Las olas y el viento…

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POSPROGRESISMO Y CRISIS DE LA RAZÓN POPULISTA

 

PAULA VARELA Y GASTÓN GUTIÉRREZ

Número 34, octubre 2016.

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La crisis de los populismos latinoamericanos es, sin dudas, el principal tema de discusión política entre “las izquierdas” de la región, impactando, incluso, en una parte de Europa que asiste a un escenario en el que los populismos de derecha vienen ganando la pulseada a los neorreformismos [1]. En el terreno de los hechos, no hay mayores desacuerdos: en el transcurso del último año y medio la derecha avanzó bajo distintas formas en la región. Podemos identificar tres tipos de procesos. Aquellos en los que el avance implica la derrota o intento de derrota de los partidos o coaliciones que encabezaron gobiernos populistas, como el triunfo electoral de Macri en Argentina, el golpe institucional a Dilma en Brasil, el bloqueo a la posibilidad de reelección de Evo Morales en Bolivia y de Rafael Correa en Ecuador (que los coloca frente al problema de la sucesión), y la amenaza de ganar un referéndum destituyente en Venezuela que se propone como el fin de la experiencia bolivariana [2]. Aquellos en los que el avance se da bajo la forma de  derechización al interior de los propios gobiernos progresistas, como es el caso de Uruguay y de Nicaragua. Y, por último, la homogenización a derecha del tablero político en los países que no constituyeron ejemplos de los gobiernos populistas sino más bien continuidad del ciclo neoliberal, como el caso de Colombia con el reciente bloqueo al “proceso de paz”, el de México que se dirige a un 2018 con dos derechas como favoritas en las encuestas para disputar el escenario con AMLO, y el de Perú con una segunda vuelta copada por dos opciones que a su derecha solo quedaba la pared [3].

Esto abre dos tipos de razonamientos. El primero, que resulta en una explicación tautológica, resume el principio y fin de todos los males en el cambio de ciclo económico y, con él, la inevitabilidad de su correlato político (por supuesto, los mismos que hoy postulan esta explicación, ayer despotricaban ante los análisis que destacaban el “viento de cola” de los momentos de bonanza). El segundo es el que, partiendo de la evidencia del fin del ciclo de las commodities, evitan el objetivismo reconfortante y se preguntan cuáles son las responsabilidades  de los gobiernos populistas en este giro del clima político regional. Vamos por esta segunda vía, aunque en este camino nos crucemos con pocos kirchneristas, no muy afectos a ese tipo de ejercicios.

 

La subsistencia de la razón populista

Adelantemos lo que consideramos un núcleo duro del fracaso de la hipótesis populista en la región: la apuesta estatalista y la relación que ésta establece, por un lado, con las masas que protagonizaron las resistencias (más o menos radicales) al neoliberalismo en la región; por el otro, con las burguesías que encarnaron (y hoy vuelven a encarnar) la ofensiva neoliberal en estas latitudes. Sobre ese núcleo duro ya hemos machacado varias veces en esta revista al analizar las tensiones entre el kirchnerismo y el 2001 como proceso que fue, al mismo tiempo, su condición de

posibilidad y su principal objeto de negación para poder llevar adelante la reconstrucción del régimen burgués en Argentina. Eso que aquí fue expropiación y pasivización (con algunos homenajes, como no puede ser de otro modo), se dio también en otros países latinoamericanos, con las señas particulares de sus propias relaciones de fuerza. Así lo señala Massimo Modonesi en un reciente artículo:

…desde hace años he insistido –junto a otros analistas– en los vicios inherentes a la apuesta de los diversos progresismos latinoamericanos a una forma de conducción estatalista y gubernamentalista, en plena continuidad con la lógica delegativa del electoralismo y el caudillismo, promoviendo (en unos casos más que en otros) la desmovilización o resubalternización de los actores y movimientos sociales que habían sido protagonistas del ciclo de luchas antineoliberales de los años 90, en aras de garantizar la estabilidad del proceso-proyecto autoproclamado posneoliberal y afianzar determinados grupos dirigentes u organizaciones políticas. Los resultados recientes demuestran que se sobrestimó la capacidad de gobierno y de construcción de mayorías electorales –no exentas de ser artificialmente infladas por prácticas asistenciales y clientelares–, se desestimó la posibilidad de apostar a la movilización y la activación de las clases subalternas, y se subestimó la capacidad de reacción de las derechas de la región [4].

Esta relación entre sobrestimación de las capacidades transformadoras del Estado burgués (que es, en realidad, una subestimación de su carácter de clase), desestimación de la movilización popular (o de la lucha de clases como motor irrenunciable de los procesos de transformación), y allanamiento al retorno de las derechas (que se apoyan en una institucionalidad que les es propia y una liberación de las calles que las envalentona), es lo que está en el centro del hilo (no rojo, sin dudas) que une las diversas actualidades políticas de nuestro sur-sur.

Ahora bien, el problema de la subalternización de las masas bajo la pasivización del Estado en el capitalismo nos conduce inevitablemente a la crítica de la razón populista. Aún en crisis, ésta se presenta ante el retorno de la razón neoliberal, en un juego de espejos que permea el conjunto de las disputas políticas y culturales en la opinión pública de los principales países de la región. Su perdurabilidad reside (en buena medida) en la oportunidad que le brinda la derecha de presentarse como “mal menor”, obturándose, así, la principal pregunta que debe hacérsele: ¿qué llevó a “desestimar” y a no “apostar” por la movilización popular (incluso ante el ataque abierto de la derecha como en Brasil, donde el PT no exigió una huelga general a la CUT)? ¿Cómo se explica la subestimación de las derechas (y su retorno) como constante de los regímenes populistas?

Estas preguntas y, sobre todo, las consecuencias que el giro a la derecha significa para las vidas de las masas, vuelven más que necesaria una crítica a la razón populista que permita abrir la vía a la emergencia de una izquierda anticapitalista en nuestra región. Porque aunque la idea de una “razón populista” está asociada al título del libro de Ernesto Laclau, ésta constituye cierto sentido común entre los intelectuales que se referencian en los gobiernos posneoliberales. A tal punto es así que suelen designarse como “populistas” a gobiernos y regímenes diferentes entre sí [5]. Pero si bien la teoría de Laclau galvanizó a los intelectuales que adherían al populismo en su momento de auge, en su momento de crisis, en donde el punto de armado de las coaliciones populistas claramente falla, se volvió necesario ensayar nuevas explicaciones. La subsistencia de la razón populista, más allá del modelo teórico de Laclau, agrupa un conjunto de certezas comunes entre los defensores de los gobiernos populistas, que frente al avance de las viejas y nuevas derechas mantiene cierto peso.

 

Las olas y el viento

La expresión más destacada de esta subsistencia son las intervenciones que viene realizando Álvaro García Linera [6] presentando argumentos para que la razón populista resista el embate restaurador [7]. A diferencia de los intelectuales kirchneristas (más dedicados a oscilar entre la queja y el llanto), García Linera intenta un doble juego que integra un balance de los errores con un refresh de la “ilusión populista” a través de restituirle al populismo un carácter de estrategia de transformación de los plebeyos.

En pos de esta operación, lo primero que hace García Linera es explicar la dinámica de los gobiernos populistas en la región a través de la metáfora de las oleadas: “No estamos ante un fin de ciclo, sino que nos encontramos ante una ola” [8]. Esta idea de oleadas le permite separarse de las explicaciones más economicistas que cierran el debate al grito de “es el ciclo económico, estúpido”, y poner el acento en una serie de problemas políticos que permiten, a su juicio, el intento de recrear la hipótesis populista; al nuestro, identificar mejor los puntos de fuga de esta misma ilusión.

El primero, es el reconocimiento del problema que significa lo que García Linera llama “el reflujo de la movilización de masas”. Hecho inocultable en todos los países bajo gobiernos populistas, su explicación consiste en atribuirle cierta inevitabilidad dado que “nadie está en una revolución perpetua”. Más allá del guiño antitrosko de la frase, con este argumento García Linera amalgama dos procesos que son diferentes. Que las masas no pueden estar combatiendo permanentemente es casi una verdad de perogrullo; que eso sea la explicación de la pasivización de las muchas luchas de los trabajadores y sectores populares de la región, es casi un engaño. Las masas fueron “invitadas a irse a su casa” desde los balcones del palacio en pos de hacer las transformaciones desde el Estado. Y esa invitación no fue velada, sino expresa porque en ese pasaje de la calle al palacio reside una de las esencias de la estrategia populista. En un  análisis de la escena de la Plaza de Mayo el 17 de Octubre de 1945, Dove señala (siguiendo a Rancière) que la interpelación del General a esa masa de trabajadores en movimiento, concentra en un mismo acto el reconocimiento de su fuerza social y su negación. El reconocimiento a través de dirigirse a ellos como los hacedores de ese día histórico, la negación a través de invitarlos a desmovilizarse y poner fin a la huelga, cediendo así el carácter de hacedores de la historia al Estado y su General [9]. Ese doble movimiento en un mismo acto no es un avatar del populismo, es su alma permanente. Lo que sacó a los pueblos de las calles no fue el cansancio en el ejercicio activo de la revolución ni del poder (cosa que, por otra parte, no sucedió en ninguno de los procesos de los que estamos hablando), sino la invitación ejercida desde el balcón del palacio. Y, de hecho, esa invitación fue cada vez más pronunciada en los gobiernos de la región [10].

 

La mesa y la casa

Otro punto que señala García Linera como uno de los problemas de los gobiernos populistas, es cierto desdén por la gestión de la economía o cierta incomprensión de que la gestión del Estado requiere “poner a la economía en el mando”. En lo que puede leerse como una crítica a Dilma (y podría extenderse al Axel de Cristina), el razonamiento es que pueden hacerse todas las concesiones a la burguesía que sean necesarias, siempre que se tenga claro que no se gobierna para ellos sino para el pueblo. Aprovechando la metáfora que usara otro populista de la región, el Pepe Mujica, lo que García Linera propone tener siempre presente es “que se puede sentar en la misma mesa, siempre que sepa que esa mesa no es nuestra”. Lo interesante de este punto (una generalidad

con la que nadie podría estar en desacuerdo pero tampoco acordar) es que para graficar esas “concesiones necesarias”, García Linera trae a cuento el ejemplo de la NEP en la Rusia revolucionaria como para enseñar (particularmente a los trotskistas) que hasta el más revolucionario realizó negociaciones. Lo que no tiene en cuenta es que el ejemplo que eligió para esa cátedra, grafica la diferencia entre la negociación con la burguesía como táctica y la alianza con la burguesía como estrategia. La concesión de la NEP fue un retroceso táctico (así lo definió el propio Lenin) en un proceso de revolución socialista que ya se había hecho del control estatal del comercio exterior y la industria nacionalizada, es decir de un gobierno revolucionario que ya había realizado una ruptura con el imperialismo y la burguesía. En el capitalismo andino de la Bolivia dependiente, las concesiones se realizan respetando las reglas del imperialismo y la burguesía [11]. Para volver a la metáfora de Mujica, el problema no es sentarse a la mesa sino preguntarse quién es el dueño de la casa. Y los dueños de las casas no cambiaron, y en momentos de crisis suelen ser proclives a cambiar las llaves de la puerta de entrada y echar a los mayordomos circunstanciales. Es por eso que el máximo “mando de la economía” al que se puede aspirar (con viento de cola) es a cierta diversificación de los recursos y fortalecimiento del mercado interno, es decir, conseguir una viabilidad de la economía más allá de que se mantenga la estructura del país atrasado.

Pero eso trae otro problema que García Linera reconoce, aunque llamativamente no vincula con lo anterior: el acceso al consumo como la gran conquista de los gobiernos populistas y la creación de “clases medias” como clases infieles cuyo voto es tan volátil como lo son las mercancías en el mercado (ayer al PT, hoy a los tucanos; ayer al FPV, hoy a Macri; ayer al Evo, hoy contra su reelección). Esas “clases medias infieles” son miradas con recelo por los adalides de los gobiernos populistas sin entender que son el producto de su propia creación. Si los populismos de mitad del siglo pasado fueron los de los derechos del trabajador (y la fidelización fue acorde a eso), estos populismos degradados que tienen el acceso al mercado como gran logro para mostrar, no pueden evitar tener una fidelización acorde al individualismo de su propia propuesta. Los ajustes (mayores o menores) implementados por los gobiernos progresistas en los últimos años hicieron el resto del trabajo, erosionando la propia base social. El ajuste de Dilma es el ejemplo más claro de esta dinámica, aunque también puede verse en Argentina, más aún si se tiene en cuenta que el candidato elegido para la continuación del kirchnerismo era Daniel Scioli. Este puente al regreso de la razón neoliberal que operaron los gobiernos progresistas permitió, en Argentina y Brasil, que Macri y Temer pudieran pasar (no sin tensiones) a la profundización de políticas promercado (pago a los fondos buitres y privatizaciones brasileñas) bajo la promesa de que estas políticas permitirían mantener el acceso al consumo que ni el PT ni el FPV parecían poder mantener.

 

La culpa de la conciencia

Cuando el populismo en crisis se pregunta por qué se imponen nuevamente los valores de la meritocracia, de la competencia, del individualismo más vulgar, de la antipolítica, suele buscar en la cultura un problema que es del orden del proyecto político que el populismo encarna. La subalternización de las masas que fueron su condición de posibilidad; el no cuestionamiento a quiénes son los “dueños de la casa”, y el acceso al consumo como niña bonita de las conquistas, explican mucho más la derrota que cualquier error cometido en el terreno de “la batalla cultural”. García Linera postula la ausencia de un “cambio cultural” antineoliberal como explicación de la tendencia de las masas a ser prescindentes políticamente ante los avances de las derechas latinoamericanas, yuxtaponiendo un análisis pretendidamente “culturalista” (que le echa la culpa a las clases subalternas por su falta de conciencia) a su política “realista” de crudo economicismo (de consumo). Este tipo de explicación (que se replica en otros intelectuales del populismo latinoamericano como Emir Sader), evita la crítica de los límites insalvables del proyecto populista. La subsistencia de la razón populista parece jugarse en la elusión de esta conclusión. De allí que dediquen su fuerza a combatir tanto las críticas neoautonomistas como las posiciones marxistas revolucionarias que dan centralidad al problema de la subalternización de las masas por el Estado capitalista. Es decir, a quienes disparamos al centro de la hipótesis populista (y de su fracaso).

 

  1. Svampa-Modonesi, “Posprogresismo y horizontes emancipatorios en América Latina”, La izquierda diario, 10/8/2016; A. Borón y P. Klachko, “Sobre el ‘post-progresismo’ en América Latina: aportes para un debate”, Resumen Latinoamericano, 28/09/2016.
  2. “Radiografía de una Venezuela convulsiva”, Milton D’ León, IDZ 33, septiembre 2016.
  3. Para una lectura de las implicancias del giro a derecha y sus límites ver “Giro a derecha y lucha de clases en Sudamérica”, Daniel Matos y Eduardo Molina, revista Estrategia Internacional 29.
  4. “Las derechas profundas en América Latina”, en massimomodonesi.net, 03/10/2016.
  5. Si bien el conjunto de los llamados “posneoliberalismos” o “progresismos” recompusieron la capacidad de mediación del Estado con sus políticas de democratización, “inclusión social”, neodesarrollismo económico y recuperación de algún grado de relativa autonomía política frente al imperialismo, distinguimos a Brasil, Uruguay y Argentina como gobiernos moderados de centroizquierda, de Venezuela, Bolivia y Ecuador como expresiones más a izquierda. Estos últimos, realizaron reformas de la superestructura estatal y política reflejada en los procesos constituyentes y, por su carácter de exportadores de hidrocarburos que les permitía ambicionar una recuperación de la renta enajenada por sus antecesores neoliberales, presentaron mayores roces con el imperialismo.
  6. El Vicepresidente de Bolivia, principal vocero intelectual del proceso boliviano, tiene una larga trayectoria política y académica, es ex guerillero katarista, matemático y sociólogo inspirado en categorías de Marx y Bourdieu, ver la compilación La potencia plebeya, Clacso, Buenos Aires, 2009.
  7. Conferencia de García Linera en Fac. Cs. Sociales- UBA, Nodal, mayo 2016; “Las transformaciones se dan por oleadas”, entrevista en Clacso-TV.
  8. Ídem.
  9. “Los orígenes del peronismo y la tarea del historiador”, Daniel James, Archivos N°3, septiembre.
  10. Ferreira, Javo, “El ocaso de la ilusión decolonial”, IdZ 27.
  11. Esta idea de que la nación oprimida podía conseguir mayor autonomía económica sin romper los lazos con el imperialismo se expresó en las ilusiones del “capitalismo nacional” kirchnerista, en el “capitalismo andino” de Evo e incluso en Brasil, donde al tener un mayor peso la burguesía autóctona se reabrió la discusión sobre el “subimperialismo brasileño” bajo administración petista.

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