Los fines de ciclo y el voto a la izquierda

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PAULA VARELA Y ADRIANA COLLADO

N.3, septiembre 2013

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Desde el fin de la dictadura militar, los fines de ciclo, tanto del alfonsinismo como de la convertibilidad, han refractado en un aumento de votos para la izquierda. El MAS de los ‘80 en su coalición electoral con el PC (Izquierda Unida) hizo su mejor elección en el ‘89 alcanzando bancas de diputados1. En 2001, la izquierda en general (IU, PO, PTS, MAS y AyL), logró también una buena elección a nivel nacional y muy buena en la Ciudad de Buenos Aires2. Hoy nos encontramos nuevamente en un escenario electoral en el marco de un fin de ciclo pero con una diferencia sustancial: el agotamiento del kirchnerismo aparece como un hecho cada vez más tangible pese a que no ha desplegado aún una crisis económica catastrófica. Esa es la tendencia que se ha mostrado en las PASO y que es esperable se repita o profundice en octubre. La dinámica de este fin de ciclo parece más bien signada por una creciente desilusión política que se estira en el tiempo y permite observar casi en cámara lenta los armados de sucesión. En ese impasse, se abren interrogantes para la izquierda acerca de su posibilidad de ser no sólo expresión de la crisis del proyecto K, sino también de constituirse en un actor político significativo revirtiendo la tendencia de lo que ocurrió con la izquierda del ‘83 en adelante. En esta nota elaboramos algunas comparaciones entre las elecciones de 1989, 2001 y 2013 a fin de realizar un primer análisis de la elección de la izquierda en las PASO, a la espera de los resultados de octubre.

A lo largo y a lo ancho

El carácter nacional de la elección del FIT y, a través del FIT, de la izquierda en general, es uno de los datos más destacables de esta elección. Si se toma este elemento para la comparación con 1989 y 2001, la diferencia es visible y, como grafican los mapas, la izquierda va ganando carácter de fuerza nacional. Esto abre el interrogante acerca de las posibles hipótesis explicativas de esta extensión territorial y de su importancia relativa para un fortalecimiento de la izquierda como alternativa política.

De la comparación con el fin de ciclo de 1989, lo primero que salta a la vista es que, excepto en La Pampa, en todas las provincias del interior del país ascendieron los votos de la izquierda. Lo segundo es, sin embargo, más relevante en la medida en que permite analizar la relación entre extensión e intensidad del voto. Como puede observarse en el mapa, la coalición IU tenía presencia electoral en el total de provincias del país. Esta extensión correspondía a lo que podríamos denominar una lógica geográfico-poblacional de construcción partidaria del MAS, en combinación con los resabios del aparato del PC que aún intentaba mantener alguna presencia territorial. Sin embargo, si uno mira la intensidad del voto en cada provincia, encuentra que solamente en CABA y PBA (junto con Tierra del Fuego) el voto a la izquierda supera el 5%. Más aún, en la mayoría de las provincias los porcentajes oscilan entre el 1 y el 2%. Si miramos la elección de 2013, encontramos que la izquierda tiene presencia electoral en 20 distritos del país (4 menos que en 1989), pero que la intensidad de esta presencia es cualitativamente superior. Supera el 5% en 10 distritos (CABA, Buenos Aires, Córdoba, Jujuy, Salta, Tucumán, Formosa, Mendoza, Neuquén, Río Negro y Santa Cruz), y en 6 de esos 10, supera el 8%. Este tipo de intensidad en la extensión muestra más bien una combinación entre el “espacio electoral” que ha abierto la crisis del kirchnerismo y la estrategia de construcción de “bastiones partidarios” ligados a procesos de lucha y/organización de sectores de trabajadores y sectores populares. Dicho en otros términos, combinación (no exenta de tensiones) entre “cobertura territorial” e “inserción orgánica” de la izquierda.

Esta relación entre extensión de los votos e inserción orgánica de la izquierda se cualifica mejor si incorporamos en la comparación el fin de ciclo de 2001. Dos elementos saltan a la vista. El primero, que la izquierda tiene presencia electoral en 6 provincias más que en 2001 (Chaco, Formosa, Entre Ríos, La Pampa, Río Negro, Chubut). El segundo, que esta mayor extensión se combina con un aumento considerable de los votos en todas las provincias del interior del país (excepto Santa Fe y San Juan). La explicación de este aumento en el interior del país resulta de la combinación de tres procesos que tienen envergadura nacional, pero que adoptan distinto peso según la provincia: a) el lugar ganado por la izquierda en las principales luchas sociales de los últimos 15 años en el país (desde las luchas contra las consecuencias del neoliberalismo, hasta la recomposición social y gremial de la clase trabajadora expresada en el sindicalismo de base)3; b) la crisis de la centroizquierda, que es una característica general de los fines de ciclo y siempre ha sido explicación del aumento de votos de la izquierda en estos escenarios. IU creció en el ‘89 al calor de la debacle del proyecto alfonsinista, pero también del PI que apoyó la candidatura de Menem. En el fin de la convertibilidad, el carácter cada vez más antiobrero de la Alianza en el gobierno (como centroizquierda realmente existente con el Frepaso en su interior) también aporta al crecimiento de la izquierda (básicamente IU y el zamorismo) como única opción para el voto progresista. El actual agotamiento del ciclo kirchnerista y la imposibilidad de construir una oposición centroizquierdista por fuera del FPV (debido a que las “banderas” de este sector las levanta el propio gobierno en decadencia) producen un doble proceso: las alianzas de tipo UNEN en CABA que traccionan votos de descontento con un perfil republicano, y un traslado de votos al FIT y al resto de la izquierda.

Este traslado sería un error leerlo como “puro voto prestado” en la medida en que es parte también de los “dividendos” que obtiene la izquierda por su presencia en las luchas sociales y políticas a nivel nacional que mencionamos más arriba; c) el impacto del FIT en 2011 que se posicionó como “la izquierda” a nivel nacional a través de la campaña contra el carácter proscriptivo de las PASO y de su combinación con la campaña programática, constituyendo un perfil diferenciado de izquierda clasista. A continuación daremos ejemplos de distintas provincias en que estos procesos juegan de forma diferenciada y en combinación. En Salta y Jujuy, cada fin de ciclo implicó un aumento significativo y acumulativo de la influencia electoral de la izquierda. Ambas provincias, desde mediados de los ‘90 en adelante, han sido vanguardia de luchas sociales contra la privatización y los efectos del “neoliberalismo” y la izquierda ha tenido presencia en ellas. Desde 2003 en adelante, estas provincias fueron también escenario de las luchas “de la recomposición social y gremial de la clase trabajadora” a través de los conflictos docentes, de estatales y de los ingenios en Jujuy. Esto ha permitido que el FIT haya ganado presencia electoral ya desde 2011 (incluso antes en Salta, donde hay un diputado provincial del PO desde 2009) y pegue un salto en 2013, en que una de las “revelaciones” de la elección ha sido el candidato Alejandro Vilca del PTS. En el caso de Jujuy es muy interesante la lectura regional de los votos que permite medir relativamente la relación entre esta participación orgánica en

las luchas sociales y la influencia electoral, como puede observarse en los resultados en los ciudades obreras de Palpalá (10,72%), Ledesma (7,4%) y San Pedro (6,21%). Se combina con este proceso, el hecho de que en ambas provincias la crisis del kirchnerismo sin una centroizquierda que pueda capitalizarla transfirió una serie de votos de ese espacio hacia la izquierda. En Mendoza, una de las provincias en que más sorprendió la elección del FIT (7,61%), la situación parece responder más a la dinámica entre espacios político-electorales, en la que el FIT capitalizó el voto de rechazo a la casta política (con la apuesta por un joven candidato como Nicolás Del Caño) y al régimen conservador de la provincia (que se manifiesta en la reconstrucción de la UCR). Si se observan los votos que perdió el kirchnerismo entre 2011 y 2013 (127.000) y los que ganó el FIT entre una y otra elección (58.400), se observa que el FIT traccionó la mitad de los votos que perdió el FPV (los de la “desilusión por izquierda del kirchnerismo”), mientras la UCR traccionó la otra mitad (sumando, además, votos que perdió PRO). Esta prevalencia de una lógica de espacios electorales no niega en absoluto, más bien se combina, con un voto ligado a la extracción de clase. Los dos distritos con mejores resultados para el FIT son los dos de composición más obrera: Las Heras (10%) y Maipú (9,45%). En Neuquén es central tener en cuenta dos elementos para entender la elección del FIT en 2013. Por una parte, la existencia de una vanguardia compuesta por estatales, docentes, ceramistas, estudiantes, mapuches, etc., que es muy fuerte en la provincia, particularmente en la capital. Por otra parte, la influencia de la lucha de Zanon, asociada a la izquierda, particularmente al PTS, a lo que se sumó, desde 2011 la banca obtenida

en la legislatura provincial. Esta relación entre voto a la izquierda y movimientos sociales se observa territorialmente en la disposición geográfica de votos al FIT, en la que los barrios populares del oeste de la ciudad de Neuquén el FIT obtuvo cerca del 9%; en el barrio Parque Industrial, un gran dormitorio obrero, superó el 10% (llegando a conquistar el lugar de segunda fuerza debajo del MPN en varias mesas); y más en general, hizo una muy buena elección en las ciudades más grandes, sacando casi el 8% en el departamento de Confluencia (que comprende la Capital, Centenerio, Plottier, Cutral Co y Plaza Hiuncul) –ver gráfico 3–.

 

Un voto menos bronca y más de izquierda

El hecho de que el fin de ciclo kirchnerista que está en curso se desarrolle, hasta el momento, sin crisis económica y del régimen político, también permite cualificar el actual voto a la izquierda. Considerando el voto en blanco y nulo como expresiones distorsionadas de crisis orgánica, y estableciendo la relación entre estos “votos crisis” y los votos de la izquierda, encontramos relaciones completamente distintas en el fin de ciclo de 2001 y el actual. Como puede observarse en los gráficos, en CABA el voto nulo y blanco (sumados) alcanzaron casi el 30% en 2001, mientras que el voto a la izquierda alcanzó poco más del 20% (dos tercios). Si miramos PBA la situación es similar. El voto nulo y blanco (sumados) alcanzaron más del 25% en 2001, mientras la izquierda el 9% (poco más de un tercio). Esta relación permite ver que, si bien los porcentajes de voto a izquierda en 2001 en CABA y PBA son claramente mayores, tienen sin embargo un componente de “voto crisis” que el actual voto es improbable que tenga en la medida que no hay crisis en curso. La actual relación entre voto a la izquierda y voto nulo/blanco, permiten la hipótesis de un voto menos bronca y más de izquierda o, si se quiere, más ideológico-político (ver gráfico 4).

 

Hora de desafíos

Esta primera comparación entre las tendencias señaladas por las PASO y el peso electoral logrado por la izquierda en los fines de ciclo de 1989 y 2001 permite poner sobre la mesa dos peligros que un proyecto de izquierda anticapitalista y socialista como el del FIT debe tener presentes para no recorrer el mismo camino que IU. El primero, el de una extensión territorial disociada de la influencia política en procesos de organización y movilización de franjas de trabajadores y sectores populares. El segundo, el de un crecimiento ligado estrictamente a la crisis (y su consecuente derrumbe de los proyectos centroizquierdistas en los fines de ciclo) sin que este pueda convertirse en alternativa política ante las posibles sucesiones que preparan (también aprovechando los tiempos lentos de este fin de ciclo) las variantes burguesas, contenidas hoy en el peronismo.

Las derivas que tuvo la estrategia de IU resultan suficiente aliciente para estar atentos a estos peligros. El sector que profundizó la alianza con el PC terminó formando el Frente Grande (predecesor del Frepaso-Alianza) y hoy es parte del kirchnerismo; el sector que evitó este camino (MST) terminó en una alianza tan degradante como la anterior: con la burguesía agraria en el “conflicto del campo”, y luego con el pinosolanismo. En cierta medida, el FIT (que se reinvindica trotskista) es resultado de la persistencia de una estrategia de independencia de clase opuesta a la estrategia de alianzas de IU. Esto

no lo blinda, sin embargo, contra los peligros que surgen de la propia tensión entre el terreno electoral y el de la construcción en posiciones estratégicas. La especificidad de este fin de ciclo ralentizado plantea como desafío la utilización del actual momento electoral como plataforma de fortalecimiento de la construcción en fábricas, lugares de estudio y movimientos sociales, pero también como plataforma de politización de dicha construcción contra la tendencia a estrategias corporativas o sindicalistas a las que están sometidos esos ámbitos. Este desafío, que tiene como objetivo de coyuntura las elecciones de octubre, se presenta como el principal debate a desarrollar entre los trabajadores, trabajadoras, jóvenes e intelectuales que apoyan el FIT.

 

1 Luis Zamora ingresó como diputado nacional y Silvia Díaz como diputada provincial por la Pcia. de Buenos Aires.

2 A nivel nacional la izquierda obtuvo 3 bancas de diputados por CABA: Patricia Walsh por IU, y Luis Zamora y Marta Castaño (reemplazada inmediatamente por José Roselli) de AyL. A nivel de PBA, IU obtuvo 2 diputados provinciales y una decena de concejales. Un año antes (elección de 2000 en CABA), Patricio Etchegaray, Vilma Ripoll y Jorge Altamira ingresaron a la legislatura porteña. En 2003, AyL obtuvo dos diputados nacionales por CABA y 8 legisladores porteños, e IU renovó una de sus dos bancas en CABA.

3 Para un análisis de esta inserción de la izquierda a nivel nacional, véase Castillo y Rosso “Apuntes del PTS sobre la construcción de un partido revolucionario en la Argentina”, Estrategia Internacional 28, 2012.

Varela Gráfico 1

Gráico 3

 Gráfico 5

Varea Grafico 6

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Varela Gráfico 2

El peso del FIT

Una de las características de esta elección es la pronunciada diferencia entre el FIT y las otras fuerzas que conforman el “voto de izquierda” en el país. Si se desglosa el 5,77% que sacó el conjunto de la izquierda a nivel nacional, el 73% corresponde al FIT. Si a esto se agrega una mirada territorial, el único distrito donde las otras fueras de izquierda cobran relativo peso es en CABA. Esto es lo que explica que el FIT sea cuarta fuerza política a nivel nacional, y se haya constituido en la “marca de la izquierda” en la Argentina actual.

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La izquierda que te banca

Un dato relevante surge de la lectura de las tres provincias en las que, para la elección de 2013, el FIT ya ocupaba bancas de diputados provinciales: Córdoba, Salta y Neuquén. En las tres provincias hubo aumento de votos en relación a 2011, siguiendo la tendencia nacional (ver gráfico 2). Sin embargo, lo que llama la atención es la proporción del aumento del voto en Neuquén. A diferencia de lo que pasa en Córdoba y Salta, en donde el voto al FIT aumenta poco más de un 30%, en Neuquén este aumento es de más del 100%. Esto tiene una doble explicación. En primer término, la relación entre la izquierda y la vanguardia neuquina que señalábamos antes y el papel de Zanon en esta relación. La llamada “banca obrera” ha sido ocupada estos dos primeros años por Alejandro López y Raúl Godoy, los dos dirigentes más reconocidos de la fábrica ceramista. En segundo término, se explica también por la propia utilización de la bancada que ha operado, de hecho, como expresión política del “movimiento social y de lucha” de la provincia.

El papel jugado por Godoy la semana pasada en relación a la protesta social contra el acuerdo de YPF-Chevron y a la represión ejercida por el gobierno de Sapag (y avalada por el gobierno nacional en forma escandalosa) es la muestra más evidente de esta política de utilización de las bancas legislativas como apoyo y potenciación de los procesos de lucha de clases.

Varela Gráfica 4

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Opinión

Un millón de amigos

Daniel Link

 

Es habitual que antes de las elecciones los círculos íntimos discutan sus intenciones de voto. Como estuve, en los días previos a las PASO, arrastrado por vientos laborales contradictorios, no hablé demasiado del asunto (mi inclinación electoral por el FIT es ya bastante regular) pero me sorprendió que dos amigas (cuyas simpatías están con el poder regente, del que se beneficiaron en los últimos años) intentaran “cambiar” mi voto: “Votá por Zamora”, me dijeron, como si uno, a esta altura del partido, votara nombres y simpatías personales. Me cae bien Luis Zamora, por supuesto, pero desde los tiempos de Izquierda Unida no entiendo lo que hace.

Todavía más sorprendido me sentí cuando algunos miembros de mi familia (cuyos vínculos callaré por temor a represalias laborales) me confesaron, ex post facto, haber votado al FIT. “Persevera y triunfarás” no suena demasiado a un fragmento de discurso de izquierda (de hecho, ningún uso formulaico del lenguaje debería ser parte del repertorio discursivo de la izquierda) pero en este caso me pareció que se aplicaba bien al “batacazo” del FIT: un trabajo sostenido en las instituciones, un discurso coherente (hasta la monotonía, como sucede con las verdades sencillas: “la Tierra rota sobre sí”) y una sutil política de alianzas permitió una performance electoral que ni los propios integrantes del FIT (para no hablar de los charlatanes que se dedican a las encuestas) hubieran previsto en voz alta.

¿Por qué votamos al FIT? Naturalmente, porque compartimos algunas de sus premisas, porque suscribimos algunas de sus posiciones, porque (como decía Manuel Puig) nos gusta la izquierda, y porque nos parece que, en una sociedad arrasada por los últimos diez años de ejercicio de un populismo inconsecuente (porque a la vista está que una cosa es proclamar a bocajarro determinadas preocupaciones y otra muy diferente llevarlas a la práctica), el discurso de la izquierda merece un lugar social (parlamentario, pero también en los medios de comunicación, etc.) adecuado a su potencia de transformación. No se trata de sentarse a festejar el millón de amigos (o casi) acumulado sino de seguir construyendo: políticas de alianza cada vez más inclusivas (sin perder de vista el círculo de tiza que señala qué cosa se corresponde con una esperanza de izquierda y qué es meramente una chapucería o un espejismo), relaciones con los diferentes sectores del electorado cada vez más sólidas, líneas de acción que vayan más allá de los presupuestos teóricos históricamente aceptados de la izquierda (porque no se puede participar de un espacio de izquierda sin revisar permanentemente los propios presupuestos teóricos).

El ciclo de la bonanza económica parece haber cesado y, con él, vuelven viejos fantasmas –la inflación, la deuda externa (que ha estallado en nuestra cara una vez más, y ya van…), la desigualdad social– a los que se agregan otros nuevos: la depredación de los recursos naturales, el envenenamiento de la tierra, el aire y las aguas, y, sobre todo, la sempiterna desilusión que provocan los proyectos populistas cuando se revelan sólo como la máscara más festiva (más carnavalesca, más libidinal) de la desabrida derecha liberal. Todo eso deberá constituir la agenda de la izquierda en los próximos años y de cómo trate todos y cada uno de esos problemas dependerá su suerte. Como hasta ahora las cosas han venido haciéndose bien, es probable que las simpatías por la izquierda (como debe ser) crezcan, y que permitan imaginar un futuro, mucho más que caracterizar dogmáticamente un pasado –que suele ser lo que más se le critica a los sectores que todavía sostienen un sueño, una esperanza, una espera: el final del ciclo capitalista.

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