La democracia y su secreto

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RESEÑA DE NATURALEZA Y FORMA DEL ESTADO CAPITALISTA. ANÁLISIS MARXISTAS CONTEMPORÁNEOS

 

GASTÓN GUTIÉRREZ Y PAULA VARELA

Número 33, septiembre 2016.

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“La república democrática es la mejor envoltura del capital”.

Lenin

 

Naturaleza y forma del Estado capitalista [1], de Antoine Artous, Tran Hai Hac, José Luis Solís González y Pierre Salama, sale al público en medio del retorno de los debates acerca del Estado, que alcanza nuevos niveles, con la crisis europea y la emergencia de nuevos neo-reformismos [2]. Aunque el libro no desenvuelve el aspecto estratégico de estos debates, sino que está estrictamente enfocado como un libro de discusiones teóricas, constituye un material interesante para la reflexión sobre la relación entre capitalismo y democracia. Sus ensayos buscan establecer los principales problemas y consecuencias de la ausencia de una teoría del Estado en El capital de Marx y desenvuelven la argumentación en el campo de debates de la escuela marxista derivacionista del Estado [3].

 

Una relación de “soberanía y dependencia”

La voz cantante la tiene Antoine Artous [4], autor del prólogo y de un artículo. Agrupando argumentos ya desarrollados en su tesis doctoral [5], Artous señala que el punto de partida del libro es la ausencia de una teoría del Estado en El Capital de Marx. Como se sabe, en los planes de El Capital el capítulo sobre el Estado (así como el del mercado mundial) no fueron abordados ni siquiera en los borradores publicados póstumamente por Engels [6]. Este vacío fue “llenado” de distintas formas: algunos apelaron a los textos de juventud (en especial Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, La cuestión judía y La ideología alemana); otros pusieron el acento en los textos “históricos” (El 18 Brumario, La lucha de clases en Francia y La guerra civil en Francia); y unos terceros tomaron El Anti-Dühring y El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de Engels como los textos fundamentales. La discusión que quiere introducir Artous no reside en establecer si estos textos dispersos constituyen o no una teoría del Estado en Marx (discusión sobre la que hay abundante bibliografía), sino señalar que en ese conjunto heterogéneo falta lo esencial: una conceptualización del Estado enmarcada en el desarrollo teórico de Marx en El Capital. Más aún, a esa “falta” se contrapone el despliegue de una lectura trans-histórica sobre el Estado de clase que Artous ve desarrollada ya por Engels en El origen de la familia… y, a partir de allí, en varios otros autores.

De este modo queda delimitado el debate a un campo cuyos extremos son “una teoría trans-histórica del Estado de clase” vs. “una teoría histórica del Estado capitalista”. En el marco de esas aguas, se mueven las polémicas y los argumentos. Contra Engels (a quien no deja de reconocerle muchos méritos), la crítica reside en no captar la especificidad de la democracia moderna proyectando la existencia de un Estado político separado en la democracia griega donde el mismo Marx señala que “la ciudad se confundía con el Estado”. A Weber y las teorías sociológicas del Estado (entre las que critica, con especial encono, la de Pierre Bourdieu), les critica una “sociogénesis” lineal que explica el surgimiento del Estado a partir del desarrollo de un grupo social: los funcionarios (o burocracia). A Poulantzas le reclama no atender a la relación mercantil y posar la mirada solamente en el ámbito de la producción y deducir de ahí que el “despotismo de fábrica” conduce a un “Estado déspota”.

Ante esta madeja, Artous retoma las preguntas que en la década del ‘20 se hacía el jurista soviético Evgueny Pasukanis:

…¿por qué la dominación de clase no continua siendo lo que es, a saber, la sumisión de una parte de la población por otra? […] ¿Por qué (…) el aparato de coacción estatal no se constituye como aparato privado de la clase dominante? ¿Por qué se separa aquél de esta última y reviste la forma de un aparato de poder público, separado de la sociedad? [7].

Para responder estas preguntas, Artous recupera los debates sobre la “derivación” del Estado de las relaciones sociales capitalistas, y es, de la mano del Tomo III de El Capital, que abrirá el camino de su método y su argumentación:

Este pasaje es el único de El Capital donde se encuentra una definición general del Estado: ‘En todos los casos es la relación directa entre los propietarios de las condiciones de producción y los productores directos (…) donde encontraremos el secreto más íntimo, el fundamento oculto de toda la estructura social, y por consiguiente también de la forma política que presenta la relación de soberanía y dependencia, en suma, de la forma específica del estado existente en cada caso’ (Marx, 1990, III: 1007 [MEW, 25: 800]). El Estado no es, por lo tanto, una sustancia transhistórica. Es el efecto de una relación –en este caso de soberanía y dependencia–que toma forma dentro de una relación de producción específica, determinando su forma particular [8].

Las contribuciones previas (o históricas) de Marx pueden ser ensambladas para dar cuenta de la forma del Estado, inscribiéndolas en esta lógica de “derivación” desde las relaciones sociales capitalistas. Entre ellas, los análisis sobre la separación entre lo público y lo privado en el Estado moderno, otorgando especial importancia al análisis de “la política moderna como abstracción” en los textos de juventud y su relación con la constitución de un “Estado político separado”. Pero también la articulación contradictoria entre “trabajador libre” y “despotismo de fábrica” que caracteriza la relación de desposesión de los productores con respecto a los medios de producción. En este nuevo nivel, el análisis de este momento constitutivo de las relaciones de “soberanía y dependencia” que caracterizan el modo de producción capitalista permite explicar en dónde reside el secreto de la ciudadanía democrática como forma de sujeción.

La síntesis que realiza Artous se complementa con cada uno de los ensayos del libro. Train Hai Hac expone la presencia del Estado en la determinación del “equivalente general” en el intercambio de mercancías y su lugar constitutivo de la relación salarial. Siguiendo con detenimiento las primeras secciones de El Capital, propone una interpretación de cómo “derivar lógicamente” el Estado en distintos niveles de abstracción. Así, en la relación mercantil el Estado aparece como constitutivo de la posibilidad de establecer un equivalente general y “sancionar” legalmente el dinero. Y, del lado de la producción, el Estado aparece como constitutivo de la relación salarial:

…el Estado se revela como una relación social constitutiva de la relación salarial, que se encuentra estructurada lateralmente por la relación entre las clases sociales; y verticalmente por la relación de las clases sociales con el Estado expresada en el régimen salarial y la política social [9].

Se configura una estructura doble, horizontal (mercantil) y vertical (con el Estado). El enfoque de Tran Hai Hac es por demás sugerente y tiene la precaución de ubicarse en un plano de abstracción que no confunde las determinaciones lógicas con las históricas. A la vez explicita una meritoria distinción entre “naturaleza” de clase del Estado y “forma” del Estado, la cual a su vez debe ser distinguida de las formas concretas (regímenes) que adopta el Estado capitalista.

José Luis Solís González apunta, en su contribución, a reponer el debate alemán sobre el derivacionismo, enumerando las distintas formas de “derivar” el Estado. En ese marco señala, para diferenciarse de otras vertientes derivacionistas, la necesidad de que la teoría restablezca la importancia de la lucha de clases en la determinación de la copresencia de la acumulación y del Estado. Pierre Salama dedica su artículo al análisis de las particularidades de los países latinoamericanos, haciendo hincapié en dos pilares para entender la forma y evolución de los Estados en estas latitudes y para entender también el imperialismo como forma de relación entre el centro y la periferia [10]. En primer lugar, la importancia de definir las relaciones entre los Estados como relaciones también entre clases. En segundo, la de situar (en el marco de estas relaciones) el papel jugado por la crisis del ‘30, y la especial dinámica entre el Estado y la constitución de la burguesía en la periferia (dinámica que, como indica el propio Salama, Trotsky ya había señalado a en la primera mitad del siglo XX). A diferencia de lo que sucede en los países del centro, las “formas fenoménicas” (regímenes políticos) que asumen los Estados en latinoamérica son inescindibles de su carácter periférico en la medida en que el modo en que se difunden sus relaciones mercantiles y capitalistas, también lo es.

 

Algunas consideraciones críticas

La pretensión teórica principal de los autores del libro es establecer el lugar del Estado atendiendo a diferentes niveles de abstracción, siguiendo en esto a la teoría crítica de Marx. El mérito que tiene este procedimiento es que una serie de postulados, como una lectura mecánica de la imagen topológica estructura- superestructura, o visiones estructuralistas de la “autonomía de la política”, pueden ser sometidos a crítica. Ni hablar de la futilidad de las teorías posmarxistas a lo Laclau. Pero una valoración crítica del libro debería ser capaz de establecer si este objetivo es resuelto satisfactoriamente. Para esto, y a riesgo de ser esquemáticos, proponemos distinguir tres niveles de abstracción involucrados en la definición del Estado.

El primero es el nivel más abstracto en el que se juega la naturaleza de clase del Estado, y que puede determinarse a partir de considerar la división social del trabajo y la lucha por el excedente social. Esto permite analizar las distintas formas estatales determinadas por la lucha de clases en diferentes periodos de la historia de los modos de producción. Sin negar del todo este nivel de análisis, los autores del libro señalan que el peligro de este enfoque histórico-genético (que ven más propio del libro de Engels) reside en abrir la puerta a la indiferenciación entre las distintas formas del Estado y por ende, subvaluar la especificidad del Estado moderno en relación con las formas específicas de explotación del capitalismo. Esa indiferenciación se mostraría en la analogía de Engels entre la democracia capitalista y la ateniense. La crítica a la proyección de características propias de un Estado en otro apunta, con buen tino, a destacar la diferente relación entre economía y política en la modernidad capitalista respecto de las formaciones pre-capitalistas. Sin embargo, no puede dejarse de lado que esta teoría sobre el Estado basada en la lucha de clases permite dar cuenta, nada más y nada menos, que del origen histórico del Estado y de la relación necesaria entre Estado y enfrentamiento de clases, y, por ende, del elemento coercitivo inherente a cualquier definición del Estado (aunque esto no alcance para dar cuenta de la especificidad del Estado moderno capitalista).

Esto nos conduce al segundo nivel de abstracción. Más específico, éste se corresponde con el predominio de las relaciones capitalistas de producción e intercambio (la generalización de la que habla Marx) y el ascenso del poder de clase de la burguesía. Es aquí donde, para los autores del libro, se juega la teoría marxista del Estado: en la capacidad o no de abordar las especificidades que este Estado adopta en el “mundo encantado de las mercancías”. Artous y Salama señalan, siguiendo a Marx, que “la lógica prima sobre la historia” a la hora de definir teóricamente el estatuto de la forma específica del Estado capitalista. Ciertamente en este nivel de abstracción la naturaleza de clase (capitalista) del Estado y la forma específica (democracia) que adopta pueden ser inicialmente derivadas del análisis de la relación mercantil y de las particularidades de la relación salarial. En este punto su consideración es correcta. Sin embargo tiene el peligro de ser unilateral. La aparición en el análisis de relaciones de “soberanía y dependencia” puede quedar en un nivel de abstracción que no alcanza a determinar el conjunto del despliegue de la “forma” Estado y, por lo tanto, no establece una relación adecuada entre la “lógica” y la “historia”. Difícilmente esta reconstrucción de la teoría del Estado capitalista a partir de una derivación directa de las características de la generalización de la relación mercantil resuelva lo que Marx tenía en mente en el capítulo no realizado de El Capital. De hecho, Marx señalaba cómo en el Tomo I de su libro podían encontrarse muchos elementos, “a excepción quizás de la relación entre las diversas formas de Estado y las diferentes estructuras económicas de la sociedad” [11]. En este punto hay que establecer los límites de una “derivación” excesivamente directa. La articulación de este nivel del Estado, llamémoslo “derivacionista”, con la historia efectiva es un problema que hay que situar en el cruce entre la lucha de clases y la acumulación de capital (y la lucha entre capitales) en cada periodo histórico. Al mismo tiempo esto es esencial para entender la deriva de la “mejor envoltura del capital”, es decir de la “forma” democrática del Estado.

Esto nos conduce al tercer nivel de abstracción (o concreción) de este problema. La visión expuesta en el libro capta la especificidad de la forma Estado (la democracia) y permite evitar una visión superficial que la reduzca a mera “ilusión”. No conviene obviar la objetividad de esta relación social, dada la continua reaparición de este mecanismo de dominación de clases. Sin embargo en el libro se atiende demasiado poco a la crisis de esta forma. Es en las crisis y en las formas “excepcionales” de dominación de clase donde la teoría debe mostrar su plasticidad para permitir dar cuenta del despliegue último de la “forma Estado”. En este sentido, el tercer nivel de abstracción reconduce al primero porque son las contradicciones que se despliegan en el desenvolvimiento concreto de las relaciones sociales que sostienen la forma democracia (al igual que sucede con la forma mercancía), las que producen regímenes políticos (formas fenoménicas particulares) en los que se vuelve manifiesto el Estado como aparato coercitivo de la dominación de clases. Es en las crisis de la economía capitalista y los auges de la lucha de clases, donde las relaciones de “soberanía y dependencia” se ponen a prueba, y asistimos a todo tipo de cuestionamientos de la “naturalidad” de las leyes del mercado, de la autoridad del capitalista en el régimen de producción y por lo tanto de las limitaciones de la ciudadanía democrática. La separación entre economía y política inherente al capitalismo se trastoca, la economía se politiza y la política adquiere contornos de clase. Conviene tener esto en cuenta para interpretar los agudos elementos de la crisis europea actual. En la historia del capitalismo la dominación burguesa alternó periodos de estabilización y democracia con otros en los que apeló a soluciones de fuerza (bonapartismos, fascismos, dictaduras). Un análisis de una crisis de este tipo la tenemos en los escritos de Marx sobre el bonapartismo en Francia (un concepto que Engels extiende hacia otros fenómenos históricos como el bismarckismo y el boulangismo) en los que subyacen dos ideas que estamos obligados a reconsiderar para una época imperialista: la debilidad de la burguesía (en este caso francesa) y la aparición de un periodo de crisis de acumulación prolongada que daban lugar a la crisis de la “forma” democrática. El bonapartismo, como fortalecimiento del poder ejecutivo, y la posterior crisis del Estado (llamado “imperialista”por Marx) fue la “forma” última de cuyas grietas emergió nada menos que la Comuna de París.

Este elemento de la teoría del Estado está casi ausente de reflexión en el libro. Una debilidad notoria teniendo en cuenta, por un lado, que en el propio análisis que desarrolla Marx en El Capital (base del derivacionismo), las contradicciones y la crisis no son un factor externo o exógeno al despliegue de la forma mercancía sino que por el contrario forman parte de su desenvolvimiento. Por otro, que es el propio Artous quien ha destacado los análisis de Trotsky sobre el bonapartismo y ha definido sus conceptualizaciones sobre el Estado fascista como una teoría que no tiene parangón. Pareciera que estas apreciaciones estuvieran encerradas en el campo de los regímenes políticos, como si éste fuera escindible del de la teoría del Estado moderno. Es decir, como si los niveles de abstracción presentaran fronteras entre sí.

 

  1. Ediciones Herramienta, Buenos Aires, 2016, traducción de libro homónimo publicado en Francia en 2015.
  2. Poulantzas: la estrategia de la izquierda hacia el Estado”, Paula Varela y Gastón Gutiérrez, IdZ 17 y Gutiérrez, Gastón, y Varela, Paula, “Poulantzas, la democracia y el socialismo”, IdZ 19, mayo 2015.
  3. Alberto Bonnet “Estado y Capital. Los debates sobre la derivación y la reformulación del Estado”, en M. Thwaites Rey (comp.): Estado y Marxismo.Un siglo y medio de debates, Bs. As., Prometeo, 2007.
  4. Antoine Artous, histórico militante y teórico de la ex LCR francesa, actualmente miembro de la redacción de la revista Contretemps. Para una polémica con sus conceptualizaciones, véase “La LCR y el despotismo de fábrica”, en C. Cinatti, “La actualidad de Trotsky frente a las nuevas (y viejas) controversias sobre la transición al socialismo”, revista Estrategia Internacional 22, Noviembre 2005.
  5. Publicada como libro bajo el título Marx, el Estado y la política, Barcelona, Editorial Sylone, 2016.
  6. R. Rosdolsky, Génesis y estructura de El capital de Marx, México, Siglo XXI editores, 1985.
  7. Pasukanis citado en Artous, pp. 21-22.
  8. Ídem.
  9. Ibídem, p. 73.
  10. A partir de la evolución de la forma de ciertos Estados de los países emergentes, Salama considera que es posible aplicar la categoría de relaciones de tipo imperialista a aquellas que se dan entre distintos países de la periferia. Aquí acuerda, por ejemplo, con el concepto de “subimperialismo” de Ruy Mauro Marini en referencia a Brasil.
  11. Artous, ob. cit, p. 274.

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