La transición, bajo el signo de la incertidumbre

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ESTEBAN MERCATANTE Y FERNANDO ROSSO

Número 13, septiembre 2014.

Cisne negro. A esta metáfora apelaba el ensayista Nassim Taleb para explicar los efectos de la quiebra de Lehman Brothers en 2008 como “el impacto de lo altamente improbable”. Es muy discutible si puede hablarse del crack de Wall Street como un imprevisto semejante, cuando se acumulaban los síntomas desde un buen tiempo antes. En cambio, calza como anillo al dedo en el derrotero que viene siguiendo la Argentina desde que la Corte Suprema de los EE. UU. le soltara la mano en el litigio con los buitres, avalando en los hechos el fallo del juez Thomas Griesa que impone pagar el total de la deuda a los buitres.

 

Aunque ahora para todos resulta que era una obviedad que la máxima autoridad judicial de la potencia imperial no aceptaría el caso, su rechazo a tomar la apelación del gobierno argentino, o como mínimo posponer la decisión haciendo consultas al gobierno de Obama, tuvo todos los visos de un imprevisto. Un imprevisto relativo, ya que estaba inscripto en la lógica del vasallaje de los pagadores seriales, desde que el gobierno argentino renunció a su soberanía y aceptó subordinarse a la Justicia norteamericana.

El gobierno y toda la oposición patronal estaban orientados a la perspectiva de una vuelta a los mercados. Después de la devaluación de enero, el ministro “soviético” venía cumpliendo puntillosamente con todas las cuentas pendientes para poder emitir deuda en el exterior: acuerdo con el Club de París, acuerdo con Repsol por la expropiación parcial de las acciones de YPF. El último escollo era el litigio en el juzgado de Griesa, y todo indicaba que el gobierno terminaría su mandato con una economía estabilizada gracias a una lluvia de dólares, lograda a fuerza de volver a embargar el futuro del país.

La confirmación del fallo de Griesa dinamitó el camino hacia Wall Street, e hizo ingresar al gobierno de Cristina en zona de turbulencias. El 30 de julio tuvo lugar otro cisne negro en relación a los pronósticos de la mayoría de los analistas y las expectativas de los especuladores de los llamados “mercados”: las negociaciones que dispuso el juez neoyorquino entre la Argentina y los buitres no arribaron a ningún acuerdo.

Poniendo sobre el tapete la cláusula RUFO, que obliga hasta enero de 2015 a extender a los bonistas que participaron de las reestructuraciones de deuda cualquier oferta que mejore las condiciones de los canjes de 2005 y 2010, el gobierno argentino rechazó la posibilidad de establecer cualquier compromiso con los buitres. La Argentina entró en un default atípico. La plata para pagar los vencimientos estaba en el banco, pero los 539 millones de dólares estaban bloqueados por orden del juez.

Desde entonces, se suceden a un ritmo febril una serie de decisiones que describen un rumbo desorientado: del anuncio de la aplicación de la ley antiterrorista contra los dueños internacionales de la gráfica Donnelley –decisión corregida en menos de una semana–, al envío al Congreso de un proyecto de ley para hacer un nuevo canje e intentar salir del default en tiempo limitado, mostrando voluntad de volver a pagar “serialmente” a los acreedores. De la decisión de reforzar el arbitraje estatal modificando la ley de abastecimiento, a la presentación de los rapaces George Soros y David Martínez Guzmán –propietario de Fintech– como próceres de la nación contra Paul Singer, el buitre “malo”. Y mientras tanto, Sergio Berni apareciendo en continuado como emblema de la “mano dura” contra la protesta social, contra quienes toman tierras en reclamo de vivienda y apoyando a las multinacionales que dejan familias en la calle, convertido, por momentos, en virtual Ministro de Trabajo.

Sin solución de continuidad, hacia un rumbo y el opuesto en el mismo momento. Y sin que ninguna de estas decisiones parezca conducir a una salida de los atolladeros en los que entró la economía argentina, contrariando la ilusoria pretensión kirchnerista de que el estatalismo bastaría para resolver las contradicciones del capitalismo semicolonial, atrasado y dependiente.

 

Una economía en zona de turbulencia

Al mismo tiempo que el gobierno anunciaba el tercer canje, que tiene un panorama incierto, recrudecía la tensión en el mercado cambiario. El dólar blue volvió a estar en las noticias de todos los días, y el Banco Central debió vender más de 400 millones de dólares en agosto para controlar el cambio oficial.

La vuelta de la tensión cambiaria se explica por varios motivos. De fondo está la inflación, que ha vuelto a colocar la paridad cambiaria real –es decir, en términos de poder de compra de la moneda local en relación con el dólar– en niveles cercanos a los de comienzos de año, cuando la corrida cambiaria llevó al gobierno a dar un salto devaluatorio de 23 % en enero. Como ocurre en estas circunstancias, no faltaron los reclamos –solapados– de sectores empresarios por la pérdida de “competitividad” (que en su concepción se consigue devaluando los salarios). A la inflación se suman el déficit energético e industrial, y los pagos de deuda pública en dólares, que generan una fuerte demanda sobre las reservas del BCRA. Esta demanda se confronta con la estrechez de las arcas de la autoridad monetaria: las reservas nuevamente amenazan caer a menos de 28 mil millones de dólares, como a comienzos de año. Ocurre que las fuentes de divisas están bloqueadas. No solo fracasó la vuelta a los “mercados” por el litigio con los buitres; al mismo tiempo, se registra una caída de las ventas al exterior, la principal fuente de ingreso de dólares: entre enero y julio las exportaciones cayeron 3.780 millones de dólares en comparación a 2013.

Por si esto fuera poco, se multiplica la evidencia de que los pronósticos optimistas de hace unos meses, de que el parate económico trocaría en recuperación durante la segunda mitad del año, son de cumplimiento imposible en la actual situación. Las cifras del Indec pusieron en evidencia en agosto, por primera vez, que no solo cae la economía y la industria, sino también el empleo. La ampliación de “Progresar” y la vuelta de los Repro, presentados como virtuoso keynesianismo, son medidas de contragolpe para intentar contrarrestar los efectos de la política de ajuste profundizada desde la devaluación. Se quiere borrar con una mano lo que se escribe con la otra.

 

28A: contundente pronunciamiento de los trabajadores

El mes que comenzó con un nuevo default, finalizó con el tercer paro nacional contra el gobierno kirchnerista, al que adhirieron millones de trabajadores. Esto ocurrió a pesar de que los empresarios anunciaron descuentos y represalias, los sindicatos oficialistas llamaron a carnerear y apretaron a quienes querían adherir, el Ministerio de Trabajo empapeló la ciudad asegurando que “el movimiento obrero organizado” no adhería, y de que Moyano y Barrionuevo no organizaron ni una sola asamblea ni un solo piquete para garantizar la medida. Además de que no paró la UTA, que anduvo con los colectivos semivacíos. El miedo a las suspensiones y los despidos, hace que la contundencia del paro tenga un doble valor.

Los millones que vaciaron las fábricas, las calles y colectivos realizaron el jueves 28 fue un pronunciamiento contundente. Un pronunciamiento en defensa de los puestos de trabajo y del salario desgastado por la inflación, contra el impuesto al salario y las condiciones de vida que se deterioran mes a mes. Fue un mensaje claro al gobierno y también para las patronales: si quieren descargar la recesión sobre sus espaldas, habrá respuesta.

Por eso, la jornada del 28 ha sido otra muestra del desgaste del kirchnerismo. Confirmó su pérdida de base social y la resistencia creciente ante los ataques patronales y la persistencia de la resistencia no solo de vanguardia, sino de masas, a los ajustes. Tres paros generales en menos de dos años, y dos de ellos con apenas seis meses de diferencia, demuestran que el proceso es profundo.

El otro dato destacado de la jornada es la persistencia y desarrollo del fenómeno del sindicalismo combativo y la izquierda clasista en sectores de la clase trabajadora. Así lo reconocieron destacados editorialistas de todo el espectro mediático. Mario Wainfeld, editorialista del oficialista Página/12, escribió el día después del paro: “Para este cronista, desde que Moyano se pasó a la oposición gremial y política, el único sector que mejoró su posición relativa es, precisamente, la izquierda radical. No fue un salto abrupto, sino la continuidad de un proceso de acumulación. Lo cierto es que ha ganado representatividad por ‘abajo’, en comisiones internas, en delegados de base”. Y desde la oposición rabiosa del diario La Nación, Morales Solá afirmó: “La perseverancia de Moyano en la protesta y la participación del sindicalismo más radicalizado en los  piquetes explican mejor que nada la relación de la Presidenta con el peronismo y con la izquierda verdadera. La izquierda con antecedentes y con coherencia, aunque seguramente equivocada, en sus luchas laborales. Es la contracara del progresismo retórico del cristinismo, que habla de revoluciones incomprobables, mientras se refugia en un Estado generoso o en los opulentos edificios de Puerto Madero”.

Con estas acciones, la clase obrera viene realizando una serie de experiencias con el peronismo en el poder, particularmente con la versión “más de centroizquierda” desde la salida de la dictadura. Y que expresa una contradicción, para la propia burocracia y el conjunto del régimen político, en el marco de un plan de ajuste que es el punto de coincidencia entre el gobierno y la oposición: aquella entre el peso de los sindicatos en la estructura del peronismo y el Estado argentino y la tendencia política que predomina en los candidatos que se proponen suceder a CFK. Cualquiera de ellos, sea Massa, Scioli o Macri –hoy los mejor ubicados, según las encuestas–, no tiene nada que ofrecer al movimiento obrero más que ajuste. En este contexto, si bien la burocracia sindical es un pilar del régimen político argentino y precisamente lo es por su control del movimiento obrero, lo cierto es que la perspectiva de ligarse a proyectos políticos patronales que poco y nada tienen para ofrecer, deja a Moyano-Barrionuevo en una situación incómoda, que los lleva a oscilar entre esporádicas acciones, que intentan mantener en carácter “dominguero”, y la pasividad total. Fue a pesar de Moyano y sus aliados que se expresó esta contundencia. Entre el temor a quedar como “destituyentes” y sus estrategias políticas que los conducen a Macri o Massa, no convocaron al paro por objetivos de lucha precisos para enfrentar suspensiones y despidos. Como ocurre entre paro y paro, las centrales opositoras se predisponen a continuar la tregua mientras el ajuste continúa y los despidos y suspensiones se profundizan. Además, producto de la acción del gobierno (y sus contornos más “radical-frepasistas”), su ruptura con Moyano y su constante afrenta contra los sindicatos –mientras coopta a algunos dirigentes–, la burocracia sindical está más dividida que nunca. Este hecho y la emergencia de la izquierda radical del FIT, con peso político y de dirección en fábricas que son emblema, o con minoría intensas en gremios estratégicos, le dan a este fin de ciclo características que estuvieron ausentes en otros –fin del menemismo o el alfonsinismo–.

Esto volvió a dar protagonismo a la izquierda en el paro, ganado porque los piquetes de la izquierda y el sindicalismo combativo vienen siendo el símbolo de la defensa de los puestos trabajo. La histórica lucha de Lear contra los despidos y la persecución, y la gestión obrera en la gráfica Donnelley, son los ejemplos más reconocidos. Con esta iniciativa, los delegados combativos y la izquierda –con una destacada participación del PTS– dieron una respuesta contundente al ponerla a producir bajo su gestión para evitar que 400 familias vayan al desempleo y uniéndose con los obreros de Lear en la lucha contra los despidos. También lo hacen en la zona sur del Gran Buenos Aires, el Comité de Solidaridad con los despedidos de Shell, Calsa y Honda.

Estas expresiones de la vanguardia obrera y la izquierda de las que participamos, contrastan con la conducción de Moyano-Barrionuevo. El paro nacional reafirma y da nuevo impulso a la izquierda clasista, consecuente, revolucionaria, que venimos construyendo en el movimiento obrero, con nuevas camadas de dirigentes obreros, con nuevas fuerzas en el movimiento estudiantil, y con nuevos y jóvenes referentes políticos e intelectuales.

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1 comment

  1. osvaldo 8 octubre, 2014 at 18:45 Responder

    Mercatante-Russo, no se me parece que vivimos en paises diferentes. Si bien coincido con muchos de los conseptos volcados en la nota el solo hecho de participar en un paro con Moyano y Barrionuevo le quita total credibilidad a todo el analisis que hacen
    saludos

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