La escisión entre lucha sindical y acción política

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El Partido Socialista hasta mediados del siglo XX

HERNÁN CAMARERO

Número 10, junio 2014.

 

Todo proyecto de reconstrucción teórico-histórica de las relaciones existentes entre la izquierda y el movimiento obrero en la Argentina, en una perspectiva global y de muy larga duración, debe detenerse en las características y trayectoria del Partido Socialista (PS) surgido a fines del siglo XIX.

 

Varios de los aspectos cruciales en el vínculo entre clase y partido, al menos para la etapa previa a la emergencia del peronismo, aparecen iluminados por la experiencia de esta organización. En este artículo de Ideas de Izquierda queremos aportar algunas reflexiones en este sentido, así como en otro número lo habíamos hecho respecto al anarquismo.

Sobre esta corriente, que fue coexistente al PS, sostuvimos que había sido “una de las primeras expresiones significativas de agrupamiento de los trabajadores en el momento de la lucha” y señalamos su contenido claramente combativo, aunque avisamos: “diluyeron la potencialidad de los trabajadores como actor unificado en una orientación que no fue consecuentemente clasista ni logró sortear la intrascendencia del movimientismo organizativo y que acabó bloqueando la posibilidad de un desenvolvimiento político independiente de los trabajadores”. Analicemos cuáles fueron los dilemas del PS.

 

El socialismo como expresión de un partido reformista

El PS se había fundado en los años 1890, luego de una década de propagación de diversos núcleos y periódicos de carácter marxista que fueron discutiendo la necesidad de organizar un partido de los trabajadores. A excepción de un primer momento, el PS tuvo una definición programática, fue depurando algunos de sus iniciales componentes ideológicos. El PS coaguló como una alternativa demócrata progresista de los sectores obreros y populares urbanos de la región pampeano-litoraleña, pero, en cierta medida, dirigida por sectores medios ilustrados y profesionales. Sus metas: el perfeccionamiento de las instituciones de la democracia burguesa, el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases subalternas y la modernización socio-política del país. No sólo estaba alejado de toda concepción de revolución social sino que, incluso, presentaba un perfil ideológico animado por planteamientos evolucionistas, cercanos a tópicos liberal-positivistas. En sus expresiones más retardatarias, tendió a diluir al proletariado entre los intereses de la masa de consumidores (de ahí su obsesión por orden fiscal, la moneda sana y el librecambio) y en una suerte de pueblo marxista particular, más bien superficial, y careció de ideas revolucionarias. Desde que Juan B. Justo logró hacerse del pleno control de la dirección y pudo imprimirle su orientación cívico activo; su interpelación quedó cada vez más dirigida a una ciudadanía plebeya, lista a ser moldeada por sanas prácticas políticas, cooperativas y de ilustración cultural.

En verdad, el socialismo no careció de escala e implantación en la sociedad. Tuvo una extensión considerable como fuerza política hasta mediados de los años cuarenta. Constituyó uno de los tejidos partidarios más organizados, desparramado por casi toda la geografía nacional. Incluso, alcanzando resultados electorales variables pero de ningún modo insignificantes, que en el segundo distrito electoral del país, la Capital Federal, lo convirtieron, desde la aplicación de la Ley Sáenz Peña de 1912, en una fuerza política con porcentajes que promediaban entre un 20 % y un 30 %. Además, logró desplegar una importante experiencia parlamentaria que, desde 1904, pero sobre todo entre 1912-1943, le permitió disponer, en ciertos momentos, de amplias bancadas en la Cámara de Diputados y una presencia en la de Senadores. Incluso, participó en la propia administración del Estado capitalista, a través de la gestión municipal que ejerció en distintas ciudades del país. Y fue un partido con grandes figuras y con estructuras de liderazgo más o menos consistentes, como lo evidencia, hasta la década de 1940, la trayectoria de dirigentes de la talla del propio Justo, Alfredo Palacios, Nicolás Repetto, Enrique del Valle Iberlucea, Mario Bravo, los hermanos Enrique y Adolfo Dickmann, Ángel M. Giménez, Jacinto Oddone, Juan Antonio Solari o Carlos Sánchez Viamonte, entre muchos otros.

Al tiempo que el PS completó su incorporación al régimen político y al sistema de partidos, desde el campo del reformismo, se dispuso para una plena inserción en la “sociedad civil”. Desde comienzos del siglo XX, pocas fuerzas podían exhibir una trama tan abigarrada de centros políticos barriales, bibliotecas y asociaciones socio-culturales, deportivas, femeninas e infantiles, sumado a la acción de las cooperativas de consumo y crédito Se trataba de una penetración sostenida y alentada, además, en una gran cantidad de periódicos, revistas y editoriales.

El eco alcanzado por el diario La Vanguardia se convirtió en un punto de referencia en todo el continente. A pesar de la evidente tendencia hacia un perfil social, cultural y político de tipo pequeñoburgués, el PS no dejaba de reivindicar su condición de “partido obrero” y es cierto que su acción, su retórica y su práctica parlamentaria se orientaban a medidas reparadoras o favorables a los intereses de la clase proletaria. No hace falta más que recordar su constante faena a favor de los reclamos laborales y en pos de una legislación obrera. Todavía más, en contra de ciertas suposiciones muy establecidas, nos inclinamos a una hipótesis: los obreros no dejaron de ser mayoría en las filas orgánicas, en las redes de apoyo o entre los votantes del partido.

 

Desarticulación entre lucha sindical y acción política

Ahora bien, a pesar de la importancia del PS en el terreno político, parlamentario y sociocultural, fueron evidentes sus dificultades para convertirse en una poderosa corriente del movimiento obrero. Una de las razones de ello radicó en la disociación entre lo sindical y lo político, que el partido arrastró casi desde sus inicios. A partir de que se impusiera la “hipótesis de Justo”, como lo reconoció un intelectual marxista devenido al reformismo como José Aricó, se consideró que el movimiento obrero debía ser completamente independiente del partido, contando con tácticas propias y fines específicos. Se estableció que la acción política y la acción sindical debían marchar por caminos separados, si bien, “en lo posible”, de modo paralelo y articulado. Formalmente, los afiliados del PS tenían que participar de la vida de sus respectivos sindicatos y hacer propaganda socialista, pero concibiendo a aquellas organizaciones como entes autónomos, libres de toda tutela partidaria. En la práctica, esto condujo al desinterés por la acción gremial y las diversas formas de lucha reivindicativas de los trabajadores, en especial, las que amenazaban con cuestionar o desbordar el orden existente.

Todo quedó más bien desplazado por el mayor peso que ocuparon las campañas electorales y políticas generales, la labor legislativa, las tareas socio-culturales o las faenas del cooperativismo. De hecho, sólo un pequeño sector de los afiliados socialistas se agremió efectivamente a sus respectivos sindicatos. Incluso, en este aspecto, el PS argentino se distanció de otros modelos de partidos socialdemócratas reformistas, por ejemplo, el de Alemania. Una discusión como la que Rosa Luxemburgo desplegó en Huelga de masas, partido y sindicatos en contra de las posiciones de la emergente burocracia sindical del SPD hubiera sido imposible en nuestro país, en tanto el PS ni siquiera tenía en su seno a la dirección sindical.

Durante la primera década y media del siglo XX, el PS ya había quedado en un espacio restringido dentro del universo gremial y de los conflictos obreros. Ese lugar había sido ocupado más claramente por el anarquismo, como habíamos visto anteriormente. No obstante, algunos gremios orientados por los socialistas lograron impulsar en 1903 la creación de la Unión General de Trabajadores (UGT), que luego se disolvió en la Confederación Obrera de la Región Argentina (CORA), aunque ya con dirección de los sindicalistas revolucionarios. Ambas organizaciones, sin embargo, aparecieron más débiles que la FORA anarquista. Y cuando luego esta entidad cayó bajo el control de los sindicalistas, a partir de 1915, los socialistas siguieron quedando fuera de la dirección central del movimiento gremial argentino.

La evidencia de que el partido tenía permanentes dificultades con el tema sindical, es que debió aceptar que algunos de sus afiliados crearan estructuras específicas para promover la sindicalización de sus propias filas o la coordinación interna de sus fuerzas gremiales, algo extraño para el que se proponía como un partido obrero. Esa es la historia del Comité de Propaganda Gremial (CPG) o, más tarde, el Comité Socialista de Información Gremial (CSIG), que no casualmente acabaron teniendo diferencias y choques con la dirección partidaria. Cada una de las rupturas o escisiones de izquierda que tuvo el PS cuestionó esta desatención del problema sindical, que en todos los casos fue entendido como un alejamiento práctico y concreto del partido respecto a la clase obrera y a sus luchas. La historia del CPG, entre 1914 y 1917, por parte de la corriente de izquierda que luego fue expulsada del partido y constituyó, primero el llamado PS Internacional, y luego el Partido Comunista, fue la experiencia más instructiva. Los fundadores de este organismo pretendían resolver lo que entendían como “enervante” situación de desorganización del movimiento obrero tras la derrota de las luchas del Centenario; pero una de sus preocupaciones especiales era la situación de dispersión en la que se hallaba el elemento obrero del propio partido, pues según una estadística levantada en agosto de 1914, sólo el 5 % de los afiliados socialistas estaban agrupados en alguna organización obrera. De ese modo, la orientación inicial del Comité debió ser sobre todo interna: acercarse a los obreros del propio partido y sindicalizarlos.

Tras la disolución del CPG y la expulsión de la mayoría de sus activistas, el propio Justo pontificó cual era la postura oficial y definitiva: “El Partido Socialista no debe inmiscuirse en la organización gremial. Colectivamente sólo puede servirla desde afuera, en cuanto a las leyes, el gobierno y la administración pública atañen a la organización gremial”. Poco tiempo después, estas concepciones se ratificaron con la Declaración de Avellaneda. La resolución “Definición de la táctica y la doctrina socialista en materia gremial”, votada en el XIV Congreso Ordinario del PS, reunido en aquella ciudad en 1918, consolidó la idea de la autonomía entre actividad gremial y actividad política. Declaración que fue ratificada en el congreso ordinario que el PS celebró en noviembre de 1921, luego de una nueva escisión, la de los “terceristas” (partidarios de la afiliación a la Internacional Comunista, que acabaron convergiendo en el PC), en donde se creó la antes mencionada CSIG, organismo sólo habilitado para operar como orientación y consulta para las comisiones de oficio partidarias.

Por otra parte, agreguemos que nunca el PS se dotó de repertorios de organización ni disposición subjetiva para insertarse orgánicamente en los sitios de trabajo, en las fábricas y talleres que se multiplicaban desde los años veinte y treinta como producto de la creciente industrialización sustitutiva, es decir, entre la clase obrera más explotada y peor paga. Su influencia más bien se ubicó en los sectores que relativamente poseían mejores salarios o condiciones de trabajo, sobre todo del rubro transporte o servicios (ferroviarios, municipales, comercio, etc.).

Cuando en 1926 los pocos gremios en los que el PS tenía presencia en su conducción se separaron de la Unión Sindical Argentina (USA, la central existente) y lograron dar vida a una nueva confederación obrera, la COA, parecía que el partido revisaba en la práctica sus concepciones. Pero no fue así, pues en los hechos, aquella entidad se comportó también como una organización sindicalista, totalmente alienada de cualquier estrategia socialista. Y por ello la naciente CGT de 1930, producto de una fusión de la USA y la COA, no pudo tener sino una deriva sindicalista casi constante, no sólo cuando los sindicalistas dominaron expresamente a dicha central (1930-1935), sino incluso cuando pareció que habían perdido su control (1935-1943). Una y otra vez se demostró que el PS era marginal en la dirección sindical, y que los cuadros gremiales que reportaban en sus filas tenían metabolizada esa concepción de total escisión entre lo sindical y lo político: si elegían priorizar al sindicato lo hacían a costa de abandonar o ignorar al partido.

 

Un partido hostil a la acción directa y la lucha de clases

En realidad, el problema en el socialismo argentino era más profundo que una mera desarticulación entre lo sindical y lo político. Lo que existía era una concepción que subordinaba las contiendas entre el trabajo y el capital a una faena de reforma e integración social, idealizando la lucha de clases como una suerte de disputa retórica de proyectos en el terreno neutro de un ágora, del debate público y parlamentario.

El PS desconfiaba de las prácticas de autodeterminación de las masas y de las capacidades creadoras de la lucha de clases, la que debía canalizarse para evitar sus desbordes y el despliegue de su potencialidad barbárica. Ello se verifica en el desigual posicionamiento de socialistas y anarquistas frente a los conflictos obreros, sobre todo, ante la convocatoria a la huelga general: la moderación, el condicionamiento y luego el liso rechazo que frente a este hecho expresaban los primeros, contrastaba con la disposición radical evidenciada por los segundos. Es decir, las luchas obreras debían ser apoyadas, pero bajo el requisito de que superaran rápidamente su radicalidad y se avinieran a la negociación. Las maniobras legislativas del PS se ocuparían de prevenir estos desbordes y de “civilizar” la lucha de clases.

Obsérvese que el PS no actuaba en el escenario de las refriegas obreras contra los capitalistas para trasladar las demandas desde lo sindical a lo político, y convertirlas, luego, en iniciativas reformistas. Era un partido que, más allá de la presencia de algunos de sus militantes, se enajenaba de los conflictos obreros y la organización sindical y desde esa exterioridad, contemplaba la lucha de clases y la traducía en el discurso y la práctica de la reparación legislativa. Eso explica que el socialismo fuera superado en su presencia en el universo obrero tanto por variantes “confrontacionistas” (anarquistas y, posteriormente, primeros sindicalistas revolucionarios y comunistas), como por corrientes más pragmáticas o negociadoras (por ejemplo, la que luego corporizaron los propios sindicalistas). Su superficial inserción en los movimientos sociales en lucha y su relativa externalidad al mundo sindical indisponía al PS frente a las demás corrientes que actuaban en el seno de éstos.

1945 fue el año de surgimiento de un nuevo movimiento de masas con base en los trabajadores, bajo dirección del nacionalismo burgués, animado por una conciencia reformista y detrás de una política de conciliación de clases. Para el PS, y en buena medida para gran parte de la izquierda, fue una derrota, cuyas causas y consecuencias analizaremos en futuras notas. Pero se trató de un revés y un fracaso, en buena medida, prefigurados y construidos con anterioridad. En este caso, por un partido que ignoró la inserción orgánica en las expresiones de organización y lucha de los trabajadores (tanto en los sitios de trabajo como en los gremios), que dio la espalda a la estrategia de dirigir a los sindicatos y de orientarlos en una política socialista, y que se dotó de un programa de reforma social casi tan compatible con el capitalismo como el que el peronismo podría luego en marcha, bajo nuevos moldes.

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2 comments

  1. Néstor Omar Fernández 14 julio, 2014 at 18:07 Responder

    Leí por primera vez un par de la publicaciòn. Como periodista que soy, sugiero que empleen un lenguaje que pueda ser comprensible para quienes no tienen una base académica consistente, que no han superaado el ciclo secundario, por ejemplo. Estimo que es valioso el aporte de “Ideas”, y agradeceré, por caso, que enuncien algunos de los principios socialistas, que la mayoría del pueblo desconoce. Porque el PS de Binner, Giustiniani, Morandini y tantos otros no tienen nada de socialistas. Son tan mentirosos como los del PSOE de España… Ni siquiera propugnan la separaciòn de la Iglesia (católica) del Estado, algo elemental entre tantas cosas. Mis saludos. Néstor

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