Laclau y el rechazo a la dialéctica

0
Share Button

 

GASTÓN GUTIÉRREZ

Número 10, junio 2014.

 

Desde Hegemonía y estrategia socialista (coescrito con Chantall Mouffe) hay una presencia constante en la “deconstrucción” del marxismo de Ernesto Laclau: el rechazo a la dialéctica. En IdZ 9 Claudia Cinatti criticó cómo su teoría política cae en la vía muerta del elogio de la hegemonía burguesa1. La cuestión de la dialéctica remite a otra dimensión de su teoría, que no está disociada de sus propuestas políticas, pero que remite a un problema más amplio de la situación del marxismo.

 

A propósito de la filosofía radical en Francia (como cifra de época) Isabelle Garo señaló que la “denuncia de la dialéctica y el antihegelianismo virulento” son los tópicos ideológicos comunes de un período signado por la restauración del poder capitalista2. Laclau es deudor de ese clima reaccionario, en el cual, como señaló Daniel Bensaïd: el “adiós a la revolución y la liquidación de la dialéctica fueron de la mano”3.

 

El discurso filosófico de Laclau

La idea fuerza de Laclau era que una “positividad de lo social” impregnaba la teoría de Marx haciendo que los conceptos que dan cuenta del momento político (lucha, antagonismo y hegemonía) cayeran sumidos por una dialéctica objetivista de la economía y las clases sociales. Para Laclau:

 

Existe una primera opción teórica donde estimo que encontramos la divisoria de aguas básica de la filosofía contemporánea: o la negatividad (una negatividad no dialéctica, por supuesto) es vista como constitutiva y fundacional, o bien es vista como efecto “superestructural” de un movimiento más profundo que se concibe en los términos de pura inmanencia. Si adoptamos el segundo enfoque, tendremos que concebir la historia y la sociedad como dominadas por la objetividad y la necesidad4.

 

En el segundo “enfoque”, de Spinoza, Hegel y Marx: “la negatividad es una mera apariencia y no hay lugar para una teoría del sujeto”, concluyendo que:

 

la dialéctica es, desde este punto de vista, esencialmente objetivista y reduccionista dado que subsume cualquier momento negativo bajo un movimiento subyacente que lo explica y a la vez lo supera –“astucia de la razón de Hegel”5.

 

Su tesis del rechazo a la dialéctica es un paso lógicamente previo para poder separarse radicalmente del legado marxista y, a su vez la piedra de toque para la constitución de otra teoría del antagonismo. Para que Heidegger, Lacan, Derrida, Wittgenstein, la lingüística, la retórica y varios etc. más, cumplieran un rol en el “discurso” de Laclau, éste debía encontrar una salida a la “crisis del marxismo”, que había sido proclamada a fines de los ‘70 por las figuras del “marxismo latino”: Louis Althusser y Lucio Colletti6.

Siguiendo un procedimiento común de toda una generación desencantada, el “momento” antidialéctico de Laclau surgirá del seno de esta crisis.

 

Disociación de antagonismo y contradicción

Laclau consideraba que en sus textos previos de los ‘60 y ‘70 había asimilado erróneamente el concepto de antagonismo al de contradicción (dialéctica), presentando el campo político como un epifenómeno de la realidad de la economía y la sociedad. En su último libro, The rhetorical foundations of society, publica el ensayo “Antagonismo, subjetividad y política”, en el que critica la idea principal del Manifiesto Comunista: “la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”, porque presupone la dialéctica, la cual fracasaría en captar la peculiaridad del antagonismo7.

Despierto de su “sueño dogmático”, este rechazo será esencial en su deconstrucción del marxismo. Como él señala:

 

quizás el argumento central de nuestro libro se vincula con la noción de antagonismo (…) en nuestra opinión, ni las oposiciones reales (la Realrepugnanz de Kant) ni la contradicción dialéctica pueden dar cuenta de la relación específica que denominamos “antagonismo social”. Nuestra tesis es que los antagonismos no son relaciones objetivas sino relaciones que revelan los límites de toda objetividad (…) por esto, no concebimos a lo político como una superestructura sino que le atribuimos el status de una ontología de lo social8.

 

Para conquistar semejante “status” para lo político (y lo discursivo) Laclau necesita disociar los conceptos de antagonismo y contradicción, y delimitar el primero de cualquier referencia objetiva. Allí es donde se juega el rechazo a la dialéctica. El camino que sigue Laclau para esto es analizar el debate filosófico en el marxismo de la escuela de Galvano Della Volpe, que enfrentándose al historicismo predominante en el comunismo italiano (y en la cultura nacional), y contra la consolidación del DIAMAT por parte del estalinismo, retornó al legado de Kant contra Hegel9.

Su discusión filosófica central será una lectura de la distinción kantiana entre contradicción lógica y oposición real10. Cómo repone Laclau:

 

Kant concluye que las contradicciones solo pueden tener lugar entre conceptos (o mejor dicho entre proposiciones) en tanto que entre los objetos realmente existentes solo pueden existir oposiciones reales11.

 

En el primer caso, la contradicción atiende a un problema del orden del concepto, “mientras que hay un segundo tipo de oposición que se vincula a los objetos reales: se trata de un tipo de oposición sin contradicción”12. En esta segunda oposición, entre los extremos opuestos reales no existe una vinculación según la cual uno sea la contradicción del otro. Son dos objetos entre los cuales no hay mediación posible, sino oposición-exclusión. Cada término opuesto tiene una positividad propia, identidades diferenciadas, que se oponen uno a otro.

El argumento kantiano se opone a la dialéctica de Hegel, que venía a trastocar esto mediante una teoría de la contradicción dialéctica como operante efectivamente en la historia. Desde el punto de vista especulativo-hegeliano no hay ningún problema en hablar de contradicciones: una atracción recíproca entre dos contrarios reales es una relación de oposición-inclusión. Aquí cada término se define en función de la relación con el otro, estableciendo una interdependencia entre ambos, donde cumple un rol el lado “negativo” de la historia: hay conflicto, lucha y antagonismo. Siguiendo de cerca los desarrollos de Lucio Colletti, Laclau retomará que la dialéctica de Hegel y Marx están contaminadas con “transiciones lógicas espurias”, para señalar el fracaso de la idea de contradicción para pensar antagonismos sociales reales.

El argumento de fondo de Colletti era la crítica de Trendelenburg a la dialéctica, quien había retomado el “realismo” de Aristóteles y los conceptos de Kant contra Hegel, y le criticaba que en el comienzo de la Lógica Hegel había propuesto derivar oposiciones reales por procedimientos lógicos, lo que era imposible a riesgo de “contrabandear” contenidos empíricos, introducidos “subrepticiamente”13.

Como de una lógica pura no se puede derivar ninguna realidad, como es obvio, de algún modo Hegel estaba trampeando su propio método mediante una “interpolación” de elementos lógicos y empíricos para componer su dialéctica. Para Colletti “al no ser en rigor ni negación lógica, ni oposición real, la dialéctica procede contaminando las dos”, en un “híbrido” entre el pensamiento y el ser. La extensión de la crítica de la “interpolación” era el fundamento para la postulación de un marxismo sin dialéctica. Pero mientras los enemigos de Della Volpe eran Hegel, Engels y el DIAMAT, pero no Marx; Colletti, luego de la muerte del maestro en 1968 y según él, releyendo a Marx para un estudio del concepto de crisis (en 1973-74), cayó en una “crisis total”, de la que culminó reconociendo que:

 

Las contradicciones del capitalismo –desde la contradicción entre capital y trabajo asalariado a todas las demás– no son para Marx “oposiciones reales” (como pensábamos), esto es oposiciones objetivas pero “sin contradicción”; son contradicciones dialécticas en el pleno sentido de la palabra14.

 

Castrado de dialéctica, el marxismo de Colletti quedó atrapado en la estrechez de las oposiciones reales y lejos del materialismo de Marx. Para él las teorías del valor, del fetichismo y de la alienación, en realidad se vinculaban en un origen común viciado por el tratamiento dialéctico15.

Se condujo así a un callejón sin salida; el marxismo debía aceptar su divorcio con la ciencia. Mientras él emprendía una separación teórica que iría in crescendo contra todas las tesis de Marx16.

 

Marx y la dialéctica

Para Marx: “conceptuar no consiste, como dice Hegel, en reconocer en todas partes las determinaciones del concepto lógico, sino en captar la lógica peculiar del objeto peculiar”17.

El “objeto peculiar” de Marx fueron las relaciones sociales capitalistas, de ahí que una dialéctica “puesta sobre sus pies” puede sortear el “dilema inevitable” en el que derivaba la dialéctica. Según Trendelenburg o era

 

…la pura negación lógica; pero entonces no puede producir algo determinado (…) O la negación es la oposición real y entonces no puede alcanzarse con el método lógico y la dialéctica no es dialéctica del pensamiento puro18.

 

El “dilema” de una “dialéctica del pensamiento puro” nunca fue un problema para el joven Marx. Materialista, no podía aceptar esta “interpolación” y aceptó la inviabilidad del “idealismo acrítico” de Hegel.

En Crítica de la filosofía del Estado de Hegel (1843), a través de las influencias de Spinoza y Feuerbach, señaló que Hegel “hipostasiaba” su lógica, haciendo de los conceptos verdaderos creadores de las relaciones históricas reales19. El Estado no podía existir sin la base de la familia y la sociedad civil, pero éstas eran “condición sine qua non” del primero, y no expresiones de éste. La “especulación” funcionaba invirtiéndolo todo, allí

 

…sucede lo contrario: mientras que la idea es convertida en sujeto, los sujetos reales, la sociedad civil y la familia, se transforman aquí en momentos objetivos de la idea, en momentos irreales, alegóricos20.

 

Con esto Hegel construía no sólo una teoría idealista del Estado, sino que además caía en un “empirismo acrítico” de la realidad del mismo. Si el “fin inmanente” de la familia y la sociedad civil era culminar en la representación del Estado, la dialéctica de Hegel implicaba una visión “teleológica” de la historia.

Del estudio de las condiciones económicas presentes en la “sociedad civil” Marx va a desplegar la crítica más radical que se conozca al Estado burgués y la “ilusión política” de la dominación de clase. Las escisiones entre “sociedad civil” y “sociedad política” ya no serán entre conceptos, sino entre intereses materiales yuxtapuestos. En los Manuscritos de 1844, o La ideología Alemana, el joven Marx tratará de dar cuenta de una historia abierta de la lucha entre las clases, donde las “contradicciones reales” entre ellas estarán liberadas de toda “mediación” idealista.

En la apropiación más madura y profunda del método de Hegel que va a realizar en El Capital, los conceptos de contradicción, antagonismo o conflicto operan en el vocabulario de Marx, de modo intercambiable, como señalan Zeleny21 y Bensaïd22, con el objetivo bastante inequívoco de dar cuenta de la conflictualidad y la temporalidad propias de la dialéctica. Marx inicia su exposición con el análisis de la mercancía introduciéndose en el análisis de la relación social que contiene una contradicción entre valor y valor de uso (que provienen del doble carácter del trabajo –concreto y abstracto–:

 

Dicho proceso suscita un desdoblamiento de la mercancía, en mercancía y dinero, una antítesis externa en la que aquella representa su antítesis inmanente de valor de uso y valor. En esa antítesis las mercancías se contraponen como valores de uso al dinero como valor de cambio23.

 

Marx continúa:

 

Si la autonomización externa de aspectos que en lo interno no son autónomos, y no lo son porque se complementan uno al otro, se prolonga hasta cierto punto, la unidad interna se abre paso violentamente, se impone por medio de una crisis24.

 

En este “desdoblamiento” de antítesis internas y externas, no hay ninguna “interpolación” de elementos empíricos y lógicos, sino la aplicación de un método de la “determinación dialéctica”, que permite reponer la contradicción interna de una relación social específica, cuyo vínculo o “trabazón interna” posee un estatuto materialista. El Capital no es análisis de “cosas”, ni de “oposiciones reales”, menos aún trata de objetos teóricos “irreales”, sino que su “objeto” son las relaciones sociales cuya existencia opera “a espaldas de la conciencia de los hombres” (Marx). Aun en este alto nivel de abstracción el objeto impone constantemente el conjunto de las determinaciones.

Marx quiere conceptualizar una dialéctica concreta. Más aún, la salida del terreno metafísico es decisiva, Marx diferencia el orden de la contradicción conceptual de aquel en el cual la contradicción real “se abre paso violentamente” en las crisis (y se “exterioriza” en la lucha de clases). Esta primera “contradicción dialéctica” se restringe solamente a la posibilidad “teórica” de la crisis, que luego debe ser enriquecida en un análisis de la “totalidad” del modo de producción capitalista. Lucio Colletti, en un esfuerzo final por limitar estos desarrollos dialécticos, señaló que estas antítesis “inmanentes” dependían exclusivamente de la alienación en el mundo capitalista: Marx no hablaría de contradicciones en la “realidad”, sino de la representación de una “realidad volcada, invertida, cabeza abajo”. Pero el esfuerzo de rechazar así la dialéctica también es trunco, las teorías de la alienación y fetichismo en Marx se sostienen en el fundamento de que es en el propio proceso de producción e intercambio en el que se desarrollan contradicciones, como la de la producción social y la apropiación privada, que generan ese trastocamiento: la realidad invertida es precisamente un producto de la historia.

 

Un antagonismo posmoderno

El recorrido antidialéctico de Colletti fundamenta el rechazo de Laclau a una dialéctica de la contradicción y el antagonismo. La ilusión de esta dialéctica habría impregnado las hipótesis de Marx con una tesis acerca de la homogeneización creciente del paisaje social, que habría sido refutada por la historia abriendo el campo para la emergencia de un plano contingente de la política25.

A la pregunta de ¿qué es un antagonismo?, Laclau responde que “es la experiencia de los límites de cualquier objetividad posible, la vía en la cual cualquier objetividad revela el carácter parcial y arbitrario de su propia objetivación”26. Esta experiencia se juega en un campo discursivo, en el cual lo político constituye lo social, basado en la disociación del antagonismo de cualquier referente. De ahí que Laclau se oponga a una historia de la lucha de clases, sosteniendo que ahí se anuda una ambigüedad, porque si es “lucha” no puede ser de “clase”, ahí dos perspectivas opuestas se oponen, o hay necesidad o hay contingencia. Esto tiene implicancias políticas decisivas.

Basta solo un ejemplo: para Laclau, en la relación capital-trabajo, por cierto la relación social más extendida del planeta, no existe contrariedad alguna, y en el libre intercambio salario-capital tampoco existe ningún antagonismo. El conflicto no surge del interior de las relaciones de producción, sino de una relación entre fuerzas enemigas en una pugna de identidades. Mejor dicho en un proceso de identificación constante que choca con una “objetividad fallida”. En un mundo de identidades fragmentadas, sin referencias de clase, en que habría una proliferación de puntos de antagonismo, la heterogeneidad posmoderna viene a develar el carácter imposible de la objetividad social. No es accidental que Laclau sostenga que el sujeto político es un “pueblo” que no puede ser definido previamente con ningún contenido social previo.

Contrariamente a este “populismo posmoderno”, amoldado a un período de restauración del poder capitalista, que presupone la ausencia de crisis capitalistas y el mantenimiento de la hegemonía de una política “sin clase”, la perspectiva dialéctica de Marx permite considerar los cambios objetivos y la situación subjetiva de la clase trabajadora. Es momento de pasar del rechazo al retorno de esta dialéctica para comprender el terreno convulsivo de la crisis capitalista, en el que emergen las contradicciones y los antagonismos que permiten intervenir en esta historia abierta de la lucha de clases.

VER PDF

1. “Ernesto Laclau y el elogio de la hegemonía burguesa”, IdZ 9.

2. “La política en la filosofía. Foucault, Deleuze, Althusser & Marx”, IdZ 5.

3. D. Bensaïd, “Dialectique et révolution”, en www.danielbensaid.org.

4. E. Laclau, “Atisbando el futuro”, en Simon Critchley y Olivier Marchart (comp.), Laclau, aproximaciones críticas a su obra, Buenos Aires, FCE, 2008.

5. Ídem.

6. Ver P. Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico.

7. Debates y Combates 3, Buenos Aires, FCE, junio-julio 2012.

8. Prefacio a la 2da edición en español de Hegemonía y estrategia socialista, Buenos Aires, FCE, 2004.

9.En Marxism and totality, Martin Jay ofrece una reconstrucción de la biografía intelectual de Della Volpe y Lucio Colletti.

10. Kant la desarrolla en ensayos precríticos y la mantiene en notas de La crítica de la razón pura.

11. E. Laclau, “Antagonismo…”, ob. cit., p.11.

12. Ibídem, p. 13.

13. L. Colletti “Contradicción lógica y no-contradicción”, en La superación de la ideología, Madrid, Cátedra, 1982.

14. P. Andeson, “Una entrevista político-filosófica con Lucio Colletti” (1974), en Cuadernos Políticos 4, México DF, Era, 1975; y L. Colletti, “Marxismo y dialéctica” (1975), en La cuestión de Stalin, Barcelona, Anagrama, 1977.

15. L. Colletti, “Marxismo y dialéctica”, ob. cit.

16. Para “salvar” el marxismo Colletti intentó por un tiempo dividir a Marx en dos: uno científico y uno crítico-dialéctico, pero pronto abandonó la empresa y se pasó al liberalismo.

17. K. Marx, Crítica de la filosofía del Estado de Hegel.

18. Citado por Colletti en “Contradicción lógica…”, ob. cit., p. 107.

19. Acerca de las influencias combinadas que conforman las partes “integrantes” de la filosofía de Marx, ver Marx Intempestivo de Daniel Bensaïd y Cuaderno Spinoza de Marx.

20. K. Marx, Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, Buenos Aires, Claridad, 1968.

21. J. Zeleny, La estructura lógica de El Capital de Marx, Barcelona, Grijalbo, 1974.

22. D. Bensaïd, Marx Intempestivo, Buenos Aires, Herramienta, 2003.

23. K. Marx, El Capital, Tomo I, Vol. I, p.128. Colletti destaca las frases marcadas en su lectura.

24. K. Marx, El Capital, Tomo I, Vol. I, p.138.

25. C. Cinatti, “La impostura posmarxista”, Estrategia Internacional 20.

26. Ídem.

No comments

Te puede interesar