Los feminismos latinoamericanos

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MABEL BELUCCI

Número 9, mayo 2014.

 

En Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo, Mabel Bellucci recorre la lucha sobre el derecho a la interrupción del embarazo en la Argentina y varios países de América Latina. A pocos días de aparecer en las librerías, presentamos un adelanto que nos envía la autora en relación con los años ’80, que destaca como una etapa de crecimiento del ideario feminista como expresión de pluralidad.

 

A lo largo de esta década, de una u otra manera, las referentes de los feminismos históricos del Cono Sur llegaron a conclusiones convergentes al cuestionar las diferentes opresiones que atravesaban: tal coyuntura les planteaba a las mujeres una necesidad de responder a los nuevos desafíos. Por caso, la paz en Centroamérica, el impacto de las políticas de ajuste del Fondo Monetario Internacional sobre la vida cotidiana y las necesidades básicas, el desarrollo de estrategias de sobrevivencia, las secuelas de las dictaduras militares, las democracias emergentes y el afianzamiento en los órdenes institucionales, entre otras variedades temáticas. La agudización de la crisis económica del continente impulsó a las mujeres a incorporarse masivamente al mercado de trabajo tanto formal como informal.

Las más pobres, en cambio, tomaron bríos para constituir estrategias colectivas en términos de producción, consumo de bienes y servicios1. El movimiento feminista se ensanchó en forma visible y vertiginosa en toda América Latina desde esa década en adelante. “Fue un crecimiento desplegado en las más diversas situaciones: de transición democrática, de democracias acotadas, en situaciones de guerra y de violencia, en propuestas de construcción socialista y en situaciones de profundas crisis económicas”, como se concluyó en la Plenaria Final del V Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en San Bernardo, en 19902.

Mientras tanto, en los países que atravesaron la experiencia traumática del terrorismo de Estado o de guerras, las organizaciones autogestivas por los derechos humanos adquirieron una relevancia política significativa dado su protagonismo a través de acciones comunes. Así se generaron nuevas propuestas de participación, tomas de conciencia, tomas de palabra. En ese marco, las mujeres operaron como figuras con capacidad de resistir el orden violentado por los regímenes totalitarios. De ese modo, se conocieron mundialmente los comités de madres y familiares de presos políticos, sociales y desaparecidos. La necesidad de justicia y verdad aglutinó la búsqueda: la desaparición forzada, los centros clandestinos de tortura, los presos políticos, los refugiados, las legislaciones de pacificación nacional, las matanzas en masa y el pedido de cumplimiento de condenas a los responsables de crímenes de lesa humanidad, representaron algunas de sus banderas más distintivas. Tununa Mercado sostiene:

 

El feminismo en América Latina, en los países donde hubo en esos años las condiciones mínimas para que surgiera, logró decir lo que tenía que decir con diferentes voces. Por cierto, su diversidad es su distingo. Fue un objeto tan contundente, con una densidad y un volumen tan altos y al mismo tiempo con una flexibilidad y una capacidad de infiltración tal que logró implantarse de manera irreversible en la conciencia colectiva3.

 

Entre tanto, la historiadora feminista Marysa Navarro dispone de otra lectura en cuanto al desplazamiento de los feminismos en América Latina, un continente que había permanecido aparentemente ajeno al movimiento de liberación de la mujer:

 

Si bien había grupos feministas en algunos países como México, Colombia o Brasil, no parecía existir un movimiento de proporciones continentales. Los hechos daban ostensiblemente la razón a aquellos o aquellas que veían al feminismo como un fenómeno característico de los países industrializados pero sin futuro en América Latina y a las feministas como pequeñas burguesas que se habían entusiasmado con una moda y no se daban cuenta de que le hacían el juego a los Estados Unidos4.

 

En verdad, estos feminismos nacieron en contextos de dictaduras militares y lucharon codo a codo junto con una diversidad de movimientos sociales por la vuelta de la democracia. En esa batalla cuasi monolítica frente a un enemigo común, se intentaba superar las diferencias entre los propios grupos feministas para mantener una consonancia ante las exigencias del momento, que requería la construcción de una alternativa sólida contra los militares. Existían espacios para todas sin exclusión alguna. Este movimiento, al reflejar una multiplicidad de procesos que expresaron los infinitos y contradictorios contextos en que se incorporaron las mujeres, con esa riqueza y esa potencialidad, contribuyó a enfrentar la cultura autoritaria militar en nuestra región.

También la coyuntura ofreció nuevas oportunidades de intervención por fuera de los ámbitos políticos convencionales que brindaban autonomía suficiente por su falta de estructuras jerárquicas y su diversidad de procederes.

Asimismo, en los inicios de los años ‘80, representaron también una fase de intensa producción intelectual del movimiento a través de la prensa alternativa, las cartillas, tesis académicas, cátedras universitarias, edición de libros específicos, realización cinematográfica, televisiva y radial, separata de suplementos en diarios y revistas, seminarios internos, encuentros nacionales y congresos internacionales. Incluso, organizaron su pensamiento en términos propios y sin más forjaron un universo discursivo desde pautas estrictamente feministas para desembocar, años más tarde, en una epistemología antipatriarcal y frontal contra la heterosexualidad como régimen político.

Como modelo de acción se las ha visto sumamente movilizadas en las primeras filas de una diversidad de luchas: marchas de obreras despedidas, acciones de protesta contra la violencia ejercida hacia las mujeres y menores de edad, grupos de trabajo y talleres de reflexión con refugiadas y exiliadas, apoyo a mujeres violadas y abusadas sexualmente, participación en las marchas de las minorías sexuales y en las movilizaciones en favor de la conquista por el aborto libre y gratuito. En fin, esta década les posibilitó expresar una mayor rebeldía frente al orden que las sometía como una máquina trituradora que siempre va por más. Sin embargo, aunque la cuestión de la pluralidad social, cultural, étnico-racial y geográfica de nuestro continente se hizo presente en los distintos encuentros latinoamericanos y fueron acompañados por un conjunto de reclamos precisos, no hubo un compromiso político por parte del feminismo hegemónico blanco, heterosexual, para derribar el carácter racista tanto en su hacer como en su pensamiento. Sin duda, se presentaron grandes dificultades en la comprensión y en el abordaje de otra identidad por fuera del modelo colonial etnocentrista. Por lo tanto, entre esta identidad y la genérica quedó impreso un vínculo de subordinación. Luego, numerosas profesionales de las ciencias sociales militaron en las filas del feminismo y avanzaron con datos, informaciones y antecedentes, para dialogar más tarde con instituciones receptivas las propuestas que ellas habían elaborado. Aun así, la fuerza de las organizaciones de mujeres era, más bien, una fuerza de resistencia hasta ese momento, si bien las aperturas democráticas de la región ampliaban los espacios institucionales. Por otra parte, ellas salieron de los pequeños grupos para integrarse a organizaciones nacionales más complejas. En aquel tiempo, tuvieron que imaginar ese salto en la medida que, al presentarse en la arena política con un punteo claro de demandas y diagnósticos, ingresaban en el juego gubernamental con la exigencia de constituir áreas de influencia para las mujeres en la formulación de políticas públicas específicas que se intentaban diseñar.

Las peticiones feministas desplegaron una heterogeneidad de cuestiones que, por cierto, superaban las alternativas previstas. Los reclamos se movilizaron en diversas direcciones y propusieron fórmulas disímiles en relación con el Estado, las instituciones y la propia experiencia de resistir. Del mismo modo, esta etapa estuvo cruzada por agendas internacionales de mujeres estimuladas lo suficiente como para ganar espacios y luego presionar hacia el interior de sus propios países. Ahora bien, viniendo de esas canteras concretas, los feminismos de América Latina –varados en procesos de resistencia y luego de interlocución– fueron dimensionados por las activistas y además por las académicas argentinas, que hasta esa época solo miraban hacia el Imperio.

Entonces, los enfoques múltiples a partir del conflicto social y cultural operaron como motor de la crítica transfronteriza, desparramados en un movimiento por fuera del colonialismo blanco y eurocéntrico. En especial, los Encuentros Feministas Latinoamericanos y del Caribe marcaron una ruptura de toda ilusión de homogeneidad entre el Norte y el Sur. Y desde sus inicios, en 1981, no se pudo negar más otros tipos de rostros de mujeres que planteaban su incomodidad a las trampas de la exclusión y a un diverso teñido de desigualdad, en sus múltiples facetas. A partir de la autoidentificación de chicanas, negras, indígenas, mestizas, campesinas, pobladoras pobres urbanas y rurales, migrantes, lesbianas, inmigrantes irregulares, trabajadoras a domicilio, jornaleras, refugiadas políticas y económicas, entre otras, resultó decisivo para estos feminismos alejarse de las tendencias de proyección global que imponían una falsa unidad instalada por el proyecto civilizatorio occidental. Así, ese modelo blanco y heteropatriarcal se había inscripto como una matriz monocultural universalista. No cabe duda de que los feminismos de la década anterior hicieron su recorrido desde allí y no avizoraron en el horizonte cercano la posibilidad de fugar de esos paradigmas centrales.

En paralelo, se gestó un ensanchamiento de los márgenes de los movimientos populares de mujeres en la región. La consagrada periodista feminista Ana María Portugal, en el prólogo de Entre la democracia y la utopía, cierra con una hipótesis potente: “La convergencia entre movimiento feminista y movimiento de mujeres fue el mayor aporte que dio América Latina al feminismo internacional”5. Justamente, esta multiplicidad de diversidades definieron sus propios intereses específicos dentro de un marco general de lucha, que incluyó las cuestiones de la subalternidad y el cuestionamiento al heterocapitalismo como un reclamo de su propio perfil. Portugal no se equivocó: esta confluencia entre ambas vertientes representa nuestra marca en el orillo.

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1. Frente a estas circunstancias económicas de corte neoliberal, otros acontecimientos históricos se abrirían al calor de esta coyuntura: la Revolución Nicaragüense, en 1978, protagonizada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) generalizó la situación revolucionaria en el resto de Centroamérica, especialmente, en El Salvador. Un año después, se constituyó la Coordinadora Político Militar, integrada por las Fuerzas Populares de Liberación “Farabundo Martí” (FPL), inspirado en el sandinismo para obtener la victoria militar.

2. S/R, “Documento: El feminismo de los 90. Desafíos y propuestas”, Mujer/Fempress 111, Santiago de Chile, 1991.

3. Tununa Mercado, “Ser mujer y ser feminista en América Latina”, Fem 73, año 13, México, 1989, p. 26.

4. Marysa Navarro, “El primer Encuentro Feminista de Latinoamérica y el Caribe, 1982” ideasfem.wordpress.com.

5. Ana María Portugal, “Entre la democracia y la utopía”; en Transiciones. Mujeres en los procesos democráticos, vol. XII, Santiago de Chile, Isis Internacional, 1990, p. 9.

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