La reforma y el derecho a la insurrección

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PAULA SCHALLER

Licenciada en Historia, comité de redacción.

Número 42, abril-mayo 2018.

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Hace cien años estallaba un movimiento que resquebrajaría las estructuras universitarias con la irrupción del movimiento estudiantil como actor social y político: la Reforma Universitaria. A ella se liga otro centenario celebrado el año pasado, el de la Revolución rusa, que en el contexto de los “tiempos rojos” de la primera posguerra influenció al movimiento, abriendo la perspectiva de una convergencia potencialmente explosiva entre movimiento estudiantil y movimiento obrero que radicalizó el proceso reformista.

Si todas las gestiones universitarias y partidos como el radicalismo reivindican para sí el legado de la Reforma es en función de circunscribirla a una acción liberal-democratizadora. Tulio Halperín Donghi, exponente de esta lectura historiográfica, la postula como un movimiento institucional de democratización de las casas de estudio en el contexto de la modernización general de las instituciones estatales, donde la confrontación elites oligárquicas-fracciones liberales es el factor explicativo excluyente. Sin descartar la importancia del componente antioligárquico, no podemos reducir la Reforma a un acto de mera modernización institucional de las capas medias, a riesgo de marginalizar su profundo carácter insurrecto, que los reformistas reclamaron como derecho esencial en acto en la Reforma. Ante esta mirada, que veremos multiplicarse en cada homenaje oficial, se alza una recuperación de la Reforma en clave latinoamericanista, que pretende llevar agua al molino del apoyo a los gobiernos posneoliberales, que signaron el mapa regional en la década pasada, expresada en intelectuales kirchneristas como el filósofo y exdecano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba, Diego Tatián.

La irrupción estudiantil en la Córdoba de frontera

Para las primeras décadas del siglo XX poco había cambiado el régimen político cordobés de aquella descripción que hiciera Sarmiento: la expresión cultural de una premodernidad monástica, con claustros de monjas y frailes en cada manzana y la escolástica como toda ciencia [1]. Desde 1916 la tradicional oligarquía ligada al imperialismo inglés había perdido peso en el dominio directo del Estado nacional y provincial de la mano del radicalismo, mientras la Universidad seguía dominada por los sectores más reaccionarios. De las cinco universidades que existían para 1918, la de Córdoba era la de mayor impronta tradicionalista y clerical. Mientras el resto impartía una formación más cientificista, en la UNC primaba un régimen reaccionario que dominaba el conjunto de las cátedras, imponiendo una fuerte tutela política e ideológica de la Iglesia a través de organizaciones como la secta religiosa “Corda Frates”. A esta tradición conservadora comenzó a oponerse otra que empezaba a echar raíces, la de una juventud de los sectores medios que disputaba la ampliación, democratización y laicización de la enseñanza universitaria, en el contexto de un ascenso de las luchas del movimiento obrero local, con el que no tardó en forjar lazos. De ahí que José Aricó propusiera una superación del imaginario sarmientino en la metáfora político-cultural de Córdoba como ciudad de frontera entre lo tradicional y lo moderno, lo clerical y lo laico, lo conservador y lo revolucionario [2], apareciendo la Reforma como el primer acto que reveló en su magnitud esa identidad socio-cultural contradictoria. No es casual que los primeros pasos del movimiento se dieran en 1917, particularmente conflictivo en la ciudad. A las luchas del movimiento obrero ferroviario [3], se sumaron conflictos en el sector del calzado y los tranviarios, que en octubre llevaron a las empresas privadas a ceder a las autoridades municipales el servicio de tranvías y luego a la propia renuncia del intendente Henoch Aguiar, jaqueado por la huelga tranviaria y de los jornaleros de la administración de la limpieza [4]. En este marco, se dio el primer ingreso en escena del movimiento estudiantil hacia fines de 1917, elevando petitorios en reclamo por la democratización del sistema de asignación de cátedras. Ante la inacción de las autoridades, en marzo de 1918 el movimiento amplió sus demandas al rechazo del régimen de asistencia, poniendo sobre la mesa la condición social del estudiantado: “Mientras la Universidad es manejada por una casta de abolengo, el 90 % de sus estudiantes se mantienen a sí mismos” [5]. Los estudiantes pusieron en pie el Comité Pro-Reforma, convocando a la huelga general estudiantil. Esta medida, que fue masiva y demostró una gran disposición del estudiantado a la lucha, tuvo sin embargo objetivos políticos limitados: la intervención del gobierno de Yrigoyen, quien frente a la masividad del movimiento la decretó inmediatamente, forzando la primera reforma estatutaria. Esta amplió parcialmente el demos universitario, posibilitando la intervención del conjunto del claustro docente en la elección de autoridades universitarias. En gran parte del movimiento estudiantil, que aún no había conquistado derechos políticos, primó la expectativa en que los sectores liberales de la docencia permitirían elegir autoridades ajenas a la Iglesia, lo que no tardó en revelarse ilusorio, abriendo paso al segundo momento de la Reforma. Este comenzó el 15 de junio, día de reunión de la Asamblea Universitaria para la elección de nuevo rector. Contra la expectativa estudiantil, la elección del candidato clerical Antonio Nores mostró que los docentes liberales se inclinaban por el candidato más conservador, rompiéndose la frágil alianza con los estudiantes. Estos, que habían puesto en pie la Federación Universitaria de Córdoba (FUC), cuyos principales referentes eran Deodoro Roca, Enrique Barros, Tomás Bordones y Saúl Taborda, respondieron pasando a la acción directa, enfrentando a las fuerzas de seguridad, declarando la huelga general, tomando la Universidad y convocando a movilizaciones callejeras. El movimiento reformista amplió no solo su extensión, llegando al resto de las Universidades del país y dando lugar al nacimiento de la Federación Universitaria Argentina (FUA), primera organización estudiantil nacional; sino su alianza social, articulándose con los sindicatos obreros de la provincia. Esto permitió una radicalización del movimiento en sus métodos y objetivos. En el primer Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios, convocado en Córdoba a fines de 1918, se aprobaron los reclamos de gobierno tripartito y paritario y docencia libre [6], mostrando una abierta disputa del estudiantado por la conquista de su derecho al demos universitario, contra la noción tradicional del profesorado como legítimo depositario de la autoridad. La dimensión social de sus demandas no tardaría en irrumpir.

El despotismo que ahoga a los desheredados

El movimiento reformista expresó un profundo viraje ideológico en sectores del estudiantado. Aquel que en el Centenario de mayo de 1910 había actuado como avanzada de los pogromos anti-judíos y antiinmigrantes, destacó hacia fines de la década sectores amplios que adoptaron como propias las demandas del movimiento obrero. Este giro respondió no solo al cambio en su propia composición social con el ascenso de las capas medias y su incrementada presencia en las universidades, sino a la influencia de un contexto político signado por la coyuntura de postguerra y la Revolución rusa, que llevaron a un ascenso de la lucha de clases hasta 1921. La toma del poder por los soviets radicalizó a franjas del movimiento obrero y del movimiento estudiantil e impactó en el mapa político local, poniendo en crisis la estrategia parlamentarista del Partido Socialista (PS) y dando nacimiento en 1918 al Partido Socialista Internacional (PSI), más adelante Partido Comunista. Lo propio sucedió con el anarquismo que, como señaló Pittaluga, hasta 1919 apoyó mayoritariamente la Revolución rusa, impulsando distintas acciones en solidaridad con el naciente Estado obrero [7]. Bajo este influjo, primó hasta 1921 el ala más pro-obrera dentro del heterogéneo movimiento reformista a través de su peso en la dirección de la FUC, lo que no tardó en revelar diferencias con la conducción de la Federación Universitaria de Buenos Aires. En Córdoba, la ruptura del PS debilitó su influencia al interior del movimiento obrero local, volcándose la mayoría de sus cuadros obreros de peso, junto a las Juventudes Socialistas, a las filas del PSI. En el contexto del ascenso en la movilización y organización entre los trabajadores ferroviarios, del calzado, la madera, sastres, escoberos, gráficos, tranviarios, cerveceros, albañiles, pintores, caleros y molineros [8], el PSI impulsó la creación de la Federación Obrera Local y luego la Federación Obrera Provincial (FOP) en base a la unificación de unos 40 sindicatos. Frente a la inflación y el avance de la desocupación en la inmediata posguerra, los reclamos más sentidos fueron aumento salarial, reconocimiento de las organizaciones sindicales, reducción de la jornada laboral y aplicación del sábado inglés. La FOP convergió con el movimiento reformista a través del Comité Pro Córdoba Libre, desde el que desplegó una importante unidad de acción con la FUC. Cuando ese mismo año el gobierno clausuró la Federación Obrera Cordobesa, la FUC ofreció a los obreros su local en la calle Rivera Indarte, donde trasladaron el comité de huelga. Al estallar la huelga del calzado en 1918, una de las más importantes del período por su combatividad, los estudiantes de la FUC se plegaron al paro:

…la juventud universitaria no puede ser indiferente ni permanecer extraña a las reivindicaciones de los oprimidos ni a las demandas que soportan tiranías y ansían la emancipación que ha de libertarlos de una vez por todas del despotismo que ahoga a los desheredados. La clase obrera de Córdoba cuando se desarrollaron los acontecimientos universitarios acompañó a los estudiantes con su adhesión enérgica y decidida en los momentos más arduos de la lucha [9].

El apoyo se manifestó en piquetes de huelga comunes que fueron reprimidos por el accionar policial. Además de reivindicaciones salariales, los obreros del calzado planteaban demandas relacionadas con el derecho al acceso a la educación, exigiendo “tener un tiempo libre para que se instruya para elevar su corazón y conciencia hacia los buenos sentimientos de verdad”10. Esa tendencia proletaria a la lucha por el dominio del tiempo para el acceso a la cultura, expresada en la realización por parte de los gremios de lecciones de teatro, idiomas, música, creación de bibliotecas, etc., los llevó a ver en el movimiento estudiantil un aliado con el que compartir experiencias no solo de lucha sino también de formación. No casualmente los reformistas comenzaron a incluir entre su ideario el planteo de la extensión universitaria, entendida como la puesta en práctica del conocimiento al servicio de los sectores explotados de la sociedad contra la cerrazón característica de las casas de estudio. “El universitario puro es una cosa monstruosa”, dijo Deodoro Roca. El precedente había sido la creación de la Universidad Popular de Córdoba por parte de Arturo Orgaz en 1917 para la formación de obreros, a la que se sumó después la inauguración de cátedras nocturnas para quienes trabajaban de día, mostrando una nueva dimensión social que amplió el horizonte inicial del movimiento reformista, que asumió como propia la lucha obrera contra el despotismo patronal y por la liberación de los pueblos latinoamericanos del dominio imperialista.

Las almas del reformismo

En función de esta ampliación del carácter del movimiento, Gregorio Bermann definió:

… el movimiento de la Reforma se enriquece en este contacto con el resto del pueblo […] Comienza a comprender que no es posible que ‘Córdoba se redima’ solamente con el derrumbe de su anacrónica Universidad, sino que también era necesario transformar el régimen económico y político que la apuntalaba [11].

Esta confluencia permitió a sectores del movimiento reformista superar sus ilusiones iniciales en el gobierno de Yrigoyen, lo que se expresó en la campaña y el paro general por 48 hs. lanzado por la FUC, la FOP y el PSI, denunciando la represión de la Semana Trágica por el que sufrieron la detención de sus dirigentes y la clausura de sus locales. Como destacó Natalia Bustelo12, los sectores más radicalizados del movimiento se reunieron en una breve Federación de Estudiantes Revolucionarios y tendieron a difundir una interpretación vitalista de la Revolución y la Reforma. Pero esta no fue la tendencia del conjunto del movimiento. La FUA mantuvo una posición contraria a la FUC y para la coyuntura crítica de enero de 1919 expresó:

… Acusaríamos ingenuidad o ceguera si sólo fuéramos a ver en los acontecimientos luctuosos de esta capital, simples reivindicaciones de la clase trabajadora en uso de legítimos derechos, cuando los propios medios empleados y las declaraciones de los gremios respectivos, están evidenciando la existencia de tenebrosos designios, que, a la sombra del obrero, pueden entrañar la anarquía y la revolución social [13].

El ala porteña del movimiento fue mayoritariamente conservadora, imponiéndose en la dirección de la FUBA los sectores más continuistas con la tradición del nacionalismo conservador de las guardias civiles anti-obreras. Por eso en 1919, aunque hubo alas izquierdas ligadas al PSI que apoyaron la huelga obrera, estas perdieron la votación por la cual la FUBA resolvió separarse de la FUA en protesta por las posiciones de la FUC. En el contexto del reflujo de la lucha de clases tras las represiones de Yrigoyen y la recomposición económica del gobierno de Alvear, estos sectores lograron predominio, mientras avanzaban mecanismos de contrarreforma con las intervenciones universitarias. Pero aún en el caso de los sectores radicalizados del movimiento reformista, la necesidad de “transformar el régimen económico y político”, aunque tuvo fuerza en la voz y pluma de dirigentes y la voluntad de sectores de la base estudiantil, no se articuló en un programa político. El ala izquierda del reformismo fue incapaz de ofrecer una salida obrera y popular sobre la que pudiera surgir un partido revolucionario como alternativa al reformismo socialista y la creciente stalinización a la que avanzaba el PSI, rápidamente convertido en PC. Esto se expresó primero en el retroceso del movimiento de lucha ante el gobierno de Alvear y sobre todo frente al golpe de 1930. Mientras la clase obrera fue maniatada por sus direcciones sindicales y políticas que se negaron a organizar la resistencia, el movimiento estudiantil jugó un rol reaccionario como base social del golpe. Partiendo por el radicalismo que tras enarbolar la bandera de la democratización reprimió salvajemente las huelgas obreras en la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde, el rol de la izquierda reformista también fue clave en esta deriva. El PS (en cuyas filas entraron buena parte de los reformistas) profundizó su conservadurismo dejando correr el golpe y legitimando el régimen fraudulento basado en el “fraude patriótico”. Ante esto, lejos estuvo el PC de ser alternativa. A tono con su orientación de “clase contra clase”, se negó a consolidar el frente único obrero y cualquier alianza obrero-popular, virando hacia denunciar el movimiento reformista por su carácter “pequeño-burgués y contrarrevolucionario”. En estas condiciones, el ala del movimiento reformista decepcionada del yrigoyenismo no tuvo alternativa para superarlo revolucionariamente. El reformismo cordobés asistió al acto de bienvenida del interventor uriburista Ibarguren y hasta el propio Deodoro Roca reivindicó al fascista Uriburu como “un general victorioso, incorrupto, idealista” [14]. Rápidamente se arrepentiría de esta posición, mostrando los vaivenes de un derrotero contradictorio que mostró a su modo los límites más generales del movimiento y de las corrientes políticas que pretendieron animarlo.

Hacia un balance

Este conservadurismo se desarrolló a lo largo de los gobiernos peronistas y encontró al estudiantado cumpliendo un rol reaccionario de apoyo al golpe del ‘55. Con esta experiencia transcurrida, en el balance sobre el movimiento reformista que emprendió en los ‘70, Portantiero señaló como preocupación la escisión entre intelectualidad y “pueblonación” y cómo articularlos en un proyecto de diálogo entre el marxismo y la “tradición nacional”, reflexión enmarcada en la posición que desde su segunda edición en 1973 asumió la Revista Pasado y Presente, postulando al peronismo como punto de partida de la lucha socialista. Para Portantiero, la Reforma fundó la inconexión entre la pequeñoburguesía y el movimiento nacional, “que marcó las dificultades (…) para el encuentro entre las izquierdas marxistas y el pensamiento nacionalista democrático en América Latina” [15]. Paradójicamente, sitúa los límites del reformismo en la imposibilidad de articular ese diálogo. Pero cuando hubo una experiencia de gobierno de nacionalismo burgués, expresada en el peronismo, este intervino las universidades y en 1947 dictó una ley que buscó liquidar conquistas democráticas centrales de la Reforma. La ley estableció que “las universidades no deben desvirtuar en ningún caso y por ningún motivo sus funciones específicas. Los profesores y alumnos no deben actuar directa ni indirectamente en política, invocando su carácter de miembros de la corporación universitaria, ni formular declaraciones conjuntas que supongan militancia política o intervención en cuestiones ajenas a su función específica, siendo pasible quien incurra en transgresión a ello de suspensión, cesantía, exoneración o expulsión” [16], llevando a una expulsión masiva de docentes y estudiantes. Una verdadera contrarreforma. El prisma para mirar la experiencia reformista que hoy proponen intelectuales como Diego Tatián comparte con la lectura de Portantiero un horizonte de expectativas políticas comunes. En un discurso, planteó que si el latinoamericanismo es un rasgo del reformismo, en 1918 era más bien una expresión de deseos:

… es mucho más profundo actualmente, desde hace algunos años, y aunque ahora estemos bajo un reflujo conservador en la región. Resulta imprescindible continuar la inspiración reformista de crear instituciones para la integración latinoamericana y un desarrollo del vínculo Sur-Sur [17].

De esta manera, pretende legitimar con el legado reformista a gobiernos como el del kirchnerismo, el PT en Brasil o el chavismo en Venezuela que, no solo no modificaron las condiciones dependientes de las estructuras económicas latinoamericanas, sino que mantuvieron mecanismos de sujeción al imperialismo como el pago de la deuda externa, fuga de capitales, primarización económica, etc. Es en la potencialidad mostrada por el reformismo y los límites que impidieron explotarla hasta el final desde donde podemos retomar la experiencia y llevarla a un nuevo nivel. En primer lugar, el reformismo no superó la confusa ideología de las generaciones de Ortega y Gasset, que asignaba a la juventud en sí misma el papel de sujeto revolucionario por encima del carácter de clase de la lucha social: “la juventud vive siempre en transe de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse”. Esta concepción no permitía identificar los intereses sociales de cada proyecto político ni destacar las fuerzas motrices de una verdadera transformación de las estructuras económico-sociales dependientes. Desde esta concepción, los planteos antiimperialistas del movimiento no se articularon en torno a una estrategia que permitiera poner en cuestión el poder burgués y postular el poder obrero. Pero si Marx estaba en lo cierto y todos los fenómenos contienen el germen de su superación, la propia Reforma mostró que su radicalización dependió del carácter de su alianza de clases. Allí donde el movimiento avanzó en sus métodos y objetivos fue porque en lugar de confiar en la presión hacia los gobiernos asumió un papel en la lucha de clases junto al movimiento obrero. La organización democrática en asambleas, la tendencia a la acción directa con huelgas, piquetes, enfrentamientos abiertos con la policía, el cuestionamiento a la explotación capitalista, permitieron al movimiento sus mayores logros. Si el estudiantado de la segunda década del siglo XX, contando con un peso numérico muy débil, logró impulsar un movimiento de semejante envergadura que gravitó en la escena nacional y latinoamericana, en la actualidad la masificación de la universidad lo convierte en un actor potencialmente mucho más poderoso en la lucha de clases. En su alianza con el movimiento obrero, la juventud trabajadora y las mujeres, anida la posibilidad de superar la experiencia reformista homenajeando su mayor legado: su carácter insurrecto y cuestionador de la sociedad existente.

  1. Sarmiento, Domingo, Facundo. Civilización y barbarie, Buenos Aires, Centro Editor de Cultura, 2009, p. 120.
  2. Aricó, José, “Tradición y modernidad en la cultura cordobesa”, en Revista Plural N° 13, pp. 10-14, Buenos Aires, 1989.
  3. Gordillo, Mónica, El movimiento obrero ferroviario desde el interior del país, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1988.
  4. La Voz del Interior, 19/12/1917.
  5. Taborda Varela, Juan C., “Cien años de la Reforma”, en Revista Matices, abril 2018.
  6. Ver El primer Congreso Nacional de Estudiantes Universitarios reunido en Córdoba, Año 5, N° 6, diciembre de 1918, consultado el 14/4/2018 en revistas.unc.edu.ar.
  7. Ver Pitaluga, Roberto, Soviets en Buenos Aires. La izquierda de la Argentina ante la Revolución en Rusia, Buenos Aires, Prometeo, 2016. Ver también Schaller, Paula, “Cuando los Soviets llegaron a Buenos Aires”, en IdZ 31.
  8. Ver Pianetto, Ofelia, “Coyuntura histórica y movimiento obrero. Córdoba, 1917-21”, en Estudios Sociales, Universidad Nacional del Litoral, 1991.
  9. “Intensa agitación obrera e intervención de los estudiantes”, La Voz del Interior, 6/9/1918.
  10. Pianetto, Ofelia, ob. cit, p. 32.
  11. Bermann, Gregorio, Juventud de América, Buenos Aires, Cuadernos Americanos, 1946, p. 43.
  12. Ver entrevista a Natalia Bustelo en este mismo número.
  13. Justo, Liborio, Nuestra Patria Vasalla. Historia del coloniaje argentino, Tomo IV, Buenos Aires, Editorial Grito Sagrado, pp. 192-193.
  14. En El difícil tiempo nuevo Deodoro Roca reconoce que “sin la rebeldía de los universitarios el 6 de septiembre no habría sido posible”, Lautaro, 1956.
  15. Portantiero, Juan C., Estudiantes y política en Argentina, México, Siglo XXI, 1987, p. 35.
  16. AAVV, Cien años de Historia obrera en la Argentina 1870-1969. Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP León Trotsky, 2016, p. 322.
  17. Discurso pronunciado en el acto de colación de egresados de la FFyH de la UNC, 2017.

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