La tragedia de los desobedientes

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A propósito de 1982, de Sergio Olguín

 

LAURA VILCHES

Número 40, agosto-septiembre 2017

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¿Por qué una tragedia? ¿Por qué Sergio Olguín decide recrear en 1982, una tragedia griega? ¿Por qué Fedra? ¿Por qué la madrastra enamorándose del joven hijo de su pareja?

Quizás tenga que ver con que el autor de la saga que protagoniza Verónica Rosenthal, elige poner en crisis los estereotipos que se construyen en los vínculos amorosos.

En esta novela, la historia de amor entre Pedro, hijo de un militar presunto héroe de Malvinas, y su madrastra, Fátima, es la que desencadena la furia de los hados terrenales en el contexto de la decadente Dictadura militar.

Quizás también, Olguín elija contar esta historia dando por supuesto lo que el crítico británico Terry Eagleton afirma en Dulce violencia: la tragedia perdura porque la materialidad que impone límites a la experiencia humana tiene ciertas características inmutables y las grandes tragedias (sean individuales o colectivas) poseen en común la “esencia” del sufrimiento, “un lenguaje extremadamente poderoso para compartir”.

Claro que este sufrimiento, lejos de ser ahistórico, adquiere una dimensión específica en la novela 1982: estamos ante la presencia de un amor “prohibido”, no solo encorsetado en los márgenes de la familia monogámica y patriarcal, sino también por las reglas de la vida castrense. El sufrimiento relatado en la novela de Olguín, no es solo el de dos jóvenes con apenas algunos años de diferencia (ella mayor que él) que se enamoran de acuerdo a una recreación del mito de Fedra, sino la del sufrimiento que les depara hacerlo contraviniendo a un genocida.

La novela se desarrolla a través del último año de la última dictadura argentina. El relato comienza el mismo día del desembarco de las tropas argentinas en las Islas Malvinas, día en que Pedro, el hijo del Teniente Coronel Augusto Vidal se entera de que su padre “entró en combate”. El fin de la historia llega un año después, ya en el ‘83 con las consecuencias de la derrota externa e interna. Esa derrota, lejos de significar un alivio en la opresión que recae sobre los personajes, los encuentra en el centro como sus víctimas dilectas.

Pedro (el Hipólito del mito) es un estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y ya desde ahí, podremos observar el distanciamiento de la tradición castrense que imbuye a la familia Vidal. De Pedro, dirá el narrador que “se sentía un desalmado, un mal hijo y mucho peor: un mal patriota por no emocionarse” ante el hecho de que su padre combate por la recuperación de las islas. Una distancia que adquiere –con el correr de la narración– una dimensión cada vez más aguda; no solo es Pedro un potencial peligro para la “verdad heroica” de su progenitor, además, se atreve a desafiarlo enamorándose de su esposa.

Pero la recreación del mito de Fedra no encuentra en este terreno su crisis trágica. La magnitud de la caída, como en toda tragedia, sobreviene tras la ilusión que acompaña a los personajes de que los amantes han podido sortear las dificultades que les presenta la trama de los acontecimientos y se preparan para encarar la posibilidad de un destino feliz en algún lugar de la costa bonaerense.

No faltan, en la novela de Olguín, los condimentos de una sexualidad desprejuiciada, aquí, en su descubrimiento casi adolescente; así como tampoco somos privados de los guiños intertextuales presentes en la referencia a los discos de Spinetta, las revistas que circulaban en la época, o las novelas como Respiración artificial que se convirtieron en símbolos de la resistencia a la dictadura desde el arte y un síntoma de que el régimen comenzaba a resquebrajarse.

El modo en que Fátima, por otro lado, experimenta su maternidad, es otro de los ángulos interesantes de los personajes femeninos de Olguín, casi siempre construidos sobre pliegues contradictorios: en este caso, el cuestionamiento a una idea de maternidad “sacrificial” en pos de los hijos, relegando los propios deseos y proyectos. Una maternidad donde aparece cierto desapego, sin que ello signifique ausencia de amor y preocupación. Y es ese el mandato femenino que, como muchas de las mujeres (militantes o no) en los ‘70, Fátima desoye. El castigo es cruel. Para aquellas, la desaparición, la tortura, la muerte y la apropiación de sus hijos e hijas para la “reeducación”, cuando no, la búsqueda de disciplinamiento a fuerza de vejaciones para devolverlas sumisas a una sociedad que las quiere madres y amas de casa.

El contexto de la guerra, sus falsos “héroes” sospechados de no haber pisado jamás el archipiélago, el encubrimiento de la derrota bajo el marco de festejo patriotero (que nada tiene que ver con los verdaderos intereses nacionales) como recuerdo superpuesto al del Mundial ‘78, hacen de fondo para que Teseo, ese Coronel Augusto Vidal que funge como padre de Pedro, espere agazapado muy cerca de la escena.

La etimología del nombre de pila que porta el coronel parece anticipar el final funesto que estalla por desacato a la “persona a la que hay que respetar”. Y sobreviene la tragedia.

En su última novela, Olguín se propuso imaginar la vida privada de esos engranajes de la maquinaria del terror estatal: los genocidas en su intimidad familiar. Pero como “lo personal es político” allí también se despliega ese terror, la intimidación, la frialdad y la perversión. Sin embargo, el Coronel Vidal no deja de ser un personaje complejo, alejándose del estereotipo esperable para un torturador: es padre adorable con su hija Lorena; esposo y padre despiadado hasta lo que ninguno quisiera imaginar, con quienes se atreven a desobedecer su ley.

Ambas facetas lo componen en la dimensión humana. Lejos de ser monstruos, de haber cometido “errores” o “excesos”, esos personajes eran radicalmente humanos y participaban con toda conciencia del plan sistemático de exterminio digitado desde el Estado, con el objetivo de aniquilar a la “subversión”: fuese ésta una subversión política contra el régimen capitalista; fuese ésta personal y subjetiva contra el orden patriarcal. Y en ese orden íntimo la subversión viene por partida doble: “que su hijo no se interesase en la carrera militar era menos grave que el hecho de que tuviera un mundo propio y la capacidad de pensar por su propia cuenta”, reflexiona Fátima sobre Pedro. La transgresión de ella será enamorarse de este moderno Hipólito.

Pero como si 1982 participara de una nueva “estructura de sentimientos” donde lo hegemónico se compone de elementos residuales, arcaicos y emergentes, la novela parece incluir algunos elementos anticipatorios. 1982 hace su aparición en los primeros meses de 2017. En mayo, tras el fallo conocido como el 2×1, estallan esos “emergentes” en la escena argentina: son las “historias desobedientes”, es el relato crudo de los hijos rebeldes de los genocidas.

Aparece así, en un contexto signado no solo por un discurso estatal que pretende reeditar la teoría de los dos demonios y avanzar jurídicamente con el perdón a los genocidas, sino en el mismo momento en que se pone bajo la lupa la vida íntima de los militares de la dictadura militar, a través de sus propios hijos cuestionando el terrorismo de Estado junto a las formas de la tortura en el seno familiar.

Es la historia de Mariana D, la hija de Miguel Osvaldo Etchecolatz (entre otros y otras) la que parece resonar en la historia de Pedro: la violencia y el desprecio hacia los hijos de estos torturadores, hacia las mujeres (a quienes hoy fácilmente identificamos como víctimas de violencia de género) no tiene tampoco, nada de casual.

En una crónica de la revista digital Anfibia, Mariana D. dijo de Etchecolaz: “Es un ser infame, no un loco, alguien que le importan más sus convicciones que los otros, alguien que se piensa sin fisuras, un narcisista malvado sin escrúpulos”. Y el cuerpo se recorre de escalofríos porque el testimonio, no ya la ficción de Olguín, cobra toda su dimensión histórica.

La historia de Pedro y Fátima, en la particularidad de “una lectura de Fedra” se ancla en la historicidad de ese amor correspondido que viola el destino impuesto por la coyuntura familiar y política del genocidio. Aunque deseemos lo mejor para los personajes, no cabe dudar de que “las oscuras fauces de la tragedia atacan por emboscada”.

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