La excepción que se hace regla

0
Share Button

TRAS LOS ATENTADOS DE PARÍS

 

MARTÍN NODA

Número 26, diciembre 2015.

VER PDF

Los 130 muertos y las centenas de heridos no son el único resultado de los atentados del viernes 13 de noviembre en París. Aprovechando la conmoción que dejaron, el presidente François Hollande tomó una serie de medidas liberticidas y guerreristas [1] dando un gran salto adelante ante la crisis que atravesaba su gobierno. En el plano interno Hollande tomó prestado de la extrema derecha una serie de medidas que instalan un Estado policial, allanamientos sin orden judicial, poder discrecional para los prefectos de policía, controles en las fronteras y en puntos importantes del país. Con estas políticas busca retomar la iniciativa política, obteniendo el apoyo de sectores de derecha y acallando a los sectores a su izquierda con la excusa de la lucha contra el terrorismo. Además, aprovechando las prerrogativas del estado de excepción, aumentó la represión de todo el movimiento social y sindical. En el plano internacional, con una retórica muy al estilo Bush hijo, Hollande aumenta la escalada guerrerista, aunque por ahora de forma bastante limitada, e intenta instalar su agenda de seguridad en el seno de la Unión Europea.

Para tener éxito en esta aventura, Hollande cuenta con el apoyo de casi toda la superestructura francesa, es decir, con la Unión Nacional. Estado, instituciones, partidos políticos, sindicatos, asociaciones y empresas, todos unidos en la “lucha contra el terrorismo”, motorizando el clima de terror y apoyando las políticas liberticidas. Sin embargo esta Unión Nacional es mucho menos sólida que luego de los atentados de Charlie Hebdo. Hay muchas más grietas en las organizaciones sindicales y los partidos de izquierda comienzan a oponerse de manera más clara –y en cierta medida eficaz– a la Unión Nacional y la guerra.

 

¿Los inicios de un Estado policial?

La misma noche del viernes 13, Hollande decretó el estado de excepción. Al mismo tiempo movilizó al conjunto de las fuerzas policiales, sobre todo las brigadas de elite, y al ejército, aunque éste ya estaba presente luego desde de enero para proteger los centros judíos. Uno podría pensar que se trataba de una movilización excepcional, para hacer frente a un atentado concreto. Pero el gobierno de Hollande ya había anunciado que iba a pedir al Congreso que apruebe la prolongación del estado de excepción por 3 meses. Una excepción bastante larga.

El estado de excepción, medida constitucional instaurada durante la guerra colonial de Argelia, implica una serie de libertades discrecionales del presidente, del consejo de ministros y de los prefectos, para limitar las libertades de los demás. Estas medidas implican el despliegue de fuerzas armadas y de seguridad en todo el territorio, la posibilidad de realizar allanamientos sin autorización judicial, controles regulares en las fronteras e internos, posibilidad de disolución de grupos políticos y asociaciones, cierres de páginas de internet y arrestos domiciliarios por decisión de los prefectos. Es decir, mayor represión. También puede implicar el toque de queda, el cierre de instituciones, centros comerciales y demás, aunque el gobierno no ha decidido implementar estas medidas ya que la alerta ante nuevos atentados es grande, pero no lo suficiente cómo para tomar medidas que afecten directamente la economía o el normal funcionamiento de las instituciones. Es decir que el gobierno está dispuesto a cercenar las libertades individuales en pos de la seguridad, sin afectar los negocios. Defender los negocios en medio de una alerta máxima implica ciertos riesgos, que el gobierno está dispuesto a asumir y que son aceptados con naturalidad por los medios, los empresarios y los partidos políticos tradicionales.

A estos elementos hay que sumar otras medidas represivas, como la autorización a las fuerzas de seguridad de usar el arma de servicio aún fuera de servicio, una interpretación más laxa de la legítima defensa para las fuerzas del orden –es decir la autorización de disparar primero y preguntar después– y la posibilidad de quitarle la nacionalidad francesa a quienes posean otra si son considerados terroristas. Estas medidas se complementan con la profundización de otras. Con las leyes antiterroristas ha aumentado el tiempo de detención sin acusación formal. Esta detención se llama garde à vue y es un mecanismo brutal, que implica una serie de interrogatorios, muchas veces sin abogados, en condiciones inhumanas y que apuestan a quebrar al detenido con el cansancio, el encierro y la angustia, en otras palabras una tortura legal. Si alguien es sospechoso de terrorismo puede estar en garde à vue 48 horas, que pueden renovarse, y solamente accediendo esporádicamente a un abogado. Obviamente pueden ser sospechosos (e incluso acusados) de terrorismo, no solamente los terroristas, sino también los luchadores. Por ejemplo, para el Estado francés, boicotear una empresa contaminante o una plantación de Monsanto implica terrorismo, lo mismo que secuestrar a un gerente u ocupar una empresa. Con el estado de excepción la garde à vue por terrorismo va a pasar a ser moneda corriente.

Lo mismo ocurre con las manifestaciones. En el país de la libertad y los derechos humanos hay que pedir autorización al prefecto, y esto con bastante antelación, para manifestar. Con el estado de excepción todas las manifestaciones fueron prohibidas y son toleradas en la práctica solamente aquellas en las que el costo político de una represión es demasiado alto. Esta prohibición alcanza incluso las manifestaciones ya autorizadas, como la del domingo 22 en solidaridad con los inmigrantes –que se mantuvo– o la gran marcha prevista para el domingo 29 en el marco de la COP21 [2]. El gobierno francés considera que hay demasiado riesgo para que los sectores independientes se manifiesten, pero no para que el conjunto de los gobernantes de los principales países se reúnan para negociar algunos parches ecológicos a la destrucción desbocada del capitalismo.

Como se ve, estas medidas no son tomadas solamente para “luchar contra el terrorismo”, sino también para liquidar dentro de lo posible toda oposición al régimen político, al imperialismo francés y al sistema capitalista. Incluso sirven para destrabar una serie de acciones judiciales y policíacas que no encontraban solución antes de los atentados. Para dar solo algunos ejemplos, una gran cantidad de los allanamientos realizados en la última semana no tienen relación con el terrorismo, sino que los “investigadores” aprovechan la libertad que tienen para realizarlos aún sin pruebas suficientes. Otro ejemplo es la utilización de las fuerzas de elite para desalojar violentamente edificios ocupados ante la crisis habitacional [3] que hay en Francia. El gobierno francés, cuando habla de “seguridad” piensa en la seguridad de los negocios y del régimen. Lo que implica que todo aquel que se oponga, poco importa por qué ni cómo, se transforma en terrorista. Para peor estas medidas, y sobre todo la escalada guerrerista, no hacen otra cosa que aumentar los riesgos de nuevos ataques, pero son más potentes en la lucha contra los luchadores.

El estado de excepción durante 3 meses implica la voluntad del gobierno de Hollande de instaurar un estado policial capaz de defender los intereses de la burguesía más concentrada frente a la crisis económica y a la contestación que implicaría más miseria y desocupación para una franja cada vez más grande de los trabajadores. Las pocas veces que el estado de emergencia fue utilizado así lo demuestra: durante la guerra colonial de Argelia y la gran contestación que ésta implicaba, adentro y fuera del territorio francés; en 2005, luego de las revueltas de las banlieues, cuando los sectores más pobres, jóvenes inmigrantes o descendientes de inmigrantes, iniciaron una revuelta popular en las barriadas pobres de las afueras de París.

 

La des-Unión Nacional y la bancarrota de la izquierda reformista

Con el llamado a la Unión Nacional el gobierno intenta solidificarse evitando las críticas, por derecha, pero sobre todo por izquierda. Esta Unión Nacional, mucho más concreta que la conformada después de los atentados de enero no busca solamente una unión contra el terrorismo en abstracto. Significa en primer lugar disciplinar al parlamento. Esto es importante ya que en los últimos meses el gobierno tenía problemas para hacer pasar las leyes importantes. Por ejemplo tuvo que recurrir al equivalente del decreto de necesidad y urgencia para hacer pasar la Ley Macron (impulsada por el ministro de Economía), que implica una reforma económica y laboral muy liberal. Sin embargo la ley de prolongación del estado de excepción fue aprobada por una mayoría aplastante, con solo 6 votos en contra y 1 abstención. Quien esté tentado a creer que esos votos provienen del Front de Gauche de Melenchon y del Partido Comunista, se equivoca. Los diputados de este frente centroizquierdista votaron a favor y lo defienden sin tapujos, incluso los de su ala izquierda, del grupo ENSEMBLE [4]. Los que votaron en contra son una minoría de ecologistas y del propio Partido Socialista. Es decir que es más concreta que la Unión Nacional que casi lo único que hizo fue sacarse una foto en la marcha gubernamental del 11 de enero.

Pero, peor aún, esta Unión Nacional significa el apoyo de los sindicatos. Varias huelgas previstas para la semana del 16 fueron levantadas por este motivo, principalmente la de los trabajadores de la salud. Estos últimos venían luchando contra las reformas del gobierno que recortaban aún más el presupuesto e imponían ritmos de trabajo cada vez más insoportables. Los atentados le permiten entonces al gobierno pacificar, al menos por un tiempo, distintos focos de resistencia de los trabajadores con la ayuda de las burocracias sindicales.

Pero en general, la Unión Nacional es también un arma ideológica. Busca aglomerar la Nación detrás de una política liberticida de seguridad interior frente a un “ataque” exterior-interior. Introduce el miedo al otro, al pobre, al inmigrante, al musulmán, que no serían otra cosa más que la fuente del terrorismo. Los ataques xenófobos e islamófobos aumentaron en los últimos días. Es una unión que busca dividir a las clases populares, entre los franceses, (los “verdaderos franceses blancos”) y los pobres inmigrantes. Intentan recubrir esta política con una fraseología bien pensante, diciendo que hay que evitar las amalgamas, pero dejando correr el discurso de derecha y nacionalista.

 

El imperialismo y sus guerras

Luego de los atentados, François Hollande dijo “Estamos en guerra”. Lo que no dijo es desde hace cuánto tiempo que Francia está en guerra. Múltiples intervenciones militares están en curso, en África y en Medio Oriente. Desde que asumió en 2012 Hollande realizó una intervención militar cada año. Incluso el gobierno viene bombardeando Siria desde hace varios meses, como “respuesta” a los atentados de enero. El resultado es evidentemente catastrófico. Bombardeos poco efectivos para hacer retroceder al Estado Islámico, muertes de civiles, más atentados terroristas. La intensificación de los bombardeos la semana pasada no cambia profundamente la situación. Sobre todo porque los mismos son bastante limitados, ya que el Estado francés hoy cuenta con escasos recursos que le permitan una verdadera ofensiva militar sin obtener la ayuda de otros Estados. Es por eso que Hollande intenta reforzar una alianza internacional, sobre todo con EE. UU., pero también con el resto de Europa y la OTAN. Incluso está aparentemente dispuesto a colaborar con Rusia, quien interviene para defender el régimen de Al-Asad. Por esto algunos medios locales hablan de que Hollande estaría dispuesto a dejar para más adelante el cambio de régimen en Siria. Sin embargo el reciente derribo de un caza ruso por parte del ejército turco puede hacer cambiar la situación.

El discurso bushista de Hollande de guerra contra el terrorismo, es la forma que encontró el gobierno para justificar esta política de intervenciones militares. El imperialismo francés desea retomar el control de la región, o de una parte de ella. Ya ha defendido intervenciones militares como “humanitarias”. También para “defender” el cambio de régimen en Libia, con consecuencias desastrosas. Ahora quiere hacer pasar por “defensivo” otra intervención militar. Si ésta aún no involucra la ocupación terrestre, es porque todavía no están dispuestos a semejante aventura. En todo caso se tratan de guerras imperialistas, que obtienen como respuestas ataques terroristas. Son sus guerras, pero los muertos son nuestros. Este es el lema, que avanza el NPA frente a esta situación, y puede ser uno de los elementos del surgimiento de un movimiento contra la guerra.

 

Las debilidades de la Unión Nacional y la respuesta de la izquierda

Pensar que la Unión Nacional sea completamente sólida es un error. Distintos elementos muestran su relativa fragilidad o al menos limitan su hegemonía absoluta. Primero no todos los sindicatos de base apoyan las decisiones de sus direcciones de suscribir a la Unión Nacional. Algunas huelgas, como la de los carteros de Nanterre, se han mantenido. Incluso la CGT nacional dice estar en contra de la paz social. Además un sector de los ecologistas se oponen a la Unión Nacional, un sector importante de ENSEMBLE tiene una posición distinta a la de sus diputados, y parece haber descontento en la base del PC. Esto demuestra que hay brechas en la centro-izquierda. Por otro lado, la reciente crisis migratoria, que realzó algunos elementos internacionalistas básicos de solidaridad, ha evitado que la idea de un repliegue nacionalista haga mecha en el conjunto de la sociedad. En las pocas manifestaciones que se han realizado en algunas ciudades de Francia estos elementos pudieron verse. En Lille, la extrema derecha fue repudiada y echada cuando fueron consignas xenófobas. En Toulouse, más allá de los gritos en el cielo que pusieron algunos apologistas de la Unión Nacional, el cortejo de jóvenes detrás de la bandera “Sus guerras, nuestros muertos; contra el Estado de Urgencia, intensifiquemos la lucha” fue muy bien recibida por el conjunto de los manifestantes.

Hasta el momento la izquierda viene posicionándose correctamente, denunciando la Unión Nacional y la política guerrerista. Un frente único empieza a formarse entre el NPA, Lutte Ouvrière, Alternative Libertaires (anarquistas) y Voie Prolétarienne (maoistas). El NPA hizo de su acto del martes 24 –a sala llena– un acto unitario en el que intervinieron estos partidos. Hoy es relativamente más fácil decir “No a la guerra”, “No al estado de excepción”, que luego de los atentados de enero, cuando era muy difícil no decir “Yo soy Charlie”. También los intelectuales de izquierda empiezan a tomar posición, como con la tribuna “¿A quién sirve su guerra?” [5]. Todavía es muy temprano, pero un movimiento contra la guerra puede surgir.

 

1 Estas medidas fueron inmediatamente denunciadas por el diario digital Révolution Permanente. Ver por ejemplo “‘Estamos en guerra’ ¿de quién es la culpa?”, La Izquierda Diario 16/11/2015.

2 La COP21 es una cumbre de las principales potencias para “resolver” la crisis climática.

3 Crisis habitacional que en realidad no es tal. La cantidad de departamentos y casas completamente desocupados producto de la especulación inmobiliaria permitirían dar un techo no solo a todos aquellos que tienen problemas para obtener una vivienda digna, sino también a los inmigrantes y refugiados. Es solo cuestión de tocar los intereses de los especuladores y los bancos.

4 Este grupo está conformado, entre otros, por la fracción del NPA que rompió por derecha en 2012.

5 “Francia: ¿a quién sirve su guerra?”, La Izquierda Diario, 26/11/2015.

No comments

Te puede interesar