica de la alianza Cambiemos”, DT 15, febrero 2016.
  6. “Todo el poder a los CEO”, Crisis 23.
  7. Compilado en Debates sobre el Estado Capitalista, R. Miliband, N. Poulantzas y E. Laclau, Buenos Aires, Ediciones Imago Mundi, 1991.
  8. Ibídem, p. 5.
  9. “Poulantzas: la estrategia de la izquierda hacia el Estado”, IdZ 17 y “Poulantzas, la democracia y el socialismo”, IdZ 19.

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