La discordancia de los tiempos de la crisis capitalista mundial

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PAULA BACH

N.3, septiembre 2013.

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Un aspecto clave del arte del análisis económico político consiste en diferenciar los fenómenos estructurales de aquellos coyunturales en los que la crisis económica se manifiesta. Esta labor de unir y separar exige comprender que si los fenómenos coyunturales no se pueden identificar directamente con los estructurales, tampoco pueden comprenderse en forma independiente los unos de los otros.

La crisis económica mundial que estalló en 2008/9 y su curso ulterior, pusieron de manifiesto distintas líneas de falla estructurales en el equilibrio capitalista imperante durante el período de ofensiva neoliberal. A saber: crisis de creación “exuberante” de capital ficticio; desindustrialización norteamericana subproducto del proceso de deslocalización productiva; límites a la prolongación del “círculo virtuoso” chino-norteamericano y a la persistencia del desarrollo de Alemania como potencia exportadora.

Esas líneas de falla se encuentran a su vez atenuadas por otros aspectos estructurales que se gestaron durante los años neoliberales o dieron fundamento a nuevos factores actuantes. A saber: desarrollo de la mundialización financiera y en gran medida productiva del capital; intervención masiva del Estado capitalista como rescatista de última instancia; y herencia de fuertes elementos de crisis de subjetividad de la clase obrera1. La combinación particular del conjunto de estos aspectos estructurales contribuye en una parte importante a explicar los diferentes momentos de la crisis económica mundial. El actual reanimamiento parcial de Estados Unidos, combinado con las políticas monetarias que el año pasado implementó el BCE2 y la por ahora suave desaceleración de la economía china, dieron paso a una coyuntura de crisis no catastrófica, desigual y signada por un crecimiento débil de la economía mundial.

 

Crecimiento “modesto”. ¿Por qué?

Uno de los interrogantes a resolver –que otorga valores concretos a la mencionada desigualdad–, es la contradicción entre la recuperación de la economía norteamericana y su debilidad, luego de tres rondas de inyección masiva de dinero (QE)3 que triplicaron la base monetaria. Las medidas de intervención estatal lograron detener la caída libre de la economía que comenzó a fines de 2008 y consiguieron recomponer la cadena de crédito. Junto con la destrucción (controlada) de capitales que la misma crisis provocó, contribuyeron a alentar un crecimiento durante los últimos 3 años de aproximadamente el 2,2%4, impulsando una reducción de la desocupación que había superado el 10% y permitieron al sector financiero cambiar buena parte de títulos respaldados en hipotecas, por dinero en efectivo. Como señala el economista norteamericano R. Duncan, sin estas medidas “la economía estadounidense habría caído en una nueva Gran Depresión, y con ella el resto del mundo”5.

A su vez la tasa de ganancia se recuperó y la productividad se incrementó fundamentalmente como consecuencia de la mayor explotación del trabajo debido a que la caída de la economía fue mucho menor que la caída del empleo. El límite son masas de dinero que no logran reinvertirse productivamente superando el crecimiento débil y permitiendo a la economía retornar a los parámetros previos a la crisis. Como subproducto de esta situación, parte del capital monetario acumulado alimentó el crecimiento de la bolsa de valores y otros títulos y otra parte fue exportada, inundando los mercados externos de dólares en busca de diferenciales de interés. Aspectos importantes de la explicación de esta contradicción deben rastrearse en las características del crecimiento de las últimas tres décadas, que combinó desindustrialización en un polo y reindustrialización en otro. Este proceso adoptó en Estados Unidos la forma de deslocalización productiva y tiene hoy en la decadencia de Detroit uno de sus más claros exponentes. El economista francés I. Johsua señala que a partir de los años ‘80 y ‘90: “Las empresas multinacionales, las inversiones directas en el extranjero y las deslocalizaciones han venido en realidad a coronar un proceso”6 que expresa una mutación en las formas de la exportación de capital. Si a principios del siglo XX dicha exportación adoptaba fundamentalmente la forma de empréstitos estatales y financiamiento público o parapúblico para infraestructura de transporte, el grueso de la exportación de capitales en la actualidad adoptó la forma de capitales para la producción. Esta forma de exportación de capital “penetrando los antiguos espacios sociales, destruyendo las antiguas relaciones de producción (…)”7, estuvo asociada a la ausencia de condiciones para la acumulación del capital en los antiguos centros industriales y prefiguró la actual estructura productiva norteamericana. El resultado de un proceso de deslocalización del capital hacia países de mano de obra extremadamente barata que inauguró la “era Wal-Mart”8, se combina ahora con la sobrecapacidad forjada por la burbuja inmobiliaria y del crédito que siguieron a la crisis del 2001. A estos factores se agrega la tendencia al desendeudamiento de los hogares norteamericanos y las señales de agotamiento del “modelo exportador” chino. La propia lógica de “mundialización productiva” del capital con las consecuencias que acarreó sobre la economía norteamericana, aparece hoy como una nueva barrera a la acumulación ampliada y un límite para la efectividad de los estímulos monetarios sobre la economía real.

 

¿Hacia un retiro de las medidas de flexibilización cuantitativa?

Se implementaron hasta ahora tres rondas de flexibilización cuantitativa desde 2008 y ante cada retiro, la economía comenzó a mostrar peores guarismos lo cual siempre acabó en una nueva flexibilización. Pero las consecuencias de la contradicción entre expansión monetaria y baja inversión productiva, repercuten ahora sobre la propia efectividad de las medidas ya que gran parte del dinero fluye hacia la bolsa y los mercados de commodities, incrementando los precios de las acciones y de las materias primas. Mientras todos los indicadores de la economía norteamericana señalarían la “inconveniencia” de retirar las medidas monetarias, la Fed, cuyo funcionamiento el economista norteamericano W. Greider denominó sugestivamente Secrets of the Temple, está buscando el momento oportuno para retirarlas. Hay aquí una contradicción lógica: el discurso oficial asocia el retiro de las medidas a una recuperación sólida de la economía, a una disminución del desempleo por debajo del 7% y a una inflación que supere el 2%. Ninguno de estos factores está en escena. Es de sospechar que la contradicción entre grandes masas de capital dinerario con escasos destinos de inversión que están calentando demasiado la burbuja bursátil, habita los “secretos del templo”. Este asunto coloca a la economía norteamericana entre dos fuegos y el fuego de la burbuja podría estar más cerca de lo sospechado.

En este contexto el escenario más probable es un intento de retiro progresivo de los estímulos manteniendo la tasa de interés oficial en los reducidos niveles actuales. Una política tal, dependiendo de su magnitud, amenazaría al crecimiento norteamericano. El valor de los Bonos del Tesoro se contraería elevando la tasa de interés de mercado y el valor del dólar y cambiando al menos en parte el sentido del flujo de capitales que se dirigirían con más vigor hacia Estados Unidos. En consecuencia los precios de las materias primas sufrirían una presión mayor a la baja y el retiro de capitales de muchos países “emergentes” (ya hay síntomas en Brasil), agudizaría las presiones devaluatorias y por tanto inflacionarias complicando la situación de desaceleración de esas economías. Por supuesto el grado en que estos efectos se manifiesten, depende tanto del nivel real del retiro de los estímulos como del estado de los restantes sectores claves de la economía mundial. Pero la concreción de una medida de este tipo estimularía una tendencia convergente hacia un ritmo menor de crecimiento, minimizando las actuales desigualdades.

El compás de una tendencia tal depende del grado en que este proceso se desarrolle. Hay que tener en cuenta que es altamente probable que de presentarse una situación demasiado crítica, la Reserva retorne al 100% de los estímulos. No obstante, incluso los “tanteos” pueden poner en coincidencia los fenómenos coyunturales con los estructurales, en un panorama internacional signado por grandes líneas de falla.

 

Alemania: demasiado débil para dominar, demasiado fuerte para alinearse

Desde el principio del estallido de las crisis de endeudamiento estatal en 2010, Ángela Merkel sostiene una política doble. Por un lado un discurso “duro”, expresión de la ambición alemana de imponerse como imperialismo fuerte liderando a Europa. Su concreción le sugeriría una política schumpeteriana (de “destrucción creativa”) sobre los países de la Eurozona en estado crítico, avanzando con un euro fuerte hacia una centralización de capitales. Pero Alemania es demasiado débil y demasiado dependiente de la situación de la zona euro, que a su vez es demasiado crítica, para que esta política sea posible. Y sobre este talón de Aquiles machaca insistentemente Estados Unidos. La política alemana, es en realidad una combinación de inyecciones monetarias (los denominados “rescates”) y planes de austeridad avalados por la Troika9. Lo cierto es que uno de los factores que contribuyeron al diseño de la coyuntura actual, es en algún modo consecuencia de que Alemania –por necesidad– cedió al menos en parte a las exigencias norteamericanas.

La promesa de intervención del BCE en casos críticos y de inyección de liquidez a largo plazo en la Eurozona así como las sucesivas reducciones de la tasa de interés, son síntomas de una subordinación relativa. En parte puede considerarse esta política como resultado de la conjunción del temor a una nueva catástrofe financiera y la disminución del crecimiento alemán como consecuencia, fundamentalmente, de la situación recesiva en la Eurozona. La combinación de esta concesión y la continuidad de los planes de austeridad sobre los países de Europa Meridional e Irlanda, dio por resultado un contexto en el cual el riesgo financiero fue temporalmente apartado del centro de la escena, pero la situación recesiva en el conjunto de la Unión Europea pasó a mostrar síntomas de japonización.

Dicho de otro modo, se está instalando en Europa una tendencia al estancamiento de largo plazo que podría eventualmente alternar años de recesión y años de crecimiento muy débil. Lo contradictorio es que si por un lado las medidas de “flexibilización cuantitativa” debilitan al euro y la posición alemana, por el otro, la solución “schumpeteriana” implicaría quiebra de países, una diáspora del euro y un contagio internacional de consecuencias varias veces superiores a la caída de Lehman, cuestión que en última instancia haría aún más débil la posición relativa de Alemania. J. Habermas señala que: “Luego de la fundación del Imperio en 1871, Alemania asumió una posición hegemónica calamitosa y parcial, la cual, en palabras del fallecido historiador Ludwing Dehios, era ‘demasiado débil para dominar el Continente pero demasiado fuerte para alinearse’”10. Señala también que “Gracias a la exitosa unificación europea de posguerra, tanto la Alemania dividida como la Alemania unida evitaron tropezar con el mismo antiguo dilema”11. Pero se pregunta si la situación de Alemania no está cambiando nuevamente luego de las catastróficas consecuencias de su poderío a lo largo del siglo XX. Y la situación de Alemania efectivamente está mutando porque la crisis de 2008/9 puso de manifiesto el agotamiento de las condiciones que le permitieron salir de la crisis del ’70 y emerger como potencia exportadora. Proceso que tiene múltiples antecedentes, como la deslocalización industrial durante años hacia países asiáticos, luego hacia la absorbida RDA y los restantes países de Europa del Este –con la consecuente degradación de conquistas de los trabajadores alemanes– y la conformación de la Unión Europea y la Eurozona. La crisis de la división del trabajo establecida al interior de la zona euro que se puso de manifiesto a partir de 2008/9, se tradujo en un límite a la expansión alemana que vuelve a ponerla en una condición en la que es demasiado débil para dominar a Europa, pero demasiado fuerte para subordinarse a un Estados Unidos declinante. Sin embargo este proceso se hace más crítico y más elástico debido a que la internacionalización del capital financiero y la relativa mundialización del capital productivo, retrasan el desarrollo de políticas nacionales independientes. En todo caso, a esta altura parece un dato a tener en cuenta el hecho de que una debilidad mayor de Alemania –dentro de ciertos límites– así como el riesgo potencial de la desaparición del euro, más allá del doble discurso y de su estrategia, tiende a impulsarla hacia una relativa subordinación.

 

Los dilemas de la desaceleración de la economía china

La economía china se encuentra en proceso de desaceleración habiéndose reducido su crecimiento desde tasas de dos dígitos al actual pronóstico que orilla el 7,5%, el ritmo más lento de expansión desde el año 1990. Con una inversión de capital fijo que ronda el 50% del PBI incluyendo una gran inversión estatal en infraestructura, existe en China una pronunciada tendencia a la sobreacumulación de capitales. El auge del crédito de los gobiernos y prestamistas locales que contribuye a sostener el crecimiento, genera a su vez una fuerte acumulación de deuda y agudas presiones sobre el sistema financiero. Estos elementos que se ponen de manifiesto ya sea como tendencias o como elementos actuantes en la coyuntura, son expresión de los límites estructurales que el “modelo exportador” chino –basado en una particular “división del trabajo” establecida con Estados Unidos–, enfrenta desde el estallido de la crisis de 2008/9. En este contexto la reconversión de China hacia el mercado interno es una tesis que ya lleva varios años y está muy asociada a las distintas alas de la burocracia más o menos ligadas al capital extranjero.

Dicha reconversión como “modelo alternativo” (sin negar incrementos del consumo interno que ya están produciéndose) permanece un proceso de improbable ejecución –al menos sin grandes convulsiones internas y externas– debido a que implicaría un incremento sustancial de los salarios que, aún habiendo aumentado durante los últimos años, continúan siendo la ventaja comparativa más importante de China.

La gran incógnita reside en la forma de manifestación de esos elementos estructurales que va a marcar el ritmo al cual el proceso de desaceleración de la economía china tenga lugar y que puede prefigurar en el mediano plazo escenarios internacionales muy diversos. En este contexto se puede definir que el ritmo de la desaceleración china está asociado fundamentalmente a dos factores. El primero es el crecimiento de Estados Unidos, cuestión que nos remite nuevamente al principio. El segundo está dado por las medidas de estímulo interno del propio gobierno chino. En última instancia fue la combinación del reanimamiento norteamericano luego de la caída 2008/9 y el gigantesco plan de estímulo fiscal en 2008, lo que le permitió a China retornar a tasas de crecimiento de dos dígitos en 2010, convirtiéndose en una contratendencia fundamental a la crisis económica internacional.

Según los últimos datos disponibles la desaceleración de China sería en el presente año, menor a la esperada. Que esta tendencia se mantenga o se revierta, depende en gran parte –aunque no de manera lineal– de la perspectiva de la economía norteamericana. Sin ser su intención inmediata, el gobierno chino estaría preparado para actuar con poderosas medidas estatales si la crisis se agudizara demasiado. Pero es difícil suponer que dichas medidas resulten exitosas si van acompañadas de una caída abrupta de las exportaciones.

 

Breve reflexión final

La continuidad de un escenario de crecimiento débil con desigualdades como el actual, en tanto el riesgo financiero esté relativamente fuera de escena y dadas las fallas estructurales, no necesariamente prefigura una situación poco convulsiva. Si el “momento Lehman” que implicó una pérdida de control por parte de la burguesía, supuso tendencias defensivas hacia una mayor coordinación de las políticas estatales, la continuidad de la situación actual podría acelerar reposicionamientos y políticas tendientes a la formación de bloques comerciales12 en el marco de crecientes tensiones geopolíticas como se está viendo hoy en torno a Siria. A su vez los elementos estructurales que en muchos países13 se manifiestan como desaceleración o como elementos de fin de ciclo, en ausencia de crisis económicas catastróficas, dan lugar al reanimamiento político de amplios sectores de masas, observándose en muchos casos episodios iniciales de retorno a escena de la clase obrera. Aunque no pueden descartarse como segunda posibilidad nuevos estallidos financieros, una tercera posibilidad podría estar dada por el hipotético caso de una convergencia hacia un crecimiento mundial extremadamente débil, cercano al estancamiento, aunque sin colapso financiero. Una situación tal no plantearía necesariamente una mayor cooperación interestatal. Se trataría en realidad de un escenario económico mucho más crítico que el actual en el que probablemente se acelerarían las tendencias al proteccionismo y a la formación de bloques económicos así como las tensiones geopolíticas, dando nuevas formas a una lucha de clases casi con seguridad más aguda.

 

1 Crisis que empieza a dar signos de reversión como puede verse desde Sudáfrica, Túnez o Egipto –más allá de la compleja situación en curso (ver artículo al respecto en esta misma edición)–, hasta América Latina.

2 Banco Central Europeo.

3 Acrónimo de Quatitative Easing. Puede traducirse como flexibilización cuantitativa y es la operación mediante la cual la Fed inyecta dinero en la economía, recomprando Bonos del Tesoro.

4 El promedio de décadas anteriores ronda el 3,3% y se calcula que sería necesaria una tasa de crecimiento del 5% anual para recuperar el nivel de la economía previo a la crisis.

5 Duncan, R., “¿Una nueva depresión mundial?”, New Left Review 77, septiembre-octubre 2012.

6 Johsua, I., Une trayectoire du capital, París, Éditions Syllepse, 2006, p. 140.

7 Ibídem, p. 132.

8 Sistema de ventas basado en importaciones baratas desde China que contribuye a perpetuar la desindustrialización reduciendo el valor de la fuerza de trabajo norteamericana.

9 Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario internacional.

10 J. Habermas, “Merkel’s european failure: Germany dozes on a volcano”, Spiegel on line International, 9/8/13.

11 Ídem

12 El creciente interés norteamericano por la Alianza del Pacífico en Latinoamérica o las iniciales negociaciones del Tratado Transatlántico con la UE, son algunos síntomas.

13 Como en Brasil, Bolivia, Chile o Turquía.

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