La hegemonía débil del “populismo”

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JUAN DAL MASO Y FERNANDO ROSSO

Número 19, mayo 2015.

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Descifrar la fisonomía de la “hegemonía débil” de los gobiernos posneoliberales o de los “populismos”, en momentos en los que muestran escasa capacidad de “resistencia” a la avanzada de las derechas, se torna importante no solo para entender la crisis que atraviesan estos proyectos, agotadas las condiciones que permitieron su auge; sino también porque podemos decir que en Latinoamérica estamos asistiendo a un lento, contradictorio y desigual proceso de emergencia de los asalariados.

 

Introducción

La “hegemonía”, las “revoluciones pasivas” y la “voluntad colectiva nacional-popular” (y en menor medida la de “Estado integral”) fueron algunas de las principales temáticas gramscianas con las cuales un destacado sector de la intelectualidad de izquierda latinoamericana intentara pensar la historia de nuestro subcontinente, sacar conclusiones de las derrotas de los procesos revolucionarios de los años ‘70 y establecer las claves de una concepción de tipo “gradualista” que bien sintetizara José Aricó cuando definía al marxismo de cuño gramsciano como el “punto de partida para pensar la transformación democrática de la sociedad”1.

Con la imposición de una democracia con fuertes compromisos con los regímenes dictatoriales que la precedieron, y que a medida en que se imponía el neoliberalismo se fue constituyendo como una democracia degradada, oligárquica y de “casta”, las crisis en Ecuador, Bolivia y Argentina, las expectativas de una vía “socialdemócrata” para América Latina, que ya en los ‘90 se habían vuelto minoritarias, fueron remplazadas por una reivindicación de los llamados “populismos”, o lo que hemos denominado gobiernos “posneoliberales”.

En este sentido, el largo camino que va de José Aricó a Ernesto Laclau en realidad no es tan largo ni contradictorio. Quizás no sea descabellado afirmar que mucho de lo planteado por Laclau, ya estaba dicho, con otro lenguaje, por Aricó. Como tampoco está de más señalar que la idea de una “hegemonía” representada por una posición política predominante en la sociedad a partir de la confluencia de distintos sujetos sociales contingentes, como forma de acceder al poder del Estado dentro de la democracia burguesa, está en la base de las disímiles direcciones en que se movieron Aricó y Laclau de los ‘80 en adelante, tanto como de las actuales reivindicaciones del “populismo” en la vieja Europa.

A diferencia de lo que piensan los sectores académicos que reivindican a los gramscianos argentinos por sus análisis sobre las “transiciones a la democracia”2, la utilización de la categoría de la “hegemonía” como un término que permitía salir del “esencialismo de clase”, llevó a la conformación de teorías y prácticas que propugnaban una “hegemonía débil” cuya verdadera fortaleza terminaba residiendo en el Estado (capitalista).

De esta forma se pasaba, para utilizar una expresión de Massimo Modonesi, del reconocimiento de las revoluciones pasivas “como proceso” a la reivindicación de las revoluciones pasivas “como proyecto”, contra lo sostenido por el propio Gramsci en su Cuaderno 15, cuando señalaba que la revolución pasiva no debía tomarse como programa, sino como “criterio de interpretación en ausencia de otros elementos activos dominantes” (C15 § 62)*.

La categoría de “nacional-popular” venía a ponerle el moño entonces a una interpretación en la cual una teoría “aclasista” de la hegemonía servía como fundamento para la adopción de la “revolución pasiva” como programa.

 

Hegemonía burguesa y proletaria

Contra este tipo de interpretaciones –especialmente en sus análisis sobre el rol de los moderados piamonteses en la experiencia de la unificación italiana de mediados del siglo XIX– Gramsci señala en el Cuaderno 15 una diferencia esencial entre las formas “expansivas” de la hegemonía que expresaron los jacobinos y la “dictadura sin hegemonía” mediante la cual el Estado piamontés había desplazado las demandas sociales del Partido de Acción. Mientras los jacobinos habían creado, en los términos de Gramsci, una “voluntad colectiva nacional-popular”, los moderados del Risorgimento habían hecho de la falta de tal creación la piedra angular de la unificación italiana.

La hegemonía proletaria, que según la conceptualización de Gramsci, continúa en otras condiciones la “revolución permanente” de los jacobinos por su carácter “expansivo”, se caracteriza no por el “esencialismo” de clase sino por su intento de disminuir la distancia entre “dirigentes y dirigidos”, para dotar de un “una forma moderna y actual al humanismo laico tradicional que debe ser la base ética del nuevo tipo de Estado” (C11 §70) (cabe señalar, de paso, la importancia de relacionar las reflexiones políticas y filosóficas de Gramsci). Para esto concibe un período de “guerra de posición” como contracara de la “revolución pasiva” que los grupos dominantes ponen en marcha desde arriba, “hasta el punto en que la guerra de posiciones vuelve a convertirse en guerra de maniobras” (C15 § 11) en el que se abre el momento político-militar, ejemplificado por Gramsci con la guerra de liberación de un pueblo oprimido contra una potencia opresora y cuyo equivalente de clase es la guerra civil (C13 §17).

Tomando en cuenta estos elementos, la operación teórica de oponer la “hegemonía” entendida en clave “nacional-popular” al poder de clase, resulta altamente cuestionable, ya que en los propios análisis de Gramsci, no obstante ciertos desplazamientos que señalamos y criticamos en otro lugar3, la hegemonía “si es éticopolítica no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que el grupo dirigente ejercita en el núcleo decisivo de la actividad económica” (C13 §18).

Esta temática, cuyo abordaje tiene una historia propia en América Latina, ha vuelto a resurgir a partir del análisis y balance de las experiencias de los gobiernos “progresistas” o “posneoliberales” de la región. Balance al que se hace referencia en “‘Fines de ciclo’ de Caracas a Buenos Aires”, de Eduardo Molina, publicada en el número 18 de Ideas de Izquierda. En ese artículo, podemos leer:

 

La categoría gramsciana de “revolución pasiva” es empleada por diversos estudiosos para interpretar estas reformas. Pero Gramsci la utilizó para analizar los procesos en la Europa del siglo XIX que, para evitar una reedición de la revolución de 1848, completaban “desde arriba” tareas históricas como la unidad nacional en Alemania e Italia, con los métodos reaccionarios de un Bismarck o un Cavour, cancilleres de sendas monarquías. En la época imperialista esa posibilidad está agotada, porque encarar a fondo tareas democrático-estructurales como la liberación nacional, entra en contradicción con las bases del orden capitalista en los países dependientes. Ninguno de los gobiernos posneoliberales se propuso romper con el capital imperialista, hacer una profunda reforma agraria o nacionalizar los recursos naturales (…) El elemento de “revolución pasiva” en estos limitados “procesos de cambio” está al servicio de la recomposición del orden, no de su superación. Mientras se mantuvo la continuidad en aspectos económicos y sociales clave heredados del neoliberalismo (como la especialización exportadora, el endeudamiento externo o la precarización laboral), las reformas parciales contuvieron la movilización social, “pasivizando” a las clases subalternas y cooptando a los “movimientos sociales” para “pasar de la protesta a la propuesta” –según la frase de Evo Morales–. La labor estabilizadora del ciclo reformista –combinando sus elementos de “revolución pasiva” con los de “restauración”–, fue preparando el terreno para que la clase dominante pueda aspirar a una plena “restauración conservadora”.

 

Jacobinismo, revolución pasiva, populismo

Para pensar esta problemática resulta útil tomar el enfoque de Fabio Frosini en su trabajo “Pueblo y Guerra de Posición como clave del populismo. Una lectura de los Cuadernos de la Cárcel de Antonio Gramsci”4.

Frosini asocia la “revolución pasiva” a las formas constitutivas del Estado moderno, entendido este como “Estado ético” (composición pasiva de los conflictos en clave hegeliana) que bloquea la “permanencia del movimiento” del proceso iniciado con la revolución francesa y expresado por el jacobinismo, mediatizándolo a través de una relación compleja entre Estado y sociedad civil que impide que “el pueblo” vaya más allá de los límites impuestos por la dirección burguesa. Señala Frosini:

 

El pueblo no designa una determinada clase social, sino un conjunto heterogéneo de “clases” que tienen en común dos elementos: la posición subalterna en la esfera del poder y el papel instrumental en la esfera del trabajo (…) Dicho en otras palabras, según Gramsci la historia de las sociedades humanas, es decir de las sociedades de clases, está atravesada por un hilo rojo unitario, que es el hilo rojo del poder entendido como control disciplinar de la espontaneidad popular. (…) Entre la política francesa y la filosofía alemana hay “traducibilidad” porque la revolución pasiva, a la que Hegel da una expresión teórica acabada, no es únicamente una reacción a la Revolución, es también una aceptación progresiva de alguna de sus reivindicaciones y viceversa, el jacobinismo fracasa necesariamente cuanto toca sus “límites de clase.” (…) El significado del término populismo para Gramsci, está por tanto ligado al objeto designado por un nexo pasional y no simplemente lógico: el “populismo” no se limita a “expresar” el objeto “pueblo”, sino que lo evoca y lo suscita para proponerlo como modelo. En este sentido el populismo representa el tornarse extremo y explícito de toda la lógica hegemónica de la política moderna” (destacado nuestro NdR).

 

Pero de las propias características del populismo señaladas por Frosini, se desprenden sus “límites de clase”. Ya que su intento de reflotar el “jacobinismo” contra los “buenos modales” del Estado liberal no puede superar las condiciones de pasivización en que se sostiene. Contra la “composición pasiva de los conflictos”5 de la que sería expresión el Estado “ético” hegeliano, el populismo lleva adelante una “instrumentalización” del conflicto, que puede cuestionar ciertos aspectos de la relación entre pueblo y gobierno, pero no puede desarrollar la movilización popular hasta cuestionar al propio Estado, por lo que suele desalentar la acción directa y la autonomía de los movimientos sociales y de la clase obrera. Esa es su marca pasivizadora.

De esta forma, el populismo se constituye como un intento de superar el “moderantismo republicano” sin un auténtico jacobinismo, o mejor dicho a través de un jacobonismo domesticado por el orden que lo sucedió y que lo constituye como un “jacobinismo de Estado” conservador frente a los fundamentos del orden social. Al postular al Estado como el agente de los cambios históricos, el “populismo”, entendido en estos términos, reproduce la posición subalterna en la esfera del poder y el papel instrumental en la esfera del trabajo de la clase trabajadora y los sectores populares, a la que hacía referencia Frosini.

Por este motivo, lo máximo a lo que puede aspirar en este contexto histórico es a poner en pie una “hegemonía débil” cuya capacidad “expansiva” se limita al acceso al consumo de sectores más amplios de la población en momentos de crecimiento económico, obturando a su vez la organización de base y o cualquier tipo de elementos de autonomía del “pueblo”. Esto es reconocido por Massimo Modonesi:

 

Al aprovechar, controlar, limitar y, en el fondo, obstaculizar cualquier despliegue de participación, de conquista de espacios de ejercicio de autodeterminación, de conformación de poder popular o de contrapoderes desde abajo –u otras denominaciones que se prefieran– se estaría no sólo negando un elemento substancial de cualquier hipótesis emancipatoria sino además debilitando la posible continuidad de iniciativas de reformas –ni hablar de una radicalización en clave revolucionaria– en la medida en que se desperfilaría o sencillamente desaparecería de la escena un recurso político fundamental para la historia de las clases subalternas: la iniciativa desde abajo, la capacidad de organización, de movilización y de lucha6.

 

Desde esta óptica, la orientación “pasivizadora” y restauradora de los procesos “posneoliberales”, no solo niega de plano cualquier cambio radical o revolucionario, sino que obtura hasta su propia continuidad como proyecto reformista.

 

La hegemonía débil y el balance de los gobiernos posneoliberales

Esto explica, en los últimos años, los conflictos crecientes de los gobiernos “progresistas” con la clase obrera organizada en sindicatos, la cual (sin pretender embellecer en lo más mínimo la burocratización de las organizaciones obreras) resulta más difícil de “instrumentalizar” que los pobres urbanos y las clases medias progresistas.

Especialmente por su concepción del “pueblo” y su relación con el Estado, la clase dirigente y sus líderes, el populismo toca su propio “límite de clase” a la hora de crear una “hegemonía expansiva” es decir, en los términos de Gramsci, “constituir una voluntad colectiva nacional-popular”; lo cual es imposible desde una estrategia que postula la integración “amorfa” de la clase obrera en el “pueblo” y no el camino de que se reconozca como clase con un interés diferenciado, adoptando un programa que luche por la alianza con los sectores populares, es decir, una “hegemonía” obrera hacia el resto de las clases oprimidas.

En países no caracterizados en los últimos tiempos precisamente por el alto nivel de movilización, como Brasil, luego de las jornadas de junio de 2013, se desarrolló una oleada de huelgas que incluyó fábricas como las automotrices de Volkswagen y General Motors, a trabajadores de los subtes o los no-docentes de la Universidad de San Pablo y hasta una huelga triunfante de los recolectores de residuos de Río de Janeiro. Recientemente tuvo lugar una jornada de paro nacional (15/04) contra las reformas laborales flexibilizadoras impulsadas por el Gobierno, como parte de un plan de ajuste más de conjunto. También Chile viene de un proceso de aumento de la conflictividad laboral y las huelgas, así como en la Argentina el último paro general del 31M se realizó con contundencia (y fue el cuarto bajo el gobierno de Cristina Fernández).

En varios de estos países se combina con movilizaciones juveniles que reclaman por la educación y otros derechos. La recomposición objetiva de las fuerzas de la clase trabajadora, su recuperación subjetiva; en el marco del agotamiento (con desigualdades) de los gobiernos “posneoliberales”, vuelve a revitalizar la perspectiva de superarlos por izquierda desde un programa y una estrategia obrera y revolucionaria.

 

Blog de los autores: losgalosdeasterix.blogspot.com.ar y elviolentooficio.blogspot.com.ar

 

* Las citas de los Cuadernos de la Cárcel, indicando número de cuaderno y parágrafo, corresponden a Quaderni del carcere. Edizione critica dell’ Istituto Gramsci. A cura di Valentino Gerratana, Torino, Einaudi, 2001.

1. Aricó, José M., La cola del diablo. Itinerario de Gramsci en América Latina, Buenos Aires, Punto Sur, 1988, p. 115.

2. Ver Boostels, Bruno, “Towards a Theory of The Integral State” en Historical Materialism vol. 22 issue 2, 2014.

3. Ver “Sobre las Nueve lecciones y el marxismo de José Aricó”, IdZ 2, agosto 2013, “La hegemonía ‘light’ de las nuevas izquierdas”, IdZ 8, abril 2014, o “Una vez más sobre la hegemonía” en lasideasnocaen.blogspot.com.ar.

4. Frosini, Fabio, “Pueblo y Guerra de Posición como clave del populismo. Una lectura de los Cuadernos de la Cárcel de Antonio Gramsci”, en Cuadernos de Ética y Filosofía Política, Año 3, N° 3, Lima, 2014, pp. 63/82. Disponible en http://www.academia.edu.

5. Frosini, Fabio, “Hacia una teoría de la hegemonía” en Modonesi, Massimo (coordinador), Horizontes Gramscianos. Estudios en torno al pensamiento de Antonio Gramsci, México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM, 2013, p. 69.

6. Modonesi, Massimo, “Revoluciones pasivas en América Latina. Una aproximación gramsciana a la caracterización de los gobiernos progresistas de inicio de siglo”, en Modonesi, Massimo, op. cit., p. 235.

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