La izquierda y el movimiento obrero ante la emergencia del peronismo

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HERNÁN CAMARERO

Número 17, marzo 2015.

 

En anteriores notas de Ideas de Izquierda analizamos los años 1880-1945 como un largo período histórico del movimiento obrero argentino entrelazado por cuatro tradiciones ideológico-políticas. Sostuvimos que el anarquismo había constituido una primera expresión combativa y espontaneísta de los sectores laborales más explotados, la cual se mostró incapacitada para galvanizar a los trabajadores como opción clasista y, sobre todo, para proyectarlos al plano de la acción política. El socialismo había rechazado el movimientismo y había insistido en la necesidad de un partido propio de la clase obrera, pero lo había hecho bajo una estrategia reformista, que priorizaba la táctica electoral, alejaba al partido de la lucha de clases y escindía la intervención política de la labor gremial.

El sindicalismo revolucionario, inicialmente, había expresado un intento de superación del parlamentarismo del PS, postulando la lucha sindical como el mejor reaseguro del combate por la transformación social, pero pronto fue adoptando un perfil de apoliticismo reformista, neutralidad ideológica y pragmatismo corporativo, aún más moderado que el viejo partido de Juan B. Justo. Finalmente, el comunismo se había proyectado desde los años veinte y treinta como una vigorosa corriente política, con inserción a nivel de base y en sindicatos industriales, promoviendo un curso combativo y clasista, pero acabó naufragando en su estrategia y concepciones político-programáticas; desde 1935, éstas fueron cada vez más conjugables con la conciliación de clases, dada la línea del frente popular impulsada por la Comintern, ya dominada por la burocracia soviética y el estalinismo. Si se estableciera una foto a principios de 1943, la imagen puede resultar engañosa. El PS alcanzaba enormes bancadas legislativas y confiaba en mantener la lealtad de sus dirigentes gremiales, mientras el PC consolidaba su poderío en el sindicalismo industrial y ganaba espacios en la CGT. Sin embargo, ambos partidos confluían en un proyecto de unidad con fuerzas sociales y políticas burguesas, detrás de un programa republicano antifascista de difícil conjugación con las demandas laborales de una clase obrera en ascenso numérico y movilizacional. Incluso, todo ello convertía en precario el predominio sindical que esos partidos parecían tener entre los trabajadores.

La llegada de Juan D. Perón a la escena política y, más concretamente, al poder, entre 1943-1946, implicó la experimentación de los límites de todas estas corrientes, en especial, de las dos más importantes y que aparecían encarnando el perfil más orgánico, bajo la forma partido: el PS y el PC. El anarquismo se hallaba ya reducido a su mínima expresión y el sindicalismo había casi desaparecido como tendencia específica, tornándose más una concepción y una práctica cada vez más extendida en el activismo gremial.

En esta nota nos proponemos examinar en detalle los modos en que esta izquierda tradicional afrontó en el movimiento obrero la coyuntura de emergencia del nacional-populismo burgués, es decir, el principal desafío de su historia.

 

El golpe militar de 1943 y Perón

El golpe del 4 de junio de 1943, que instauró una dictadura militar, declaró de inmediato el estado de sitio y recurrió a las detenciones masivas, los confinamientos y la tortura de centenares de cuadros sindicales y políticos. Los efectos sobre la izquierda fueron inmediatos. La tónica de quienes impusieron el nuevo gobierno de facto era abiertamente anticomunista. El PC, otra vez, sufrió los efectos de la represión, y de inmediato caracterizó al nuevo régimen como expresión de los sectores más reaccionarios y fascistas del país. La organización fue ilegalizada y debió actuar en la total clandestinidad. Sus periódicos (La Hora, Orientación y otros), fueron clausurados y saqueadas sus instalaciones. Los gremios que orientaba fueron hostigados y sus locales cerrados, debiendo actuar desde entonces en forma encubierta, mientras que la CGT N° 2 en la que estos se insertaban fue disuelta. Centenares de cuadros obreros del PC, y sus principales dirigentes sindicales, como José Peter (industria frigorífica), Pedro Chiarante (construcción) y Vicente Marischi (madera), entre muchos otros, fueron confinados en las prisiones de Villa Devoto, Neuquén, La Plata y hasta en un campo de concentración montado en la isla Martín García. En tanto, los últimos reductos anarquistas con inserción entre los trabajadores, no tanto la vieja FORA V° en casi virtual extinción, sino la FACA y el grupo Spartacus, también fueron arrasados por la persecución, contribuyendo a llenar las cárceles. El PS conoció niveles de represión más bajos, pero también su actividad fue desarticulada y La Vanguardia fue prohibida: sin Parlamento y sin elecciones, su acción se estrechaba seriamente.

Solo las expresiones más adaptadas a la tradición sindicalista del corporativismo y la neutralidad ideológica (según la cual el movimiento obrero no debía actuar en política), parecieron experimentar consecuencias más insignificantes en la nueva situación.

Pero junto con la represión se desarrolló otro proceso clave: la acción de acercamiento hacia sectores del movimiento obrero desplegada por el coronel Perón, primero al frente del Departamento Nacional del Trabajo, luego a cargo de la Secretaría de Trabajo y Previsión (STyP). Su objetivo era conjurar la presencia de la izquierda.

El contexto ayudaba al despliegue de esas concesiones, pues en aquellos años últimos de la guerra mundial, y sobre todo de la inmediata posguerra, existía una situación fiscal muy favorable para políticas de corte social. No es casual. Cada intento o movimiento nacionalista burgués de carácter redistributivo, y de limitada resistencia o más bien regateo de condiciones con el imperialismo, tanto en la Argentina como el continente, experimentó un “éxito” momentáneo en sus políticas en tanto existieran  ciclos económicos ascendentes, así como sus crisis y reversiones fueron producidas por las tendencias contrarias. Perón advirtió al poder económico, social y político sobre el peligro que representaba la gravitante presencia comunista en los ámbitos laborales y acerca de la necesidad de erradicarlo. En función de ello, promovió la intervención estatal en la vida de las empresas, imponiendo la negociación colectiva, alterando las normas laborales y reparando “viejos agravios” por decreto (aumentos salariales, nuevas leyes sociales, generalización del sistema jubilatorio).

Apelando a un discurso que retomaba aspectos de la doctrina social de la Iglesia, invitó a los empresarios a apoyar esta apertura laboral, intentando convencerlos de que sacrificando algo de su poder o beneficio se evitaba una agudización de la lucha de clases. Fue ganando ascendencia entre las filas obreras y enhebrando relaciones con diversas conducciones sindicales. Muchos cuadros gremiales fueron tentados por la convocatoria del coronel. Varios procedían de las filas de la izquierda, sobre todo, del socialismo y del sindicalismo (dos vías de consagrar la separación o la exclusión entre lo sindical y lo político, y de entregar a los dirigentes obreros a la posibilidad de la cooptación estatal). Entre los comunistas, dicho ofrecimiento encontró un apoyo casi nulo, pues el partido siempre mantuvo un mayor control de sus militantes, quienes tendían a no escindir las lealtades sindicales de las partidarias. El encargado de la STyP alentó la creación de “sindicatos paralelos” en las ramas donde más presencia comunista existía, con el objetivo de incrementar su base de apoyo en el movimiento obrero y provocar un vacío o una competencia al PC.

Si bien en el planteo de Perón aparecen reminiscencias de la retórica del fascismo social europeo en su lucha anticomunista, de ningún modo puede establecerse que, hacia 1943-1944, sus proyectos fueran los de instaurar un régimen corporativista. Dichos planteos habían ganado ascendencia en algunos de sus camaradas pero en aquél parecía existir plena conciencia, a partir de las derrotas de los ejércitos nazi-fascistas, de que no había lugar para este tipo de alternativas. De hecho, el coronel apareció dispuesto a lanzarse a una lucha electoral que se presentaba como inminente. Las muertes, entre 1942-1943, de los dos líderes naturales de la transición a una democracia burguesa “ampliada”, Alvear y Justo, le dejaron un camino más despejado para que gradualmente fuera instalando su figura, preparada para afrontar los nuevos retos de la “sociedad industrial de masas”. Con ese fin, inició contactos con políticos conservadores y radicales, para contar con maquinaria electoral, al tiempo que sumó el apoyo de los dirigentes sindicales. Esta última vinculación fue posible dada la añeja y bien arraigada concepción sindicalista existente en el movimiento obrero argentino que acostumbraba a privilegiar una estrategia “pragmática”, habituada a la negociación con el Estado.

Esta inicial apuesta política de Perón se topó con el fracaso. La mayor parte de los sectores patronales recibieron hostilmente sus planes de apertura laboral. Los empresarios parecieron sentirse amenazados, no tanto por un movimiento obrero combativo o por una revolución social inminente (sin dirección, pues el PC ya no la proponía, dada su estrategia frentepopulista y de conciliación política de clases); su mayor temor en ese momento era la propia gestión del coronel, quien en nombre de la armonía social alentaba la movilización de las masas, otorgaba indebidas concesiones y quería detentar todo el poder político. Además, la tarea de reclutamiento entre los partidos tradicionales llevada a cabo por el encargado de la STyP solo alcanzó un magro resultado: su figura no dejaba de aparecer como la expresión de un régimen y un proyecto vinculados a los que estaban siendo sepultados con el fin de la guerra. La derrota se plasmó en octubre de 1945, cuando la oposición socio-política impuso la rendición incondicional del militar “díscolo”. Fue entonces cuando Perón convocó a los sindicatos a manifestarse en defensa de su gestión. El llamado anuló las posibilidades de un compromiso y agudizó la polarización política, decidiendo a los militares a ceder a las presiones de la oposición burguesa “republicana”. En las primeras filas de ella se había ubicado buena parte de la izquierda, tanto el PS como el PC. La nueva coyuntura se desarrolló rápidamente: el 9 de octubre Perón fue despojado de todos sus cargos y el 12 de ese mismo mes fue encarcelado.

 

La izquierda ante el 17 de Octubre y el triunfo peronista

El desenlace es bien conocido. El 17 de octubre la marcha de los trabajadores hacia la Plaza de Mayo forzó a una definición política distinta. Se trató de una movilización de masas impulsada desde abajo, gracias a la labor de agitación y propaganda de los cuadros sindicales, pero al mismo tiempo alentada por sectores de la burocracia estatal y policial. La manifestación acabó por convertirse en un punto de inflexión pues, al bloquear la estrategia de la oposición, redefinió el campo de las alternativas existentes. El acontecimiento logró algo inédito y difícilmente previsto por los adversarios del coronel, y entre ellos, casi toda la izquierda: retornarlo de la prisión, rescatarlo de su ostracismo y depositarle en sus manos otra oportunidad para ensayar un nuevo intento político.

La escasa capacidad de comunistas y socialistas para comprender la nueva realidad fue evidente. Ambos partidos caracterizaron la política social de Perón como demagógica, oportunista y al servicio de justificar una política fascista en el movimiento obrero. Las nuevas organizaciones gremiales que surgieron y la reorientación hacia el laborismo de varios dirigentes sindicales fueron juzgadas por el PC y el PS de realidades de efímero porvenir e imposibles de eclipsar su influencia en el movimiento obrero. Ambos partidos denunciaron al coronel como el continuador más pérfido del régimen de 1943 y de las dictaduras totalitarias del Eje que estaban siendo derrotadas con el fin de la conflagración mundial. Los dos grandes partidos de la izquierda hacían este ataque olvidando que muchas de las conquistas laborales eran sentidas demandas de la clase obrera; incluso, rechazaron de hecho su aplicación, con lo cual quedaron desprestigiados frente a los trabajadores. No le dieron a esa denuncia un carácter socialista o de clase, explicando que detrás de esas medidas se hallaba una parte de la burocracia estatal, de la clase capitalista e incluso del imperialismo (Inglaterra), intentando recuperar o ganar influencia económica y en búsqueda de una maniobra de cooptación y de integración social. Más grave aún, propusieron ubicar al movimiento obrero y la izquierda en el otro bando en que se habían dividido las clases dominantes, el de la oposición republicano-liberal, que reunía no solo a las entidades empresariales mayoritarias (UIA, Sociedad Rural, Bolsa de Comercio), sino al propio imperialismo norteamericano. La línea del antifascismo en el contexto de la guerra colocó a algunos sindicatos comunistas en contra de las huelgas reclamadas desde las bases, como ocurrió en 1945 en el gremio de la carne (que organizaba a los trabajadores de los frigoríficos que abastecían a los países aliados). Además de opuesto a la independencia de los trabajadores, el planteo de la izquierda reformista resultó un error definitivo en la evaluación de la dinámica política. La multiplicación de los sindicatos paralelos, la orientación de otros ya constituidos hacia un acuerdo con el coronel, la irrupción popular inesperada del 17 de octubre y la creación del Partido Laborista por parte de la vieja guardia sindical dispuesta a realizar un acuerdo con Perón, son algunos de los hitos de un proceso que nos señala el éxito de la estrategia peronista por ganar la adhesión de los trabajadores y la derrota de la izquierda tradicional por impedir este intento.

Faltaba consumar el desenlace electoral, acaecido en febrero de 1946. Las alternativas presentadas en esos comicios presidenciales fueron dos: la de la Unión Democrática (alianza conformada por la UCR, el PS, el PC y sectores conservadores y liberales, con el apoyo del embajador yanqui Braden), representaba un proyecto en sintonía con los frentes populares de la época (aunque aún más a la derecha que la mayoría de ellos), tras la perspectiva de una democracia burguesa con pluralidad de partidos; la de la coalición peronista, armada en base al Laborismo, sectores de la burocracia estatal-militar y elementos tránsfugas de distintos partidos (previsiblemente, allí expiraron los últimos vestigios del sindicalismo). Los números reflejan una ventaja, pero no aplastante, para la fórmula de Perón (1.527.000 votos), frente a los 1.207.000 para la UD. Para los socialistas se trataba de una catástrofe homérica: era la primera vez en treinta años que quedaban fuera del Parlamento, es decir, para ellos, casi sin posibilidad de hacer política. Los comunistas recibieron menos de 150.000 votos en sus listas legislativas, lo cual evidenciaba la pérdida de autoridad sobre las masas obreras industriales que el partido había logrado organizar en grandes sindicatos únicos en los quince años anteriores. La influencia sindical no se había transformado en hegemonía política socialista.

La tragedia de la izquierda y el movimiento obrero es que no pudo mantenerse independiente de los dos campos en los que se dividió la burguesía, acabando fagocitados entre uno y otro. El aún débil y fragmentado movimiento trotskista, que venía despuntando en el país desde hacía algo más de una década, fue la única expresión de izquierda que, a partir de este diagnóstico, comenzó a sacar conclusiones y actuar en consecuencia. Por la potencialidad y perspectivas que esta corriente tuvo en los períodos siguientes, ello exige que su análisis sea encarado en un estudio específico. Con este éxito electoral de Perón emergió, finalmente, una nueva aunque breve fórmula de dominación política en el capitalismo argentino, la de un liderazgo plebiscitario y bonapartista de masas. La interpelación nacionalista popular y el accionar del estatismo redistribucionista introdujeron un bloqueo objetivo a la izquierda. La profundidad y radicalidad con la que irrumpió este fenómeno –quizás el de mayor alcance a escala latinoamericana– fue excepcional. En parte, ello explica las mayores dificultades de inserción obrera de la izquierda local en comparación con las de otros países de la región bajo experiencias populistas.

El problema de cómo actuar bajo la conversión mayoritaria de la clase obrera al peronismo, es decir, de qué modo superar la conciencia política burguesa del proletariado argentino, constituirá un nuevo desafío central de otras izquierdas. El trotskismo lo asumió como propio. El análisis histórico de este largo ciclo que lleva ya 70 años justifica un proyecto de reflexión a concretar en una nueva serie de notas.

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