Las aventuras de Mario Conde: una historia escuálida y conmovedora

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JUAN LUIS HERNÁNDEZ

Número 19, mayo 2015.

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El escritor cubano Leonardo Padura, reconocido mundialmente por su obra El hombre que amaba a los perros, es también el creador de la serie policial que tiene por protagonista a Mario Conde, detective de La Habana. Inspirada en las obras más emblemáticas de la novela negra anglosajona, el autor construye la saga siguiendo los preceptos de su maestro J. D. Salinger quien, según sus palabras citadas por Padura, “…estaba sumamente interesado en la escualidez”. Es ésta una condición de la escritura del autor: una historia simple pero con capacidad para conmover al lector, concentrando los recursos literarios en la descripción densa del contexto y en el trazado minucioso de los personajes. Estas características convierten al género en fuente de indudable valor para la comprensión y el estudio de la historia social de una época. Las novelas policiales de Padura, además de su intrínseco valor artístico, nos ofrecen un excelente mirador desde donde observar la historia y la vida cotidiana del pueblo cubano, a partir de la pluma crítica del autor. Intentaremos a continuación una somera presentación de las novelas que integran la serie, y esbozaremos algunas reflexiones sobre las temáticas sociales contenidas en las mismas.

 

Las cuatro estaciones

El ciclo “Las cuatro estaciones” comprende los casos más relevantes del Conde en su trayectoria como miembro activo de la Policía de Investigaciones de La Habana. Se inicia con Pasado Perfecto (1991), continúa con Vientos de Cuaresma (1993) y Máscaras (1997) y se cierra con Paisaje de Otoño (1998). Las cuatro novelas fueron escritas y publicadas durante el “Período Especial”, como se llaman en Cuba los años inmediatamente posteriores al colapso de la Unión Soviética en 1991.

Pasado Perfecto cuenta la historia de Rafael Morín, un cuadro político ascendente que sufre una lenta descomposición personal, haciendo negocios y acaparando poder, hasta terminar enredado en una mortal telaraña de corrupción. En la investigación, Conde se topa con Tamara, la esposa de Morín, excusa perfecta para retrotraer la historia a la adolescencia del policía, a los años formativos en el Preuniverstario La Víbora, en el cual la joven era el escurridizo objeto de deseo de todos sus compañeros. El autor aprovecha la ocasión para presentar el grupo de amigos más cercanos del Conde –el flaco Carlos y su madre Josefina, el Conejo, Andrés, Candito el rojo– quienes, junto a Tamara, lo acompañarán a lo largo de la saga.

En Vientos de Cuaresma, historia ambientada en una tórrida primavera habanera, Mario Conde es convocado para investigar la misteriosa muerte de Lisbeth, una profesora de química de la Universidad, cuyo cuerpo sin vida aparece en su propio departamento. La historia le permite al investigador adentrarse en el lado oscuro del mundo académico.

Máscaras es la apuesta política-literaria más arriesgada de este primer ciclo. El detective debe resolver el asesinato de un travesti, que aparece estrangulado en un bosque de La Habana. La víctima era el hijo de un importante diplomático, debiendo Conde sumergirse en los pliegues de la hipocresía y el doble discurso de la nomenclatura. El punto de partida de la pesquisa es el encuentro con el personaje del Marqués, escritor homosexual, artista plástico excéntrico, dueño de una amplia y refinada cultura, quien introduce a Mario en un mundo desconocido, poblado de seres inimaginables para el detective. La obra se apoya en un doble relato: por un lado el curso de las investigaciones, por el otro un monólogo del Marqués en el que va desgranando distintos momentos de las difíciles relaciones del mundo gay, el arte y el régimen político cubano. El relato del Marqués provoca excitación, curiosidad y repulsa en Conde, exacerbadas con una aparición con la que vivirá una extraña e intensa pasión.

El ciclo concluye con Paisaje de otoño, la más oscura de la saga. Es la historia de Miguel Forcade Mier, ascendente revolucionario en los ‘60, cuando dirigía una unidad estatal especializada en la apropiación y reutilización de bienes lujosos expropiados a la burguesía que huía a Miami. Estando en el pináculo del poder, decide misteriosamente no regresar al país al término de un viaje oficial al exterior. El relato comienza con la renuncia del Conde a su cargo en la policía de La Habana, disparada por el abrupto relevo de su jefe, reemplazado por un joven e inexperto burócrata vinculado a la inteligencia cubana. Este, a cambio de aceptar su licenciamiento, le pide que resuelva el asesinato de Forcade, ultimado al volver a Cuba con su esposa por unos breves días. Nuevamente Conde debe bucear en las profundidades más sórdidas de la sociedad cubana, confirmando su voluntad de dar por terminada su experiencia policíaca. El mismo día de 1989 en que cierra el caso, cumple treinta y seis años y recibe su licenciamiento de la fuerza, mientras un terrible huracán atraviesa la ciudad. Esa noche, celebrando su cumpleaños en la casa del flaco Carlos, se entera que uno de sus mejores amigos había iniciado los trámites para irse definitivamente del país.

 

Ajuste de cuentas

Adiós Hemingway fue publicada en el año 2001, para una serie en la cual la ficción policial se entrometía con escritores verdaderos, lo que habilita al autor a convocar nuevamente las habilidades de Mario Conde. Retirado de la policía cubana, Conde subsistía dedicado a la compra-venta de libros usados. Su antiguo ayudante Manolo le pide ayuda para resolver un extraño caso: en Finca Vigía, en el puerto de Cojimar, la última residencia de Ernest Hemingway en la isla, una tormenta dejó al descubierto un cadáver en el jardín de la casona. Conde, a quien un lejano día de 1960 su abuelo lo llevó a conocer el humilde pueblo de pescadores y en su transcurso pudo ver a Hemingway y saludarlo, intentará ayudar a su amigo y resolver el caso. En la densa trama aparecerá una relación de amor-odio de Padura-Conde con el escritor estadounidense, un escritor genial pero también un ser despreciable que había traicionado a muchas personas que confiaron en él.

Padura, a través de su alter-ego Mario Conde acusa, a Hemingway de una infame felonía contra su colega John Dos Passos, durante la época de la guerra civil en España. Hemingway habría descalificado a Dos Passos porque éste reclamó la verdad sobre la muerte de un amigo suyo, enrostrándole que había sido fusilado por traidor a la República, cuando en verdad era una víctima más del terror stalinista. Pero lo acusa de una canallada más: tomó ese personaje y lo transformó en un modelo de traidor en su famosa novela Por quién doblan las campanas.

Pero si Padura logra formular una crítica políticamente correcta, se queda a medio camino respecto de las impresentables opiniones y actitudes de Hemingway sobre la tauromaquia, la cacería o las mujeres. Su protagonista toma distancia del machismo, la misoginia y el depravado asesinato serial de animales perpetrado por el escritor, pero su ánimo flaquea cuando advierte las huellas en Finca Vigía de las célebres amantes de Hemingway. El machismo y el sexismo se cuelan por los hilos de la novela sin que el autor pueda evitarlo.

 

El regreso de Mario Conde

Años después de abandonar la policía, Conde, dedicado a la compraventa de libros de segunda mano, ubica una valiosa biblioteca en una vetusta mansión habanera, habitada por dos hermanos. Revisando los libros, encuentra una hoja de revista en la que una cantante de boleros de los años ‘50 anuncia su retiro, en la cumbre de su carrera. Atrapado por la belleza de la mujer y el misterio de su destino, Mario decide investigar que le había sucedido. Este es el comienzo de La neblina del ayer (2005), un alucinante viaje en el tiempo hacia los convulsionados años 1958 y 1959, que le permite a Conde internarse en el mundo de la noche habanera prerrevolucionaria, las conspiraciones políticas y los crímenes mafiosos, siguiendo los pasos de Violeta del Río, la Dama de la Noche, y su amante misterioso. En esta aventura el ex policía tiene un socio: Yoyi el Palomo, traficante de libros y discos, dueño de un deslumbrante Chevrolet Bel Air, modelo 1956, con el que recorre orgulloso la ciudad. Es un notable recurso literario: a medida que Mario Conde envejece se vuelve más romántico, aferrado a viejos códigos, por lo que el autor necesita crear personajes más jóvenes, dotados de una mirada mucho más cínica. El contraste entre el Conde y Yoyi asume la forma de una tensión generacional, que sobrevuela toda la obra.

Si La neblina del ayer es la novela más “histórica” de la serie, La cola de la serpiente es la más “sociológica”. Inspirada en investigaciones periodísticas que el autor realizó sobre la inmigración china a La Habana, la acción transcurre entre el antiguo barrio chino de la ciudad (hoy casi inexistente) y el barrio de Regla, donde viven y actúan los baolabes, como se llaman los practicantes de la santería, culto religioso muy popular originado en el sincretismo de ritos cristianos y africanos. Todo empieza con la evocación de Mario de una investigación realizada años antes a pedido de una amiga suya, colega de la fuerza, la teniente Patricia Chion, teniente de policía especializada en delitos económicos, una china-mulata de exuberante belleza física y avasallante personalidad. El Conde recuerda la mañana de 1989 cuando Patricia apareció en su casa a pedirle que investigara un oscuro asesinato en el barrio chino. El resultado, una lúcida indagación en el entramado social habanero, le permite al detective recorrer lugares y anécdotas vividos en el pasado con sus padres, familiares y amigos más entrañables.

 

Las UMAP y el “quinquenio gris”

Las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), constituyen una de las páginas más oscuras de la historia de la Revolución Cubana. Fueron creadas entre 1964 y 1965, y se expandieron hasta 1968, cuando fueron clausuradas. Eran agrupamientos en los cuales, mediante el trabajo productivo (generalmente el corte de caña de azúcar), se pretendía combatir la homosexualidad y reeducar a quienes la practicaban.

Existen distintas interpretaciones para explicar la temprana política represiva del gobierno revolucionario hacia la homosexualidad. Algunos ubican el origen de la misma en el contexto desencadenado por la presencia amenazante de Estados Unidos. Muchos militantes y dirigentes estaban convencidos de que las formas culturales que irrumpían desde el país del norte –Elvis Presley, el rock, la psicodelia, las drogas– eran formas perversas de corroer los sentimientos de unidad y solidaridad del pueblo cubano. A ello debe sumarse los anquilosados criterios morales imperantes en el mundo comunista, según los cuales la militancia política revolucionaria era incompatible con la homosexualidad, y el tradicional machismo de la sociedad cubana, que contribuyeron a la discriminación y persecución de quienes no mantenían “conductas masculinas” apropiadas.

En 1968 las UMAP fueron disueltas, pero no por ello cesó la represión, que adquirió nuevas formas. Vagos, “elvispreslianos”, “mariguaneros”, “pitusas” o “pepillos” (estos dos últimos, términos cubanos equivalentes al “maricón” rioplantense), todos eran considerados lúmpenes, productos de la decadencia burguesa, peligrosamente cercanos al imperialismo y la reacción. Se llegó a postular, desde las Juventudes Comunistas, que la Universidad no debía graduar personas homosexuales.

La década de los sesenta, los años gloriosos en que la Revolución Cubana enamoró a la juventud del mundo entero, terminó políticamente con la muerte del Che en Bolivia, el respaldo de Cuba a la invasión de las tropas soviéticas a Checoslovaquia y el fracaso de la “zafra de los diez millones”, frustración que sepultó definitivamente el sueño de una economía independiente.

En la historia cubana se denomina “quinquenio gris” al período que media entre 1970 y 1975, en el que se produce un avance significativo del dogmatismo y el autoritarismo, con nefastas consecuencias para el arte, la cultura y las ciencias sociales. El Congreso de Educación y Cultura de 1971 marcó un punto de inflexión en este sentido. Se persiguió y relegó a prestigiosos intelectuales, empujando a muchos al exilio a pesar de sus simpatías revolucionarias, vinculando disidencias políticas reales o imaginarias con la condición de homosexualidad, como los casos de José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Revistas emblemáticas de la cultura cubana, como Pensamiento Crítico, dirigida por Fernando Martínez Heredia, o Criterios, por Desiderio Navarro, fueron clausuradas o censuradas, mientras se imponía el estudio de dogmáticos manuales procedentes de la Unión Soviética. Con la creación del Ministerio de Cultura en 1976 y la designación en el mismo de Armando Hart Dávalos, comienza a modificarse la situación, alternándose desde entonces avances y retrocesos, por lo que el lapso temporal definido por el “quinquenio gris” puede resultar engañoso respecto de la perdurabilidad de su contenido.

El ciclo ascendente del autoritarismo, con el entrelazamiento de la persecución de formas culturales con la represión de género y la construcción de un Estado de partido único, constituye el telón de fondo sobre el cual se recortan los personajes y las historias que forman las tramas de los policiales de Padura.

Mario Conde, nacido en 1953, pertenece a una generación que ingresa al Preuniversitario a principios de los setenta, cuando los procesos que hemos descripto se encontraban al rojo vivo. En la ficción de Padura, una profesora de literatura fue expulsada del colegio acusada de promover una revista literaria (en cuyo número cero Conde publicó un cuento) que no seguía los cánones oficiales, en un procedimiento típicamente stalinista, mientras el maestro bibliotecario le dio a leer un libro “que lo haría más libre” (1984 de Orwell), pero se lo pasó convenientemente forrado para evitar miradas indiscretas de los guardianes de la ortodoxia. Estos acontecimientos fueron marcando la frustración del protagonista de convertirse en escritor.

El ritual del Conde y sus amigos cuando se reúnen –escuchar a todo volumen “Proud Mary”, el clásico de Credence Clearwater Revival, en la voz inoxidable de Tom Fogerty– es su manera de confirmar que, pese a todo, siguen vivos.

 

Miami y la generación escondida

“Míralo bien. Miami es nada. Porque lo tiene todo pero le falta lo más importante: le falta el corazón.” Las palabras son de un antiguo revolucionario devenido tránsfuga radicado en Miami, en Vientos de Otoño, mientras otro personaje agrega: “Miami es nada, y Cuba un sueño que nunca existió.”

Padura es duro al describir el mundo del exilio cubano en Florida, pero elude la condena

fácil: no todos pueden asimilarse, sin más, a la gusanera más rancia. Muchos se fueron cansados del autoritarismo burocrático, agobiados por la falta de libertades, o simplemente buscando nuevos horizontes, sin agravios definitivos o, por lo menos, sin una condena total del proceso revolucionario. El Conde pudo comprobarlo el día de su cumpleaños número 36. Durante el festejo en la casa del flaco Carlos, Andrés, uno de sus más antiguos y queridos amigos, contó que había iniciado los trámites para irse definitivamente del país. Exitoso cirujano, con una hermosa familia, tomó la decisión por simple aburrimiento, rodeado y acosado por la rutina.

Alguna vez Eric Hobsbwam se preguntó cuándo termina una revolución. Pregunta extraña para quienes adscriben al socialismo internacionalista, que siempre entendió que la lucha de clases sólo puede culminar en el plano internacional. Pero ¿qué sucede cuando el régimen instaurado por una revolución social perdura en el tiempo, y las transformaciones a escala planetaria se demoran? En ese caso no resulta incorrecto, en términos epistemológicos, interrogarse en qué momento esa sociedad ingresa en un período pos-revolucionario. Hobsbawm sugiere algunos criterios interpretativos: uno de ellos sería cuando aparece la primera generación “nacida y criada” después de la revolución.

Esa es la generación de Mario Conde y sus compañeros del Pre, la “generación escondida”, como muchos la llaman. En Cuba, quienes vivieron los tiempos de Batista tienen una valoración del proceso revolucionario necesariamente distinta de quienes nacieron y se criaron cuando la Revolución era ya un dato histórico. Y es a éstos últimos a quienes el horizonte se les ha aplanado. Pero los deseos, los intereses, las aspiraciones de estas nuevas generaciones no parecen uniformes, y en las ciudades cubanas reina hoy la diversidad entre los más jóvenes. Está por verse si al igual que en otros momentos de la historia, la juventud toma la delantera en la renovación intelectual

y moral del país.

 

***

 

El detective Mario Conde nos invita a pensar temas que en Cuba permanecieron silenciados durante todos estos años, como la represión y el exilio. Es una ficción, como siempre remarca Padura, pero está inserta en un contexto que remite a la realidad de la sociedad cubana actual. La saga cuenta, en definitiva, la historia de un grupo de amigos, hombres y mujeres comunes y corrientes, atrapados en medio de uno de los procesos revolucionarios más vertiginosos de la historia contemporánea.

Se trata, como diría Salinger, y como le gusta repetir al autor, de una historia escuálida y conmovedora que nos permite reflexionar sobre el pasado y el presente de Cuba y la Revolución Cubana.

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