Las patas fuera de la fuente

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EL KIRCHNERISMO EN EL LLANO

 

PAULA VARELA

Politóloga, docente de la UBA.

GASTÓN GUTIÉRREZ

Comité de redacción.

Número 28, abril 2016.

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“Abrazame hasta que vuelva” fue la remera más vendida en las plazas de la resistencia. En esas plazas los símbolos se venden más que los choripanes. Marca del sector social que predomina en ellas, pero también burla para un kirchnerismo que, fuera del poder, se enfrenta a su exceso de relato hecho estampado. Mientras tanto, en la política de los hechos, la primera estocada al gobierno de los CEO no la dio el kirchnerismo en el Congreso ni en las plazas, sino el Panamá Papers. Pero al hacerlo hirió también a los kirchneristas con una doble pantalla impensada, la que iguala en corrupción y matufias a representantes de lo que hace unos meses nomás eran los “dos modelos” en pugna: de un lado Jaime, Báez y hasta Cristina, del otro Mauricio, que es Macri. A cuatro meses de la derrota electoral ¿Qué es el kirchnerismo en el llano? ¿Qué queda de la resistencia kirchnerista que no fue?

 

La premonición de los genes

Las dificultades del kirchnerismo en el llano estaban inscriptas en su ADN. No por la exorbitancia de funcionarios que hacían al núcleo duro de los dirigentes K (uso del Estado que, de paso, abrió la puerta al discurso ajustista de los ñoquis), sino por el carácter restaurador de su principal tarea política: la reconstrucción de las instituciones del régimen que estalló por el aire con el 2001. Es la propia estrategia kirchnerista de sacar la política de las plazas del 2001 para llevarla al palacio de la década K la que hizo que, expulsado de los patios palaciegos, el kirchnerismo se desgrane entre la adaptación histórica de un PJ que negocia con los ajustadores en el Congreso, y la impotencia de sectores de su base que quieren resistir el ajuste macrista.

En cierto modo, la pequeña política de un ala del kirchnerismo de afiliarse al PJ para “dar la batalla desde adentro” en las elecciones partidarias fue coherente con esta política de restauración de las instituciones burguesas. El razonamiento es el siguiente: si la única política posible es la de las instituciones clásicas (y rancias) del régimen político argentino que vinimos a reconstruir, vayamos entonces por allí a tratar de ser una minoría intensa. Esta táctica vestida de “realismo político” se enfrentó a dos problemas que muestran que el fuerte del núcleo duro del kirchnerismo nunca fue la realidad. El primero, es que desconoce que la única alma permanente que queda en el PJ es su pragmatismo. La ruptura en diputados y la no necesidad de ruptura en senadores ante la primera ley importante para el macrismo, es una muestra contundente. Como señaló, con más experiencia, Horacio González en un folleto reciente, las “afiliaciones masivas” fomentan el pesimismo (el de él y el de los demás) por su manifiesta inutilidad en

…un peronismo (que) es una masilla adaptativa cuyo mimetismo se realiza en la espera del “próximo turno”, frase balbinista por excelencia, solo que ahora no ocurrió un episodio de alternancia, sino de cataclismo. La diferencia de tres por ciento de votos era mínima desde el punto de vista cuantitativo, pero cualitativamente, fue como la caída de Constantinopla [1].

Post caída de Constantinopla el macrismo no solo se impone desde el Ejecutivo, sino que coordina la gobernabilidad con el peronismo como sostén principal a través de gobernadores, parlamentarios y dirigentes sindicales, mientras el kirchnerismo en el llano es una identidad política en contracción veloz. La foto de la “renovación peronista” en la marcha del 24 de marzo, con Scioli a la cabeza indica que, en el mejor de los mundos posibles, el PJ puede ser el partido de “centro” del régimen derechista de Macri (confirmando una vez más que “el candidato es el proyecto”). Ese es el máximo aspiracional de un kirchnerismo en el PJ, si es que la unidad propuesta se consuma a través de Gioja-Scioli-Caló (y la inestimable ayuda del Movimiento Evita): colaboración y oposición moderada. O sea, para cualquiera que tenga la ilusión de que el PJ sea el partido que represente a los que sufren, que vayan buscando otro partido. El segundo (y más importante de todos), es que la apuesta por la interna del PJ desconoció también que para tallar en ella es necesario esgrimir (al menos como amenaza) alguna fuerza social. La década del ‘90 ya nos enseñó que el hecho de que haya millones que sufren o que están descontentos y dispuestos a resistir no alcanza. ¿Cuál es la fuerza social a la que apuesta la resistencia kirchnerista? El propio PJ vislumbró que esa pregunta no tenía respuesta y ofreció un lugar testimonial para La Cámpora dentro de la estructura partidaria (la Secretaría de la Juventud). La agrupación de Máximo quedó, así, tironeada entre un nolugar adentro y un no-lugar afuera.

 

Ensamble fallido

Expresión, como nadie, del desconsuelo y malestar de la cultura peronista, Horacio González reflexiona que

…había algo mal ensamblado en el kirchnerismo, una debilidad constitutiva que no se sabía declarar como tal, mientras se encaraban gestas comunicacionales –que sin duda acompañamos– que se presentaban como “la crítica al poder real” [2].

Una vez fuera del poder estatal la tan mentada “batalla cultural” no logró ser sostén de la debilidad constitutiva. Las “gestas comunicacionales”, así como el conjunto del relato acerca del “modelo”, encontraron un límite infranqueable en los negocios millonarios del “capitalismo de amigos” que hoy llenan las primeras planas en un espectáculo escandaloso de corrupción. Habría que resituar un análisis menos inmaterial y más atento a las fuerzas sociales para pensar esa falta original. Hacia allí apuntaba unos meses antes el historiador Alejandro Horowicz destacando con más precisión la debilidad de un kirchnerismo que, desde sus orígenes y a diferencia de los peronismos previos, no contiene al movimiento obrero y su “resistencia”:

En la gestualidad del kirchnerismo, en los planteos, hay mucho de esa música de la JP, hay mucho del planteo del lugar de la juventud, hay un intento, más bien fallido, de reproducir esa situación. Digo fallido porque un fenómeno como la JP sólo se puede comprender a la luz de una larga y trabajosa oposición y no a la luz de la construcción política desde el poder. La idea de que se puede construir un movimiento desde arriba para abajo es un fallido. No conozco ningún movimiento que, una vez que se produce la conquista del poder, no junte a todos los arribistas imaginables. Entre otras cosas, porque es el camino de llegar arriba. Entonces, no se juntan necesariamente los mejores, sino los más habilidosos para trepar. Y eso se nota, eso se ve. Mientras que en el otro sentido, cuando se está en la adversidad, solamente aquellos que tienen razones muy potentes son los que están dispuestos a hacer el esfuerzo requerido para que otra cosa suceda [3].

Bastaron 120 días de adversidad para poner evidencia el carácter fallido de este ensamblado. Aunque la gestualidad y la música todavía se mantienen en vistosas columnas juveniles, es la propia política del kirchnerismo la que las transforma en fuerzas insuficientes para una efectiva resistencia social al ajuste.

 

Y dónde está que no se ve….

Ni bien se vio el resultado las elecciones generales del año pasado, y en medio de balances que más bien le echaban la culpa a “la gente” por su ingratitud, un sector del kirchnerismo se animó a preguntarse si no había sido un error la ruptura con Moyano, no tanto por Moyano (que no despertaba nostalgias) sino más bien porque era a través de él que se tramitaba la relación del kirchnerismo con el movimiento obrero en general.

Es decir, con la histórica base del peronismo. Las críticas fueron configurando un discurso en cuyo centro estaba la propia Cristina y su preferencia por la música de los jóvenes de La Cámpora, en lugar de las melodías que tocan los jóvenes trabajadores del pueblo. Sin desdeñar la importancia de la preferencia cristinista por los balcones de los patios internos de la Casa Rosada, resulta más convincente la explicación que da el propio Schmid en una reciente entrevista publicada en la Crisis [4]. Veamos.

“No creo en el término burocracia sindical. Ese es un invento ideológico.” Así, con esa simpleza, Juan Carlos Schmid, Secretario General de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT) e histórica mano derecha de Moyano, liquida uno de los grandes problemas del sindicalismo peronista. Y con esa simpleza también, Schmid se lleva puesto un balance que hoy, en tiempos de olor a neo neoliberalismo, se vuelve crucial: el balance de la actuación de la burocracia sindical durante el menemismo y su famosa “preservación institucional” como compensación a la aceptación del mar de despidos peronistas que sufrieron los trabajadores en la década del ‘90. Schmid, que lleva 32 años en la Comisión Directiva del Sindicato de Dragado y Balizamiento (SIPEDyB) y 26 como su Secretario General, aprovecha la entrevista no para responder porqué hay tanta tregua de la CGT ante el evidente plan de ajuste macrista, sino para algo más estratégico: dar una clase de burocracia sindical, cuya primera máxima es negar su existencia.

Sin embargo, esa lógica de negación de la burocracia sindical no es una innovación de Schmid sino que ha sido el discurso (y la práctica) oficial del kirchnerismo hacia el movimiento obrero. Para decirlo con más precisión: la política kirchnerista hacia los sindicatos (y a través de ellos, hacia los trabajadores) ha sido la de la justificación de la entrega de los sindicatos en los ‘90 como “precio necesario” a ser pagado (por los trabajadores) para preservar la institución sindical. El máximo exponente de esa lógica es el tan acríticamente citado artículo “El retorno del Gigante” de Ruth Collier (académica de Berkeley) y Sebastián Etchemendy (académico de la Universidad Di Tella y funcionario del Ministerio de Trabajo durante el kirchnerismo) [5]. Allí se argumenta que gracias a que las cúpulas sindicales negociaron compensaciones propias (participación en las privatizaciones, fondos extra para la transformación de las obras sociales en empresas de salud privada, ingreso al negocio de las AFJP y ART, etc.), es que pudieron retornar como organizaciones fuertes durante el kirchnerismo. Llevando hasta el final la idea de que cualquier sindicato es siempre mejor que ningún sindicato, la lógica argumental reside en afirmar que la denominada “revitalización sindical” de la década kirchnerista no hubiera sido posible sin la colaboración negociada de la burocracia en los ‘90, y que, en ese sentido, ésta debe ser interpretada como beneficiosa en última instancia para la clase obrera. El colaboracionismo de los ‘90 es leído, así, como una táctica “defensiva” de las corporaciones sindicales que, astucia de la burocracia mediante, permitió el regreso del Gigante cuando la ola neoliberal hubo pasado. Este fue la historia oficial emanada de los escritorios del Ministerio de Trabajo y del mainstream de la Ciencia Política académica durante el kirchnerismo, hasta la ruptura con Moyano en 2012. De allí en adelante, el discurso fue abiertamente antisindical, no por una crítica de la burocracia sino porque la crisis del “modelo” ya no dejaba margen para burócratas “empoderados” quienes fueron acusados de defensores de una “aristocracia obrera” que cobraba el monto de la canasta familiar. El kirchnerismo nunca apostó a una renovación del movimiento sindical y mucho menos a una “renovación desde abajo”. Por el contrario, se propuso una doble restauración. En la práctica, basarse en los dirigentes menos desprestigiados de la década menemista (el ala moyanista) constituyéndolo en aliado estratégico. En el discurso, transformar la entrega noventista en virtud.

Es esa política estratégica (y no desvaríos tácticos de Cristina Fernández, que sin duda abundan) la que explica que el kirchnerismo, fuera del Estado que otorga los recursos que las cúpulas quieren retener, se encuentre yermo de apoyos sindicales. Y explica también que los mismos dirigentes que el kirchnerismo ungió como aliados estratégicos (primero Moyano, luego Caló) hayan estado en la foto sonriente del macrismo del 11 de febrero mientras sostenían la escandalosa tregua ante los miles de despidos en el sector público, pero también en el privado. El sindicalismo le respondió al kirchnerismo con su propia moneda: “preservación de recursos propios”. Y esa moneda cotiza tanto que rompió la alianza que en 2014 llevó  adelante represiones, desafueros, asambleas sindicales truchas y gendarmes caranchos: la alianza del gobierno de Cristina con el SMATA en LEAR. Fue el propio Oscar Romero de los metalmecánicos quien se constituyó en Presidente del Bloque Justicialista que dividió la bancada del FPV en Diputados. Pero Schmid agrega algo más para entender la disociación entre el kirchnerismo y la posibilidad de una base trabajadora fidelizada.

No porque yo me crea la famosa alquimia del empoderamiento, ¿qué empoderamiento puede tener el 35 por ciento de hombres y mujeres precarizados? Sin sindicato, sin vacaciones, sin horas extras, sin derecho: ¡no tienen ningún poder! Eso es simplemente una consigna vacía de contenido. Tal vez haya una parte de responsabilidad nuestra, por no organizar a ese enorme grupo de compatriotas, a quienes deberíamos tener adentro [6].

Interesante reconocimiento de la realidad que dejó el kirchnerismo para una franja nada menor de los trabajadores, cuyo “despoderamiento” explica también su dificultad para encontrar allí una fuerza social propia. Pero más interesante aún es la confesión de parte que hace Schmid de la responsabilidad de la dirigencia sindical por “no organizar a ese enorme grupo de compatriotas”. Efectivamente, todos los intentos por “meter adentro” (de los sindicatos, de los derechos conquistados, del convenio colectivo) a los precarizados no sólo ¿no fueron parte de la “agenda” de Schmid, Moyano, Caló (tampoco Barrionuevo, Cavalieri, Momo Venegas) sino que se llevaron adelante en contra de ellos.

 

Resistencias en la base

En varios artículos de esta revista hemos analizado el sindicalismo de base surgido  durante el kirchnerismo. Hemos entrevistado también a sus protagonistas para reflexionar sobre las características del proceso, la relación con el 2001, el peronismo, la burocracia, la izquierda. Dos fueron marcas indelebles de ese sindicalismo. Una, que se desplegó contra el sindicalismo por el que optó el kirchnerismo. O sea, contra la burocracia y su lógica  de preservación de recursos propios, y levantó las banderas que ésta no levantó jamás (ni levantará ahora “que estamos en un período de retroceso”, Schmid dixit): los precarizados, los “rotos”, los trabajadores de segunda. Otra, que se desarrolló en el sector privado siguiendo la ola de crecimiento económico y aumento del empleo: Kraft, Subte, Lear, Pepsico, Fate, Gestamp, son muestra de eso. Allí, donde una nueva generación obrera se incorporó al mercado de trabajo bajo las condiciones de explotación heredadas de los ‘90, allí en la tensión del lugar de trabajo, se desarrolló un sindicalismo combativo, democrático, antiburocrático, y en algunas ocasiones, abiertamente de izquierda.

El ajuste macrista y su brutalidad desplazó el foco de los privados al Estado generando un clima que para los no tan jóvenes tiene claros ribetes noventistas: movilizaciones masivas cuyos principales protagonistas son los trabajadores estatales, de la administración  pública, pero también de la educación y la salud. Sería un error, sin embargo, la analogía sin beneficio de inventario. En primer lugar, porque los ‘90 mostraron lo costoso que es para el conjunto de la clase obrera la división entre privados y estatales, como así también la división entre ocupados y desocupados. La fuerza de los trabajadores estatales sin la de los privados pierde, por así decirlo, poder de fuego. Repetir esa disociación ya tiene el resultado escrito. En segundo lugar, porque la década kirchnerista mostró una experiencia de organización y lucha sindical opuesta a la lógica de preservación de recursos propios de la burocracia. La combatividad que se vió semanas atrás en el Ministerio de Trabajo y en el de Economía, no es la expresión de la política de la conducción de ATE cuya lógica de dispersión desmoraliza a los estatales hasta el llanto. Es la expresión de juntas internas forjadas en la combinación entre la recomposición gremial de los trabajadores en los lugares de trabajo y la intervención de la izquierda en los últimos años. Son, quizás, los primeros indicios de un sindicalismo de base en el Estado que potencie las mejores experiencias desplegadas en el sector privado y establezca alianzas con ellas.

Huérfano del poder estatal, “muerto vivo” dentro del PJ, incapaz de impulsar ninguna resistencia, el kirchnerismo se debate entre el imposible retorno al Estado y la desolación del llano. Pero esa oposición es falsa, como lo fue también la oposición entre aceptar el retorno de la burocracia sindical o aceptar la ausencia de organización obrera y lucha. La experiencia del sindicalismo de base, indisociable de la militancia de izquierda en ella, muestra la falsedad de la oposición maniquea entre política desde las instituciones del  estado o puro llano. La voluntad de resistencia al ajuste requiere salirse de esa dicotomía   Estado/llano y apoyarse en las experiencias de recomposición de una nueva clase obrera. La marcha convocada para el 29 de abril por las cinco centrales obreras es una excelente  oportunidad para reunir la fuerza del sindicalismo combativo y de izquierda privado y estatal.

 

[1] “Derrota y esperanza: un folletín argentino por entregas”, en La Tecl@ Eñe.

[2] Ídem.

[3] “Los cuatro peronismos y el presente político”, entrevista en Pausa del 30-11-2015.

[4] Mario Santucho, “Entre la resistencia y la integración”. Entrevista a Juan Carlos Schmid, Crisis 24, marzo-abril 2016.

[5] Para una crítica a esta exaltación de la burocracia sindical véase, “El gendarme en el umbral. Enfoques y debates sobre la burocracia sindical en el kircherismo” revista Archivos 8, en prensa.

[6] Mario Santucho, ob. cit.

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