La derrota del gobierno, el peronismo y los desafíos de la izquierda

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CHRISTIAN CASTILLO

N.3, septiembre 2013

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Las primarias de agosto confirmaron las tendencias que se venían desarrollando previamente. Mostraron la foto de la decadencia del gobierno, con los peores resultados electorales del kirchnerismo en toda la década. La derrota frente a otra fracción del peronismo que encabezó Sergio Massa en la provincia de Buenos Aires, terminó de dar alcance nacional al fracaso.

Está en curso una división de lealtades dentro del peronismo y sus aparatos sindical y clientelar. Si esta enorme debilidad política del gobierno no se convierte en una crisis más aguda, es porque las contradicciones de la economía no se manifiestan de manera catastrófica. La derrota oficialista y la división del peronismo se combinan con un ascenso de la izquierda clasista, que realizó una impresionante elección, cuestión que plantea además de enormes desafíos, una responsabilidad política y quizá histórica.

El 28 de agosto, casi en simultáneo, los gobiernos de Neuquén y Jujuy lanzaban duras represiones con decenas de heridos (uno con balas de plomo) sobre manifestaciones obreras y populares: en la provincia patagónica contra el acuerdo de entrega a Chevron de los recursos petroleros y gasíferos, y en el norte contra un reclamo de los trabajadores estatales por aumento de salario en una de las provincias con menores remuneraciones y mayores niveles de precarización laboral. Tan brutal fue el accionar represivo que hasta el oficialista Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), dirigido por Horacio Verbitsky, tuvo que salir a denunciar el hecho. Dos días después, y en medio de una campaña macartista de demonización del diputado local del Frente de Izquierda y de los Trabajadores, el dirigente histórico de la fábrica Zanon, Raúl Godoy, por haber estado junto a los manifestantes, el gobierno nacional cerró filas con el gobernador neuquino Sapag y denunció un increíble “complot de la ultraizquierda con la derecha”. El apoyo vino por boca del secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli, en un acto donde se anunciaron fondos por $ 132 millones para obra pública en treinta y tres intendencias neuquinas. No se le puede negar consecuencia a Parrilli: hoy defiende la entrega del petróleo a Chevron como lo hizo cuando era diputado del Partido Justicialista en tiempos de Menem y fue el miembro informante de su bancada del proyecto de privatización de YPF.

Poco antes, el gobierno nacional había realizado dos anuncios buscando recuperar la iniciativa luego de la derrota electoral. El primero fue en respuesta a una decisión adversa de la justicia de los Estados Unidos que dio la razón a los “fondos buitre” en su disputa con el gobierno nacional. El anuncio consistió en el envío de un proyecto de ley para reabrir el canje de la deuda externa con quienes quedaron fuera de las renegociaciones anteriores, junto al planteo de canjear en forma voluntaria los bonos de deuda actuales por otros que se cobrarían en Buenos Aires (ante la posibilidad de que sean embargados por la justicia yanky los fondos que se depositen para pagar deuda en Nueva York). La medida es ante todo política, ya que el gobierno contaba con plazos judiciales de al menos un par de meses para apelar ante la Corte Suprema norteamericana antes de tomar medida alguna. El segundo anuncio fue la exención del pago del impuesto a las ganancias en la cuarta categoría a quienes ganen de $ 15.000 de salario bruto ($ 12.540 de bolsillo) para abajo sin distinción de solteros y casados, subiendo también un 20% la escala de pagos a quienes cobran entre $ 15.000 y $ 25.000. Con esta medida dejarían de tributar Ganancias dos de cada tres de quienes venían haciéndolo hasta el momento, reduciéndose el impacto según el gobierno a solo algo más del 10% de los asalariados y a un 0,7% de los jubilados. La medida viene con trampa, ya que no solo no elimina el impuesto para el conjunto de la clase obrera, sino que al ni siquiera establecer ningún mecanismo automático de actualización, ni del mínimo ni de las escalas, según el incremento de haberes abre la variante de que sea una medida meramente transitoria cuyo efecto se licuaría con los aumentos salariales del año próximo. Aun con estos límites, es evidente que el gobierno debió ceder parcialmente a un reclamo que fue central en la convocatoria al paro del 20 de noviembre del año pasado y que influyó en la pérdida de votos obreros. No es casual que Sergio Massa tomara, buscando hacer demagogia, este punto en su campaña, el único en el que su cuestionamiento al gobierno fue “por izquierda”.

A estos anuncios hay que agregar una serie de “gestos” con los que el gobierno busca reacomodarse políticamente, como Sergio Berni y Scioli enarbolando el discurso de “seguridad” típico de la derecha y ampliando la presencia de la gendarmería del Proyecto X en la provincia o la presencia en los programas políticos de TN, el canal de cable del grupo Clarín, de funcionarios y candidatos del oficialismo, algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo.

Con estas medidas, el gobierno aspira de mínima a que no se estire en las elecciones de octubre la diferencia entre el intendente de Tigre y el candidato oficialista Martín Insaurralde en la Provincia de Buenos Aires. Aun cuando quedase con mayoría parlamentaria tanto en la cámara de Diputados como en la de Senadores, una derrota por más de diez puntos en el principal distrito electoral, dejaría al gobierno con una fuerte debilidad política para sus últimos dos años de mandato, acelerando los tiempos de realineamientos en el peronismo y dejando en una situación difícil el plan presidencial de Scioli.

Si en el voto a Massa y otras variantes opositoras se hicieron notar no solo los sectores de las clases medias de las grandes ciudades que protagonizaron los cacerolazos (que ya eran opositores al gobierno), sino también los del interior pampeano (donde el kirchnerismo perdió un 20% de los votos a CFK en 2011), en el voto al FIT se expresó parte del proceso de descontento obrero con el gobierno. Los motores de esta crisis de la clase trabajadora con el kirchnerismo vienen siendo los ataques parciales al salario (directos, vía el impuesto a las ganancias aplicados a los salarios, que ahora se liquidó para los salarios menores a $ 15.000; indirectos vía la inflación, aunque las paritarias para los sectores en blanco permiten mantener el nivel general al ritmo de la inflación), las malas condiciones de trabajo (como la precarización) y la disconformidad social por cuestiones estructurales como los servicios públicos (ferrocarriles, inundaciones), además de las cuestiones comunes a todas las clases sociales, como el rechazo a la corrupción de la casta política. El FIT también recibió una parte del voto “progresista” de clase media, sobre todo en la juventud, y entre los estudiantes la votación a la izquierda estuvo claramente por sobre la media general.

 

El significado del voto al Frente de Izquierda

A diferencia de lo ocurrido luego de las elecciones primarias de 2011, en esta ocasión los medios de prensa trataron de minimizar la muy importante votación nacional del FIT. Dos años atrás presentaban el triunfo que significaron los más de 500.000 votos que nos permitieron pasar el piso proscriptivo del 1,5%, tanto en la fórmula presidencial como en varios distritos, como si fuera el producto de la campaña en las redes sociales del “milagro para Altamira”. Hoy el intento es minimizar el hecho de que prácticamente duplicamos los votos respecto de las primarias de 2011, y que es probable el ingreso de diputados del FIT (la única fuerza de izquierda que podría lograrlo) al Parlamento nacional y en distintas legislaturas locales, lo que constituiría una novedad política importante. En realidad el intento de disminuir el peso de la izquierda se dio durante la misma campaña, cuando varios encuestadores no dieron cuenta de nuestra intención de voto. En Provincia de Buenos Aires nos daban entre un 1,2 y un 1,8% de los votos, es decir, por abajo o apenas por arriba del piso necesario para estar en la elección de octubre, cuando promediamos casi un 4% en el distrito, con votaciones superiores al 5% en varios municipios. Lo mismo ocurrió en otras provincias.

En resultados que van de 4 al 11% no se puede hablar de un mero error estadístico sino de una clara intencionalidad política de no hacer trascender el apoyo de los trabajadores y la juventud a una opción que, en medio de una crisis en la relación del kirchnerismo con la clase obrera, levanta un programa claramente anticapitalista y socialista. Pero más allá de estas maniobras de la prensa, está instalado que la izquierda hizo en las primarias una muy buena elección que nos deja bien posicionados de cara a octubre. Es cierto que en los “fines de ciclo” del alfonsinismo y de la “convertibilidad” ya se había dado el fenómeno de un incremento de los votos a las distintas fuerzas de izquierdas (ver la nota de Paula Varela y Adriana Collado en este mismo número). Pero las diferencias saltan a la luz no solo por la inédita extensión nacional que tuvo el voto al FIT, sino porque estamos ante un frente conformado por tres organizaciones que nos reivindicamos trotskistas y que nos basamos en un programa de 26 puntos que plantea la lucha por la independencia política de los trabajadores del gobierno y todos los bloques capitalistas, y articula las reivindicaciones inmediatas de los trabajadores y los sectores oprimidos junto con demandas transitorias que atacan la propiedad capitalista y plantea la lucha por un gobierno de los trabajadores y el pueblo impuesto por la movilización de los explotados y oprimidos. Es un voto que expresa el reconocimiento de franjas de la clase obrera y la juventud a una intervención política sistemática en las luchas políticas y reivindicativas que tuvieron lugar durante toda la década kirchnerista. Una intervención política que se incrementó a partir que logramos mayor visibilidad luego de la campaña de 2011, expresada en hechos como la denuncia del espionaje ilegal de la Gendarmería en el llamado Proyecto X; en la campaña por la perpetua a Pedraza y a todos los responsables del crimen de Mariano Ferreyra; en la disputa con el gobierno por la plaza el 24 de marzo; en la denuncia de los crímenes sociales como los de Once y Castelar o las inundaciones de La Plata; en el impulso a decenas de listas sindicales antiburocráticas o la participación en distintos combates obreros contra las patronales y los gobiernos.

Mientras los sectores de izquierda que han optado por el kirchnerismo están hoy licuados defendiendo la entrega a Chevron y la represión a las luchas obreras y populares; y quienes abandonaron la lucha por la independencia de clase y fueron furgón de cola de distintas variantes de centroizquierda, han quedado reducidos a su mínima expresión. Los resultados confirman el acierto que fue la conformación de un frente de estas características, una política que desde el PTS veníamos realizando desde 2007 (cuando fuimos juntos a las elecciones con Izquierda Socialista y el MAS) y a la que en 2011 logramos se sumen los compañeros del Partido Obrero.

 

Posibilidades y desafíos

Hasta octubre tenemos planteada una dura pelea en el terreno electoral para lograr diputados, legisladores y concejales de izquierda y de los trabajadores. Una disputa que estará cruzada con la intervención en las distintas luchas, como fue en las primarias el enfrentamiento contra el gobierno de Macri de los trabajadores del subte, donde la empresa y el PRO buscaron generar un enfrentamiento entre usuarios y trabajadores a partir de la denuncia que estos hicieron de las condiciones de inseguridad de las nuevas estaciones inauguradas en la línea B. En particular, atacaron a nuestro compañero Claudio Dellecarbonara, delegado de esa línea y primer candidato a senador por el FIT en la Ciudad de Buenos Aires. La importancia de contar con bancas de izquierda pudo verse claramente en las movilizaciones neuquinas contra el acuerdo con Chevron, donde Raúl Godoy fue el vocero parlamentario de la lucha dada en las calles por el movimiento estudiantil (con una presencia muy significativa), sindicatos como ATE, ATEN, judiciales o los ceramistas, el pueblo mapuche y tantos otros que marcharon contra la entrega y la represión.

Desde nuestro punto de vista, uno de los elementos más destacado de la votación del FIT en las primarias ha sido tanto el importante porcentaje de votos recibidos en numerosas fábricas y lugares de trabajo, en particular donde hubo candidatos trabajadores del FIT. Por solo tomar dos ejemplos mencionemos la asamblea de más de un centenar de trabajadores en la autopartistas Lear (una fábrica con 900 obreros) para discutir las propuestas del FIT o las reuniones realizadas en los distintos turnos de la gráfica Donnelley, ambas situadas en la zona norte del Gran Buenos Aires. O la importante delegación de decenas de trabajadores de la fábrica metalúrgica Liliana, que venía de triunfar en una importante lucha, en el acto de campaña que realizamos en Rosario. Y así podríamos citar decenas de hechos similares. Esto es relevante porque nuestro desafío estratégico es la construcción de un gran partido revolucionario de la clase obrera, con decenas de miles de militantes en las principales industrias y servicios y en la juventud trabajadora y estudiantil, con lugares de dirección en decenas de sindicatos, centros de estudiantes y otros organismos del movimiento de masas, es decir, de una vanguardia obrera y de la juventud con capacidad de dirección sobre las amplias masas. Lograr hoy la militancia no solo sindical sino política de decenas de trabajadores por establecimiento, que compartan la necesidad de construir una alternativa política de la clase trabajadora, es un paso importante en este sentido. Sobre todo cuando, en plena época electoral, con las suspensiones en FATE y Volkswagen y los despidos en TATSA, tenemos muestra de lo que harán las patronales si la economía se desacelera. Necesitamos una militancia obrera que esté a la altura para responder a los ataques patronales. La claridad en el rumbo estratégico es central si no queremos seguir el derrotero de anteriores experiencias en la izquierda que se reclama del marxismo revolucionario a nivel nacional e internacional, para las cuales los avances en el terreno electoral y la obtención de bancas parlamentarias no fueron una palanca para una construcción orgánica en la clase obrera ni para una intervención superior en la lucha de clases sino frecuentemente la antesala de su decadencia.

Nacionalmente tenemos el ejemplo del MAS, que fue un partido con cierta influencia sindical (como parte de “nuevas direcciones” que eran frentes únicos con sectores del peronismo opositor) pero crecientemente electoralista, que tendió a alianzas cada vez más oportunistas con el PC (primero el Frente del Pueblo ‘85-‘87 y luego Izquierda Unida en el ‘89, cuando caía el Muro de Berlín), y una línea claudicante hacia la burocracia sindical. Además, su pérdida creciente de práctica y punto de vista internacionalsita les impidió prever el comienzo de los procesos antiburocráticos en la exURSS y Europa del Este, encontrándolos en ese momento aliados al PC. Otro aspecto muy importante de este derrotero fue la organización partidaria en base a un criterio “geográfico-poblacional” en función de las circunscripciones electorales y no de las fábricas, gremios y concentraciones decisivas en la lucha de clases. Así, de conjunto, fue un partido que no se preparó para intervenir en forma revolucionaria en la lucha de clases, y terminó claudicando a la burocracia en las grandes luchas contra las privatizaciones de comienzos de los ‘90 (telefónicos, ferroviarios, SOMISA, etc.), y estallando en el ‘92 (cuando el núcleo de su dirección se dividió por la mitad y un sector fundó el MST).

Internacionalmente podemos citar el caso de la corriente The Militant, que como tendencia interna del Partido Laborista, llegó a controlar la municipalidad de Liverpool y luego de liderar la lucha contra el poll-tax no estuvo a la altura de resistir el ataque de la conducción del Partido Laborista que estaba en pleno proceso de derechización del partido. O el derrotero de las distintas tendencias del trotskismo en Francia que llegaron a obtener sumadas un 11% en la elección presidencial de 2002, 2.973.293 votos (con un 5,72% obtenido por Arlette Laguillier de Lutte Ouvrière, un 4,25% por Olivier Besancenot por la hoy disuelta Ligue Communiste Révolutionnaire y un 0,47% por Daniel Gluckstein por el Parti des Travailleurs) frente a solo un 3% obtenido por el Partido Comunista Francés (y que antes habían obtenido cinco diputados europeos en 1999 en un frente entre la LCR y LO). Hoy LO ha decrecido en su influencia electoral y en el movimiento obrero practica una política sindicalista adaptada a la conducción de la CGT, como se vio por ejemplo en la lucha contra el cierre de Continental, donde levantaron como programa el cobro de la indemnizaciones en vez de sostener la nacionalización bajo gestión obrera de la empresa.

La LCR, por su parte, se autodisolvió en el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), un partido sin delimitación estratégica entre reforma y revolución, que luego de un primer momento de auge (principalmente alrededor del crecimiento de la figura de Besancenot) hoy está en una crisis profunda.

Mientras desde la clase dominante se intentan distintas variantes para suceder a un kirchnerismo que se agota, para nosotros se trata hoy de batallar desde el Frente de Izquierda y de los Trabajadores con el claro objetivo de poner en pie un verdadero partido revolucionario, capaz de jugar un rol decisivo en los acontecimientos que tenemos por delante.

en TATSA, tenemos muestra de lo que harán las patronales si la economía se desacelera. Necesitamos una militancia obrera que esté a la altura para responder a los ataques patronales. La claridad en el rumbo estratégico es central si no queremos seguir el derrotero de anteriores experiencias en la izquierda que se reclama del marxismo revolucionario a nivel nacional e internacional, para las cuales los avances en el terreno electoral y la obtención de bancas parlamentarias no fueron una palanca para una construcción orgánica en la clase obrera ni para una intervención superior en la lucha de clases sino frecuentemente la antesala de su decadencia. Nacionalmente tenemos el ejemplo del MAS, que fue un partido con cierta influencia sindical (como parte de “nuevas direcciones” que eran frentes únicos con sectores del peronismo opositor) pero crecientemente electoralista, que tendió a alianzas cada vez más oportunistas con el PC (primero el Frente del Pueblo ‘85-‘87 y luego Izquierda Unida en el ‘89, cuando caía el Muro de Berlín), y una línea claudicante hacia la burocracia sindical. Además, su pérdida creciente de práctica y punto de vista internacionalsita les impidió prever el comienzo de los procesos antiburocráticos en la exURSS y Europa del Este, encontrándolos en ese momento aliados al PC.

Otro aspecto muy importante de este derrotero fue la organización partidaria en base a un criterio “geográfico-poblacional” en función de las circunscripciones electorales y no de las fábricas, gremios y concentraciones decisivas en la lucha de clases. Así, de conjunto, fue un partido que no se preparó para intervenir en forma revolucionaria en la lucha de clases, y terminó claudicando a la burocracia en las grandes luchas contra las privatizaciones de comienzos de los ‘90 (telefónicos, ferroviarios, SOMISA, etc.), y estallando en el ‘92 (cuando el núcleo de su dirección se dividió por la mitad y un sector fundó el MST). Internacionalmente podemos citar el caso de la corriente The Militant, que como tendencia interna del Partido Laborista, llegó a controlar la municipalidad de Liverpool y luego de liderar la lucha contra el poll-tax no estuvo a la altura de resistir el ataque de la conducción del Partido Laborista que estaba en pleno proceso de derechización del partido. O el derrotero de las distintas tendencias del trotskismo en Francia que llegaron a obtener sumadas un 11% en la elección presidencial de 2002, 2.973.293 votos (con un 5,72% obtenido por Arlette Laguillier de Lutte Ouvrière, un 4,25% por Olivier Besancenot por la hoy disuelta Ligue Communiste Révolutionnaire y un 0,47% por Daniel Gluckstein por el Parti des Travailleurs) frente a solo un 3% obtenido por el Partido Comunista Francés (y que antes habían obtenido cinco diputados europeos en 1999 en un frente entre la LCR y LO). Hoy LO ha decrecido en su influencia electoral y en el movimiento obrero practica una política sindicalista adaptada a la conducción de la CGT, como se vio por ejemplo en la lucha contra el cierre de Continental, donde levantaron como programa el cobro de la indemnizaciones en vez de sostener la nacionalización bajo gestión obrera de la empresa. La LCR, por su parte, se autodisolvió en el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), un partido sin delimitación estratégica entre reforma y revolución, que luego de un primer momento de auge (principalmente alrededor del crecimiento de la figura de Besancenot) hoy está en una crisis profunda.

Mientras desde la clase dominante se intentan distintas variantes para suceder a un kirchnerismo que se agota, para nosotros se trata hoy de batallar desde el Frente de Izquierda y de los Trabajadores con el claro objetivo de poner en pie un verdadero partido revolucionario, capaz de jugar un rol decisivo en los acontecimientos que tenemos por delante.

 

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Opinión

Algunas reflexiones en torno al crecimient o elect oral del FIT

Alejandro Schneider

 

El notable crecimiento electoral del Frente del Izquierda en todo el país en los pasados comicios del 11 de agosto evidenció toda una serie de cuestiones. En primer lugar, reflejó un largo proceso de construcción, gris, cotidiano y silencioso en el seno de la clase obrera. En este sentido, los partidos que conforman el frente son una parte activa y constitutiva de las dificultades diarias en las que nos encontramos sometidos los laburantes. La participación en numerosos combates contra la sagrada alianza entre la patronal, la burocracia sindical y los gobiernos se encontró expresada en esta importante elección. Si bien existen significativos antecedentes en estos enfrentamientos, en los últimos años la acción gremial de la izquierda ha sido más notoria en diferentes espacios laborales. Desde las multitudinarias protestas por el crimen ejecutado por la patota ferroviaria contra Mariano Ferreyra y demás trabajadores, hasta la lucha por la precarización laboral y la conformación de distintas organizaciones de base, se fue erigiendo lentamente una fuerte presencia de la izquierda con una clara posición clasista dentro del movimiento obrero. En segunda instancia, la izquierda trotskista ha crecido en forma significativa entre los jóvenes. El incremento descomunal de la inflación, los problemas habitacionales y de salud, la falta de oportunidades laborales, la imposibilidad de acceder a una mejor oportunidad de vida, entre otras cuestiones, ha llevado a que muchos jóvenes vean en el FIT una alternativa real y concreta para dar a conocer esos problemas.

Tercero, el crecimiento del trotskismo reflejó cada vez más la falsedad del kirchnerismo de presentarse como un movimiento político combativo y antineoliberal. Su actuación a favor de los grandes capitales como Monsanto y Chevron, su aparente política a favor de los derechos humanos que se desenmascara con socios como Gerardo “601” Martínez, el Proyecto X y el represor César Milani, y su escandaloso nivel de enriquecimiento de la mano de personajes como Ricardo Jaime y Lázaro Báez, impactaron en el aumento del voto hacia el Frente de Izquierda. A eso se suma que el resto de las variantes patronales (radicalismo, macrismo, socialistas sojeros, etc.) tampoco representan una posición o una alternativa distinta. Más aún, en los territorios que gobiernan tienen una política similar al Poder Ejecutivo Nacional: inundaciones en la Capital Federal y en Buenos Aires, nulo control a las empresas privatizadas como se expresó con la explosión en Rosario, extracción ilimitada de recursos minerales en las provincias andinas, etc. De esta manera el giro a una opción de izquierda, manifestada en los comicios, muestra un cierto rechazo anticapitalista y la aceptación de un programa de corte socialista.

En cuarto lugar, el FIT fue la única agrupación que propuso un programa político que no sólo condensó las demandas más profundas de la clase trabajadora, sino que lo pudo hacer en forma clara por medio de una atractiva campaña electoral.

En este escenario, la notable elección del FIT expresó el crecimiento de una corriente abiertamente de izquierda y clasista. El trotskismo lentamente se está convirtiendo en una alternativa seria y coherente ante otras procedentes del campo de la izquierda. El trotskismo es la única corriente política que ha continuado con las posiciones principistas del marxismo, o sea, la lucha irreconciliable contra el capitalismo por el socialismo junto con la necesidad de crear un partido obrero revolucionario a escala mundial.

Si bien no creo que la solución de los verdaderos problemas del capitalismo pase por tener diputados o leyes sancionadas en el parlamento, considero que es muy importante disponer de una voz dentro de las instituciones burguesas. Entre otros factores, esa participación es necesaria porque permite dar a conocer los mecanismos de explotación en los que se encuentra sometida la clase trabajadora. Creo que en octubre, por todas las razones antes mencionadas, el Frente de Izquierda puede seguir mejorando su presencia electoral.

1 comment

  1. Antonio Richter 13 octubre, 2013 at 12:30 Responder

    Muchachos: haganse cargo alguna vez de los herrores historicamente cometidos, parece que no tuvieron ninguno. Si para uds. es importante un 5% de votos y lo consideran un triunfo, reconozcan que todavía les falta mucho para representar lo que pretenden. Un fraternal abrazo peronista.

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