La ilusión macrista de la Argentina competitiva

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PABLO ANINO y EDUARDO CASTILLA

Número 34, octubre 2016

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“Cada grupo social, al nacer en el terreno originario de una función esencial en el mundo de la producción económica, se crea conjunta y orgánicamente uno o más rangos de intelectuales que le dan homogeneidad y conciencia de la propia función (…) Si no todos los empresarios, por lo menos una elite de ellos, debe tener capacidad para la organización de la sociedad en general, en todo su complejo organismo de servicios hasta la misma organización estatal, dada la necesidad de crear las condiciones más favorables para la expansión de la propia clase”.

Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel

 

Si hacemos propia la conceptualización gramsciana, podríamos afirmar que la Ceocracia gobernante en Argentina es una expresión descarnada de esa intelectualidad orgánica. Ilustrando la génesis ideológica de parte del actual elenco gobernante, en el libro “Hagamos equipo”, Gabriel Vommaro y Sergio Morresi dan cuenta de los mundos sociales en los que se inscribe la construcción de la identidad PRO, núcleo fundacional de Cambiemos.

Este partido se construye como grupo político enraizado en el mundo empresario, por un lado y en el mundo del voluntariado, por el otro. De allí toma los formatos de rituales partidarios (…), valores morales (la entrega de sí en actividades voluntarias; la importancia del éxito emprendedor), modos de ver el mundo1.

Los “actores exitosos” del mundo privado entran en política para “volver la actividad más eficiente y más transparente”2. La conciencia del empresario PRO es la de un ejecutor con voluntad de éxito y eficiencia. Esa eficiencia es, siempre, aquella propia del mundo de la empresa.

 

El país soñado o el país “relatado”

¿Hay un plan refundacional para la nación, como fue postulado en múltiples discursos de campaña o entrevistas por parte del oficialismo? ¿O se trata, simplemente, de otro relato, en este caso, un relato M?

En el Plan Productivo Nacional (PPN), recientemente presentado, se adivinan las intenciones de la CEOcracia de aparecer como una fracción dispuesta a “moldear los contornos de un nuevo modelo de país”, capaz de “reinsertarse en el mundo de manera competitiva”, una vez dejados atrás los años de “crecimiento fácil”. El macrismo pone en el centro de su mirada “una transformación productiva que permita aumentar la productividad”.

El objetivo del PPN supone la reconversión de aquellas ramas de la producción presentadas como “sensibles” o, en términos menos difusos, poco competitivas. Ese discurso aparece ya no solo en boca oficialista, sino también en la de sectores de la cúpula empresarial nacional3.

Ese tópico general se halla inserto o entrelazado con otro, más difundido, que reivindica el “retorno al mundo” después de años de “aislamiento”. Tópico fundante, agreguemos, del giro hacia una política de seducción al capital imperialista.

En los primeros meses de gestión, ese objetivo puso en el centro de la preocupación oficial el arreglo con los fondos buitre, como una forma de “reconciliar” al país con los “mercados” y lograr las condiciones para la más que anunciada “lluvia de inversiones”.

Dentro de esos objetivos hay que inscribir otras medidas destinadas a liquidar “distorsiones” o resabios “populistas”: levantamiento del “cepo”; devaluación de la moneda; extendida eliminación de las retenciones a las exportaciones y la eliminación de las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importaciones (DJAI). A eso debe sumarse el veto a la “Ley antidespidos”, anulada para “no desalentar inversiones”, y la llamada ley de “sinceramiento fiscal” que busca lograr un (ya) dudoso éxito con el blanqueo de capitales.

A lo largo de todo 2016, el macrismo ofreció escenas noventistas, empezando por su participación en enero en el Davos verdadero. Pero septiembre fue un mes en donde la política de seducción al capital fue desplegada en gran escala. El primer gran evento ocurrió fronteras adentro, en el Foro de Inversión y Negocios (el mini Davos). Esto se completó con la visita de Macri a New York, donde participó de la Asamblea General de la ONU y de cónclaves organizados por sectores del empresariado y grandes medios internacionales, como el Financial Times. Allí declamó “haber logrado” las condiciones necesarias para la llegada de inversiones.

Pero en estas horas, solo el creciente endeudamiento puede ser presentado oficialmente como un logro. Allí operan las ventajas que otorga la “herencia recibida”, de una baja deuda en dólares, cuestión que permite ahora relanzar un nuevo ciclo de toma de deuda4. Por el momento, el “plan” refundacional de Cambiemos tiene mucho de nuevo relato en construcción, de batalla cultural contra la “pesada herencia” y, bastante poco, de transformación.

No puede culparse de esto al esquema comunicativo del gobierno. Un plan refundacional como el imaginado enfrenta muchas dificultades. No sólo porque debe desembarazarse de su cercanía con el relato neoliberal –y por ende– de sus consecuencias, sino fundamentalmente porque el país soñado por el gran capital no tiene lugar en el país real.

 

El “relato M” frente al país real

El consultor Dante Sica (Abeceb), cercano al macrismo, estimó que el país necesita un promedio de U$S 131 mil millones de inversiones anuales para lograr un crecimiento sostenido. Pero entre 2008 y 2016, lasinversiones concretadas promediaron anualmente U$S 82.700 millones. La cifra está U$S 50 mil millones por debajo de lo estimado por Sica.

Los anuncios de inversiones tienen un curso vertiginoso desde que asumió el nuevo gobierno. El Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas exhibe un contador en su página web, en el que los anuncios superan los U$S 46 mil millones para el período 2016-2019. Un tercio de los “compromisos” proviene de Argentina. En septiembre el contador pegó un salto gracias a que incluyó casi U$S 13 mil millones de inversión público privada.

Estos datos, propagandizados por el macrismo, en realidad desnudan escasez. Los compromisos son menores a U$S 10 mil millones anuales promedio; muchos de ellos fueron dados a conocer durante la anterior gestión y, además, falta lo esencial: que se concreten.

Abundan emprendedores “temerarios” en minería, hidrocarburos y especulación financiera. Pero aún en esos casos hay que mirar con atención para separar realidad de marketing. First Quantum (segundo en el ranking de anuncios con U$S 3 mil millones) todavía no concluyó los estudios de factibilidad para extraer cobre en Jujuy. En el mejor de los casos empezaría a operar en 2018. En el Mini Davos, Wayne Richardson, CEO de Enirgi, afirmó pomposamente que “comenzará en Salta la construcción de la planta de litio más grande del mundo”. Los expertos advierten que se trata de un prototipo que está en preparación hace tiempo y no termina de despegar. Durante ese Foro hubo, además, compromisos para extraer plata en Chubut, pero allí está prohibida –y fuertemente cuestionada– la minería metalífera. También se anunció que la brasileña Vale vuelve a invertir en el proyecto Potasio Río Colorado en Mendoza, paralizado desde 2013: el fin es reactivarlo para no perder la concesión y venderlo para retirarse. El caso de Dow Chemical es ilustrativo del acting entre el gobierno y las multinacionales. Esa empresa ya había hecho anuncios junto a Daniel Scioli en la campaña electoral de 2015. Después de tantos anuncios, en materia de inversiones, todo lo sólido se desvanece en el aire.

Tan magros resultados no se explican solo a partir de la falta de confianza en el gobierno de Macri. Tampoco por la profunda recesióny los desequilibrios económicos. A la Argentina capitalista le faltan rutas, trenes, puertos y playas logísticas, entre otras “insuficiencias”.

 

Los límites estructurales

El nuevo “relato M” repite como un mantra que hay que elevar la productividad. A renglón seguido se reza un “rosario” con una agenda neoliberal interminable, donde se pretende culpar por el atraso histórico de la productividad argentina a la fuerza de trabajo, mientras es algo de entera responsabilidad de la clase capitalista. El PPN tiene entre sus ejes reducir los costos laborales y aplicar mayor precarización laboral, poniendo como ejemplo el Plan Primer Empleo y la “modernización” del Estado que se cobró ya 11 mil despidos en la Administración Pública Nacional.

Pero resulta falso que no haya aumentado la productividad absoluta en Argentina. La devaluación de 2002 permitió el abaratamiento de la fuerza de trabajo y el aumento de los ritmos de producción sobre la base de la capacidad ociosa existente por la crisis de la convertibilidad. A pesar que la inversión no acompañó el crecimiento, la productividad industrial, medida en volumen de producción por hora trabajada, aumentó 68 % entre 2003 y 2014, según surge de datos del Indec.

El auge pos convertibilidad, basado en el derrumbe previo, se expresa en los datos de The Conference Board5 que muestran que, entre 1999 y 2006, la productividad laboral total de la economía argentina retrocedió a un promedio anual de 1,1 % mientras en el mundo creció 2,5 %, en Estados Unidos 2 %, en Europa 1,5 % y en China 7,5 %.

Entre 2007 y 2013, la productividad laboral en nuestro país se recuperó a una tasa de crecimiento de 1,1 % anual promedio. Este porcentaje es similar al de los Estados Unidos y algo mayor que en Europa, regiones que, desde el inicio de este período, están afectadas por la crisis mundial. En simultáneo, en China el alza fue 7,1 % y en el mundo 2,2 %. Es decir que en términos relativos se mantuvo o incluso se amplió la brecha de productividad con las potencias económicas, aun con aquellas más afectadas por la crisis y en circunstancias en las que Argentina tuvo uno de los mayores crecimientos económicos de su historia.

Achicar esa brecha requeriría un plan de largo alcance, tarea que la burguesía nativa nunca enla historia estuvo dispuesta a tomar en sus manos, debido a su dependencia extrema del capital imperialista y su parasitismo casi congénito, donde exige condiciones cuasi utópicas en un país semi-colonial, para inversiones a largo plazo que nunca terminan de concretarse6.

 

Tensiones y urgencias

“El empresariado esperaba cambios más rápidos. Esperaba al Macri que votaron”. Quien habla –en una lujosa oficina de Puerto Madero– es dueño de una empresa. Quien escucha es el periodista Alejandro Rebossio7. ¿Cuál fue el Macri votado por el gran capital? ¿Cuál es hoy la relación entre la gestión macrista y el programa “exigido” por la clase dominante?

La realidad parece evidenciar que el gran capital no parece dispuesto a realizar desembolsos notorios hasta ver garantizada la sustentabilidad política del macrismo. La paradoja resultante es que eso obliga a Cambiemos a sostener condiciones de gobernabilidad reñidas con la aplicación directa de un ajuste de mayor caladura8. Y limita, al mismo tiempo, la construcción de su relato de un futuro mejor.

Esas contradicciones también encuentran expresión en los rasgos teóricos que parecen guiar al gobierno: desarrolla una política monetaria ortodoxa con reglas estrictas de expansión monetaria, que convive con un relajamiento de los severos objetivos fiscales.

Por el momento, las tensiones generadas son resueltas por el endeudamiento externo y la negociación permanente con los poderes reales. Entre las fuerzas ciegas del “mercado” y aquellas conscientes de la “mano visible” de gobernadores, intendentes y burocracia sindical va navegando una política económica que no termina de cerrar a los altos mandos de la burguesía. Para Cambiemos la relación con esos actores entraña la única forma de gestionar el malestar social que emerge del 10 % de desocupación, el 35 % de trabajo no registrado (en “negro”) y un tercio de la población hundido en la pobreza.

En ese contexto, el capital financiero internacional, y en particular la banca JP Morgan, están jugando un rol central sosteniendo el “modelo M” y su “desborde” del gasto público. La dinámica actual de escalada de la deuda externa no conduce al “primer mundo”, aunque la realidad pueda ofrecer fragmentos ficcionales de algo parecido a lo que desea la clase gobernante, como ocurrió en el mini Davos o con la visita de Obama. Conduce, por el contrario, a una nueva hipoteca de la economía nacional. La vuelta de las misiones del Fondo Monetario Internacional indica quién será el gendarme para garantizar en el futuro inmediato esos pagos a los altares del capital financiero.

A grosso modo, el macrismo teje una alianza de clases que privilegia la relación con el capital financiero internacional, el agro pampeano, grandes multinacionales exportadoras y sectores de las economías regionales, como es bien claro con los ingenios azucareros del norte del país. Son alianzas embrionarias, que transitan un primer momento de tanteo, aún no están cristalizadas ni exentas de tensiones.

La “astucia de la historia” hizo que la Ceocracia intentara gobernar, elevando a Argentina a la cumbre del laissez faire a los “mercados”, justo cuando estos andan a los tumbos, en un capitalismo mundializado que se mueve peligrosamente hacia el proteccionismo en el contexto de un estancamiento que lleva años.

 

La lucha de clases en el horizonte

La nación competitiva que postula el relato oficial choca con grandes obstáculos. Cambiemos tiene conciencia de que la batalla por elevar la productividad y la competitividad es también contra la burguesía doméstica.

Se trata de una fracción de clase acostumbrada a la “protección”, poco proclive a invertir y tentada por la fuga de capitales. De hecho, la liberalización cambiaria aceleró la formación de activos en el exterior (una medida de la fuga de capitales) desde la asunción del nuevo gobierno. A esa burguesía, el ministro Prat Gay le señaló que tenía cuatro años para “prepararse porque después vendrán los juegos olímpicos y tendrán que competir con el mundo”.

La voluntad de la CEOcracia debe, además, doblegar a una clase obrera cuyo peso social está, de alguna manera, “sobredeterminado” en relación a la clase capitalista nativa. El empresariado, de la mano de la devaluación y gracias a la tregua otorgada por las conducciones sindicales, ha logrado avanzar parcialmente sobre el salario obrero. Con la dinámica actual, el resultado a fin de año será que el salario real perderá, como mínimo, un 5 %. Una cifra insuficiente desde el punto de vista de las ambiciones patronales.

De allí que en la Argentina real vuelve a sentirse fuerte el reclamo por el “atraso” cambiario. La “fórmula mágica” de devaluar y diluir el poder de compra del salario es la preferida en estas pampas. Contradictoriamente, el ingreso de dólares por endeudamiento está presionando en el sentido contrario. La relativa abundancia de dólares es en algún sentido una mala noticia para “competir” en el mercado mundial, dado que abarata la divisa estadounidense y encarece la producción local.

Enunciar un programa es radicalmente distinto a poder aplicarlo. Precisamente, observando los límites que impone al ajuste la relación de fuerzas existente entre las clases, es que todo indica que las peleas de fondo contra el país real serán postergadas hasta luego de las elecciones de medio término.

El plan pasó a ser “gastar para ganar”, algo que, además de valerle críticas9 desde sectores del mismo establishment, podría implicar una nueva escalada de precios que descalabre las “metas de inflación” anunciadas por el BCRA.

El capital votó a Macri para imponer un cambio sustancial en la relación de fuerzas con la clase trabajadora, en aras de imponer un nuevo salto en la tasa de explotación. Ese programa, ampliamente enunciado, no está realizado aún. El cálculo electoral y esos límites en la relación de fuerzas imponen el gradualismo.

Su correlato son las luchas parciales y el malestar social. Sin embargo, si las condiciones de la economía internacional siguen siendo tan poco “solidarias” con la CEOcracia, o si el gobierno aprieta el acelerador del ajuste como le pide el establishment, deberá enfrentar la resistencia obrera. Los enfrentamientos agudos de la lucha de clases están inscriptos en el horizonte de los tiempos por venir.

 

  1. Sergio Morresi y Gabriel Vommaro (comp.), “Hagamos Equipo”. Pro y la construcción de la nueva derecha en argentina, Buenos Aires, UNGS, 2015, pp. 121-122.
  2. Ibídem., p. 123.
  3. Es el caso de Luis Pagani de Arcor, quien sostuvo que no cree “que tengamos que cerrarnos ni proteger una industria que vende a un 40 % más caro”.
  4. Esto es lo que “rescató”, a fines de setiembre, Luis Caputo, secretario de Finanzas, cuando declaró: “no tengo que ponerme colorado por el aumento de la deuda pública”.
  5. En su página web (www.conference-board.org) se presentan varios estudios sobre la evolución comparativa de la productividad. Los datos que referenciamos están exhibidos en su The Conference Board Total Economy Database, Summary Tables, publicados en mayo de 2016.
  6. “Somos enfermos. Está atrofiado el sistema, esta patas para arriba (…) si vos lograras primero estabilidad, y tener una expectativa de no inflación a diez años, veinte años, el sistema financiero se puede fondear a largo plazo. Entonces, si yo soy banco y puedo captar a veinte años, yo te presto a vos a veinte años en la misma moneda” (Eduardo Constatini, entrevista en revista Crisis 26, agosto de 2016).
  7. Alejandro Rebossio, “Yo era uno de ustedes”, Anfibia.
  8. Fernando Rosso, “El giro ‘kirchnerista’ de Macri”, La Izquierda Diario, 23/09/2016.
  9. “La dirigencia argentina parece atrapada dentro de un corset populista impuesto por el gobierno anterior. Un programa de desarrollo para los próximos años requiere romper lazos con ese populismo” señala Daniel Artana en un Informe FIEL, octubre de 2016.

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