La marcha de la clase obrera hacia su conciencia política

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JACQUES CHASTAING

N.2, agosto 2013

 

Introducción

Después de que el artículo aquí publicado fuera escrito el 12 de mayo de 2013, el gobierno de Morsi cayó el 3 de julio, producto de una segunda revolución popular en la que vimos a millones y millones de hombres y mujeres (20 millones según la mayoría de las estimaciones) de todas las clases sociales y edades, ocupar las calles durante cuatro días con una sola consigna “Que se vaya Morsi. El pueblo es el poder”.

Estas movilizaciones, de proporciones históricas, incluso a escala mundial, han sido precedidas por la movilización de los trabajadores y las clases explotadas que continúa desde hace tres meses, con huelgas y protestas, también de dimensiones históricas, superando cualquier cosa vista antes. De hecho, desde el derrocamiento de Mubarak hace dos años y medio, para las clases pobres egipcias, que fueron los principales protagonistas de esa caída, nada ha cambiado y su situación social se ha agravado.

Egipto tenía un 40% de su población viviendo con menos de un dólar al día, durante los últimos dos años se han cerrado 4.000 cierres de empresas. Aumentan los cortes de electricidad y agua. La escasez de gas y combustible es tal que muchos egipcios no tienen cómo cocinar sus alimentos, mientras otros deben hacer filas durante horas, incluso días, en las estaciones de servicio para conseguir combustible. Por último, la considerable inflación, sobre todo en los productos de primera necesidad, hace que muchos deban renunciar a los alimentos. Para evitar que esta movilización transforme

la caída de Morsi en una revolución social, el Ejército ha preferido tomar la iniciativa, y como lo hizo con Mubarak en 2011, derrocó a Morsi con un golpe de Estado. Al desviar la revolución social en curso para proteger la propiedad, el Ejército, apoyado por la oposición laica y la izquierda, intenta posicionarse como Bonaparte, y ha desviado el curso de la ira popular contra la Hermandad Musulmana que, acorralada, libra una lucha a vida o muerte. Sin embargo, nada impide que reaparezcan las huelgas, que vuelven a comenzar.

La revolución permanente en la que la revolución democrática es convulsionada por la revolución social que aún no llegó a su madurez por falta de expresión política, da un espacio al bonapartismo en tanto que el proceso no ha logrado un resultado. Este mecanismo es la lógica política de la situación, llevada por las conmociones sociales a las que condujeron los últimos treinta años de globalización capitalista, que se describen en el siguiente artículo1.

 

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En Egipto y en el mundo árabe –o en cualquier otro lugar–, la autoorganización solo puede inscribirse en la marcha de las clases explotadas para salir de su apatía política y en el camino de tomar conciencia sobre su propio papel. La revolución en Egipto (y Túnez, Siria, etc…) es un gran cimbronazo del mundo. También es un fantástico desciframiento de los cambios recientes en el planeta y los caminos que, actualmente,

toma la conciencia de los oprimidos hacia su emancipación.

Estas revueltas no son solo fenómenos “árabes” causadas por el desgaste de los regímenes dictatoriales, sino que están vinculados con el desquiciamiento económico mundial de los últimos 30 años. La crisis ha llevado al capitalismo a patear hacia adelante el endeudamiento cuyos efectos vemos aquí hoy, pero también lo ha llevado a la búsqueda tanto de nuevos mercados como de un nuevo proletariado de bajos salarios; la competencia entre los trabajadores del mundo; una nueva geografía industrial planetaria y la desregulación mundial de la protección social, poniendo patas para arriba muchas situaciones establecidas y sentando las bases de los actuales levantamientos, desde Egipto a Turquía, pasando por Bangladesh.

Las revoluciones árabes han dado paso a un periodo de desbarajuste y desciframiento de estos cambios económicos y su impacto en la conciencia.

 

Los flujos estructurales de la conciencia hacia la autonomía

La liberalización económica resquebrajó todo tipo de protección, empujó a los pobres a buscar una mejor vida en las principales ciudades, conduciendo a una urbanización desenfrenada. El Cairo pasó de tener 3 millones de habitantes en 1960 a más de 20 millones en la actualidad. Surgieron una gran cantidad de ciudades medianas y pequeñas. De los 100 millones de habitantes del mundo árabe en 1950, el 26% vivía en ciudades.

Hoy en día, hay más de 66% de un total de 350 millones. Alejandría cuenta con más de 5 millones de habitantes; Port Said, Suez, Mahalla, Mansoura… ciudades que las luchas nos hicieran conocer, superan los 500.000 habitantes cada una. Egipto tiene una población de 85 millones de personas, muy jóvenes (con una edad promedio de 24 años); una densidad de vivienda seis veces superior a la de los Países Bajos –el más alto de Europa–; una clase obrera de 8 millones de personas; la industria más desarrollada en el mundo árabe (24.000 empleados, por ejemplo, en “Misr Spinning and Weaving” en Mahalla al-Kubra), y un sector “informal” de pequeños puestos de trabajo de “día a día” que abarca entre10 y 17 millones de trabajadores. Muy a menudo, estos últimos son estigmatizados socialmente como delincuentes o traficantes de drogas; que no tienen, por supuesto, ninguna protección en caso de accidente o enfermedad, no acceden a jubilación y sus hijos tampoco se atreven a decir a qué se dedican sus padres. Sin embargo, es este sector del proletariado el que ha jugado y sigue jugando un papel central en las revueltas que sacudieron el país, pero que continúa hasta el momento sin representación política. Es esta contradicción y la marcha hacia la conciencia de los explotados, la clave de todos los acontecimientos políticos de los últimos dos años en Egipto.

Esta contradicción es la que se encuentra en la ciudad-jungla, la que sacudió las tradiciones y destruyó la vieja solidaridad, pero al mismo tiempo destruye lo más pesado y coercitivo que tiene la propia tradición, creando un “espacio de libertad” que socava la autoridad de la antigua familia patriarcal o la religión. “La libertad” sin duda de un proletariado femenino e infantil que ha sido explotado sin límites. Pero, al mismo tiempo que la ciudad se convierte en “jungla”, mezcla las tradiciones y hace entrar a los trabajadores egipcios en el proletariado mundial. Se estima en tres millones la cantidad de habitantes de las villas miseria de El Cairo en condiciones de vida dramáticas. Un millón de niños son abandonados a su suerte en las calles de las

ciudades. “Gavroches” (nombre de un personaje de la novela Los miserables) de los tiempos modernos, que a menudo se encuentran en las filas de los ultra o la primera línea de los enfrentamientos con la policía. Al mismo tiempo, hay 21,7 millones de usuarios de internet en Egipto. Con la ciudad, sus libertades, su concentración e internet, el peso de los jóvenes se ha multiplicado. Pero lo más sorprendente es la participación significativa de los hombres maduros en la revolución, que eran hasta allí la autoridad, asumiendo en la familia patriarcal y religiosa, un papel moderador.

En el campo industrial, la apertura a la competencia mundial ha llevado a la privatización de las producciones del Estado más tradicionales, como la textil, que han sido compradas a menudo por el capital indio, con condiciones degradadas para los trabajadores. Se les quita la tierra a los campesinos a favor de los grandes latifundios. La “liberalización” de la economía mundial ha entrañado la industrialización, pero también el cierre de las empresas de propiedad estatal (4.600 cierres en 2012), así como la destrucción de los servicios públicos que causan el crecimiento de la pobreza, por un lado, y la riqueza, por el otro. La pobreza aumentó del 39% de la población en 1990 al 48% en 1999 en las zonas urbanas, y del 39% al 55% en las zonas rurales. Hoy más del 40% vive con menos de 1 euro por día. De hecho, tratando de escapar de las viejas instituciones a las que fueron confinados, masas de hombres formaron olas de inmigración de una magnitud sin precedentes en la historia de la humanidad. En el mundo árabe, más de 22 millones han emigrado, sobre todo a los países del Golfo, pero también a Europa e inclusive, más allá. En la desesperación que azota a esos países, no había más que una salida: huir al extranjero, trabajar allí, ir a la escuela, soñar con un lugar mejor.

Pero gran parte de los migrantes en los Estados del Golfo ha regresado. Cuando las fronteras europeas son cada vez más herméticas… Esto no era para nada así en las revueltas actuales. La urbanización y la migración han mostrado no solo otro mundo, sino que también lo han hecho penetrar, causando una verdadera revolución matrimonial, que socava los cimientos de los regímenes dictatoriales, como las bases de la religión tradicional, ambas basadas en la familia patriarcal, el matrimonio a corta edad y entre primos, la sumisión de las mujeres y una alta tasa de fertilidad.

En 30 años en Egipto –la tendencia es similar en todos los países árabes–, con una considerable urbanización y una inmigración a gran escala, muchas mujeres se pusieron a trabajar; la edad para contraer matrimonio, que era de 17 a 18 años para las mujeres, aumentó a 23 años y 27 para los hombres. Esto significa un período de soltería mayor, y también de disponibilidad para la acción colectiva. La fertilidad disminuyó de 6 o 7 niños a alrededor de 3. Se estima que la tasa de contracepción es de casi un 60%. El número de abortos, pese a estar aún prohibido, explota. La diferencia de edad entre los cónyuges, tradicionalmente alta, disminuye así como la costumbre del matrimonio endogámico. La duración del matrimonio, bastante corto por la facilidad con la que cuentan los hombres para repudiarlo, se alarga. La poligamia casi ha desaparecido. La violencia actual del tradicionalismo religioso es una reacción a un mundo superado por estos acontecimientos, el colapso electoral brutal de la Hermandad Musulmana tiene allí también sus cimientos. La plaza Tahrir, donde conviven sin problemas hombres y mujeres, ha dado un rostro a este trastrocamiento, al mostrar que estos arcaísmos no están inscriptos en las profundidades de la “naturaleza humana”, sino que se asientan en estos regímenes dictatoriales y allí encuentran sus fundamentos. La familia, el matrimonio, la herencia, las fronteras nacionales, la educación, las formas de gobierno, la representación política, religiosa y la propiedad están todos en crisis.

 

El camino de los explotados hacia la conciencia política que hace entrar en pánico a los poseedores

Contrariamente a lo que se dice a menudo, la revolución egipcia no ha sido sofocada por un llamado invierno islamista, ni se está apagando de a poco por el desgaste lento.

Como prueba, el mes de abril de 2013, con 1.462 protestas identificadas por el Centro para el Desarrollo Internacional –48 por día–, de las cuales el 62,4% tiene un carácter económico y social, no solo se rompieron todos los récords de la historia de Egipto, sino que ha sido también pico mundial de este mes. Al comparar cuantitativamente, los meses que separan las dos revoluciones rusas de 1917 parecen un largo y tranquilo río. El mes de marzo ha sido agitado, con casi 1.354 protestas. De hecho, desde la toma del poder por Morsi y la Hermandad Musulmana, en julio de 2012, el número de conflictos se ha más que duplicado en el mismo tiempo, solo el año 2012 ya contaba con más movimientos que los 10 años anteriores.

Millones de egipcios ingresaron a la escena política y están haciendo su propia experiencia. Algunos por primera vez, a veces utilizados por sus patrones o administradores para presionar a las autoridades. Pero otros ya están en su quinta o sexta huelga en dos años, por no hablar de su participación en las protestas barriales o

en las manifestaciones políticas. Todos directa o “por capilaridad” tienen más experiencia y organización que las que tuvieron jamás; nuevos militantes se forman, en busca de alimentos ideológicos en la plaza Tahrir o en la Universidad y todos los lugares de debate, dejando poco a poco su estupor de explotados, mostrándose capaces de ayudarse a sí mismos y con cada vez más peso sobre otros sectores sociales. En los últimos 10 meses, desde que Morsi llegó al gobierno, la revolución ha tomado la forma, en septiembre y octubre de 2012, de amplios movimientos sociales centrados en fines económicos alrededor de huelgas generales de profesores y médicos. En noviembre y diciembre, se convirtió en un gran movimiento político en torno a la exigencia de la caída del régimen considerado una nueva dictadura. En la movilización del 4 de diciembre, se reunieron casi 750.000 manifestantes en las calles de El Cairo y alrededor del palacio presidencial, lo que obligó a Morsi a huir, pero fue salvado por la pusilanimidad de la oposición que lo acompañó en el desvío del movimiento insurreccional hacia las urnas, con el referéndum religioso y constitucional. Con la abstención masiva durante estas elecciones en diciembre, la gente hizo la experiencia de haber dejado en minoría al conjunto de sus partidos. En enero, febrero y marzo de 2013, las ciudades de Suez insurrectas desafiaron masivamente el estado de emergencia y ridiculizaron la autoridad que el poder islámico había puesto en su lugar. Pero fueron también los trabajadores de las ciudades del delta del Nilo, como Mansoura y Mahalla, los que simbolizaron, ante todo el país, el cuestionamiento de la autoridad gubernamental, la policía y los islamistas con numerosos locales del Partido de la Libertad y de la Justicia (Hermanos Musulmanes), policías o prefecturas, quemados o saqueados. El gran aparato policial (4 millones), militar (3 millones), religioso (2 millones de los Hermanos Musulmanes) que impusieron el terror, parecía paralizado. En las mezquitas, se veía a los imanes denunciar el falso islam de salafistas y Hermanos Musulmanes. Incluso vimos a una joven profesora hacer apología de ateísmo frente a una multitud de curiosos. Ni siquiera la universidad de Al Azhar, foco central del islam de Medio Oriente, escapó al desafío en toda la regla por sus estudiantes.

Bajo el gobierno del ejército SCAF, de enero de 2011 a julio de 2012 y 9 elecciones, los egipcios han roto con sus ilusiones sobre el ejército y la democracia representativa. A partir del gobierno de los Hermanos Musulmanes, rompieron con las ilusiones en el islam político y aprenden a hacerlo con el FSN, frente de los partidos de la oposición bajo la dirección de los liberales, demócratas y socialistas nasseristas. Es por ello que hemos visto aparecer a partir de enero 2013, milicias de autodefensa, bautizadas comúnmente por la prensa como “Bloque Negro” para defenderse de la extrema violencia de la policía, rompiendo con la tradición de no violencia legal de la oposición institucional. Es por eso que también aparecieron los inicios de autoorganización popular, consejos de ciudad en Mahalla y Kafr el Sheick, embrión de policía popular, prisión para los Hermanos Musulmanes y un esbozo de educación tomada en sus manos por la población de Port Said, dando cuenta de una lógica de la situación donde lo que se pone en cuestión es la democracia directa. En marzo y abril, al mismo tiempo que asistíamos a la debacle electoral de los islamistas durante el escrutinio para la representación electoral entre los estudiantes, y mientras las universidades estaban cada vez más cerca de volverse un foco de agitación política permanente, la revolución, en una especie de respiración, se desplazaba hacia los asuntos económicos. Comenzando por una huelga general de los ferrocarriles, se desarrollaron una multitud de movimientos sociales, las fábricas y los barrios estallaron contra los aumentos de precios, la escasez de combustible y los cortes de electricidad. Antes de que puedan darse de baja los subsidios en los productos de primera necesidad programados por el gobierno, puede unificarse el movimiento nuevamente en el mismo terreno, pero ahora brutalmente político.

A través de estas múltiples experiencias, va tomando forma poco a poco la idea de que la salvaguarda de la revolución pasa por la revolución social.

Hubo un hecho en abril que fue particularmente significativo. El gran periódico liberal Al Masry al Youm cerró sus puertas. Propiedad de hombres de negocios, creían que habían jugado su rol en ayudar a la caída de Mubarak, pero que ahora era tiempo de una alianza entre islamistas y liberales, una información libre no podía más que beneficiar a la clase obrera. En respuesta ante su última aparición, sus periodistas hicieron un número especial explicando que no podía existir democracia real sin democracia económica y justicia social, en suma, ¡que el futuro era la revolución social!

La convergencia actual entre la pérdida de ilusiones y las luchas obreras con democracia directa, tiende a que emerjan pública y abiertamente los cambios subterráneos que han ido transformando las relaciones entre hombres y mujeres, en el tipo de familia, el matrimonio, la herencia, la educación, la religión y la propiedad: cuestiones del socialismo y de la revolución permanente.

No es de otro modo que viviendo en esta conciencia emergente que los hombres a través de sus luchas pueden convertirse en actores de su propia historia, dándole un objetivo a los organismos de contrapoder que comenzaron tomando los espacios públicos, continuaron construyendo sindicatos y diversas organizaciones no gubernamentales, y podrían continuar poniendo en pie comités de lucha por fábrica o ciudades y sus coordinaciones a escala, y, por qué no, ¿atravesar fronteras? Entonces, su alcance será tanto mayor cuanto que su lenguaje será común a la humanidad.

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Traducción: Laura Vilches

1 Esta introducción fue realizada por el autor el 24 de julio de 2013.

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