La neurociencia a debate

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Número 37, mayo 2017.

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El debate sobre las neurociencias, al que hemos dedicado otras notas en esta revista, continúa. En este número presentamos una reflexión crítica de Sebastián Lipina, autor de Pobre cerebro –uno de los libros reseñados en estas páginas en el artículo “Las neurociencias como marketing político” de IdZ 35–, y una nueva respuesta de Juan Duarte, autor de dicha nota.

 

A PROPÓSITO DE LA INFLACIÓN CULTURAL DEL PREFIJO NEURO

SEBASTIÁN J. LIPINA

 

La necesidad de explicitar presupuestos

Resulta saludable verificar la progresiva aparición de perspectivas académicas, ensayos y notas periodísticas que abordan en forma crítica la sobrevaloración y el tratamiento erróneo del conocimiento neurocientífico en su divulgación y apropiación cultural, en particular respecto a sus implicancias éticas, sociales e ideológicas. Este fenómeno, que parecería ser una suerte de proceso inflacionario del prefijo neuro, se hace evidente a través de una creciente oferta de programas de formación, libros de divulgación y productos dirigidos a un público general no especializado que es considerado sujeto de consumo. En algunos casos, esta cultura de consumo de lo neuro también ha impregnado propuestas de políticas públicas en las áreas de educación y salud.

Este efecto también parecería relacionarse con una apuesta epistemológica en la que el nivel de organización neural tiene preeminencia para explicar todo lo referido a la conducta y el desarrollo humano, en detrimento de las construcciones de otras disciplinas humanas y sociales. Tal tipo de reduccionismo eliminativo y la divulgación acrítica del conocimiento neurocientífico, favorecen la noción de que los problemas complejos pueden abordarse con propuestas simples sin considerar otros tipos de conocimientos y procesos sociales. Es esperable que tal suerte de arrogancia genere resistencia. No obstante, algunas propuestas contrarias también pueden tomar la forma de la arrogancia que contribuye al escalamiento de las tensiones, que por lo general no contribuyen con la promoción del pensamiento crítico orientado a comprender el significado ético, epistemológico e ideológico del uso social del conocimiento científico en general, y del neurocientífico en particular.

 

Los presupuestos de Pobre cerebro

En esta sección propongo abonar al debate sobre la neuromanía comentando algunos de los considerandos publicados por Duarte [1] en el número de octubre del año 2016 en la revista IdZ [2], a propósito de su reseña sobre mi ensayo Pobre cerebro [3].

En diferentes secciones de los capítulos 2 y 3 de Pobre cerebro, propongo abordar el estudio del desarrollo humano en términos de un fenómeno complejo que debe ser explicado a partir de la consideración de diferentes niveles de organización (i.e., biológico, psicológico, social, cultural), sin preeminencia de ninguno de ellos sobre los otros. Ello significa que no abono a un reduccionismo eliminativo por el cual el nivel de organización neural pueda explicar la complejidad de los fenómenos involucrados en el desarrollo humano. Por el contrario, enfatizo la importancia y la necesidad de tener en cuenta los aportes de las disciplinas humanas, sociales y de la salud, respecto a la comprensión de los determinantes individuales, sociales, culturales y ecológicos que operan en múltiples direcciones dando forma a diferentes trayectorias de los distintos atributos del desarrollo emocional, cognitivo y social, desde la concepción en adelante.

En particular, abordo la cuestión del valor específico de conceptos como los de plasticidad neural, períodos críticos y sensibles, carga alostática y autorregulación, que contribuyen con dar forma a las trayectorias de desarrollo cognitivo, emocional y social; pero que además son potencialmente útiles para sumar a la construcción de acciones orientadas a proteger derechos humanos básicos, y generar condiciones para la realización de proyectos de vida dignos e integrados con procesos colectivos de producción sociocultural. La plasticidad neural, es la propiedad del sistema nervioso de modificar su estructura y funcionamiento, en base a la información heredada de los progenitores y a la influencia de los contextos físicos y sociales en donde desarrollamos nuestras vidas. Esa potencialidad de cambio no es infinita, ya que se va reduciendo con los años. Pero existe, y es la que en parte contribuye con que una persona tenga oportunidades de recuperarse de una lesión en su sistema nervioso; y también de la posibilidad de reducir en parte el impacto que generan las privaciones materiales y simbólicas producidas, por ejemplo, por sistemas sociales que producen desigualdad y pobreza. Los períodos críticos y sensibles son momentos del desarrollo neural en los que el sistema nervioso tiene mayor probabilidad de ser influenciado por cambios en los contextos de desarrollo. Esta información, también es muy valiosa para comprender cuándo es más sensible el nivel de organización neural a las influencias de la crianza y de la educación, y cuánto podría durar el impacto de las eventuales privaciones materiales y simbólicas en un contexto de pobreza. La noción de carga alostática hace referencia al desgaste de diferentes sistemas del organismo, como el cardiovascular o el inmunológico, como producto de una activación permanente de los sistemas de regulación del estrés. Es decir que es una noción potencialmente útil para cuestionar todas aquellas prácticas laborales y educativas que colocan a las personas en tales situaciones, hipotecando su salud, calidad y expectativa de vida. Finalmente, la autorregulación refiere a un conjunto de procesos cognitivos y emocionales que nos permiten operar cotidianamente para desarrollar nuestras actividades familiares, educativas y laborales. Por definición, es un constructo psicológico que opera en un contexto de múltiples relaciones y contextos de interacción social. En Pobre Cerebro, el prefijo auto no refiere a individualismo, ni regulación a control social. Por el contrario, la autorregulación a la que hago referencia es aquella necesaria para alimentar el pensamiento crítico que eventualmente podría contribuir con la generación de resistencias y desobediencias a las imposiciones de grupos de poder que atentan contra los derechos de las personas.

En síntesis, Pobre cerebro invita a pensar críticamente sobre la importancia de considerar: (a) las limitaciones que impone el reduccionismo eliminativo neurocientífico; (b) que el valor de tales conocimientos depende de su integración con cuerpos de conocimiento producidos en el seno de otras disciplinas; (c) que es necesario contribuir con procesos de apropiación cultural de estos conocimientos a través de la generación de debates y foros de discusión que involucren a diferentes perspectivas neurocientíficas; y (d) involucrar en tales esfuerzos a comunicadores sociales, para debatir sobre la divulgación de tales conocimientos en función a los límites que impone la evidencia disponible y la responsabilidad con la comunidad que implica tal esfuerzo.

 

(b) Sobre la complejidad de la pobreza y los aportes de la evidencia neurocientífica a su comprensión.

Como ocurre con el desarrollo humano, la pobreza es un fenómeno complejo que debe ser analizado en el contexto de un marco epistémico sistémico-relacional que involucre diferentes niveles de organización. Ello implica que su definición en base a un conjunto discreto de indicadores focalizados en una de las dimensiones involucradas, también opera como un reduccionismo eliminativo. El capítulo 1 de Pobre cerebro está dedicado a profundizar en estas cuestiones. Además de un esquema que precisamente ilustra la naturaleza compleja y multidimensional del fenómeno de la pobreza, se incluyen ejemplos que muestran cómo la aplicación de diferentes indicadores se asocia con incidencias y efectos variables sobre el desarrollo humano.

El concepto de “residuos humanos” que se propone (página 78) intenta rescatar la noción de que la pobreza le resta condición de sujeto de derecho al que la padece, en el mismo sentido propuesto por Bauman y Agamben. “Residuos humanos” se utiliza para dar cuenta de que la ceguera moral de nuestra civilización nos lleva a niveles de deshumanización tales que perdemos sensibilidad ante el sufrimiento de nuestros congéneres. En tal contexto, aquellos que padecen la tragedia social de la pobreza, que es producida por los mecanismos de inequidad sostenidos por sistemas neoliberales que concentran riqueza y poder, son los homo sacer del derecho romano, que Bauman actualiza con el término de “residuos humanos” –una versión sociológica de los “nadies” de Galeano-. Pobre Pobre cerebro intenta rescatar un abordaje conceptual y ético desde esta perspectiva que de ninguna manera se inscribe en un marco teórico de la neurociencia mainstream, como lo sugiere Duarte [4]. Tampoco intenta redefinir la pobreza en términos neurocientíficos, ni mucho menos contribuir con transformar la desigualdad en un problema moral de los pobres. Lo que si propone, es incorporar el conocimiento que da cuenta de los efectos y mecanismos de mediación en el nivel de organización neurobiológico a un contexto de discusión multidisciplinario; entendiendo que aporta especificidad para la comprensión de la profundidad del efecto que genera la desigualdad a nivel individual, sin pretensión de reemplazar o anular construcciones de otras disciplinas. Los últimos dos párrafos del libro (páginas 190-191) son elocuentes al respecto. Definitivamente, el eje es la cuestión de los mecanismos que en nuestra civilización causan desigualdad.

 

(c) Sobre el valor del conocimiento neurocientífico en la construcción de políticas públicas.

El capítulo 5 de Pobre cerebro está dedicado a revisar cómo la ciencia del desarrollo ha contribuido al diseño, implementación y evaluación de diferentes tipos de intervenciones desde hace más de seis décadas, en diferentes sociedades de cuatro continentes; así como la integración reciente de la neurociencia cognitiva a tales esfuerzos. Por otra parte, se dedica a revisar los alcances de tal experiencia acumulada para informar a su vez el diseño de políticas públicas orientadas a prevenir y mejorar los efectos de diferentes adversidades debidas a pobreza en niños y sus familias. En tal contexto de discusión, se aborda por una parte el problema del alto grado de desconocimiento en el mundo académico sobre lo que representa diseñar y evaluar políticas; y por otra, la complejidad que plantean diferentes tipos de tensiones entre la comunidad académica, técnicos de organismos multilaterales y funcionarios políticos de distintas agencias gubernamentales, quienes suelen sostener intereses, agendas, conceptos, metodologías e ideologías diferentes. En particular, se cuestiona la pretensión técnica de trasladar en forma directa lo que se construye en el laboratorio a la comunidad, sin tener en cuenta tales tensiones ni aspectos de escalamiento y planificación básicos. En forma complementaria, también se plantea que las contribuciones científicas al diseño de políticas deben incorporarse bajo la premisa de que toda solución al problema de la pobreza comienza con cuestionar y modificar los mecanismos económicos, sociales y culturales que generan inequidad. Pobre cerebro intenta apoyar la noción de que toda ideología que promueva meritocracias montadas sobre una matriz de inequidad, es una propuesta inmoral.

Otro aspecto central, propuesto en el capítulo 5, es la revisión de los principios generados por la investigación psicológica en el diseño, implementación y evaluación de intervenciones, con ejemplos de programas y políticas realizados en diferentes sociedades del mundo. De allí surgen dos conceptos centrales para esta discusión: (a) no es posible generar intervenciones o políticas universales, sino que cada acción debe contemplar la participación de las comunidades en las que se proponen implementar las acciones –es decir, no hay fórmulas o recetas sino co-construcciones técnicas y comunitarias-; (b) las acciones deben considerar diferentes dimensiones del desarrollo individual y de los contextos de desarrollo, de manera que deben implementarse en forma de múltiples módulos orientados a distintos aspectos del desarrollo (e.g., nutrición, educación, salud, desarrollo social y comunitario). Es decir, no hay preeminencia de un nivel de organización sobre los otros, sino que es necesario actuar a varios niveles en forma simultánea y sostenida en el tiempo.

Respecto a la historia del programa de investigación que implementamos durante las últimas dos décadas en nuestra unidad de investigación [5], también es importante realizar algunas aclaraciones. Por una parte, hemos diseñado diferentes tipos de intervenciones orientadas a optimizar el desarrollo autorregulatorio infantil para profundizar la comprensión de los mecanismos por los cuales es posible generar oportunidades de cambio e inclusión social y educativa. En todos los casos, nuestro trabajo ha tomado en cuenta la retroalimentación de aquellos que estuvieron involucrados: niños, familias, docentes, autoridades, funcionarios. Nuestro abordaje en las actividades de los módulos de intervención cognitiva no está basado en teorías de intervención clínica individual de tipo cognitivo-conductual. Los modelos teóricos y metodológicos provienen de la psicología del desarrollo y toman en cuenta diferentes tradiciones, entre las cuales se encuentran las de la evaluación dinámica y el constructivismo. Los componentes neurocientíficos de nuestro trabajo, están focalizados en el análisis del nivel biológico a través de evaluaciones moleculares y electroencefalográficas, para complementar la de otros niveles de organización.

 

Algunas reflexiones acerca de cómo nutrir productivamente el debate sobre la neuromanía

Como toda disciplina científica, la neurociencia también es una construcción social atravesada por heterogeneidad y múltiples debates epistemológicos, ideológicos y algunas veces también éticos. En tal sentido, un debate honesto requiere identificar la heterogeneidad de voces y propuestas en lugar de adjudicar a todas las voces una única versión. No hay una sola forma de interpretar los resultados de los estudios neurocientíficos. En cualquier caso, el problema a dirimir es si la neurociencia aporta a una apuesta epistemológica genuina orientada al interés y bienestar común, o a la explotación de su valor de venta en el universo cultural mercantilista que parece dominar en la cultura actual. La experiencia social de América Latina impone la necesidad de contextualizar los conocimientos y la evidencia en función a su identidad, que difiere de la de otras experiencias culturales en cuanto a su geopolítica, el trabajo, la realidad urbana y rural, los márgenes, y los procesos de hegemonía y de resistencia.

Por último, el debate sobre la neuromanía, requiere de un abordaje constructivo cuyo punto de inicio para una comunicación adecuada del conocimiento se base en el intercambio entre neurocientíficos y otros actores sociales, orientado a incrementar la comprensión conceptual, metodológica y técnica que propone la neurociencia, al mismo tiempo que aumente la conciencia de los neurocientíficos sobre las cuestiones de interés público y lo que representa diseñar, implementar y evaluar políticas públicas. En este sentido, continuar con la comunicación unidireccional neurociencia → divulgación → sociedad, en la que los neurocientíficos confían la divulgación a los medios tradicionales de comunicación, sería limitada e insuficiente para transferir el conocimiento. La complejidad de las cuestiones involucradas en la construcción del conocimiento, su divulgación y su transferencia, requieren de esquemas de comunicación más elaborados y multidireccionales. Estos esquemas deben reconocer que la ciencia es parte de las prácticas culturales y que las sociedades se transforman progresivamente, es decir, devienen más diversas. Ello requiere aumentar la interacción sostenida entre diferentes actores sociales, comunidades científicas y medios de comunicación.

 

[1] Aprovecho para agradecer a Juan Duarte por darme la oportunidad de comentar su reseña y realizar aclaraciones sobre algunas cuestiones que en su artículo considero que no se adecuan a mi realidad o forma de interpretar.

[2] Duarte, J., “Las neurociencias como marketing político”, IdZ 34, octubre 2016.

[3] Lipina, S. J., Pobre cerebro, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2016.

[4] Duarte, J., ob. cit.

[5] Unidad de Neurobiología Aplicada (UNA, CEMIC-CONICET), http://pobrezaydesarrollocognitivo.blogspot.com.ar.

***

BUENAS INTENCIONES PARA UNA PROPUESTA A MEDIDA DE LA GESTIÓN NEOLIBERAL

JUAN DUARTE

 

La respuesta de Sebastián Lipina a nuestra crítica de su libro constituye una excepción valorable dentro de la neurociencia mainstream autóctona, poco proclive a responder críticas, abrir diálogos o debates. Asimismo, resulta un aporte que parta de constatar “la sobrevaloración y el tratamiento erróneo del conocimiento neurocientífico en su divulgación y apropiación cultural, en particular respecto a sus implicancias éticas, sociales e ideológicas”, así como de criticar lo que llama “reduccionismo eliminativo” y su divulgación acrítica. Y cómo desde allí emprende en su libro todo un recorrido previo destinado a “explicitar presupuestos” para su propuesta, como la conceptualización del desarrollo humano en tanto “fenómeno complejo que debe ser explicado a partir de la consideración de diferentes niveles de organización”, la necesidad de un enfoque interdisciplinar complejo, ciertos conceptos clave como plasticidad neural, períodos críticos y sensibles, carga alostática y autorregulación, epigénesis, y la crítica a los “neuromitos” y la fetichización de la utilización de neuroimágenes, cuya hipertrofia explicativa caracteriza las versiones más reduccionistas de la neuromanía, como las de Manes o Golombek. Lo mismo respecto de la crítica al rol de los divulgadores “en función a los límites que impone la evidencia disponible y la responsabilidad con la comunidad que implica tal esfuerzo”, el carácter unidireccional de circulación de conocimiento y su rol social y político.

Pero dicho esto, hay que señalar que la práctica misma del autor, desplegada en el libro, contradice en varios aspectos esas presuposiciones.

En primer lugar, la tesis central del libro, que fue el eje de nuestra crítica, apunta a correr el eje de la definición del término “pobreza”, desde sus determinaciones económicas y sociales (que considera “economicismo”) hacia su “experiencia individual”, psicológica y neurobiológica, partiendo de la hipótesis –que nos parece plausible– de que es probable que “el impacto de la pobreza sobre el desarrollo autorregulatorio tenga una base neuro-cognitiva”.

Pero lo grave de este planteo es que implica operar un deslizamiento desde la esfera económica, social, política que caracteriza el fenómeno, y que permite denunciar las condiciones sociales concretas que generan la miseria en el capitalismo (desde las formas de explotación y segregación, hasta las políticas estatales y de gobierno), hacia su experiencia individual (entendida en términos neurobiológicos o cognitivo-conductuales). Es decir, por más que el autor diga apuntar a “incorporar el conocimiento que da cuenta de los efectos y mecanismos de mediación en el nivel de organización neurobiológico”, se trata de mínima de una mirada ingenua que olvida los intereses estatales, de gobierno y hasta imperialistas que se benefician con esta operación ideológica, en tanto desarma la denuncia y exigencia a la condiciones sociales concretas, y abona el discurso de la meritocracia y el individualismo. No es casualidad que Lipina mismo ubique su propuesta en el marco un corrimiento conceptual operado desde las Naciones Unidas con el objetivo de “informar al sector privado sobre prácticas innovadoras de inclusión social para que las implementen en sus sistemas de administración de recursos humanos” [1].

Desde este punto de vista, el problema de la pobreza pasaría ahora, por ejemplo, por “el estado de salud de los niños desde antes de su nacimiento; la educación, ocupación y salud mental de padres y maestros; la estimulación del desarrollo emocional, cognitivo, del lenguaje y del aprendizaje en el hogar, la escuela y la comunidad”, o “si los padres comunican o no a sus hijos sus preocupaciones sobre la inseguridad económica” o “la falta de apoyo familiar durante la escolaridad primaria” [2]. O sea, un camino directo desde la responsabilidad del Estado hacia la responsabilidad de padres y cuidadores, operado mediante el tobogán del discurso meritocrático del “capital mental”.

Como señalábamos en nuestra reseña, este enfoque (que tampoco es original sino parte de una corriente mundial) constituye un complemento ideológico pseudocientífico a la medida de la aplicación de políticas neoliberales. En el caso de Inglaterra, como muestran el neurobiólogo Steven Rose y la socióloga de la ciencia Hilary Rose, el gobierno conservador de Cameron se apoyó en informes neurocientíficos sobre intervención temprana [3] para “enfatizar la importancia de los cuidados parentales por sobre la pobreza del niño”, con lo que “la pobreza sería definida no tanto en términos de ingresos relativos, sino de logros educacionales, no trabajo y adicción a las drogas” en el marco familiar. De este modo, Cameron se desligaba del compromiso previo de terminar con la pobreza infantil para 2020 [4].

 

Divulgación a la medida de la CEOcracia

No es difícil imaginar a Macri, Vidal o cualquier funcionario del gobierno de Cambiemos apoyándose en este “nuevo” concepto de pobreza para justificar políticas de ajuste o disciplinamiento social. Y es mucho menos difícil si tenemos en cuenta que Diego Golombek, quien prologa el libro, además de un divulgador estrella de esta corriente, es al mismo tiempo uno de los asesores directos del presidente Macri, mientras que Manes es candidato de Cambiemos. O, aún más, que en la última publicación del autor de Las neuronas de dios [5], titulada Neurociencias para presidentes. Todo lo que debe saber un líder sobre cómo funciona el cerebro y así manejar mejor un país, un club, una empresa, un centro de estudiantes o su propia vida (¡sic!), además de Facundo Manes, participa el mismo Lipina con un artículo dirigido al presidente en el mismo sentido que su libro pero poniendo el eje en la alimentación y en la “responsabilidad social empresaria” para la “equidad” [6].

Por lo demás, la idea de reducir indicadores sociales a fenómenos individuales en clave neoliberal no es un hecho nuevo para esta corriente. El mismo Facundo Manes propone utilizar el “concepto” de Felicidad Nacional Bruta (FNB), que “define la calidad de vida en términos más holísticos y psicológicos que el conocido Producto Bruto Interno (PBI)” en línea –según él– con Sarkozy y Cameron [7].

 

¿Un enfoque no reduccionista?

Por otro lado, mal que le pese a autor, en términos epistemológicos esta operación de redefinición ideológica del término pobreza (concepto social e histórico) en términos individuales, recae en la operación característica de la neurociencia mainstream: tomar el todo (persona situada históricamente) por la parte (neurobiología, psicología) se denomina “falacia mereológica” [8]. Y el mismo sesgo aparece cuando el autor aplica una concepción cognitivista de procesamiento de la información a nivel de la psicología [9].

En definitiva, creemos que a pesar de intentar un planteo crítico y hasta emancipador, la propuesta de Pobre cerebro no escapa ni al reduccionismo que critica, ni, sobre todo, a la divulgación de conceptualizaciones y prácticas a la medida de las necesidades de la gestión capitalista y del negocio asociado a la neuromanía. Así, a pesar de las –notables– diferencias señaladas, termina siendo complementaria de planteos más abiertos como el de Manes. Y no es casual que ambos compartan ámbitos comunes, como su participación en emprendimientos de marketing editorial y político como el citado. En este sentido no sorprende que, en respuesta a un artículo referido centralmente a Manes y el neuromarketing político, Lipina eluda cualquier pronunciamiento directo. Bastante contradictorio, al borde de la impostura, con la supuesta problematización de los divulgadores sociales “en función a los límites que impone la evidencia disponible y la responsabilidad con la comunidad que implica tal esfuerzo” que propone en libro.

 

Hacia una superación de la neuromanía

A esta altura vale la pena preguntar cómo podría desarrollarse realmente un abordaje en neurociencia que realmente haga justicia a planteos generales como los que rescatamos de Lipina.

Al respecto, últimamente han comenzado a surgir tendencias críticas saludables dentro de ese ámbito disciplinar. Solo por citar un caso muy interesante, podemos nombrar la “Propuesta para una neurociencia crítica” por parte de los investigadores Jan Slaby y Suparna Choudhury, quienes en su texto programático plantean la necesidad de que cualquier investigación en este campo parta de una crítica que sitúe muy concretamente los desarrollos disciplinares dentro de las relaciones sociales capitalistas y mercantilizadas que las constituyen a todo nivel, así como de la democratización del entramado de producción de conocimiento, incluyendo a los sujetos mismos sobre los cuales aquel se genera [10].

Ejemplo de esto son los trabajos de la neurocientífica Cordelia Fine, dedicados a desnudar el carácter fraudulento y sexista de los planteos neurocientíficos a nivel de cuestiones de género [11]. En un sentido similar, y poniendo eje en la divulgación y la construcción del relato neuro, resultan un aporte estudios recientes sobre la generación mediática del mismo. Por ejemplo, un trabajo dedicado al rol de la sección de ciencia de La Nación en la neuromanía autóctona, y otro a la bizarra propaganda biologicista desplegada por el mismo director de la Universidad Favaloro en su programa de TV Los enigmas del cerebro [12].

Sobre la crítica al biologicismo y los intereses capitalistas que vehiculiza, resulta imprescindible retomar la tradición de crítica anticapitalista referenciada en el marxismo sobre las relaciones entre biología y ciencia, en la cual se destacan los trabajos de los citados Rose [13], Richard Lewontin y Richard Levins.

Por último, y como venimos planteando en esta revista [14], a nivel de una psicología del desarrollo superadora del dualismo del planteo cognitivo, nos parece clave retomar el planteo programático marxista de la psicología histórico-cultural vigotskiana, que implica al mismo tiempo que una concepción sistémica dialéctica de las relaciones entre biología y cultura, la necesidad de una crítica de de los conceptos y de la condiciones sociales concretas de producción de la subjetividad y el conocimiento.

[1] Lipina, S., Pobre cerebro. Los efectos de la pobreza sobre el desarrollo cognitivo y emocional, y lo que la neurociencia puede hacer para prevenirlos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2016, p.23.

[2] Ibídem, p.25.

[3] Allen, G. Early Intervention: The next steps y otros, HM Goverment, 2011. Si bien Lipina critica muchos de los presupuestos “neuromíticos” de este tipo de informes, su planteo general va en el mismo sentido.

[4] Rose, S. y H., Can neuroscience change our minds?, Cambridge, Polity Press, 2016, p.71. También en Francia están en marcha intentos similares. Hemos reseñado el libro en “Crítica de la neuromanía.”, IDZ 32.

[5] Ver “Reseña de Las Neuronas de Dios”, IdZ 17, marzo 2015.

[6] Siglo XXI, Buenos Aires, 2017. p.192. En breve reseñaremos el libro de conjunto.

[7] Manes, F. Usar el cerebro, Siglo XXI, Buenos Aires, 2013. Ver reseña en IdZ 9, mayo 2014.

[8] Desde los años ‘70, autores como Steven Rose y Richard Lewontin vienen denunciando esta operación. Ver entrevista a Steven Rose en “El paradigma neurocientífico. De determinismos y reduccionismos recreados”, IdZ 7, marzo 2014.

[9] Ambas cuestiones han sido muy bien criticadas recientemente por José Castorina en relación con la educación y el desarrollo. Ver “Las relaciones problemáticas entre neurociencias y educación. Condiciones y análisis crítico”, en Propuesta Educativa 46. También Flavia Teriggi es contundente allí en su crítica al “aplicacionismo: la pretensión de derivar de las neurociencias directrices para la práctica pedagógica u orientaciones de política educativa” y al negocio capitalista aparejado (p.60).

[10] Jan Slaby y Suparna Choudhury, 2017, disponible on line en http://janslaby.com.

[11] Delusions of Gender: How Our Minds, Society, and Neurosexism Create Difference, Londres , W. W. Norton, 2010. Y más recientemente Testosterone Rex: Myths of Sex, Science, and Society, Londres, W.W. Norton, 2017.

[12] Mantilla, M.J. y Di Marco, M., “La emergencia del cerebro en el espacio público. Las noticias periodísticas sobre las neurociencias y el cerebro en la prensa gráfica en Argentina (2000-2012)”, PHYSIS, vol. 26. Mantilla, M.J., “Educating ‘cerebral subjects’: the emergence of brain talk in the Argentinean society”, Londres, Biosocieties, vol. 10, 2015.

[13] En particular Genes, Cells and Brains, Londres, Verso, 2013.

[14] Ver por ejemplo El Capital como inspiración en la teoría de Vigotsky”, en IdZ 18, abril 2015.

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