La juventud y la crisis del sueño post Apartheid

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DIEGO SACCHI

Número 35, noviembre-diciembre 2016.

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Desde finales de septiembre de este año el movimiento estudiantil universitario sudafricano ha vuelto a ocupar un papel destacado en la vida política del país. Las movilizaciones que durante los últimos meses de 2015 derrotaron el intento de aumento en las tasas de inscripción de las universidades, lejos de ser un episodio aislado, han vuelto con más fuerza y un reclamo renovado, la demanda por una educación gratuita.

 

El nuevo anuncio del ministro de Educación Superior Blade Nzimande (también secretario general del Partido Comunista de Sudáfrica) del aumento para 2017 del 8 % en las cuotas que deben pagar los estudiantes universitarios, fue la chispa que encendió las protestas que recorren las universidades de una punta a la otra del país. Sudáfrica está viviendo el mayor proceso de lucha en el movimiento estudiantil desde la caída del Apartheid, hace ya más de 20 años.

Bajo el lema de #FeesMustFall (las tasas deben caer) los estudiantes universitarios son la expresión de un proceso profundo que atraviesa la juventud sudafricana, una generación nacida en los años posteriores a la caída del Apartheid, que creció bajo el sueño de un país “igualitario” y choca con la realidad en la que millones continúan sufriendo la desigualdad heredada del régimen racista.

Las universidades son una muestra de esa desigualdad. Las tasas de matrícula varían dependiendo la institución que se elija, pero pueden llegar hasta los 60.000 rands (4.000 euros) para los estudiantes de medicina en algunas de las más prestigiosas casas de estudio, en un país donde las familias blancas ganan hasta seis veces más que las familias negras, según cifras oficiales. Pero la diferencia en el valor de las tasas de las matrículas no solo se dan al elegir la universidad donde se estudiará, también varían según la carrera, lo que ha llevado a que la mayoría de los estudiantes negros que ingresan a las universidades lo hagan para estudiar carreras humanísticas por ser las más económicas.

Pero el reclamo contra la restricción que supone las tasas en la matricula universitaria es una parte del profundo cuestionamiento que ha despertado entre los estudiantes.

 

La desigualdad racial despierta el reclamo estudiantil

El amplio movimiento de descontento estudiantil es la expresión de años de protestas y frustraciones, centradas en las universidades conocidas por albergar a la mayoría de estudiantes negros.

Las reformas impulsadas por el Congreso Nacional Africano (CNA) se basan en una estrategia denominada GEAR (por sus siglas en inglés, Crecimiento, Empleo y Redistribución), cuyo objetivo era promover la ortodoxia económica (liberalizando y abriendo el país al capital internacional después de años de “aislamiento” producto de la sanción internacional al “Apartheid”) y, por otro lado, luchar contra la pobreza y la desigualdad racial, desarrollando políticas de discriminación positiva (como la imposición de cuotas raciales, etc.). En las universidades suponía fusionar aquellas que eran históricamente negras con las tradicionalmente blancas.

Esto llevó a que las “altas casas de estudio” exclusivas para un sector privilegiado blanco durante años experimentaran una gran afluencia inicialmente de estudiantes negros, principalmente los hijos e hijas de la nueva clase media negra que se había desarrollado especialmente durante los años del boom de las materias primas de finales de 1990 hasta mediados de la década de 2000.

El CNA había prometido transformar la educación a fin de “masificar” las universidades y permitir el acceso a las instituciones que estaban reservadas para la élite blanca, a la mayoría de la juventud negra. Pero esas promesas no pasaron de tibias reformas institucionales mientras se mantuvo en lo esencial el carácter racista y elitista de los años del Apartheid. En ese clima de discriminación y desigualdad se fue gestando la irrupción del movimiento estudiantil.

 

Descolonizar las universidades, la lucha contra la herencia ideológica del Apartheid

El monumento dedicado a Cecil Rhodes, un empresario, político y colonizador británico y fundador de la influyente Fundación Rhodes, recibía a los estudiantes de la Universidad de Ciudad del Cabo (UCT por su sigla en inglés) recordando el objetivo que tuvieron durante años las universidades sudafricanas: formar a lo mejor de la élite colonialista del país.

Los pedidos de grupos de estudiantes y las protestas para que se retire el monumento se acumulaban año tras año, sin que fueran atendidas. En marzo de 2015, un estudiante lanzó excrementos a esa estatua. El Dr. Max Price, vicecanciller de la universidad, afirmó que estaba sorprendido porque las manifestaciones anteriores habían sido efímeras. Resumiendo el sentimiento que expresaban los estudiantes dijo: “Se conectó con la alienación que sienten los estudiantes negros; y una estatua es la forma perfecta de articularla”, y explicó que

…la cultura del lugar se siente blanca. La arquitectura, inspirada en Oxford y Cambridge, es europea. Obviamente, el idioma de enseñanza es el inglés. Lo que emulamos y lo que aspiramos a ser, son las universidades de élite de Estados Unidos y Europa.

La estatua fue vista como un símbolo del pasado opresivo bajo el colonialismo y el Apartheid, por eso la campaña #RhodesMustFall se extendió como una protesta general contra la falta de transformación en las universidades.

Los estudiantes alcanzaron su primera meta al obligar a la institución a retirar la estatua de Rhodes. Ese primer éxito fue la chispa para que un profundo cuestionamiento al carácter elitista de las universidades, la chispa que encendió un movimiento que viene radicalizando al movimiento estudiantil universitario sudafricano.

Los estudiantes exigen una transformación universitaria y la descolonización: equidad racial, una cultura del campus diferente, una reforma curricular que incluya temáticas africanas y sus tradiciones, incluyendo historia africana, filosofía, luchas anticoloniales y el poscolonialismo. También reclaman más profesores africanos negros (por ejemplo, en la UCT hay sólo cinco de más de 250 profesores sénior).

 

Un movimiento estudiantil proobrero

La otra cara del movimiento #FeesMust- Fall, es como este unió sus reclamos a los de los sectores más explotados de las universidades, mediante la campaña conocida como #EndOutsourcing, que exige terminar con la tercerización en la universidad. Una campaña que reclama el derecho de los trabajadores contratados, que realizan distintos servicios, a que trabajen directamente en la Universidad bajo mejores condiciones laborales.

Una muestra del cambio que supuso en el movimiento estudiantil esta campaña de solidaridad hacia los trabajadores se puede ver en la Universidad de Wits. Allí los estudiantes expresaban los intereses de su movimiento de la siguiente manera:

Después de tres semanas de acción de protesta de los estudiantes en las instituciones de educación superior de todo el país, caracterizada por varios incidentes de violencia policial y por la brutalidad de la seguridad privada en el campus de Wits, estas victorias son testimonio de la creencia de principios del movimiento de que no se pueden resolver los problemas de los estudiantes pobres y de clase obrera negros trabajando sin resolver los problemas de los trabajadores negros marginados en los campus.

La solidaridad estudiantil con el movimiento obrero no ha quedado reducida a las universidades. En las más importantes se han organizado comisiones que llevan el apoyo a las luchas obreras en cada ciudad, siendo una de las más destacadas la de los estudiantes de la UCT. Tan significativo es este cambio en el movimiento estudiantil que a pocos días de firmarse el acuerdo entre el sindicato minero AMCU y la multinacional Lonmin (la empresa en la que fueron asesinados 34 mineros en Marikana en agosto de 2012) uno de los responsables gubernamentales en lograr este acuerdo celebraba haber evitado una huelga minera ya que “los estudiantes hubieran tomado las calles en apoyo a los mineros”.

 

Los estudiantes como caja de resonancia

Históricamente, las luchas estudiantiles en Sudáfrica jugaron un rol pívot del descontento general, ya sea en 1960, 1976 o 1985. El enorme respaldo y simpatía no solo pasiva, sino también activa, que despertó en la población su determinación de luchar hasta el final, lo demuestran.

Esta lucha de la juventud contra la desigualdad y el racismo que, a más de dos décadas de la caída del apartheid, continúan en Sudáfrica, no solo se centra en las universidades. A principios del mes de septiembre de 2016 el reclamo de una joven negra de 13 años despertó un movimiento contra los reglamentos racistas en las escuelas de educación media, en varias regiones del país. Zulaikha y sus compañeras se rebelaron contra las regulaciones que por ejemplo dicen, “Todos los peinados deben ser conservadores, pulcros y acordes con el uniforme del colegio. No se permitirán estilos excéntricos”. Para ella y sus compañeras, su peinado representa un orgullo que se remonta a lo largo de la historia como una reivindicación de su identidad negra, y que durante los años del Apartheid sufría los intentos de las autoridades colonialistas de amoldar el cabello a los cánones europeos.

Luego de que décadas atrás el CNA con Mandela a la cabeza evitara la caída por la movilización del régimen colonialista, las promesa de una república multirracial y de la igualdad social y económica entre blancos y negros tras la caída del Apartheid se desvanecen ante la discriminación y desigualdades que día a día viven millones de negros en Sudáfrica.

Las acciones de los estudiantes son la expresión de una insatisfacción nacional mucho más amplia con respecto a la política del gobierno del CNA que, lejos de conseguir iguales derechos para todos, ha beneficiado solo a una pequeña élite negra que actúa como gerente de los negocios de las multinacionales.

La transición pactada a la democracia que salvó los privilegios de la minoría blanca en Sudáfrica a comienzos de la década de 1990 debió hacer ciertas concesiones formales como el voto o el acceso a la universidad para la mayoría negra con el objetivo de desviar el proceso de movilización de la clase obrera negra que estaba en curso en la década de 1980 y amenazaba con derribar al régimen racista. La república multirracial no transformó las bases económicas, sociales y culturales fundamentales del régimen del Apartheid.

El descontento con la desigualdad que continúan sufriendo millones de trabajadores y el pueblo pobre negro en el país, junto con la creciente desconfianza hacia los dirigentes del CNA y sus aliados del Partido Comunista sudafricano y la burocracia sindical transformados en una casta al servicio de las multinacionales y las élites locales, motorizan el surgimiento de nuevos fenómenos políticos en los que la juventud es vanguardia.

Como parte del resurgir de las movilizaciones en el mundo, en especial las que protagonizaron los estudiantes chilenos contra la herencia pinochetista en la educación, el rechazo a la reforma educativa en el Estado español o que enfrentan en Brasil el ajuste del gobierno golpista de Temer, los jóvenes sudafricanos inscriben su nombre en este proceso que recorre el mundo.

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