La cultura obrera en cuestión

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FERNANDO AIZICZON

N.3, septiembre 2013

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Un comentario sobre La cultura obrera en la sociedad de masas, de Richard Hoggart

Cultura obrera y cultura de masas

Mucha gente comentó cómo “pegaron” algunos spots del Frente de Izquierda en las elecciones primarias de este año por la afinidad que despertaron en sectores de trabajadores, en la juventud y en la población en general. Las razones pueden ser muchas pero sin dudas cualquier spot o propaganda funda su eficacia en la capacidad de interpelar sentidos, creencias, valores, es decir, el universo de aspectos que suele denominarse como “cultura”, en su acepción más amplia.

En uno de los spots puede verse a un joven trabajador de Coca Cola que camina por su barrio razonando su condición de precarizado; con un lenguaje llano y sentado en un cordón de la vereda el joven hace números de cuántos años de su trabajo le llevaría alcanzar lo que gana un diputado en 4 años de mandato: “¡133 años!”, concluye indignado. Otro spot muestra a un grupo de trabajadores fabriles que mira y comenta con desconfianza el mensaje de sus dirigentes sindicales que les anuncian en una asamblea la imposibilidad de ir por más (“muchachos, con el salario llegamos hasta acá”), al momento que un obrero de base pregunta irónicamente a su compañero si esos dirigentes, por su forma de hablar y vestir, no son acaso la misma patronal (“¡¿éste es el patrón?!”). Se podría pensar que en ambos casos los spots expresan sentimientos genuinos de miles de trabajadores cansados de su condición de precarios o que están indignados por la complicidad con la patronal que sostienen sus representantes, y que estas propagandas reflejan esos sentimientos de un modo bastante cercano al que cualquier trabajador puede encontrar en su cotidianeidad. Diríamos entonces que esos sentimientos pertenecen efectivamente a una clase: la clase obrera, con sus diferencias internas, sus matices idiosincráticos, su fragmentario modo de pensar al mundo y todo lo que queramos colocar como complejidad que evite simplificar su universo. Pero de lo que difícilmente podríamos dudar es de su carácter de clase.

¿Y qué podríamos decir del modo en que el candidato de la derecha porteña, Mauricio Macri, festejó sus buenos resultados electorales en la misma contienda? Al son de la cumbia “no me arrepiento de este amor” de la cantante tropical Gilda, Macri bailó frente a las cámaras de TV junto a sus candidatos pertenecientes en su mayoría a la clase alta. Claro que su modo de bailarlo difiere notablemente de aquellos que escuchan cumbia por tradición cultural, pero lo que aquí queremos remarcar es cómo una música típica de una clase social puede ser apropiada y reformulada por otra clase transformando su sentido: el “gesto cumbiero” de Macri es la forma mediante la cual las clases altas se re-elitizan, se muestran al público como humanas y capaces de practicar un baile de masas sin por ello perder sus ideas reaccionarias: el burgués que baila una cumbia incrementa su poder racial en la medida en que practica el baile del dominado, aunque jamás logre sentir el ritmo como un auténtico “negro cumbiero”. Como se sabe, la cumbia en Buenos Aires estuvo originalmente confinada y estigmatizada como ritmo de los pobres marginales, rasgo acentuado tras la emergencia de la “cumbia villera” con sus letras “tumberas” referidas al sexo, las drogas y el alcohol, cantadas en un lenguaje plagado de neologismos “trasgresores”. No obstante ello y con el paso del tiempo ambos géneros, al igual que el cuarteto cordobés, supieron hacer de la condición marginal un buen negocio y en la medida en que mercantilizaron sus ritmos y letras negociaron la “entrega” de una música de clase a sectores de clase alta, quedando la cumbia y el cuarteto como música de masas despojada del tinte clasista originario.

Estudios culturales

Con estas cuestiones estamos planteando parte de los temas que abordan los denominados “Estudios Culturales” (Cultural Studies), una perspectiva de análisis originada en Inglaterra a fines de la década del ‘50, donde se superponen varias disciplinas por entonces marginales (antropología, lingüística, estudios literarios, psicoanálisis).

Se consideran como referentes fundacionales a Richard Hoggart, Raymond Williams y E. P. Thompson, que si bien no comparten el mismo marco teórico (el marxismo en Williams y Thompson) sí  coinciden en su interés (y oficio) relacionado con la educación de adultos de la clase obrera inglesa, y es esa sensibilidad de clase la que los llevó de diferentes modos y en distintas épocas históricas a investigar la manera en que los obreros y obreras ingleses viven, trabajan, se organizan, luchan, hablan, discuten, se divierten, sufren y fundamentalmente leen, desde los primeros periódicos obreros hasta la llegada de los medios masivos de comunicación: televisión, radio, cine, novelas escritas o telenovelas, incluyendo fenómenos como la emergencia y metamorfosis de géneros musicales tradicionales y modernos. La cultura obrera en la sociedad de masas, de Richard Hoggart, editado en Inglaterra hacia 1957 y disponible hoy en castellano en las librerías, es en este sentido una obra fundacional con un plus que la torna especialmente interesante.

Hoggart no es un intelectual de clase media atraído por un objeto de estudio exótico para él; al contrario, Hoggart es un miembro nacido y criado en la clase obrera inglesa de los años ‘20-‘30, una clase que luego de la Segunda Guerra Mundial experimenta el cambio cultural hacia una sociedad de masas y sobre la cual se aplican políticas estatales de “bienestar”: becas de estudio para hijos de trabajadores, acceso a la universidad, estabilidad y perspectivas de crecimiento económico que fundamentalmente impactan en un abandono de las tradiciones culturales de aquella clase cuyos nuevas generaciones ahora comienzan a despegar –a través del consumo masivo– hacia la clase media (en este sentido, otro hijo de aquella época puede leerse en el reportaje al historiador Daniel James aparecido en el número 2 de Ideas de Izquierda).

Esa cercanía-lejanía de clase que practica Hoggart al escribir este libro (y lo hace cuando ya es un reconocido académico inglés), ese desclasamiento hacia arriba  que lo hace predecir (ingenuamente) la conformación de una gran clase media o una “sociedad sin clases” homogeneizada culturalmente, sumado a que escribe en primera persona combinando experiencias de vida del autor con observaciones etnográficas, le otorga un peculiar atractivo de lectura: “Escribo principalmente sobre la mayoría que toma las cosas tal como viene; sobre algunos dirigentes sindicales que, cuando se quejan de la falta de interés en su movimiento, se refieren a ‘la gran masa apática’; sobre lo que los compositores de canciones llaman, a modo de cumplido, ‘la gente del pueblo’; sobre lo que la clase trabajadora describe, con más sobriedad, como ‘el hombre de la calle’”[1].

El párrafo precedente es una suerte de declaración de principios del culturalismo: lo que importa no es la interpretación teoricista alejada del registro empírico –muy común en las ciencias sociales a la hora de dar cuenta del por qué determinados actores o clases hacen lo que hacen–, ni la construcción idealizada de una clase; lo que Hoggart intenta hacer es mostrar las actitudes tal cual se muestran ante él (modos de hablar, tonos de voz, formas de consumir, de entender las relaciones de género) y cómo esas actitudes son explotadas por los publicistas de masas para precisamente tornar a esa clase en un cliente fiel al que siempre se le brinda lo que pretende escuchar, comer o leer. El método de Hoggart  es obsesivamente descriptivo pero permite ingresar mejor a cuestiones complejas como por ejemplo la ambigua religiosidad de la clase obrera o su aparente aceptación del orden monárquico inglés: asistir a misa, votar al laborismo o leer revistas populares referidas a la realeza británica, ¿son prácticas autoevidentes o requieren un análisis más fino de cómo son resignificadas por los trabajadores?

El logro de Hoggart consiste en capturar cambios culturales especialmente en las actitudes de jóvenes generaciones y mostrar cómo a pesar del bombardeo modernizante del consumo y la publicidad persisten y se superponen viejas y nuevas tradiciones: por ejemplo la vieja tolerancia característica de la clase obrera se continúa luego bajo la (nueva) forma del concepto de libertad; el antiguo sentimiento de pertenencia a un grupo se prolonga en el igualitarismo democrático posterior, pero lo que destaca Hoggart en estos y otros casos es que el cambio cultural anticipa un futuro sombrío: la “libertad” en abstracto suele fundirse con el relativismo y el escepticismo (“todo vale, y todo vale lo mismo” o “tengo la libertad de no elegir”), el democratismo ingenuo puede convivir con nuevos prejuicios tales como la exigencia de practicar una “apertura mental” sin mayores precisiones, y en ambos casos la realidad muestra un cinismo que evita toda polémica frontal, o peor aún, la emergencia de actitudes evasivas y descomprometidas junto a la ausencia de parámetros que sirvan para ponderar un tipo de acción (“no importa lo que uno haga si uno lo hace de corazón”).

Otro aspecto destacable es la descripción de las fronteras de clase ilustrada como el “nosotros” de la clase obrera y el “ellos”, es decir, todos aquellos que no son considerados pares o miembros de clase: El mundo de “ellos” es el de los jefes, sean estos individuos del ámbito privado o, como suele ser el caso más corriente en la actualidad, los empleados públicos. “Ellos” pueden ser, según la ocasión, cualquier persona cuya clase social no sea la de los pocos individuos a los que la clase trabajadora reconoce como tales. Un médico que muestra dedicación por los pacientes no será uno de “ellos” en tanto médico; en cambio en tanto seres sociales, él y su esposa sí serán “ellos”. Un cura será uno de “ellos” o no según cómo se comporte (…) “Ellos” son los que están “en la cima”, los de “arriba”, los que reparten “ayudas sociales”, los que nos convocan para ir a la guerra[2].

Lo mismo ocurre con los trabajadores de bajo rango que buscan diferenciarse de su clase o cumplen funciones de protección de los de arriba: es el caso de los policías, por ejemplo. Se abre así un análisis de clase no tan determinado por la posición objetiva y sí más definido por las actitudes, funciones o comportamientos sociales.

Límites políticos del culturalismo

Hoggart reconoce un olvido importante en su libro: no le interesan los sectores que pugnan por evitar la domesticación consumista de la clase obrera y a los que nombra difusamente como “minoría con conciencia social”, es decir, todos aquellos que buscan cambiar la conciencia política de los explotados en vistas de su emancipación. Este es el flanco más débil de los estudios culturales al modo en que lo presenta Hoggart ya que como él mismo lo reconoce la clase obrera, para mantener su cohesión, su “nosotros”, también suele consolidarse como clase conservadora, con sus principios y valores inamovibles e impregnados de resignación, hostil al cambio y renuente en reconocerse con capacidad para autoorganizarse políticamente. Por eso Hoggart naufraga al autolimitarse a registrar las formas en que los hombres “comunican su sentido del mundo y sus valores” y nada más, lamentándose luego por la pasividad que el capitalismo inocula en los explotados. Es que en el mismo punto en que los estudios culturales plantan bandera y dejan la posta a lo que vendrá en los años ‘80 y ‘90 como moda intelectual (el multiculturalismo), se abre la puerta para el vuelco hacia un teoricismo apolítico refugiado en la supuesta fidelidad a lo que el observador (hoy abrumadoramente un intelectual de clase media) dice que es la cultura: las formas diversas y contingentes en que los individuos otorgan sentido a sus vidas. O la cumbia para todos y todas.



[1] Richard Hoggart, La cultura obrera en la sociedad de masas, Buenos Aires, Siglo XXI, 2013, p. 49.

[2] Ibídem, p.95.

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