La reestructuración de la deuda externa, y los beneficios y costos del pago

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GUILLERMO GIGLIANI

Número 24, octubre 2015.

 

Tras la explosión de la convertibilidad, en diciembre de 2001, Adolfo Rodríguez Saá lanzó una moratoria de la deuda, porque el imperialismo había exprimido al país hasta el punto de dejarlo sin dólares suficientes para cancelar sus compromisos del año entrante y sin ningún acceso a nuevos créditos. Una de las primeras medidas de Duhalde fue intentar normalizar las relaciones con los acreedores internacionales para salir del default. Kirchner siguió los mismos pasos. En 2004 las tratativas estaban en marcha bajo la gestión de Roberto Lavagna y la supervisión atenta del presidente. Esta renegociación se desenvolvió en condiciones bien distintas a las afrontadas por Alfonsín en los ochenta, puesto que en la posconvertibilidad los títulos en default estaban repartidos entre un gran número de tenedores.

Las tratativas se llevaron a cabo en un contexto en que el sistema financiero internacional había terminado arreglos a gran escala con Paquistán, Ucrania y Rusia, entre otros, con fuertes quitas. En 2005, el país concluyó el acuerdo con la aceptación de un alto porcentaje de los acreedores y con quitas que superaron a otros canjes. No obstante, la estrategia oficial incurrió en errores serios como ofrecer superbeneficios a los especuladores mediante el cupón atado al crecimiento del PBI. El gobierno también admitió que el canje quedara bajo la jurisdicción de los tribunales extranjeros. Esto habría de generar enormes dificultades en 2014 por los fallos del juez Griesa en favor de los fondos buitre. Habría que señalar que si bien el canje fue saludado como exitoso, el mercado de capitales continuó cerrado para la Argentina por los litigios pendientes. Sin embargo, esto último no constituyó un contratiempo serio para el gobierno porque su política, en aquellos años, no era tomar fondos del exterior sino cancelar vencimientos con las divisas provistas por la soja. No bien terminó el canje, Kirchner sorprendió con otro paso al decidir la cancelación por anticipado de la totalidad de los pasivos con el FMI por casi 10.000 millones de dólares.

Sin embargo, poco después de estos hechos, la crisis mundial de 2007-2008 abrió paso a una fuga de capitales desde la periferia, incluyendo la Argentina, hacia los países avanzados, que decidió a Cristina Kirchner a intentar renegociar una deuda contraída por la dictadura militar con el Club de París. Los sacudimientos financieros que explotaron en 2008 impidieron avanzar en esa agenda. Pero, el gobierno volvió a la carga abriendo una segunda ola de conversaciones con los bonistas que en 2005 no habían aceptado el canje. Esta operación fue concluida en 2010 y se renegoció una suma importante aunque quedó fuera un porcentaje muy chico (7 %).

Frente a las complicaciones del sector externo de los últimos años, Cristina Kirchner no tuvo más remedio que reforzar la restricción a las importaciones y con ello, deprimir el ritmo de crecimiento económico que, con altibajos, se manifestó a lo largo de su segundo mandato. Esta política acarrea un serio problema, que estuvo ausente en el debate electoral de estas semanas y frente al cual el presidente que resulte electo en 2015 deberá tomar medidas concretas. Como se mostrará más adelante, la contracción de las importaciones de insumos y de bienes intermedios no redujo, en promedio, el faltante de divisas en el sector manufacturero. El carácter atrasado y dependiente del aparato industrial argentino es un factor que impide que ese desbalance se reduzca y los controles aplicados entre 2013 y 2015 son una muestra contundente de esta afirmación. El faltante de divisas industrial se mantuvo inalterado en los últimos cuatro años (2012-2015). Esta es una pesada herencia del kirchnerismo hacia el futuro porque cualquier esfuerzo que se intente para retomar el crecimiento va a chocar con un desequilibrio comercial en inexorable ascenso. El segundo recurso al que apeló el gobierno fue apurar las tratativas con el gobierno chino para conseguir, a costa de concesiones, yuanes que refuercen las reservas del Banco Central. Estos préstamos permitieron surcar el año electoral, aunque sin poder evitar turbulencias financieras.

Frente a este panorama, cabe una pregunta: ¿hasta qué punto podría justificase la estrategia de desendeudamiento puesto en marcha desde 2005 y que se interrumpió bruscamente en el último año y medio? El desendeudamiento, según el gobierno, era la llave maestra para ganar un amplio margen de autonomía económica y, de haber podido continuar, hubiera llevado a la Argentina a una posición deudora bajísima del sector público con el exterior. De hecho, hacia 2014, el ratio deuda pública externa/PBI tocó el 10 %, un mínimo histórico en la Argentina contemporánea.

¿Cuál ha sido, entonces, la ventaja de cancelar todos los títulos en dólares sin intentar ningún roll-over como hacen todos los países? ¿Por qué se pagó la deuda por anticipado al FMI? ¿Cuál es la razón que esgrime, y que tendrá que explicar en el futuro el kirchnerismo, para explicar la renegociación de una deuda de orígenes tan turbios como la que se mantenía con el Club de París? ¿Qué beneficios pudo cosechar de todo esto Cristina Kirchner en los difíciles años 2014 y 2015?

Por otra parte, un punto central a tener en cuenta es que el desendeudamiento –sobre todo, su puesta en práctica bajo cualquier circunstancia– significó el establecimiento de un orden de prioridades políticas, esto es, implicó pasar a un segundo plano la solución de otros problemas. Por ejemplo, eso tuvo un costo social alto para un país que no puede reducir sus niveles de pobreza en torno al 25 % desde hace años. Otro costo está dado por la renuncia a cualquier plan de desarrollo económico que hubiera requerido de divisas para reequipar el aparato productivo.

A juzgar por las turbulencias financieras de hoy, el enorme sacrificio para las masas laboriosas de girar al exterior el excedente nacional no puso al país en una posición más favorable en los diversos mercados crediticios. A pesar de haber pagado todos los vencimientos –la presidenta una vez se reconoció como “pagador serial”–, la Argentina no consigue préstamos en los mercados, para cubrir sus necesidades financieras corrientes. Por otra parte, el desorden generado por los condicionantes externos hace que el país haya atravesado estos años por fuertes crisis especulativas. A pesar de la existencia del control de cambios, el equipo económico debe convivir con mercados de divisas paralelos y se ve obligado a calmarlos cotidianamente gastando dólares de las escasas divisas del Banco Central. Esto exige alrededor de 5.000 millones de dólares anuales, una cifra que supera el déficit generado por el sector energético. La realidad actual es la de un país con escasez de dólares, en el cual los especuladores continúan fugando divisas y, sobre todo, privando al gobierno de la posibilidad de llevar adelante una política monetaria y cambiaria autónoma.

economía K

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