Las ideas y las piedras

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tirapiedras

 

A propósito de ¿Qué fue de los intelectuales?, de Enzo Traverso

GASTÓN GUTIÉRREZ

Número 14, octubre 2014.

 

En la entrevista que le realiza Régis Meyran, el historiador italiano Enzo Traverso explora sintéticamente la historia del intelectual y el compromiso político, señalando cómo un vínculo característico en la historia del siglo XX está ausente de la escena contemporánea1. Observador metódico e historiador consagrado a la historia intelectual europea como atestiguan sus libros –La historia desgarrada y A Sangre y fuego2–, en su juventud militó en la Italia de los ‘70, en la organización autonomista Potere Operario (Poder Obrero) del operaismo marxista (Toni Negri, S. Bologna o Paolo Virno).

 

El espacio público como condición del intelectual

La entrevista se divide en tres apartados –“Del nacimiento de los intelectuales a su eclipse”, “El ascenso del neoconservadurismo” y “¿Cuáles son las alternativas para el futuro?”–, en los que se recorre el pasado y el presente de la historia del “intelectual” moderno.

Los extremos de esta historia van del caso Dreyfus a una foto de Edward Said del año 2000. Zola constituye el símbolo del origen de una figura novedosa de crítico, al que la reacción antidreyfusista otorgó el término negativo de “intelectual” como producto de una modernidad decadente donde lo cerebral, lo artificial, lo abstracto y cosmopolita se opone a la naturaleza, al terruño y la vida concreta. Más de cien años después, el intelectual palestino Edward Said, profesor de literatura comparada de la Universidad de Columbia, tira piedras contra un puesto de control israelí, lo que contrasta con la opinión pública norteamericana signada por el “choque de civilizaciones”. Lo que caracteriza a la intervención del intelectual no es solo su actividad específica en el plano de las ideas, las ciencias o las artes, sino la adopción de un compromiso político “disonante” con respecto a la “armonía” del clima ideológico.

¿Qué es entonces lo que diferencia a esta figura, que comienza a ser denominada “intelectual” (como sustantivo) recién en la Tercera Republica Francesa? La emergencia de un “espacio público” consolidado. Un mercado situado “entre el ámbito de la producción y el ámbito de la decisión”, según la noción que desarrolló Habermas, característico de una sociedad de masas, con industrias de prensa y medios que les permitan a los intelectuales vivir de su pluma. Contradictoriamente, el mercado capitalista crea un espacio para la crítica, que posee especificidades nacionales muy marcadas. En Francia, donde surge primero, tempranamente se politiza el campo intelectual. El diario La libre parole profesa un credo antisemita, mientras que Jean Jaurés funda L’Humanite como diario para estructurar al socialismo como corriente de ideas. A diferencia de Alemania, donde el científico universitario es incorporado al sistema estatal y es garante del orden frente a la “demagogia” de los socialistas (ver el desprecio que les dedica Weber en El político y el científico). En el espacio público el “contrapunto” objeta el discurso dominante, en un campo magnético en el que se encuentran fuerzas antagónicas.

Entre 1914 y 1945 se produce un “ascenso a los extremos” de la lucha de clases, la violencia política y la guerra, que denominó “guerra civil europea”, o retomando a Engels “nueva guerra de los Treinta años”. En la derecha prima el odio a los intelectuales (a excepción del fascismo italiano que propone sus propios intelectuales). En el triunfo del nazismo Goebbels organizaba las quemas de libros bajo la consigna de que “la era del intelectualismo está terminada”. Todos los nacionalismos fueron antiintelectuales, incluyendo al naciente estalinismo, aunque en los ‘30 aprovechará el “ethos antifascista” motorizando a los intelectuales hacia los frentes populares, a condición del silencio ante el orden burocrático. La excepción son los surrealistas aliados a Trotsky.

La Guerra Fría presiona a los intelectuales a elegir entre la crítica al totalitarismo, que se impone en el “mundo libre”, o el acompañamiento como “compañeros de ruta” del estalinismo. Desde el macartismo en los EE. UU. en un polo, y la Francia e Italia donde los PC son fuertes en el otro. Los intelectuales antifascistas en la entreguerras se hacen antitotalitarios durante la posguerra, como el caso de algunos miembros de la Partisan Review en los EE. UU. Con la invasión a Hungría en 1956 la relación intelectuales-estalinismo comienza a resquebrajarse y emerge una “nueva izquierda” (heterogéneamente trotskista, maoísta o guevarista).

En ese contexto se impone la figura de Sartre como “intelectual comprometido” y “en

situación” que interviene como “alguien que se mete en lo que no le importa” denunciando el colonialismo.

 

¿Prisma marxista o liberal?

La distinción de Gramsci entre “intelectuales tradicionales” e “intelectuales orgánicos” constituye para Traverso la primera teoría de los intelectuales en la sociedad de clases: los “tradicionales” moldean las herramientas mentales de una sociedad premoderna (curas, juristas, burocracia, etc.), mientras que los “orgánicos” diseñan el paisaje cultural de la sociedad capitalista, y deben por lo tanto elegir entre la clase obrera o la burguesía.

Sin embargo, a estos conceptos de Gramsci y la noción de Habermas sobre el espacio público, Traverso le agrega las consideraciones de Bobbio según las cuales las definiciones del intelectual oscilan entre dos polos en relación al poder: la figura del “filósofo rey” platónica, que debe introducirse de lleno en el poder para diseñar la ciudad ideal; y la del filósofo de la corte “consejero del príncipe”.

Señala que el intelectual como “arquitecto autoritario” del mundo no es más que un pretexto para sustentar una posición conservadora (como la de Popper contra Platón-Hegel-Marx). Sin embargo recurre a este prisma liberal al designar con una categoría similar a la figura del intelectual revolucionario. Intelectuales bolcheviques o comunistas, como Bujarin, Radek, o Lukács (que cedieron ante la contrarrevolución estalinista), son puestos en la misma categoría que los “teóricos” del corporativismo racista o Pol Pot. Más aún, al ubicar al intelectual revolucionario en la categoría de “filósofo rey” cree demostrar la incompatibilidad entre intelectuales y poder. Irónicamente sin mayor historización, critica una supuesta “confusión de roles” en Trotsky, ya que antes de la revolución vivía de su pluma, pero perdería su condición de intelectual una vez en el poder, justificando medidas autoritarias (tentaciones ya inscriptas en Marx y Lenin). Trotsky sería un intelectual hasta la revolución, un filósofo del poder durante la misma, y volvería a ser crítico recién cuando enfrente el exilio y la muerte. ¿Cómo entender que era, luego dejó de ser, y luego volvió a ser?

En A sangre y fuego Traverso señalaba que sería un “error de perspectiva querer analizar con los anteojos de Habermas y Rawls una época que produjo a E. Jünger y A. Gramsci, Carl Schmitt y León Trotsky”3. Desatento a su propia recomendación, al introducir las anteojeras de Bobbio sobre la relación intelectuales-poder, Traverso yuxtapone un criterio por completo desatento a las consideraciones históricas. No se trata de que Trotsky contenga la esencia del intelectual revolucionario más allá de las situaciones ante las que debió actuar (algunas ciertamente de excepción), sino de la noción de que el intelectual que accede al poder ya no sigue siéndolo.

Aunque la noción de espacio público es útil, la dupla Habermas-Bobbio resiente la teoría marxista sobre los intelectuales, apenas enunciada en su consideración sobre Gramsci, alejándose de cualquier consideración específica sobre las diferentes relaciones intelectuales-burguesía e intelectuales-clase obrera. Precisamente el núcleo de la cuestión de los intelectuales es la diferenciada situación de la clase obrera en la sociedad capitalista en comparación con las fracciones de la burguesía y sus intelectuales.

Traverso, al tratar de destacar la existencia de la figura del intelectual como crítico del poder, cae en la ilusión de pensarlo como un grupo social autónomo. Lo que podría ser criticado desde sus propias consideraciones reponiendo los conflictos de clase en el “campo magnético” de la revolución-contrarrevolución ante momentos de radicalización, así como el declive de los intelectuales ante las fuerzas del mercado en momentos reaccionarios.

La clase trabajadora enajenada de medios culturales, necesita hacerse del poder para poder desplegar cualquier cambio cultural efectivo. El intelectual crítico del poder puede ponerse del lado de los oprimidos, pero la clase obrera a la hora de encarar una transformación social requiere de la conquista de un poder obrero transitorio, que es tan sólo un medio para la auto-emancipación de las masas que tiene en la pedagogía y la conquista del tiempo libre sus premisas. El rol del intelectual revolucionario, una figura fascinante como señala Traverso, no puede enajenarse de esas condiciones.

 

El declive del espacio público

La mutación contemporánea se debe para Traverso a la creciente subordinación y reificación del espacio público. La relación Universidad y capitalismo se modificó en las últimas tres décadas en las que un lenguaje empresario lo inundó. Con la Universidad de masas y la industria cultural los intelectuales dejaron de constituir una élite, dando paso a la proletarización y precarización. El neoliberalismo, las derrotas del movimiento obrero y el ascenso del neoconservadurismo americano se consolidaron con el ‘89. Mientras en Francia los “nuevos filósofos” buscaban revertir completamente el espíritu del ‘68, especialmente los ex maoístas que primero sostuvieron la “revolución cultural” más retrograda y luego el período más negro del liberalismo. El surgimiento de partidos orientados a la conquista de la opinión pública abandonando cualquier referencia de clase, inaugura la era de los partidos catch-all, que ya no necesitan militantes, ni intelectuales, sino tan sólo think tanks mediáticos y gestores. El experto en oposición al crítico, encarnado por economistas, politólogos o sociólogos como técnicos de gobierno integrados. No hay más que mirar el panorama ante la crisis económica mundial, donde los que generaron las políticas que llevaron a  la crisis, son los diagnosticadores de la misma y los expertos que deberían resolverla (el paroxismo de esta tendencia fue el gobierno técnico de Mario Monti en Italia). Completan este pintoresco panorama los filósofos y escritores que actúan de actuales bufones de una nueva “nobleza mediática”.

Ante este escenario por izquierda no hay mucha alternativa para Traverso. Las discusiones de Michel Foucault acerca del intelectual específico, en oposición al intelectual universalista, constituirían una respuesta y una adaptación. La unilateral concepción foucaultiana del micro-poder y de la mutación histórica del poder soberano al biopoder sobre poblaciones, obvia nada menos que la permanencia del poder estatal imperialista, como el de EE. UU., que plantea la vigencia del intelectual universalista.

El poscolonialismo, al que sería injusto considerarlo un “carnaval académico”, ciertamente no tiene ninguna presencia en Asia y África donde presumiblemente debería cumplir un rol. Quizás nuevas revueltas en Europa o EE. UU., donde la sociedad es menos WASP (blanco, anglosajón y protestante) que nunca, permitan una evolución prometedora de la mano de árabes, africanos y latinos. Desde la teoría, Badiou, Rancière, Butler o Zizek han ganado auditorio como críticos de la dominación, pero la ruptura entre éstos y los movimientos sociales está en la base de sus limitadas y escasas propuestas estratégicas concretas. Traverso enumera iniciativas de resistencia como Contretemps y el periódico independiente Media-Part en Francia, o la revista Jacobin en EE. UU., que aunque síntomas de un nuevo auditorio son minoritarias aún. Para Traverso el panorama actual en última instancia es producto de que la derrota de la revolución comunista en el siglo XX clausuró todo “horizonte de expectativa”. Es esta perspectiva “melancólica” la que resiente su libro, tanto en la reconstrucción del pasado, como en las perspectivas actuales, ya que clausurado el horizonte estratégico de las revoluciones del siglo XX estaríamos efectivamente sin rumbo entre la “Escila del rechazo del pasado” y la “Caribdis de la ausencia de futuro”.

 

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1. ¿Qué fue de los intelectuales?, Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores, 2014.

2. La historia desgarrada. Ensayo sobre Auschwitz y los intelectuales, Barcelona, Herder Libros, 2011; A sangre y fuego. De la guerra civil europea, 1914-1945, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2009.

3. ¿Qué fue…, op. cit., p. 12.

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