Los contornos de la dependencia

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El capital extranjero y su presencia avasallante en la economía argentina

 

ESTEBAN MERCATANTE

 N.3, septiembre 2013

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Uno de los indicadores que permiten medir de forma descarnada la distancia entre discurso y realidad respecto de los cambios estructurales que alega haber introducido el kirchnerismo –en el sentido de una recuperación de soberanía– es la presencia del capital extranjero en la economía argentina.

En el primer número de Ideas de Izquierda analizamos la abrumadora presencia del capital imperialista como articulador (junto con los grandes propietarios) del agropower. Muy lejos está de ser un fenómeno limitado a algunos sectores. Cualquier rama productiva hacia la que dirijamos nuestra mirada, nos revelará un panorama similar: la presencia del capital extranjero no hizo más que profundizarse durante la última década, continuando con la firme tendencia de períodos previos. Resulta muy revelador a este respecto el ranking de las 1.000 empresas líderes que elabora anualmente la revista Prensa Económica1. En la rama aceitera y cerealera, la norteamericana Cargill y la francesa LDC se encuentran a la cabeza del ranking sectorial (y ocupan respectivamente los lugares 3 y 4 entre las 1.000 más grandes). En el sector alimenticio, a la nacional Arcor (puesto 16 en el ranking general) la siguen inmediatamente la francesa Danone (puesto 62), Bagley (71) que asocia a Danone con Arcor, la suiza Nestlé (85) y las norteamericanas Kraft Foods (92) y Pepsico (139). En las automotrices, sector mimado en los acuerdos comerciales regionales, no existe ni una empresa que no sea de capital extranjero. En supermercados, la francesa Carrefour (7) ocupa nada menos que el segundo puesto. La rama química y petroquímica la dominan lejos la yanqui Dow (30) y la belga Solvay Indupa (78). En el sector bancario, al Banco Nación (25) lo secunda el anglo-hongkonés HSBC (49), y lo sigue el español Santander Río (53).

En la muy nacional producción de granos los insumos básicos provienen abrumadoramente de la norteamericana Monsanto (64), la suiza Syngenta (115) y la japonesa Pioneer (525), entre los que logra colarse la nacional Don Mario (301) en el tercer lugar. En petróleo, a la hoy recomprada YPF (1) y a la “multilatina” Petrobras (8), les siguen la anglo-neerlandesa Shell (10), la empresa de capitales chinos y argentinos Pan American Energy (14) y las norteamericanas Esso (20) y Chevron (88), el flamante socio de YPF. La británico-neerlandesa Unilever (33) ocupa el primer puesto en limpieza y cosmética, seguida por las yanquis Procter y Gamble (81), Avon (151) y Kimberly Clark Argentina (159). En neumáticos, los primeros puestos corresponden a la italiana Pirelli (126) y la japonesa Bridgestone (152). En Bebidas, la hoy belga-brasileña Quilmes (42) está primera, y la sigue Sistema Coca-Cola (55), representación oficial de la marca yanqui en el país. Poco más atrás (cuarto puesto) está Danone rama bebidas (146), seguida por Coca Cola Femsa (157), con capitales de origen mexicano y norteamericano. En calzados dominan la estadounidense Nike (196) y la alemana Adidas (240). En maquinaria agrícola la norteamericana Ind. John Deere (113) ocupa lejos el primer lugar, y la sigue la también yanqui AGCO (316). Podríamos continuar esta lista largamente. Incluso en las ramas donde no ocupan los primeros lugares y hay jugadores locales con posiciones dominantes, es notoria la presencia extranjera en los segundos puestos. En todas las escalas y en todas las áreas de la economía nacional puede registrarse la misma tendencia.

Resulta inevitable que se susciten numerosas objeciones. ¿Por qué desde el punto de vista marxista, es decir, el de la apuesta por la emancipación de la clase trabajadora, las banderas del capital tendrían alguna importancia? ¿Se trata de ser “nostálgicos” de lo nacional? ¿Es que acaso la burguesía autóctona puede calificarse bajo algún estándar de “progresiva” respecto del capital trasnacional imperialista? Ante todo, no se trata de ningún modo de ninguna ponderación positiva de la burguesía nacional, que supo mostrar durante todo el siglo XX su faceta enteramente vasalla y reaccionaria.

Sus principales fracciones se han mostrado siempre más prestas a privilegiar las modestas ventajas que pudieran ofrecer las migajas que caen de la mesa del festín que se dan las corporaciones imperiales al que son invitados en segunda fila, que a acompañar los –muy modestos por otra parte– atisbos de autonomía nacional que intentaron algunos gobiernos de la región en distintos momentos históricos. No se trata entonces de repudiar el relevo de este actor por el capital extranjero por cualquier supuesta virtud que tenga. La amarga conclusión de Aldo Ferrer, de que se trata de una clase sin “densidad nacional”, puede ser parcial al no poner sobre el tapete todas las determinaciones que operaron contra las posibilidades de desarrollo de una burguesía más dinámica en el país, pero sí expresa el conformismo con el cual esta clase se adaptó prestamente a su destino semicolonial y tendió a focalizarse en la rentabilidad de corto plazo, siempre dispuesta a entregar posiciones al capital trasnacional a cambio de un buen fajo de dólares.

Se trata de precisar lo que es materialmente la formación económico social argentina, es decir, cómo se produce, se reparte y se reinvierte (o no) el plusvalor generado en el espacio nacional. En este análisis el origen de las distintas fracciones del capital está lejos de ser un dato irrelevante. Veamos lo que nos dice la Encuesta de Grandes Empresas en la Argentina (ENGE), que elabora el INDEC. La misma trabaja con las 500 empresas no financieras de mayor tamaño en el país. Estas empresas equivalen a alrededor del 33% del valor agregado del país si consideramos solo los sectores productivos incluidos en la encuesta (es decir, excluyendo aquellas ramas del producto nacional en las cuales no hay ninguna empresa incluida en la encuesta), indicio de una fuerte representatividad. Esto significa que podemos aproximar tendencias más generales sobre esta base. ¿Qué nos dice la ENGE? Lo que nos muestra es que las empresas con participación extranjera en el panel de las 500 más grandes pasaron de ser 219 en 1993, a 322 en 2011. De punta a punta, tenemos un crecimiento del 47% en 18 años. La última década, presentada como una de recuperación de soberanía y “renacionalización”, resalta por una marcada estabilidad en el panel: de un pico de 340 empresas con participación extranjera en el panel en el año 2003, éstas se redujeron en apenas 18 empresas durante estos años. Y esto no es tanto consecuencia de una política específica (que prácticamente no hubo), como el producto de una modesta repatriación de algunos de los dólares fugados por los grandes empresarios durante los años de agonía de la convertibilidad, que luego de la brutal devaluación permitieron comprar capitales locales a precios de bicoca con sólo una proporción menor de lo fugado. La conclusión entonces es que el 65% de las grandes empresas tienen participación de capital extranjero, es decir, que poco más de un tercio son de capital enteramente nacional. Además, alrededor del 55% de las grandes empresas tienen una participación de capital extranjero que supera el 50%, es decir, que su presencia no se reduce a meras participaciones minoritarias. Otros datos le agregan al cuadro más elocuencia: aunque las empresas de capital nacional corresponden al 35% del total, apenas representan el 20,2% del valor bruto de producción del total del panel y 19,6% del valor agregado. En lo que hace a las utilidades, explican el 13,1% de la utilidad de las 500 grandes empresas. Es decir, que la mera consideración del número absoluto de empresas subestima la penetración del capital extranjero que muestra la ENGE.

 

Extranjerización y dependencia (o por qué la primera importa)

Si volvemos al recorte de las 500 empresas que toma la ENGE no es un dato nada menor que en 2011 los 498.000 asalariados contratados por empresas con participación extranjera (el 64% del total de trabajadores contratados por empresas del panel) producían un 80% de las utilidades generadas por el panel. Utilidades que ascendían a 104.000 millones de pesos, lo que significa nada menos que 322 empresas extranjeras tenían en 2011 utilidades netas por un valor equivalente al 5,5% del PIB. La proyección de esta proporción al conjunto de la economía resulta abrumadora. No puede más que decirse que la economía argentina tiende cada vez más a convertirse en un espacio en el que se valoriza de forma privilegiada el capital imperialista. Con el resultado, claro está, de que la plusvalía así generada es administrada globalmente, y su sucesiva acumulación en el espacio nacional queda condicionada a decisiones tomadas en casas matrices de metrópolis distantes. No resulta sorpresivo que la remesa de utilidades de empresas al extranjero haya duplicado su nivel promedio como proporción del PIB en la primer década del siglo XXI respecto de la década anterior, pasando de un promedio equivalente al 1% del PIB a uno de alrededor de 2%. Aunque las maniobras del secretario de Comercio, Guillermo Moreno, hayan logrado frenar en los últimos años esta sangría, difícilmente podría presentarse como un cambio estructural lo que depende de indicaciones no escritas de un secretario (que suelen tener además como contrapartida otros jugosos negocios para las empresas). Mucho predican varios voceros del empresariado la necesidad de más inversiones extranjeras para el desarrollo económico, pero esto significa sencillamente que por cualquier adelanto productivo que por esta vía se pudiera introducir, el drenaje de riqueza por remesas de utilidades será una sangría aún mayor. Sumada a la deuda pública externa constituyen una expoliación formidable que enriquece al capital financiero y las economías de los países imperialistas2. Sobrevuela el fantasma de Chevron y las garantías de libre disponibilidad de las divisas equivalentes a un 20% de la producción para las empresas que realicen inversiones en shale por un monto superior a los 1.000 millones de dólares. Ese 20% representa un salvoconducto para enviar al extranjero buena parte de las ganancias amasadas en Vaca Muerta.

Podría objetarse, sin embargo, que de ningún modo la penetración de capital trasnacional es un fenómeno que se restrinja a los países semicoloniales y dependientes. De hecho, los datos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD, por sus siglas en inglés), revelan que el principal destino de la inversión extranjera son las economías más ricas. Es decir, que la mayor parte de los capitales trasnacionales fluyen de una potencia imperialista a otra, y no hacia las semicolonias. Sin embargo, es una formalidad limitar el análisis a estos flujos, sin ponerlos en relación con la gravitación muy distinta que tiene en los países imperialistas y en las economías dependientes el propio capital local, que junto con la regulación estatal establece los lineamientos a los cuales los flujos de capital extranjero tienden a acomodarse. En el caso de las economías dependientes, en cambio, suele ser el capital extranjero el que impone los lineamientos. Y, como muestran de forma elocuente los datos ya provistos, no sólo está presente en la economía argentina sino que ocupa gran parte de los puestos de mando.

La Argentina “clusterizada” del siglo XXI, donde apenas 10 complejos productivos explican más del 70% de las exportaciones, el capital extranjero se encuentra a la cabeza de la mayoría de las cadenas productivas, las integra como eslabones en entramados globales, determina las pautas tecnológicas y logra concentrar el grueso de las ganancias. El desarrollo local es una función del capital transnacional. Que no se trata de una cuestión secundaria ni mucho menos, lo ponen de relieve no sólo las unilateralidades varias que pueden encontrarse en las características particulares que muestra el desarrollo desigual y combinado en economías dependientes como la Argentina, sino también los impactos que tiene sobre la macroeconomía el conjunto efectos que se derivan de la condición de dependiente, sumada a la del atrasado (en relación a los niveles de desarrollo que muestran las economías más ricas) que le está indisolublemente ligada y tiende a reforzarse bajo los efectos de la dependencia. La primera es la ya mencionada sangría de las remesas. Pero también tenemos los déficits comerciales, que son efecto de un comercio en condiciones que son desventajosas por las asimetrías productivas existentes3. Durante las últimas décadas ambos impactos se profundizaron, por la presión reforzada a través de la OMC y los organismos multilaterales de crédito por incrementar la apertura en el comercio y las inversiones (que hoy nuevas rondas de tratados apuestan a profundizar). Esto contribuyó a acrecentar los problemas estructurales que conducen a déficits comerciales (aunque el boom de las materias primas haya opacado un poco estos efectos de largo plazo), así como a aumentar las inestabilidades causadas por movimientos de capitales que buscan rentabilidad en muy corto plazo; pero además la apertura fue un vehículo para reforzar el ingreso del capital imperialista, que adquirió numerosas empresas locales o desarrolló nuevos negocios con miras al mercado mundial. Por último el endeudamiento público, que tiene su origen entre otros elementos en la necesidad de administrar la macroeconomía inestable, pero como hemos visto en reiteradas ocasiones sólo patea los problemas para que estallen luego de forma mucho peor. Detrás del capital extranjero se recorta la presencia de las grandes potencias, con EE.UU. a la cabeza. Estas potencias piensan y actúan globalmente, en defensa de los intereses de sus capitales transnacionalizados y también del orden capitalista global (desarrollando además rivalidades entre ellas). Recordemos cómo el gobierno “nacional y popular” se mostró tan presto a responder al reclamo de la exembajadora yanqui Vilma Martínez, cuando en 2009 los obreros de la compañía norteamericana Kraft ocupaban la planta de Pacheco, enviando fuerzas represivas para desalojarla. Un hecho a todas luces de baja intensidad alcanzó, sin embargo, para poner en evidencia las grandes fuerzas que estarán en pugna ante cualquier escalada de la lucha de clases. No se puede perder de vista que cualquier iniciativa revolucionaria de la clase obrera deberá hacer frente no sólo a la burguesía argentina y el aparato represivo del Estado nacional, sino al imperialismo, que hoy –basta con ver Medio Oriente para comprobarlo– muestra el mismo vigor como principal fuerza de la contrarrevolución internacional que en tiempos del clásico libro de Lenin.

No faltan quienes hoy siguen pretendiendo que, previo a cualquier perspectiva de que la clase trabajadora pueda proponerse la conquista del poder, es necesario un mayor desarrollo del capitalismo y algún tipo de “liberación nacional” del imperialismo, y que las pretendidas batallas “contra las corporaciones” de estos tiempos son un avance en ese sentido (ver por ejemplo Eduardo Basualdo). Pero el capitalismo argentino se encuentra hoy plenamente desarrollado como capitalismo dependiente. No existe estrategia de “desarrollo autónomo” capitalista que vaya a cambiar significativamente sus contornos, por la principal razón ya mencionada de que los sectores más gravitantes de la burguesía argentina no tienen ningún interés en ese sentido. Sin romper de cuajo con el imperialismo, la expoliación imperialista no hará más que profundizarse, aunque sus efectos se desdibujen parcialmente durante algún breve interregno de condiciones extraordinariamente favorables que permitan crecimiento económico y acumulación de reservas monetarias –como ocurrió la última década para América Latina tomada de conjunto gracias al boom de las commodities– aún a pesar de que esta tendencia de fondo no se vea alterada. Contrariando la ilusión de que durante estos años las cadenas se relajaron un poco, en realidad el capital trasnacional no hizo más que seguir avanzando. Solo la clase trabajadora puede proponerse cortar con este nudo gordiano de la dependencia, expropiando los resortes económicos fundamentales en manos del capital imperialista y los grandes empresarios nacionales asociados por mil lazos a él, para ponerlos a funcionar bajo gestión obrera en función de las necesidades obreras y populares, y no de las ganancias de los grandes pulpos globales.

 

Blog del autor: puntoddesequilibrio.blogspot.com

 

1 El último ranking disponible es el publicado en Prensa Económica 311, Buenos Aires, octubre 2012.

2 Aunque el monto de riqueza que fluya de remesas y por el rendimiento de activos financieros desde un país como la Argentina podrían parecer a primera vista poco significativos para economías del tamaño de la norteamericana, la cosa cambia cuando consideramos el efecto agregado de los flujos provenientes del conjunto de las economías dependientes. Resulta muy revelador a este respecto el análisis que hacen Gerárd Duménil y Dominique Lévy, “El imperialismo en la era neoliberal: respiro y crisis de la Argentina”, Realidad Económica 225, Buenos Aires, marzo de 2007.

3 Acá no estamos ante un fenómeno que se limite a los países dependientes. Los EE. UU., por ejemplo, viene registrando un déficit comercial crónico desde hace quince años. Pero claro, el rol privilegiado del dólar en el sistema monetario mundial le permite financiar este déficit sin mayores inconvenientes (al menos hasta el presente).

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