La insurrección como restauración

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ENTREVISTA A ALBERTO BONNET

 

Número 28, abril 2016.

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En su último libro, publicado hace unos meses, Alberto Bonnet propone una explicación original de qué fue el kirchnerismo. Aquí charlamos sobre su análisis a la luz de los primeros meses de gobierno de Macri.

 

IdZ: Tu libro sobre el kirchnerismo se titula “La insurrección como restauración”, ¿qué significa?

Esa expresión sintetiza el argumento de mi libro, pero la explicación de su significado es algo compleja porque significa a la vez dos cosas contradictorias entre sí. O, si ustedes me permiten emplear esta fórmula tan abusada como peligrosa, dos cosas relacionadas entre sí de una manera dialéctica. En efecto, mi interpretación del kirchnerismo consiste en que expresa el ciclo de ascenso de las luchas sociales contra el neoliberalismo que se inicia a mediados de la década de los noventa y culmina en la insurrección de masas de fines de 2001, aunque lo expresa en la forma de una restauración del orden burgués. El ingrediente dialéctico de esta interpretación reside, más específicamente, en que las dimensiones disruptivas de aquel proceso de ascenso de la lucha de clases pervive en el kirchnerismo en la forma perversa de una serie de contradicciones internas a esa restauración del orden burgués. No estoy seguro de haber podido mostrar esto cabalmente en mi libro, pero esta era mi intención, porque esta es la interpretación del kirchnerismo que considero más acertada.

Voy a valerme apenas de un ejemplo para explicar a qué me estoy refiriendo. Empiezo aclarando que, para mí, el kirchnerismo designa una etapa de restauración, dentro del desarrollo reciente de la lucha de clases, que abarca tanto las administraciones electas de Néstor y Cristina Kirchner como la anterior administración provisional de Duhalde. Aclarado esto, pasemos a considerar el manejo del sistema de empresas privatizadas y concesionadas en los noventa tras la devaluación de comienzos de 2002. La respuesta de Duhalde al problema que representaban los precios y tarifas dolarizados de los servicios públicos y los combustibles fue su congelamiento a cambio de las más amplias concesiones a las empresas privatizadas y concesionadas en los restantes aspectos contractuales. ¿Por qué congeló Duhalde esos precios y tarifas? Básicamente, porque aceptar que las empresas en cuestión respondieran a la devaluación multiplicando por tres o por cuatro esos precios y tarifas hubiera acarreado seguramente una impugnación generalizada de su administración por parte de las masas movilizadas a fines de 2001. Recordemos, por ejemplo, que este había sido uno de los asuntos centrales en la agenda de las asambleas barriales que habían  proliferado en las grandes ciudades. Ahora bien, esta respuesta de Duhalde, que apuntaba a conservar el esquema de privatizaciones y concesiones heredado del menemismo, resultó insostenible a mediano plazo. Y aquí es donde la dialéctica, a la que tanto supimos maltratar, entra en escena. La lucha de las asambleas barriales y del conjunto del movimiento de masas que culminó en la insurrección de 2001 pervivió en la forma de una serie de contradicciones insalvables dentro del manejo de esas empresas privatizadas y concesionadas por parte de las administraciones de Kirchner y Fernández de Kirchner. Las innumerables concesiones contractuales, las estatizaciones forzadas, los crecientes subsidios que erosionaron las cuentas fiscales, la debacle de los servicios públicos brindados por las empresas –para no referirnos a la seguidilla de accidentes ferroviarios que culminó en la Masacre de Once de febrero 2012 y que continúa impune– fueron la manera en la que esta contradicción se expresó en el seno del manejo kirchnerista de los sectores en cuestión.

Bueno, a asuntos como este, que pueden generalizarse, me refiero cuando hablo de la pervivencia de la insurrección dentro de la restauración. Y vale la pena agregar que aún hoy en día la nueva administración de Macri intenta corregir las “distorsiones de los precios relativos” que involucran aquellos precios y tarifas, es decir, quiere borrar de una vez por todas estos  rastros que la insurrección dejó dentro de la restauración, ajustando esos precios y tarifas. ¿Podrá hacerlo? Ya veremos.

 

IdZ: Un documento de CIFRA abrió la discusión sobre cuál es el bloque en el poder en Argentina. En tu libro, vos tenés un análisis del bloque en el poder bajo el kirchnerismo, ¿Cómo ves la relación entre kirchnerismo y macrismo desde ese el punto de vista?

El documento en cuestión, elaborado en el marco de una usina de propaganda kirchnerista, es una muestra acabada de la manera en que no debe abordarse la relación entre el capital (y sus diversas fracciones) y el Estado. No puedo ponerme aquí a discutir disparates del estilo de que en las elecciones de 2015 los sectores dominantes accedieron al poder por primera vez en la historia argentina mediante un partido propio (como si el partido del orden por excelencia, el Partido Justicialista, no fuera un partido burgués), de que el mero recambio entre administraciones que resultó de dichas elecciones acarreó por sí mismo un cambio en el régimen político e incluso en la forma de Estado (como si estos asuntos se dirimieran simplemente en las elecciones), o de que los cambios en los “patrones de acumulación” y sus correspondientes “bloques de poder” vienen acelerándose de una curiosa manera a lo largo de la historia argentina (a juzgar por los 45 años que duró el “agroexportador”, los 25 que duró el de “valorización financiera”, los 12 que habría durado el de “los gobiernos kirchneristas” (sic) y el añito de vida del que gozaría “el que intentan poner en marcha actualmente los sectores dominantes” (también sic)). Todo esto no revela sino un burdo acomodamiento de conceptos teóricos a los fines de la propaganda política. Pero sí es importante reconocer que el análisis de esa relación entre el capital (y sus diversas fracciones) y el Estado siempre enfrenta muchas dificultades y que muchos de estos conceptos, como el de “bloque en el poder” de Poulantzas, son problemáticos en sí mismos. Solo puedo decir lo siguiente en este contexto. La relación entre el capital (y sus diversas fracciones) y el Estado es fundamentalmente una relación objetiva, es decir, independiente de las características subjetivas y de la voluntad de quienes ejercen el poder de Estado en ciertas circunstancias. Un puñado de funcionarios plebeyos formados en universidades públicas, provenientes de la pequeño burguesía y enrolados en partidos de masas puede ejercer el poder de Estado de una manera tan funcional a los intereses de las fracciones de la burguesía que comandan el proceso de acumulación como cualquier “ceocracia”. Indagar la procedencia del personal de Estado no deja de ser interesante, por supuesto, pero ninguna indagación semejante alcanza para determinar las características del bloque en el poder. En efecto, ese puñado de funcionarios plebeyos alcanza para implementar, a través de un complejo proceso de ensayos y errores, políticas más o menos acordes los intereses de las fracciones dominantes de la burguesía. Y esto, simplemente, porque la continuidad de los puestos y de los privilegios de los que gozan en la medida en que se desempeñan como funcionarios del Estado capitalista (incluidos aquí tanto sus extraordinarios sueldos como los ingresos que obtienen a través de la corrupción) depende de que implementen políticas acordes con los intereses de esas fracciones dominantes de la burguesía, es decir, de las que encabezan el proceso de acumulación sobre el que se sustenta ese estado capitalista. No hay ninguna necesidad de que estos funcionarios sean ellos mismos burgueses, ni intelectuales orgánicos de la burguesía, ni nada semejante. Alcanza con que sean simples oportunistas. Adviértase que en caso contrario, paradójicamente, tendríamos que sostener que el bloque en el poder durante el kirchnerismo estuvo dirigido por las fracciones más rentísticas de la burguesía, puesto que la presidencia estuvo en manos de unos rentistas inmobiliarios… A esto se reduce la llamada “representación” en la democracia burguesa. Por lo demás, la expresidenta ya se encargó de designar, a su manera, a los integrantes del bloque en el poder durante su presidencia: eran “los que se la llevaban con pala”. Y no encuentro ninguna razón para pensar que hoy, de repente, hayan pasado a ser otros los que se la llevan con pala y los que integran el bloque en el poder de Estado.

 

IdZ: Si mirás el proceso de restauración desde las elecciones en que ganó el macrismo, ¿Cómo lo lees? ¿El triunfo del macrismo es expresión del éxito del proceso de restauración o de su fracaso?

Creo que el resultado de las últimas elecciones puso en evidencia el grado de  consolidación que alcanzó el proceso de restauración del orden burgués encarado previamente por el kirchnerismo. Y, como indicador de esto, no me refiero solamente a la victoria de Macri. Me refiero también al hecho de que el propio kirchnerismo decidiera enfrentar las elecciones encolumnándose detrás de la candidatura de un menemista como Scioli. Y me refiero también al hecho de que, tratándose de las elecciones presidenciales en la que las propuestas de los principales candidatos (incluyendo también a Massa) fueron las más semejantes entre sí desde el inicio de la transición democrática hasta el presente, hubo un notable consenso entre los principales candidatos en la necesidad de implementar un ajuste que implica, en los hechos, un cierre de ese ciclo kirchnerista de restauración del orden. En este punto aprovecho para mencionar otros dos hechos vinculados con estas elecciones que confirmaron la naturaleza restauradora del kirchnerismo. En primer lugar, el propio hecho de que la supuesta gesta nacional y popular del kirchnerismo se cerró mediante unos vulgares acto electoral y traspaso de mando. Las gestas de antaño, no ya las revolucionarias sino incluso las reformistas más o menos radicalizadas, solían cerrarse mediante procesos un poco más virulentos, ¿verdad? Y en segundo lugar, el hecho de que incluso los sectores presuntamente más izquierdistas del kirchnerismo participaron entusiastas del ovejuno espectáculo de ese alineamiento detrás de un candidato de derecha… para evitar que gane la derecha. Pero quiero agregar que, afortunadamente, este cierre del ciclo de restauración del orden no arroja como resultado una clase trabajadora derrotada. Esto es así, simplemente, porque se trató de una restauración que no se impuso a través de una estrategia de enfrentamiento frontal contra la clase –un enfrentamiento semejante a aquel que encaró en sus comienzos el menemismo pero que resultaba a todas luces imposible después de la insurrección de 2001– sino mediante una estrategia sustentada en la satisfacción selectiva de demandas populares. Y esto implica que la clase trabajadora conserva intacta su capacidad de resistencia en el caso de que, por ejemplo, el macrismo se vea forzado a profundizar su ajuste.

 

IdZ: Luego del resultado electoral de noviembre, una de las discusiones fue si existiría o no el kirchnerismo fuera del poder del Estado ¿Cómo lo ves al kirchnerismo desde el llano?

Me cuesta verlo. El kirchnerismo fue un proceso de restauración desde arriba, es decir, conducido integramente desde un partido burgués y desde el Estado burgués. Incluso las organizaciones kirchneristas presuntamente izquierdistas y externas al justicialismo fueron creadas sin más o, en el mejor de los casos, completamente cooptadas por el Estado. Ya excluido del manejo del Estado y prontamente marginado de la conducción de un Partido Justicialista que, como era previsible, ya está volviendo a acomodarse a los nuevos tiempos y negociando con el macrismo, las chances de supervivencia del kirchnerismo como algo más que una corriente minoritaria dentro de la política doméstica me parecen bastante escasas. Salvo, naturalmente, que las circunstancias de la lucha de clases reclamaran un retorno al gatopardismo.

 

IdZ: La actualidad tiene rasgos que retrotraen a la década menemista. En tu otro libro, La hegemonía menemista sostenés que las bases sobre las que se desarrollaron las reformas neoliberales fueron la derrota y el trauma que significó la hiperinflación. ¿Puede existir una segunda vuelta de neoliberalismo en Argentina sin una derrota y trauma de esas proporciones?

Pienso que no. La imposición de políticas neoliberales de reestructuración capitalista requiere normalmente una derrota de la clase trabajadora –y, a su vez, consolida dicha derrota–. Y esto es lo que sucedió efectivamente durante los procesos hiperinflacionarios que allanaron el camino para la imposición de las políticas menemistas. Pero además quisiera agregar otras dos cosas. La primera ya te la adelanté en mi respuesta a tu tercera pregunta: creo que nuestra clase trabajadora no se encuentra hoy en semejante situación de derrota y que, en consecuencia, está en condiciones de resistir cualquier intento de imponer dichas políticas neoliberales. La segunda es que ni siquiera creo que esté en la agenda política de la administración macrista la imposición de tales políticas neoliberales. Me explico. La administración macrista enfrenta un escenario signado por la recesión y por el agotamiento de las políticas económicas implementadas por el kirchnerismo durante los últimos años. En efecto, las proclamas kirchneristas acerca de la potencia transformadora de su política económica fueron, durante estos últimos años, directamente proporcionales a la impotencia a la que se veía reducida en los hechos dicha política económica ante los innumerables desequilibrios acumulados. Recordemos los controles de precios, las intervenciones en el mercado cambiario, las trabas a las importaciones y las demás ocurrencias de Axel y sus amigos. Y, ante ese escenario, la administración macrista comenzó a implementar una política de ajuste más o menos ortodoxa. Pero esto no significa que pretenda imponer una política neoliberal radical como la impuesta por el menemismo a comienzos de los noventa. El escenario que enfrenta hoy el macrismo es simplemente un escenario recesivo, mientras que aquel otro de comienzos de los noventa era un escenario de agotamiento del modo en que funcionaba el capitalismo doméstico en su conjunto. Y, además, las políticas neoliberales de reestructuración radical de ese modo de funcionamiento del capitalismo doméstico ya las impuso el menemismo durante los noventa –y el kirchnerismo, ciertamente, no revirtió sus consecuencias–. Entonces, podemos entender el ajuste macrista como un retorno a las políticas neoliberales si queremos, pero cuidándonos de asimilarlo a políticas como las implementadas por el menemismo en los noventa.

 

Entrevistó: Paula Varela.

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