Las Olimpíadas como un campo en disputa

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LO QUE DEJÓ RÍO 2016

 

DIEGO DI BASTIANO

Número 33, septiembre 2016.

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Entre los días 5 y 21 de agosto se realizó en la ciudad de Río de Janeiro la XXXI edición de los Juegos Olímpicos. Cuando en el año 2007 se resolvió la postulación de la ciudad, Luiz Inácio Lula Da Silva se encontraba transitando su quinto año como presidente y la economía aún no estaba en recesión, cuestión que intentó ser aprovechada desde el palacio Itamaraty para ubicar al país hermano dentro del concierto de las grandes naciones.

Desde aquel entonces hasta el inicio de los Juegos Olímpicos la situación política, económica y social del Brasil cambió radicalmente. A la profunda crisis del sistema político brasileño, que incluye la legalización del golpe institucional contra Dilma Rousseff, se le suma el rechazo a su sucesor Michel Temer entre vastos sectores de la población, combinado con los más de dos años y medio de retracción económica y ajustes, lo cual ha implicado el empeoramiento de las condiciones de vida de millones de trabajadores.

Ante un contexto como este, no llamaron la atención los resultados difundidos en la investigación realizada por el Folha de S. Paulo sobre los Juegos Olímpicos, donde a pocos días de iniciarse, uno de cada dos brasileños rechazaba su realización. Rechazo que en forma activa tuvo su expresión en el desarrollo del movimiento “apaga la antorcha”, el cual asedió a la antorcha olímpica a lo largo de los cerca de 20.000 kilómetros que la misma tuvo que recorrer antes de su llegada al Pebetero. Para lo cual fue necesaria una escolta de las Fuerzas Armadas brasileñas que la acompañara durante los 32 días de recorrido, 24 horas al día.

 

Fora Temer

La apertura formal de los Juegos ungió en una profunda silbatina al presidente (todavía interino en ese momento Michel Temer), en un Maracaná repleto de punta a punta. Las fuerzas de seguridad (al menos en los primeros días en que se desarrollaron los juegos) intentaron rápidamente disuadir cualquier tipo de protesta de parte del público local, que una y otra vez se las arregló de las maneras más creativas para evitar los scanners, cacheos, revisiones e incluso expulsiones de los estadios, y seguir denunciando ante los medios internacionales el rechazo al presidente interino (lo cual desde ya varió según el grado de popularidad de la disciplina). Estos intentos de coartar las libertades democráticas no solo fueron condenados por los espectadores de los eventos deportivos, sino sobre todo por una importante parte de la población, hecho que obligó a que el Juez Federal Joao Augusto Carneiro Araujo, interviniera garantizando el derecho de los concurrentes a los eventos deportivos a manifestarse, resolución que fue apelada por el Comité Olímpico Internacional y por el estado de Río de Janeiro aunque sin mayor suerte.

En este marco de profunda crisis, el Ejército aprovechó la situación, sobre la base de una ciudad militarizada con cerca de 70.000 efectivos (dispuestos a reprimir ante cualquier conflicto o protesta social), no solo para poder manejarse con cierta autonomía en relación al poder político, sino incluso de poder disponer en forma directa de parte de los millonarios recursos destinados a la construcción de infraestructura y equipamiento. Siendo ejemplo de esto los casos de la sede olímpica de Deodoro (sede en la cual se consagró campeón olímpico el seleccionado masculino de hockey de Argentina) ubicada dentro del regimiento militar más grande de Brasil, o el Boulevard Olímpico donde estuvo alojada la llama olímpica durante la realización de las olimpíadas, ubicado en la base de la Marina de Río de Janeiro. A lo que se deberá sumar las compras millonarias de equipamientos, motos, patrulleros, etc.

También obtuvieron concesiones de tipo simbólicas como que la abanderada de la delegación brasileña fuera la sargento y pentatlonista Yane Marques, o que incluso el izamiento de la bandera olímpica se encontrara en manos de la represiva Policía Militar.

 

La disputa por la hegemonía deportiva

Como la historia de los Juegos Olímpicos se ha encargado de demostrar, estos no solo han sido el ámbito por excelencia donde los deportistas de diferentes disciplinas y naciones intentaron demostrar sus mejores cualidades y rendimientos deportivos, sino que también fueron testigos de feroces contiendas entre diferentes Estados y/o regímenes políticos interesados en demostrar su hegemonía en el plano deportivo a nivel mundial (de la misma forma que se expresa en el plano económico, militar y geopolítico); o en el plano nacional poder aprovechar exitosos resultados, para posteriormente ser utilizados como propaganda estatal. Por esta razón, los juegos pasaron a ser asumidos como una cuestión de Estado, ya no solo por parte del concierto de las principales potencias, sino incluso en estos últimos años por algunos de los BRICS. El caso más emblemático de este tipo de disputas fueron las Olimpiadas realizadas en Berlín en el año 1936, las cuales intentaron ser utilizadas como propaganda nazi por parte del régimen hitleriano.

Estas disputas se hicieron presentes en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, ya no solo a partir de los programas de entrenamiento de alto rendimiento que cada nación implementó con mayor o menor suerte, sino sobre todo a partir de las controversias generadas debido a los casos de doping o los programas de alto rendimiento dirigidos a militares.

 

Dopaje de Estado

Luego de la denuncia realizada por la Asociación Mundial Antidopaje donde se demostraba la complicidad del Estado ruso en la realización del doping de su delegación, lo cual era acompañado por una política de testeos y adulteración de resultados, se abrió a escasos días del inicio de los Juegos la mayor controversia de la historia relacionada con este tema. Esta situación intentó ser aprovechada por Estados Unidos, quien solicitó desde la Asociación Antidopaje Estadounidense (USADA), conjuntamente con otras agencias de antidopaje a nivel mundial, la exclusión de la totalidad de la delegación rusa de los Juegos Olímpicos, demanda que si bien no prosperó, no por eso dejó de afectar sensiblemente a la delegación de ese país. Por esta razón Rusia sufrió la exclusión de cerca de 100 de sus mejores deportistas (muchos de ellos medallistas olímpicos y campeones mundiales), incluyendo la totalidad del equipo de atletismo; aun cuando era conocido que existían atletas que estaba comprobado que jamás habían realizado ningún tipo de doping (como en el caso de la denunciante de estas prácticas ante el Comité Olímpico Internacional, la corredora de 800 metros Yuliya Stepanova; o como la garrochista y bi-campeona olímpica Yelena Isinbayeba).

 

Militares olímpicos

Otro de los aspectos controversiales en los Juegos Olímpicos se relaciona con el desarrollo de los programas deportivos de alto rendimiento dirigido a las Fuerzas Armadas, políticas que ya venían siendo implementadas por países como Rusia, China y Alemania. En estos juegos dicha tendencia se caracterizó por alcanzar un mayor grado de expansión y profundización, siendo el mayor ejemplo de la misma el país anfitrión, donde cerca de un tercio de su delegación estaba integrada por atletas de alguna de las diferentes fuerzas militares del Brasil.

Este hecho tuvo sus antecedentes en el año 2008 cuando –en el marco del gobierno de Lula da Silva– se puso en pie el Programa Atletas de Alto Rendimiento de las Fuerzas Armadas Brasileñas (PAAR), impulsado por los ministerios de Defensa y Deporte. Programa que tuvo su bautismo de fuego en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, donde participaron 51 atletas, los cuales fueron responsables de la obtención de un tercio de las medallas alcanzadas por Brasil en esos Juegos.

A partir de la designación de Río de Janeiro como futura sede de los Juegos Olímpicos, este programa fue reforzado, dando como resultado que en tan solo cuatro años la cantidad de atletas salidos de este programa que integraron la delegación olímpica casi se triplicara (145), conquistando los mismos el 63 % de las medallas alcanzadas por Brasil, que en estos Juegos tuvo su mejor performance histórica al lograr 19 medallas, algunas de las cuales fueron obtenidas por atletas como la sargenta Rafaela Lopes Silva y el sargento Thiago Braz , medallas de oro en Judo y Salto con garrocha o el gimnasta Arthur Zanetti, medalla de plata en gimnasia. Conquistando como resultado la legitimación ante sectores importantes de la sociedad civil de las Fuerzas Armadas. No casualmente en el caso de las brasileñas fue la Policía Militar –responsable del asesinato de 8466 personas entre los años 2005 y 2014– la encargada de izar la bandera olímpica.

 

Nacionalismo deportivo, una rivalidad forzada

Un capítulo aparte merece en estas olimpíadas el intento de parte de los medios masivos de comunicación de fogonear una rivalidad que en el caso de Argentina y Brasil carece de sustento histórico, salvo en el plano futbolero. Hecho que solo podría ser explicado a partir de la necesidad de los gobiernos de ambos países, de dejar de ser objeto de cuestionamiento por las políticas llevadas adelante. En este sentido, es de destacar el enfrentamiento a este tipo de políticas chovinista expresado por atletas consagrados como el tenista tandilense Martín Del Potro o el abanderado de la selección argentina y basquetbolista Luis Scola.

 

Conclusiones

La mística del olimpismo –con sus valores y principios– y su correlato en la promoción de políticas deportivas, pocas veces se han relacionado con las necesidades de las masas, más bien ha sido una necesidad por parte de los Estados capitalistas de relegitimarse ante estas a partir del diálogo con sus pasiones deportivas.

Poder exhibir logros en este plano, traducidos en cantidad de medallas olímpicas, tiene una creciente jerarquía en las políticas de las principales potencias y países de desarrollo medio.

Aunque no hay una relación mecánica entre poder económico y político y logros deportivos, las estadísticas marcan una tendencia. A manera de ejemplo, de las diez naciones que conquistaron la mayor cantidad de medallas, 7 forman parte del selecto grupo de las 10 naciones con mayor PBI a nivel mundial. De estas, las primeras cinco (Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Rusia y Alemania) conquistaron el 36,5 % de las medallas en juego. Si este número lo extendemos hasta el décimo puesto, este grupo concentró una de cada dos medallas. Hay excepciones aisladas, como los casos de Kenya o Jamaica (¡el fenómeno Usain Bolt!), pero quienes dominan el mundo dominan los Juegos Olímpicos. Y dominan al Comité Olímpico Internacional.

El COI decide a qué deportes le otorga estatus olímpico y a cuáles no. Por ejemplo, un deporte característico del país anfitrión es el Capoeira, que solo estuvo presente en el show de la ceremonia de apertura. No hubo competencia de esa disciplina ¿Pierden más medallas EE. UU. y Francia o Brasil con esta decisión? ¿Lo mismo con el Karate y un centenar de disciplinas? El Beach Vóley, tan californiano y simpático, sí tiene estatus olímpico y otorga medallas.

Más allá de estas expresiones, cada cuatro años, gran parte de la población del mundo se detiene a observar el arte y el esfuerzo de cientos de deportistas que dan lo mejor de sí. En ellos y ellas reside un verdadero espíritu deportivo.

 

Colaboraron en esta nota: Augusto Dorado y Martín Literal, integrantes del staff de la sección Deportes de La Izquierda Diario.

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