La gota que horada la vida de las mujeres

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En esta charla con Selva Almada, autora de, entre otros, El viento que arrasa y Ladrilleros, hablamos de su último trabajo, Chicas muertas –que se sumerge en historias de violencia contra las mujeres–, y sobre algunas de las “etiquetas” y tendencias presentes entre los autores argentinos.

Número 12, agosto 2014.

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IdZ: En el número anterior de IdZ reseñamos tu último trabajo, Chicas muertas, donde abordás la problemática del femicidio de manera muy interesante desde un género no ficcional, pero que por momentos bordea la ficción. Contanos cómo surgió la idea.

Yo tengo un libro de cuentos que se llama Una chica de provincia, que son cuentos autobiográficos; ahí había contado uno de los casos, el de la chica de Entre Ríos, que es el que yo conozco desde que sucedió, al otro día, cuando empezó a correr la noticia. Yo tenía 13 años y vivía todavía en Villa Elisa, y esto sucedió en San José, que es un pueblo muy cerquita de ahí. El libro tiene una parte donde yo cuento historias como de “principio de la adolescencia”, y había escrito un relato que se llama “La chica muerta”. Pero en realidad, lo contaba con lo que yo me acordaba, después me di cuenta de que era bastante erróneo e impreciso, y que me acordaba lo se había comentado. Mucha gente me preguntaba si era un suceso real, y a partir de esas preguntas, me pareció que esa historia tenía una potencia narrativa muy fuerte, tanto por el asesinato de esa chica como por todo lo que se había generado: las distintas cosas que se decían, todas las hipótesis, había una vinculación con la magia negra, la prostitución, drogas… todo lo que se puede cocinar en un pueblo cuando pasa una cosa así, tan espantosa e inesperada. Comencé a pensar que se podía escribir otra cosa, haciendo una investigación y realmente conectándome con los sucesos reales. Al poco tiempo estaba yo, en el Chaco, ojeando el diario y veo una especie de recuadro recordando los 25 años de lo de María Luisa Quevedo, y era más o menos la misma época; también una chica jovencita, tampoco se había resuelto el caso… Ahí, entonces, se empezó a armar una especie de corpus. Yo no quería escribir solamente la historia de Andrea, la idea era escribir algo sobre varios casos. Cuando apareció el de María Luisa, se empezaba a generar como un abanico interesante. Así que empecé a buscar el de Sarita. Primero, fui a la hemeroteca, estuve mirando diarios de esa época, no encontraba nada; después empecé a escribir a redacciones del interior preguntando si había algún caso similar…

 

IdZ: ¿Buscabas en la misma región y en la misma época?

Buscaba en la misma época, no en la misma región; sí que fuese en el interior y además, que no se hubiese resuelto. Porque estaba esto de la impunidad, que me interesaba laburarlo también. Así que empecé a escribir a redacciones del interior, por supuesto que nadie me contestó. Después, un periodista me cuenta que había un caso muy emblemático en Villa María (Córdoba) que es el de Sarita Mundín. Ahí se me completó; pensé: “con tres ya puedo arrancar algo”. Sí tenía claro que no quería escribir una novela, no sé muy bien por qué, me parecía que los casos me demandaban que trabajara con la no ficción. Justo vi que había una beca del Fondo de las Artes, así que armé un proyectito con la idea de empezar a escribir un libro de crónica sobre estos casos. Y Ragendorfer y Osvaldo Baigorria me salieron de avales y me dieron la beca. Con esa plata, que no era mucha, hice una buena parte de la investigación: ir a los lugares, entrevistar gente, ir a los diarios, ver los recortes de la época y ver los expedientes. Lo hice en un año, más o menos administrando la plata, y después me quedé sin plata y ahí quedó el material como dos o tres años.

Había empezado a escribir algo; cada tanto empezaba a escribirlo pero sentía que no le daba al tono y no sabía cómo abordar esto de la no ficción, que yo nunca había escrito, a pesar de que era lectora de no ficción. La idea era que los casos estuviesen relacionados a lo largo de todo el libro, y en algunos fragmentos empezó a aparecer una presencia más fuerte de lo autobiográfico y mi relación con ese tema. Y a eso lo vio mi editora y me dijo: “A mí me interesa más el texto cuando es más personal y más íntimo; cuando de alguna manera esos casos se relacionan con tu vivencia personal”, y fue buenísimo el trabajo, porque empecé a animarme. Porque lo que me pasaba es que yo decía: “Si esto es periodístico tiene que haber una distancia…”, “no me puedo meter tanto”. No sabía cómo ubicarme; me sirvió mucho poder charlar con ella y que me ayudara, también, a encontrar por dónde. Y creo que es la particularidad del libro, que no es una crónica periodística, no es una investigación periodística, no es un ensayo, sino que es como un híbrido…

 

IdZ: Aunque, como decís, en el libro pesa tu visión personal sobre las historias, es evidente que crecen los casos de violencia, se habla más de los femicidios…

Eso seguro, pero la verdad es que en los primeros borradores, no encontraba cómo aparecía la narradora, desde qué lugar se contaban esos casos, y al llevarlos a un terreno más personal… Tampoco lo estoy contando desde el lugar de familiar que perdió a alguien, por ejemplo, que podría ser el caso, sino desde un lugar más… desde el llano de la violencia de género, de lo que nos pasa a todas más o menos alguna vez en la vida, que no llega a ser una violencia extrema sino esta gotita (y hace el gesto con la mano), que alguna vez te toca; alguna de estas cosas te pasan. Creo que esto también hace que se conecte más con lo social y que pueda haber una identificación más general con las lectoras.

 

IdZ: En varias entrevistas hablás de la condición social de las chicas, de cómo eso las une a la impunidad, sus casos nunca se resuelven y son la mayoría. ¿Cómo ves la relación de la condición social con la impunidad?

Sí, creo que en el caso del femicidio no es excluyente la clase social, porque si pensamos en

Nora Dalmasso, una mujer de clase alta, a la que asesinaron y tampoco se resolvió su caso… Y fue muy mediático; tampoco es garantía que el caso se mediatice, tanto para que se resuelva, como para que la justicia investigue y vaya mucho más allá. Ahora, cuando encima la mujer es pobre, hay una preocupación menor. También sucede que los familiares tienen menos medios para activar, para reclamar, para pagar abogados, etc., que presionen a la policía o a los jueces para que se resuelva. Entonces, no necesariamente está ligado, pero creo que muchos de estos casos que no se resuelven, son de mujeres que vienen de una clase económica más precaria.

 

IdZ: Acabás de mencionar a la Justicia, la Policía, ¿cómo creés que actúan en estos casos?

Creo que actúan con bastante displicencia. En estos casos que tomo, que además tienen 30

años, creo que a eso se agrega una cuota bastante grande de ignorancia por parte de la policía. Me parece que o confío en que (dice con una voz que insinúa desconfianza) ahora deben tener más elementos científicos para encarar las investigaciones. En el caso de Andrea, por ejemplo, entra y sale gente de la escena del crimen, el policía dice “llevémosla de acá porque hay mucha gente”, y la hermana dice “¿puedo limpiar?”, y el policía dice que sí. Ahora cualquiera, por las series de televisión, sabe que no hay que tocar la escena. Entonces, a estos casos se sumaba la precariedad de las policías de provincia. La policía científica ni siquiera debía existir para investigar estos casos. En el caso de María Luisa, que es del ‘83, encima es la policía que venía de la Dictadura; de hecho, dos chicas que eran amigas de ella, que son las dos últimas que la vieron, denunciaron después a la policía por apremios ilegales, porque las golpearon, porque las obligaron a decir lo que ellos querían que digan, porque querían resolver el caso rápido. Entonces, creo que, además de que el tema interesa poco porque son pobres y porque se empieza diciendo “seguro que se fue con uno, ya va a volver”, o “era prostituta”, entonces importa menos; a eso se suma, en esa época, una precariedad a la hora de los medios para investigar de la Policía y la Justicia.

 

IdZ: Ahora que mencionás esto, hay un caso reciente en Córdoba, una mujer fue asesinada por un tipo que ya había matado a su anterior pareja. La naturalización es evidente, y lo que alegan los jueces es: “actuó bajo emoción violenta porque la mujer lo provocaba”.

Sí, termina poniéndose en tela de juicio la vida de la víctima en lugar de la del agresor, del victimario. Además, todo el tiempo vemos casos donde la mujer había denunciado veinte veces antes que el tipo la amenazó, que la golpeaba, o que le intentó quemar la casa y nunca pasó nada.

 

IdZ: La Justicia se convierte en la propia trampa mortal de la mujer que quiere denunciar…

Por eso, la Justicia y la Policía; porque además en los pueblos de provincia, muchas veces el policía, el tipo que te va a tomar la denuncia, es el amigo del tipo que la golpea… Por eso, yo creo que en el interior la mujer está más desprotegida; aunque a veces me dicen: “¿pero, vos creés que solamente en el interior pasa esto?”. No, porque además, si vemos los casos que más conocemos, son los que pasan en Capital o en el conurbano; pero sí creo que la mujer está más indefensa en los pueblos pequeños. En las ciudades grandes, dentro de la precariedad en la que seguimos estando, hay organizaciones que se ocupan o a veces el Estado está un poco más presente, pero en esos pueblos perdidos en el interior… ¿a quién le vas a ir a decir? Se hace un círculo más terrible, donde la mujer está más sola, además de esto, de la naturalización de los hechos violentos en esos lugares.

 

IdZ: En estos pueblos de provincia y del interior, pensando en Ladrilleros, o en otros textos como Mal de muñecas, tomás la cuestión de los estereotipos de género. ¿Tenés algún interés particular en trabajarlo, o aparece como parte de la historias?

No, aparece. Yo, después, me voy dando cuenta de que hay temas que aparecen, por lo que te dicen los lectores o los críticos. En realidad, no hay un plan de escritura donde yo diga “quiero tratar este tema”; pero sí me fui dando cuenta de que siempre aparecen las relaciones familiares, el lugar que ocupa la mujer en esa estructura familiar que siempre es patriarcal y muy machista. Supongo que tiene que ver con cuestiones que a mí me interesan de la vida, pero no es que las llevo a propósito a la literatura. En Chicas muertas sí, fue un proyecto deliberado porque sí quería contar estos casos, porque a mí me interesan como mujer y como ciudadana, y me espanta todo lo que está pasando… Lo que viene pasando desde siempre, pero en los últimos años, hay una mayor visibilidad de este tipo de cuestiones. Pero en la ficción no, ahí aparece de una manera más inconsciente, aunque sí aparecen, en Ladrilleros aparecen los maridos violentos, las mujeres que bancan…

 

IdZ: …y la relación de estos dos chicos, esto de la homosexualidad en un pueblo.

Bueno, sí, que también es otra cuestión: lo pasan muy mal los homosexuales en los pueblos pequeños; hay una estigmatización tremenda del “puto”, de la “torta”, de las travestis, ni hablar. Siempre están en peores condiciones que todos los demás. Pero creo que aparece porque está dentro de lo que a mí me interesa del mundo, de la realidad, y yo trabajo con el universo de la provincia y aparecen siempre estos temas.

 

IdZ: Los medios o la crítica literaria hablan de “nuevos narradores” o “nueva narrativa”, y destacan de tu escritura este aspecto de la provincia. Vos, ¿qué opinás? ¿Existe o no una nueva generación, nuevas voces en la literatura? ¿Se inscriben en o rompen con alguna tradición?

Yo creo que sí, hay tradiciones y uno las rompe o recoge el guante. Por ejemplo, yo, de alguna manera, me siento en la tradición de Daniel Moyano, de (Haroldo) Conti, de (Héctor) Tizón; es decir, escritores que trabajaban con la temática del hombre y el paisaje. Quizás es una literatura que por unas décadas había dejado de publicarse, no sé si de escribirse; creo que la sorpresa con libros como los míos, los de Hernán Ronsino, escritores que retoman a Saer… Yo no me siento muy cerca de Saer, pero Sarlo por ejemplo decía que mis libros le hacían acordar a Saer. Yo no soy lectora de Saer, pero Ronsino sí tiene claramente una línea que se puede conectar con Saer. Sorprenden en un panorama que venía siendo muy urbano. Las últimas dos décadas de la literatura argentina, o al menos lo que se publicaba, se conocía y circulaba, era más bien urbana. Hace algunos años, se acuñó un poco el término de la “Nueva Narrativa Argentina”, siempre me pareció que era una etiqueta nada más, ya que yo no sentía una verdadera novedad en la literatura argentina contemporánea. En todo caso, existimos “nuevos narradores”, en el sentido de que empezamos a publicar en los últimos diez años, pero no sé si hay novedad. Yo veo poca novedad. Una escritora que yo veo realmente novedosa y que también retoma la gauchesca, pero más de medio siglo después o un siglo después, es Gabriela Cabezón Cámara. Además, me encanta el trabajo que hace sobre el lenguaje y su literatura sí me parece novedosa, pero no veo mucha más novedad que Gabi Cabezón en la literatura argentina. Después sí, hay buenos escritores, o muy buenos escritores que siguen haciendo siempre lo mismo, pero quiebres estrepitosos, no encuentro. Obviamente yo tampoco; no creo ser una novedad, en todo caso, eran universos de provincia que no estaban circulando demasiado, no sé si porque no se estaba escribiendo o porque no estaba interesando al mundo editorial publicarlos. Y en estos últimos tiempos aparecimos autores como Ronsino, Federico Falco tiene alguna novela que siendo de Córdoba puede ir por ese lado, Mariano Quiroz –que es

un escritor chaqueño muy joven que hace una literatura urbana pero del interior, de Resistencia–; que cambiaron un poco los escenarios, y cuando esto cambia va acompañado de la aparición de otro tipo de personajes y en el mejor de los casos, eso está acompañado de un laburo en el lenguaje. Pero novedad… novedad no veo mucho en el panorama actual.

 

IdZ: En una entrevista decís que no creés en la literatura “edificante”, pero para vos, ¿cómo juega socialmente la literatura?

Como lectora y como escritora –que se parecen bastante– a la literatura uno no le puede pedir ninguna función social, son voces; es decir, a mí hay libros que me han cambiado la vida, pero no fui a buscar eso ahí, y depende de en qué momento vos leés determinada cosa

y eso puede hacerte cambiar, hacerte un clic, pero seguro que no fue idea del autor, ni uno tiene que ir a buscar a la ficción, cosas que cambien tu realidad. La literatura es como el lugar del goce, del entretenimiento, del disfrute. Yo disfruto mucho de los textos que están muy bien escritos más allá de la historia que me cuentan, puede ser una historia completamente simple, chiquita, sin grandes acontecimientos pero que está escrita de una manera que a mí me hace disfrutar mucho como lectora. Pero, más allá de que mis novelas sean realistas, no hay una búsqueda de querer reflejar la sociedad, o de querer decir algo con eso. En todo caso voy a esas historias porque me dan curiosidad. Por ejemplo, en el caso de Ladrilleros me daba curiosidad pensar la historia de amor entre dos hombres en un ambiente tan hostil para esas cuestiones, pero no quiero decir nada con eso. La otra vez decía en una entrevista que muchas veces los lectores leen mucho mejor de lo que uno escribe. Muchas veces recibís un mensaje de un lector haciendo toda una devolución alucinante o diciéndote cosas que no habías pensado o no quisiste decir, o no quisiste decir nada y ahí el lector encontró como una puerta que se le abrió, o una revelación. Creo que eso es lo que está bueno de la lectura y por eso hay determinados libros a los que uno siempre vuelve o que lo marcan, y que a otros pueden no interesarle, no directamente.

 

IdZ: Es cierto que no es posible “exigir” a la literatura una función social, sin embargo, hay géneros como el policial negro, en los que de hecho se expresan problemas sociales. En géneros así se ve lo permeable que puede ser la literatura…

Sí, eso sí. En el caso del género negro es cierto, y en Argentina pienso inmediatamente en Leonardo Oyola, que ubica sus historias en la villa y está hablando del conurbano y son novelas muy conectadas con la realidad. Creo que pensando en cuán permeable es…  depende de los escritores y de quiénes hablamos. No toda la literatura argentina está tan atravesada por la realidad; ahora, cuando hablamos del policial negro, es verdad, o en el caso de mis novelas, desde otro lugar: contar el interior o algún aspecto del interior. Igual, mis novelas, aunque no siempre se dice –aclara–, están siempre ambientadas como a mitad de los ‘90, o sea que sería como una realidad más lejana. También hay una parte de la producción de libros que retoman el tema de la Dictadura… Aunque creo que hay excepciones, en la literatura argentina es poca la literatura de ciencia ficción que se hace; el género fantástico me parece que en los últimos años también está medio relegado, más allá de que tuvimos una gran tradición. Tal vez, un poco el realismo le ha ido ganado terreno a los otros géneros, pero cada uno toma distintos aspectos, en todo caso. Pensaba en la irrupción del conurbano en muchas novelas de los últimos años, que es una región que no se había visitado demasiado, el tema de la Dictadura hace tres décadas que está vigente y lo siguen trabajando los escritores desde otros lugares, también.

 

Entrevistaron: Laura Vilches y Celeste Murillo.

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