La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial (II)

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ANDREA D’ ATRI Y LAURA LIF

 

N.2, agosto 2013

 

En el primer número de IdZ, señalábamos que el neoliberalismo reconfiguró la  situación de las mujeres a escala mundial: nuevos derechos vinieron acompañados de mayores agravios, junto a la feminización de la pobreza y de la fuerza de trabajo precarizada. Hoy, cuando asistimos a la emergencia de un nuevo periodo de crisis económica, social y política, ¿cómo hacer que la “ampliación de derechos” conquistada no cristalice como estrategia última de integración, sino que se transforme en punto de apoyo para una lucha radical por la emancipación de las más amplias masas femeninas?

La italiana Carla Lonzi y el colectivo Rivolta Femminile denunciaron, en los años ‘70, que “la igualdad es un intento ideológico para someter a la mujer a niveles más elevados (…) Para la mujer, liberarse no quiere decir aceptar idéntica vida a la del varón, que es invivible, sino expresar su sentido de la existencia”(1). El feminismo reivindicativo que emerge en la llamada segunda ola, con la radicalización de fines de los ‘60 y principios de los ‘70, con su política igualitarista –en sus variadas alas que abarcaban desde tendencias liberales hasta tendencias anticapitalistas y socialistas–, era criticado por proponer la asimilación a un orden social y simbólico que invisibilizaba a las mujeres. La corriente que lo criticaba, por el contrario, proponía crear un orden simbólico distinto, partiendo del pensamiento de la diferencia sexual y la materialidad de la condición femenina.

La cuestión de fondo de esta controversia era la incipiente incorporación de la agenda feminista en la política pública de los Estados, los gobiernos y organismos financieros internacionales. Obteniendo reconocimiento a cambio de integración, el feminismo había pasado de cuestionar las bases del sistema capitalista a  legitimar la democracia burguesa como el único régimen en el que se puede lograr, paulatinamente, mayor equidad de género, a través de algunas reformas parciales que no cuestionen sus fundamentos. Pero el feminismo de la diferencia terminó reconceptualizando el género, reduciéndolo a una categoría esencialista: postulaba que la feminidad era portadora de determinados valores, inferiorizados en el  discurso hegemónico masculino que se pretende universal. Este nuevo feminismo, que surgía –en cierta medida– como una reacción contra la asimilación al sistema del feminismo de la igualdad, desestimó la disputa política, replegándose en la creación de una contracultura basada en nuevos valores, surgidos de la diferencia sexual. Y junto con el rechazo al feminismo igualitarista, terminó impugnando el proyecto de una sociedad igualitaria, liberada de la explotación y la opresión.

Mientras avanzaba la restauración conservadora, ni la integración a la democracia capitalista del feminismo igualitarista ni la resistente contracultura del feminismo de la diferencia pudieron evitar que se siguiera reproduciendo, y aumentando a escalas globales impensadas, la violencia y la opresión de millones de mujeres en todo el mundo.

Tiempo después, mujeres lesbianas, mujeres negras, mujeres de los países del llamado “Tercer Mundo” cuestionaron esta “celebración” de los valores femeninos, que invisibilizaba las diferencias existentes entre las propias mujeres, establecidas también como jerarquías opresivas. Denunciaron que estos supuestos valores femeninos no eran más que la forma universalista, y por lo tanto, normativa, en que se expresaba la idiosincrasia particular de las mujeres blancas, anglosajonas, heterosexuales, de clase media y países centrales. La diferencia sexual estalló, entonces, en múltiples y cruzadas diferencias entre las mujeres, abriendo paso a variadas identidades nómades y a un sujeto político fragmentario.

Luego, el posfeminismo fue más allá. De tantas y singulares identidades, derivó la imposibilidad de estabilización de toda identidad. Para el posfeminismo, toda identidad es normativa y excluyente, porque en el mismo acto en que establece los límites que abarca –enunciando aquello que define– instituye lo excluido. El género no constituye una esencia; no es “natural”, ni puede tener pretensiones de clasificación universalizante. Los comportamientos tendrían un poder constitutivo sobre nuestros cuerpos; el género sería una “posición” inestable, actos del habla, una performance auto producida, un enunciado preformativo. Incumplir con el “libreto” cultural que se nos impone a través del lenguaje, nos privaría del status de sujeto, nos excluiría de las convenciones hegemónicas que instituye el poder, nos deshumanizaría, nos transformaría en “lo abyecto”. La heterosexualidad normativa podría desafiarse, por tanto, desde las múltiples formas paródicas del género y la sexualidad. Las “imitaciones” de lo femenino y lo masculino encarnadas en lo transgénero, lo travesti, lo transexual, transgredirían las normas y estereotipos del género en su fracaso e inestabilidad, convirtiéndose en práctica política  subversiva. Resignificar el discurso normativo, por medio de la parodia, sería una forma de política que socavaría la hegemonía y abriría nuevos horizontes de significados.

Mientras el individualismo se imponía globalmente, de la mano de las políticas económicas que empujaba a millones a la desocupación, que establecía la fragmentación y deslocalización de la clase trabajadora, el feminismo se fue alejando cada vez más de un proyecto de emancipación colectiva, replegándose en un discurso cada vez más solipsista, limitado a soliviantar a una élite que exigía su derecho a ser reconocida en su diversidad, tolerada e integrada en la cultura del consumo.

La “cómplice oposición” del posfeminismo

Si el feminismo de la igualdad tuvo el mérito de conceptualizar el género como una categoría social, relacional y vinculada al concepto de poder, visibilizando que la situación de opresión de las mujeres tiene un carácter histórico y no es la consecuencia “natural” de las diferencias anatómicas, el feminismo de la diferencia tuvo, por su parte, la cualidad de resistir la asimilación a un sistema fundado en la subordinación, discriminación y opresión de todo lo que difiere del modelo “universal” forjado bajo el dominio patriarcal. Y si el feminismo de la diferencia recayó, finalmente, en un esencialismo biologicista, las teorías posfeministas vinieron a cuestionar a la sexualidad como una invariable, volviendo a concebir el deseo como algo situado. El mérito, en este caso, de rechazar la idea de que la diferencia se transforme en identidad fija, inmóvil, abre un camino potente en la cultura y la construcción de subjetividad, aunque, se muestre limitado o impotente políticamente para la constitución de un movimiento de lucha por la emancipación del conjunto de los que son oprimidos por la heteronormatividad obligatoria.

Pero ni los grados de igualdad política conquistados en las democracias capitalistas  disuelve la desigualdad social, ni los padecimientos compartidos por la pertenencia a la misma clase social de los explotados disuelve las desigualdades que genera la opresión de las diferencias. ¿Cómo imaginar una igualdad que no equivalga al reino de lo idéntico y uniforme, y una diferencia que no se constituya como identidad y jerarquía?

Lejos de tomar una posición sin ambages por la igualdad, el marxismo propone una lectura materialista y dialéctica de las diferencias: cuestiona la abstracción metafísica de la igualdad formal que aprisiona las diferencias concretas en un universalismo vacío. Porque, en el capitalismo, la igualdad sólo puede existir formalmente, a fuerza de abstraer los elementos particulares de la existencia social. El Estado capitalista consigue ese divorcio fetichista de la política y la economía, ofreciéndonos el resultado de un ser humano escindido: propietario o desposeído, por un lado, es decir, con diferencias; pero igualmente ciudadano, por otro. Las teorías posmodernas, que pretenden que las diferencias sean tan igualitariamente reconocidas en su especificidad al punto que se disuelvan como categorías identitarias (o no tengamos necesidad de ellas), refieren a lo excluido.

Pero al no tener en cuenta las relaciones de producción capitalistas en las que se apoyan estas exclusiones, concluye en una lucha por la “inclusión” que, en vez de subvertirlas, termina ajustándose y siendo funcional a la nueva tolerancia mercantil de la diversidad. Sin señalar la inextricable relación que existe entre el modo de producción capitalista y las múltiples fragmentaciones que coadyuvan a la dominación, el cuestionamiento radical a la estabilidad de las identidades sexuales y de la heteronormatividad pierde su potencialidad subversiva. De ahí que Terry Eagleton definiera al posmodernismo como “políticamente opositor [en el mejor de los casos], pero económicamente cómplice”(2).

La reivindicación de la diferencia en tanto tal o la mera proclamación de la eliminación de las identidades binarias en un mundo donde tales diferencias son motivo fundante de brutales agravios e injusticias, se termina pareciendo más a un discurso autocomplaciente para una pequeña minoría ilustrada y progresista que a la crítica de un movimiento potente y radicalmente transformador. Por el contrario, para el marxismo, se trata de la atención igualitaria de las diversas necesidades: la única manera en que la diferencia no es jerarquía y la igualdad, uniformidad, algo que ninguna “ampliación de ciudadanía” otorgada por las democracias capitalistas podrá ofrecer (menos aún en tiempos de crisis económica, social y política como la que estamos atravesando). Sólo una sociedad de productores libres puede ser una sociedad donde la igualdad se fundamente, no en el trazado de un rasero despótico que busque ocultar las diferencias, sino en el respeto igualitario de las diferencias que establecen los elementos particulares de la existencia social.

A través de los ojos de las mujeres

La crisis económica, social y política que atraviesa el mundo es el resultado de la impotencia del capitalismo para sobrevivir si no es a costa de mayores penurias para las masas y mayor degradación y vaciamiento político de sus regímenes democráticos. El período de la restauración conservadora, que desembocó en esta nueva crisis capitalista, dejó planteado un escenario contradictorio: cooptación e integración de amplios sectores de las clases medias y franjas de las clases trabajadoras junto a la exclusión –llegando a la más extrema marginalidad– para las más amplias masas; fragmentación inusitada de la clase trabajadora, y al mismo tiempo, la imposición de la asalarización para millones de seres humanos empujados a las grandes urbes y de países enteros incorporados al mercado mundial.

Como señalamos en la primera parte de este artículo, por primera vez en la historia de la humanidad, este nuevo período de crisis capitalista encuentra una fuerza de trabajo altamente feminizada y con una inserción urbana que supera a la fuerza de trabajo femenina en el campo (3). Pero mientras la situación mundial empuja a las mujeres, y a los sectores más oprimidos, a desenvolver su potencial subversivo –demostrado en todos y cada uno de los momentos históricos de grandes crisis o cataclismos sociales, económicos y políticos–, el feminismo se encuentra divorciado de las masas, mayoritariamente alejado de la perspectiva de un proyecto emancipatorio colectivo.

Recuperar esa perspectiva nos exige reconocer que si la clase obrera tiene el poder (potencial) de hacer saltar por los aires los resortes de la economía capitalista, esa posición estratégica no es razón suficiente para revolucionar el orden dominante, si no conquista y acaudilla una alianza con otras clases y sectores oprimidos por el capital, incluyendo la unidad de las filas proletarias altamente feminizadas. Levantar un programa para la liberación de la mujer es vital para las grandes masas trabajadoras, por su propia composición y por la necesidad de establecer una alianza con otros sectores y capas sociales empujadas a una vida miserable, arruinadas por el gran capital, pero también condenadas a la discriminación y la marginalidad, a ser “lo abyecto” para una cultura dominante que les niega reconocimiento.

Ante esa situación, gran parte de las corrientes de izquierda no han hecho más que amoldarse al statu quo de las últimas décadas de restauración conservadora. Partiendo de una visión escéptica, según la cual la derrota impuesta por la contraofensiva imperialista no podría revertirse, se estableció,  como estrategia última, la ampliación de derechos en la democracia burguesa. Si las clases dominantes se vieron obligadas a incorporar estas demandas para desactivar la radicalización, cooptar e integrar a amplios sectores en el régimen, estas corrientes de izquierda en vez de considerar estas conquistas como un punto de apoyo, las establecieron como todo horizonte último. Su programa anticapitalista se trocó por un programa antineoliberal, es decir, con el objetivo mínimo defensivo de limitar los alcances más pérfidos de la restauración conservadora.

En el polo opuesto, para otras corrientes de izquierda, desestimar la necesidad de un programa y una política por la emancipación femenina que parta de los derechos democráticos conquistados, fue otra forma de adaptación: por omisión, los “asuntos” de la opresión se dejan en manos de los movimientos sociales policlasistas, al tiempo que se profundiza el corporativismo y el sindicalismo en el movimiento obrero. En última instancia, abandonar la estrategia de hegemonía proletaria, por la vía de la abstención sectaria.

Por el contrario, quienes aquí escribimos, consideramos que una crítica despiadada a las miserias que engendra el capitalismo, también en el terreno de la subjetividad y las relaciones interpersonales, tiene que ser parte integral de nuestra visión marxista del mundo, de nuestro programa y nuestra estrategia en la lucha por cambiar radicalmente la sociedad de clases. Al tiempo que acompañamos todas las luchas por arrancarle al sistema capitalista las mejores condiciones de vida para millones de personas sumergidas en los oprobios más inimaginables, nuestro objetivo es la conquista de una sociedad sin Estado, sin clases sociales; una sociedad liberada de las cadenas de la explotación y todas las formas de opresión que hoy hacen, al ser humano, el “lobo” de sus congéneres.

Quienes anhelamos la liberación de la humanidad hoy sumida en la miseria y la ignominia, no podemos más que ubicarnos desde el punto de vista de los sectores más vulnerados entre los explotados. Para transformar la vida de raíz hay que mirarla a través de los ojos de las mujeres, y es desde este punto de vista, que intentamos retomar el método del bolchevismo para pensar, incluso los profundos cambios sociales que hubo en el último siglo y que plantean nuevos problemas a ser tomados en cuenta.

Sabemos que el comunismo no surge del mero anhelo, aún incluso cuando se trate del anhelo de unos miles o millones de explotados. Es necesario no sólo desear otro orden de cosas, sino derrocar el orden existente. De aquí la necesidad de que toda conquista parcial, hoy obtenida en los estrechos márgenes de las democracias degradadas, sea puesta en función de esta estrategia última.

Es el único antídoto realista contra la utopía posfeminista de las democracias radicales y la distopía de los totalitarismos burocráticos con los que la revolución fue traicionada y convertida en su antítesis. En ese camino, el de la lucha de las masas femeninas por su emancipación y la crítica marxista enriquecida por los aportes de las corrientes feministas, surgirá un renovado feminismo socialista que aún espera ver la luz.

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Notas

(1) Manifiesto de Rivolta Femminile, Roma, julio de 1970.

(2) Terry Eagleton, Las ilusiones del posmodernismo, Buenos Aires, Paidós, 1998.

(3) Andrea D’Atri y Laura Lif, “La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial”, Ideas de Izquierda 1, Buenos Aires, julio 201

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