Londres: el poder de manejar el dinero ajeno

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DEBATES SOBRE EL IMPERIALISMO HOY (III)

 

ESTEBAN MERCATANTE

Número 29, mayo 2016.

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Continuando con la lectura de las elaboraciones actuales sobre el imperialismo, abordamos en esta oportunidad el reciente libro The City, de Tony Norfield, que estudia el rol de la plaza financiera londinense en el capitalismo global.

 

El libro The City, de Tony Norfield1 invita a reevaluar la idea de que Gran Bretaña se ha  convertido en un actor de segunda en el reparto de poder global después de haber sido la potencia indiscutida hasta la I Guerra Mundial. Por el contrario, este estudio muestra cómo la Corona británica logró sacar provecho de las fortalezas relativas (históricas, geográficas y geopolíticas) de la plaza financiera londinense para convertirla, desde los años ‘80, en la base de una renovación del poderío británico.

Los bancos y mercados de dinero de Londres poseen una preeminencia internacional que está bien por encima del peso global del capitalismo británico. Gran Bretaña ocupa el segundo lugar por la importancia de su sector financiero a nivel mundial, detrás de los EE. UU., mientras que en algunas áreas se ubica al tope del ranking, como es el caso de las transacciones de cambio de moneda. Cuenta con 6 instituciones financieras entre las mayores 50, contra 10 que tiene EE. UU. El protagonismo mundial de su sector financiero se refleja también en el peso que muestra en su economía: los activos bancarios representan 4 veces el tamaño del Producto Interno Bruto de Gran Bretaña, el ratio más elevado en el mundo después de los de Suiza y Luxemburgo. En lo referido al stock de inversión extranjera directa, también el Reino Unido está segundo detrás de los EE. UU. Entre las 500 más grandes empresas, 28 son de origen británico según los datos más recientes de Fortune Global 500, lo que lo ubica compartiendo el tercer puesto con Alemania, detrás de los EE. UU. y China (este último favorecido por tener muchos “gigantes” nacionales pero que todavía se encuentran en etapas tempranas de despliegue internacional2).

El primer puesto ocupado por Gran Bretaña en lo que hace a activos y depósitos bancarios internacionales, así como en lo que hace a transacciones de compra-venta de monedas, se realzan aún más teniendo en cuenta que su moneda nacional está lejos de ser dominante de las transacciones mundiales (la libra es ampliamente superada por el dólar, el euro y el yen).

Esta capacidad de Londres para mantenerse a la cabeza de las finanzas globales es explicada para Norfield por varios elementos. En primer lugar, la ventaja horaria con la que cuenta la City respecto de Nueva York para lidiar con los mercados asiáticos y europeos. También juega desde mediados de los años ‘70 la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión Europea (aunque haya sido tardía y no se haya incorporado a la unión monetaria), que fortaleció el rol su plaza financiera mediando los movimientos de capital entre las economías más poderosas, y entre éstas y el resto del mundo.

Fue clave para el reajuste de Londres ante su pérdida de hegemonía el desarrollo de los llamados euromercados, que se habían desarrollado como medios para que los flujos financieros escaparan de las regulaciones establecidas desde la finalización de la II Guerra Mundial. Londres “tenía la experiencia para desarrollar un negocio en gran parte en base a la utilización de la nueva moneda internacional, el dólar estadounidense”. Esto puso a Londres en una posición ventajosa respecto de los EE. UU., cuyo sistema financiero afrontaba regulaciones más severas. “Los euromercados crecieron fuera del control de los gobiernos, pero las autoridades del Reino Unido fomentaron ese crecimiento como parte del sistema financiero británico”. Así, aunque EE. UU. supere ampliamente a Gran Bretaña como el proveedor mundial de capital, “no superó a Gran Bretaña como centro de la banca internacional”. En este terreno, Londres resulta un polo de atracción para la radicación de instituciones financieras de todo el mundo, incluyendo las estadounidenses. Desde 1979 en adelante los mercados financieros del Reino Unido se verían fortalecidos por un nuevo boom, con un salto luego de que las reformas “Big Bang” de 1986 abrieran el paso para nuevas firmas. “El volumen de transacciones creció dramáticamente y los bancos internacionales llegaron en bandada a la City de Londres”.

 

Imperialismo y finanzas

Tony Norfield define al imperialismo como la “fase actual del desarrollo capitalista, en la que unas pocas grandes corporaciones de un reducido número de países dominan el mercado mundial”. El acceso privilegiado a los recursos financieros refleja el poder imperialista al mismo tiempo que es un medio para retenerlo.

Mientras que los países más pobres también tienen bancos, y mientras que sus compañías también pueden emitir bonos y acciones, su capacidad para obtener privilegios a través del mercado financiero global es igualmente pobre.

Uno se los puntos que se propone demostrar este libro es cómo el poderío financiero que Gran Bretaña logró conservar –adaptada a un sistema financiero internacional estructurado desde 1945 alrededor del dólar y con EE. UU.– le permitió seguir apropiándose de valor generado en el resto del mundo, y cómo esto le permitió a su vez mitigar el desbalance comercial crónico sin tener que solventarlo enteramente con endeudamiento.

The City se propone explicar el “mecanismo financiero” integrador del capitalismo contemporáneo. Enfatiza que la producción y las finanzas resultan inseparables en el capitalismo del siglo XXI. Son “socios cercanos” en la explotación de la fuerza de trabajo. Esto está lejos de ser una novedad, pero la relación es hoy, en opinión de Norfield, mucho más estrecha. El autor apunta contra quienes pretenden establecer una distinción categórica entre las finanzas y el capital productivo, valorando negativamente a la primera y positivamente al segundo, y preconizando medidas que limiten la “hipertrofia” financiera. Esto conllevaría un error que conduce a captar erróneamente la naturaleza del imperialismo y el rol de centros financieros como la City londinense. El enfoque del libro sostiene que las finanzas son un aspecto

de la economía mundial, y por lo tanto no pueden ser explicadas comenzando por desarrollos en países tomados individualmente o políticas implementadas en los mismos, sacadas del contexto global.

En esto marca un punto de partida diferente del que tomara uno de los trabajos marxistas más ambiciosos en este terreno, El capital financiero de Rudolph Hilferding. El autor además considera que el concepto de “capital financiero” de Hilferding resulta muy estrecho, y se basa en una extrapolación unilateral a partir del desarrollo alemán en el que los grandes bancos estaban estrechamente ligados con las grandes firmas industriales a través de la presencia en los directorios de las mismas. Norfield argumenta que es de mayor utilidad desarrollar el concepto de capital ficticio de Marx (que se refiere sobre todo a los valores financieros como acciones y bonos) para mostrar cómo estos constituyen un medio para ejercer poder económico, especialmente a escala global. El planteo de Hilferding supone, en la opinión de Norfield, una relación de control que va desde los bancos y otras instituciones financieras hacia el capital productivo, la que no siempre se verifica. Para Norfield, este énfasis de Hilferding en los bancos “exagera su rol y lleva a la visión política de que la economía capitalista puede ser domada mediante el control estatal de los bancos”; es decir en línea  con el ensayo de “capitalismo organizado” que realizaría el propio Hilferding como ministro de finanzas en 1923 y 1928-29. Esta discusión con Hilferding no significa de ningún modo que Norfield vaya a negar una de las más importantes transformaciones que El capital financiero se proponía registrar, y que será tomada por Lenin y muchos otros marxistas: para ponerlo en palabras de The City, que el capitalismo moderno adquirió una “forma financiera” que “no está confinada a las instituciones financieras, incluye a todo tipo de empresas capitalistas, entrelazadas  con el rol del Estado en el plano doméstico e internacional”.

Norfield realiza un tratamiento exhaustivo de las distintas dimensiones que hacen a la banca comercial y de inversión, los mercados de dinero y de cambio, las acciones y derivados. Destaca una dimensión que usualmente está pobremente tratada por escritores marxistas”: los bancos crean dinero en sus operaciones. Así, puede parecer que el dinero genera dinero “de forma completamente independiente de la producción capitalista”. La conexión entre “lo que produce una economía y los fondos disponibles para comprar cosas” puede relajarse así durante períodos. Esto permite que el capital se expanda más rápidamente, aunque también que se estrelle más violentamente cuando esta conexión entre el capital en acciones y bonos (lo que Marx definía como capital ficticio) y la producción de valor no puede seguir relajándose. En su análisis, Norfield realiza una importante distinción: la banca comercial y los mercados de dinero son necesarios para el desenvolvimiento de la producción capitalista, lubrican las ruedas de la circulación de capital, y como tales no podrían caracterizarse de parasitarios (no más de lo que lo es el sistema tomado en su conjunto). Otra cosa es el capital que genera interés (el dinero que genere dinero): el interés es una deducción de las ganancias del capital productivo, y como tal sí es, para el autor, parasitario. “Los capitalistas que adelantan el capital dinerario de esta forma constituyen el estrato social de parásitos en el sentido de Marx”.

Sin embargo, para Norfield esta distinción resulta insuficiente para comprender la realidad de la economía mundial imperialista, “basada en una jerarquía de poder entre diferentes países”. Todas las formas de operación financiera pueden contribuir a transferencia de plusvalor de un país a otro y así contribuir a acrecentar el poder de los países dominantes, no solo el capital que genera interés.

Yo consideraría que esto es una forma de parasitismo, que surge de considerar la estructura de la economía mundial, pero que involucra un uso del término distinto al de Marx.

Se emparenta más al uso del mismo que hacía Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo. Para este último, una característica distintiva de parasitismo es que las burguesías de los países imperialistas viven “cada día más de la exportación del capital y de ‘cortar el cupón’”3. En la economía global contemporánea, señala Norfield, hay “importantes ítems adicionales de ingreso extranjero para los países ricos y poderosos”. Además de la relocalización de la producción en los países pobres, están los ingresos derivados de las transacciones financieras.

Norfield señala además una importante conexión entre el poder del Estado y la expansión a escala internacional de los bancos:

Ser más grande significa también estar en condiciones de proveer servicios de capital a un costo más bajo, o al menos tener una posición de mayor influencia en el mercado. La capacidad de asegurar una mayor escala de operaciones depende no solo del mercado nacional, sino también del internacional, y aquí la posición y poder del Estado nacional es un factor vital. A medida que se expande el capitalismo  creando un mercado mundial, las operaciones de las compañías financieras se expanden junto con las del comercio y la industria. En esto, también, reciben apoyo de su base nacional –aunque solo sea en la moneda nacional a la que tienen acceso privilegiado a través del banco central de su país de origen.

Uno de los aspectos más interesantes de The City es que propone una serie de parámetros con los cuales evaluar el poder de los diferentes Estados. Estos incluyen el Producto Interno Bruto, el gasto militar, la inversión directa que tienen sus residentes en otros países, los activos bancarios, y mercado de divisas. Tomando este conjunto de dimensiones, Gran Bretaña llega a ocupar para Norfield un segundo lugar en el concierto mundial, detrás de EE. UU. Le siguen China, Japón, Alemania y Francia. Este segundo puesto sería impensable sin la primacía de la banca londinense y el stock de inversión extranjera directa. Más allá de lo discutible que pueda resultar la selección de criterios del autor, considerar el poder que otorgan estas dimensiones consideradas de conjunto, resulta relevante para entender que la jerarquía internacional es más compleja de lo que suelen pensar los que teorizan una capacidad sin límites del Estado norteamericano para moldear el capitalismo global4.

 

Intereses eternos, aliados temporales

Gran Bretaña pudo reinventarse gracias que logró reformular –para sostener– el rol internacional de Londres. Después de 1945, pasó de ser el banquero del mundo a convertirse en el bróker del mismo. De esta forma, a través de la intermediación financiera, la concentración de mercados de dinero y de transacciones de divisas, así como de la canalización de fondos provenientes de capitales de otros países, logra amasar una masa considerable de recursos (solo la exportación de servicios financieros le representó a Gran Bretaña en 2011 el 2 o 3 % del PIB, es decir 5 o 6 veces más que en los EE. UU., aunque el peso del sector de servicios financieros y seguros en ambas economías fuera la misma proporción, de 7,5 % del PIB en ese año).

La capacidad de mantener su posición privilegiada como bróker está condicionada por la medida en que Gran Bretaña pueda seguir ocupando un rol central en los canales de circulación del capital global. Y acá Norfield señala, como conclusión de su libro, algunos desarrollos recientes que representa un potencial desafío para el lugar ocupado por Londres, y por extensión para la futura posición del imperialismo británico. Entre estos menciona las amenazas de una mayor regulación o impuestos a las transacciones financieras, especialmente a nivel europeo; el creciente endeudamiento externo de Gran Bretaña, que se debe a que el excedente generado por el sector financiero apenas si llegó a cubrir la mitad de su déficit de cuenta corriente en años recientes, y también al endeudamiento privado; así como varios frentes de inestabilidad política. Entre estos Norfield destaca las amenazas que afronta el Estado británico por parte de los reclamos separatistas de Escocia, y la incertidumbre respecto del resultado que pueda arrojar el referéndum sobre la pertenencia a la UE, a realizarse en junio. “Lo último que desearían las grandes corporaciones británicas es dejar la UE, con el riesgo de que las relaciones de comercio e inversión se vean afectadas, y con un efecto de knock out para el negocio de la City”.

Por último, pero no por ello menos importante, The City considera el desafío que representa para el “sistema anglo-norteamericano” el ascenso de los BRICS, es decir esencialmente de China. Como no ha ocurrido desde que el dólar desafiara –y desplazara– a la libra, el Estado chino está buscando generar, de manera incipiente aún, pero con claras intenciones, canales financieros alternativos al sistema basado en el dólar. Se comprende la amenaza que esto podría significar para Londres. Por eso, no sorprende que a diferencia de los EE. UU., el gobierno británico se esté mostrando mucho más dispuesto a acomodarse ante las pretensiones de China, como mostró al ser el primer Estado europeo dispuesto a participar del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (Asian Infrastructure Investment Bank o AIIB) en marzo de 2015, lo que le valió una reprimenda de la Casa Blanca. Mayor fue la inquietud de Washington cuando lo mismo hicieron días después Alemania, Francia, e Italia.

Esto muestra cómo el balance cambiante de fuerzas afecta los cálculos económicos y políticos, convirtiendo a un ‘frente único’ de la política occidental en un punto de vista más estudiado en cada país respecto de dónde reside su interés, concluye Norfield. No mucho pasa en tiempos “normales”, pero ante una crisis severa, “cada gran potencia observa a las otras y alrededor del mundo para evaluar las nuevas oportunidades”. La nueva situación está empujando, en su opinión, a novedosos cambios en la relación entre el imperialismo británico y los EE. UU., planteando interrogantes sobre una firme alianza. El futuro del poderío británico podría jugarse en la corrección de las decisiones que adopte.

The City ofrece un marco teórico para comprender las finanzas contemporáneas, y el rol jugado por los grandes centros financieros en ellas, fundamental para entender el imperialismo contemporáneo, así como un documentado análisis de cómo el rol dominante en las finanzas globales permitió a Gran Bretaña mantener un rol preponderante en el capitalismo contemporáneo.

 

  1. Tony Norfield, The city. London and the Global Power of Finance [La ciudad. Londres y el poder global de las finanzas], Londres, Verso, 2016. Las citas son traducción propia del original. 2. Esteban Mercatante, “Capitalismo del siglo XXI: un mundo menos plano que nunca”, IdZ 14, Octubre 2014.
  2. V. I. Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, en Obras Escogidas, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Moscú, 1948. “Cortar el cupón” se refiere a los tenedores de bonos y otros títulos similares que perciben intereses de forma regular. La posesión de dichos activos estaba a comienzos del siglo XX mucho más concentrada en los sectores más ricos de lo que lo está hoy.
  3. Ver al respecto Esteban Mercatante, “El capitalismo global como construcción imperial”, en IdZ 27, marzo 2016.

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