La “cooperación social” alemana: modelo exitoso para el capital”

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OSKAR HUBER

Editor de la revista Klasse Gegen Klasse, miembro de RIO (Organización Revolucionaria Internacionalista) de Alemania.

Número 23, septiembre 2015.

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El modelo de la “cooperación social”, un pilar central del régimen alemán, se define por la cooperación entre capital y burocracia sindical. Con el avance de la precarización este modelo se “estrecha” a costa de los trabajadores.

La clase obrera alemana es poderosa; una huelga general impulsada por ella haría temblar a la Europa capitalista. Está muy lejos de estar preparada para eso, pero desde el principio de la crisis mundial asistimos a procesos huelguísticos inéditos desde hace años. Pero como en otros momentos, las huelgas cargan con los límites impuestos por los burócratas que se aferran obstinadamente al modelo de “cooperación social”.

Desde el punto de vista histórico, el sostén material de esta ideología fue variando de acuerdo con los cambios en el régimen de acumulación y la lucha de clases. Que ofreciera mejoras reales y duraderas para la clase obrera fue más una ilusión que una verdad desde sus comienzos.

El camuflaje “cooperativo” de la dictadura del capital en Alemania empezó con el acuerdo entre el industrial Hugo Stinnes y el burócrata sindical Carl Legien en 1918. Los sindicatos recibieron reconocimiento y algunas mejoras, a cambio de abandonar la demanda de la socialización de la propiedad privada. Stinnes y Legien lograron sus objetivos e impidieron la revolución. Después de la crisis económica y el bonapartismo de derecha a fines de los años ‘20 y principios de los años ‘30, el capital se deshizo de sus socios de la burocracia desmantelando los sindicatos con el fascismo.

A la destrucción de los medios de producción por la guerra le siguió el boom económico. La nueva República Federal de Alemania Occidental debió volver a frenar al movimiento obrero, que atravesaba un proceso de recuperación de su consciencia de clase. Recién había conquistado el control paritario sobre los consejos de administración de las multinacionales en la industria minero-siderúrgica. Existía un peligro de que esta experiencia se extendiera, lo que se impidió con la Ley de Régimen de Empresa, impuesta por Adenauer en 1952. La recién refundada “Federación Alemana de Sindicatos” (DGB, por sus siglas en alemán) había posibilitado esa derrota conteniendo a los trabajadores en la región del Rin y el Ruhr, y sacrificando la huelga general a cambio de la cogestión en la industria minero-siderúrgica. Hasta el día de hoy la huelga política es considerada ilegal.

 

La mentira de los “años dorados”

En 1972, el gobierno social-liberal estabilizó esa situación introduciendo la Ley de Régimen de Empresa en beneficio del capital. Según las leyes vigentes, aún hoy se obliga a las comisiones internas a apoyar “cooperativamente” los despidos. Esta política fue aceptada por los burócratas del DGB en respuesta a las “huelgas salvajes” de septiembre de 19691, en un período de ascenso internacional de la lucha de clases. En lugar de atacar al capital, el interés de la burocracia estaba en defender su aparato.

La socialdemocracia evoca la “cooperación social” clásica, que se extendió desde el “milagro económico” de la posguerra hasta los años ‘70, cuando aboga por el modelo alemán del fordismo: el “capitalismo del Rin” o la “economía social de mercado”. Pero este régimen de acumulación debió ceder ante el neoliberalismo luego de la crisis del petróleo, y la clase obrera tuvo que pagar caro por la pasividad de la burocracia sindical en esos “años dorados”. Llegaron Schmidt y Kohl, y con ellos una nueva serie de ataques. En los años ‘90 se cimentó la gran derrota: el grado de sindicalización en Alemania bajó, entre 1994 y 2006, del 27 % al 18 %. La “Alianza por el Trabajo” impulsada por el socialdemócrata Gerhard Schröder, y acompañada por la restauración capitalista y el ajuste social, dio lugar a la “Agenda 2010”, es decir, al ataque general contra la clase obrera de nuestra generación.

El régimen de acumulación de los primeros años del siglo XXI tiene como objetivo garantizar la posición hegemónica de la burguesía alemana en Europa. Se basa en los contratos temporales, la tercerización y las sanciones draconianas contra los desocupados; todo ello en el corazón de la economía alemana altamente tecnologizada. Su precondición sigue siendo que los batallones pesados de la clase obrera sigan quietos “cooperativamente”. Ni entonces ni ahora los sindicatos de la DGB se movilizan en contra de estas leyes.

 

El chauvinismo hacia adentro y hacia afuera

En la crisis económica iniciada en 2008, la cooperación social aggiornada mostró su valor para el régimen. El sindicato metalúrgico IG Metall (IGM) acordó un “Convenio colectivo por la protección y el aumento del empleo” en las industrias metalúrgica y eléctrica en 2009. Este convenio, que se basa en el propio nacionalismo del sindicato, permite la derogación de normas fijadas en convenios colectivos anteriores, si ambas “partes” de la “cooperación social” la aprueban –obviamente a costa de los trabajadores, que son condenados al silencio para mantener la “paz social”–.

El gobierno no podía lograrlo solo. Necesitaba del apoyo de la burocracia de las organizaciones obreras, como ocurrió también después de las leyes de la “Agenda 2010”, para reemplazar manifestaciones por negociaciones, y la cuestión del poder por privilegios. Pero esos beneficios hoy son accesibles solo para una parte cada vez más pequeña de la aristocracia obrera alemana, mientras otros trabajadores en la propia Alemania experimentan la sobreexplotación. Para mantener sus negocios, el IGM logró un fallo ante la Justicia que le permite que ciertas cláusulas en los convenios colectivos se apliquen solo a trabajadores sindicalizados, fragmentando aún más la clase.

El “estrechamiento” de la cooperación social sobre algunos sectores, especialmente en la industria pesada, es posible por la fuerza relativa de la burguesía alemana, que significa a la vez una clase obrera pasiva y, por lo tanto, débil. La burocracia sindical y la aristocracia obrera reciben migajas del enorme superávit comercial, bajo la condición de que las manos de la clase trabajadora se mantengan atadas.

La “cooperación social” se transforma en un chauvinismo letal hacia afuera y hacia adentro: hacia afuera como un nacionalismo contra el resto de Europa, como lo mostró el entonces jefe millonario del IGM Huber, en 2012, refiriéndose a las huelgas en Portugal, Italia, Grecia y el Estado Español como “tonterías”. Hacia adentro se expresa como la eliminación de la solidaridad con las luchas de los precarizados, que son fuertemente afectados por los ataques de la patronal, como el sector de servicios, logística y las mujeres con contratos parttime. La precarización es además una amenaza constante contra toda la clase obrera ya que transforma los sectores superexplotados en un “ejército de reserva ampliado”.

 

Terremotos del capitalismo

La burguesía elogia al IGM por permitir el estancamiento de los costos salariales por unidad desde mediados de los años ‘90, y por desistir parcialmente de las demandas salariales durante la crisis financiera. Estos “logros” y “sacrificios” que aplauden los capitalistas, y se combinan con privilegios y altos salarios, solo se dan en determinados sectores, es algo impensable en sectores como logística o comercio.

El IGM, que había sufrido una caída en la cantidad de afiliados durante los años de restauración burguesa, pudo estabilizarse en algo más de dos millones de afiliados, con una leve tendencia hacia arriba, si bien la edad promedio sigue en aumento. Sus fondos aumentaron hasta llegar a 500 millones de euros. Recientemente, en alianza con el Sindicato de Minería, Química y Energía y el Sindicato de Ferroviarios y Transporte (IGBCE y EVG según sus siglas en alemán), el IGM apoyó la ofensiva del gobierno contra el Sindicato de Maquinistas (GDL por sus siglas en alemán) mediante la “Ley por la Unidad de los Convenios”. Esta ley, que entró en vigor en julio, prohíbe a los sindicatos minoritarios en una empresa pelear por un convenio colectivo en competencia con el sindicato mayoritario, en los hechos prohibiendo el derecho a huelga para estos sindicatos.

En general, entre los grandes sindicatos industriales no existe un debate sobre el fin de la colaboración, ni por parte de la burocracia sindical ni del capital, aun cuando los sindicatos son los que sacrifican a un sector de su base.

La última prueba de la obediencia de la burocracia fue el cierre de la planta de la automotriz multinacional Opel en Bochum entre 2013 y 2014. El IGM aprobó este cierre y sacrificó una ciudad entera. Ahora se está debatiendo la reestructuración de Siemens. También en esa “familia” se estrecha el dominio de la “cooperación social” a favor de los intereses de los capitalistas: se anuncian contratos temporales, tercerización y despidos masivos. Es decir, también en el corazón de la industria alemana hay ataques del capital, pero el IGM, con una lógica nacionalista, los toma como un sacrificio que hay que soportar para que el capitalismo alemán siga siendo “competitivo”.

 

La cooperación social se come a sus hijos

Otra característica tienen los ataques del capital a los sectores organizados por el Sindicato Unido de Servicios (ver.di, por sus siglas en alemán), donde la sindicalización y la “colaboración” –es decir, la condición misma de existencia de la burocracia– están más cuestionadas. De 2001 a 2014 la afiliación a ver.di cayó de 2,81 millones a 2,04 millones. En el mismo período, aumentó la cifra total de los empleados part-time, los tercerizados, o los llamados “mini-jobs” –sectores que son muy difíciles de sindicalizar– de 6,2 a 7,6 millones.

Recién en 2014 ver.di tuvo que enfrentar un ataque generalizado al convenio del comercio minorista. Y la constante negativa de la multinacional Amazon a aceptar la sindicalización obliga a ver.di a llevar adelante una lucha dura, muy lejos de sus deseos. En junio de ese año, trabajadoras y trabajadores del sector de guarderías y asistencia social hicieron escuchar su bronca ante la decisión de la burocracia de aceptar la conciliación, porque era insoportable. Aquí también ver.di se vio obligado a convocar grandes movilizaciones.

Una y otra vez, los burócratas se encuentran en esa situación incómoda para ellos de tener que mendigar para ser aceptados por el capital como un “socio negociador”, como sucede por ejemplo en Amazon. Esto no es algo evidente. Históricamente, el reconocimiento fue consecuencia de un movimiento obrero fuerte que se imponía ante al capital (algo que este último aceptó para salvar su pellejo), después de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, o en los años rebeldes de los ‘60 y ‘70.

Esta situación cómoda cambió con el giro neoliberal, la restauración y la Agenda 2010; la cooperación social no siempre es un costo “evidente” que valga la pena para el capital. Esto obliga a veces a la burocracia a asumir una posición luchadora en contra de su propia voluntad. En Amazon, la burocracia de ver.di estaría dispuesta a traicionar a los trabajadores a cambio de cualquier oferta, sin importar cuán mala sea, si pudieran así restablecer su rol como socio de la “cooperación social”. Solo que el capital ya no ve ninguna necesidad de ello.

Por otra parte, en el conflicto de la Deutsche Post AG (correo), la burocracia se socava a sí misma: la ex empresa estatal desmantela las estructuras sindicales de ver.di, ya que la subdivisión de parte de la empresa en sociedades regionales significa también el desmantelamiento de las comisiones internas y los cuerpos de delegados. Después de dejar atomizados a los trabajadores y establecer una práctica de contratos temporales indefinidos, con salarios 20 a 30 % más bajos, la reorganización del gremio será muy difícil, y vendrán fuertes pérdidas materiales para ver.di. Pero después de cuatro semanas de huelga, el sindicato aprobó el plan y reconoció a las sociedades regionales. Eso muestra que más que a la pérdida de afiliados, a lo que le teme la burocracia es a la movilización independiente de los trabajadores y a la ruptura política con la ideología de la “cooperación social”, ambos factores necesarios para vencer la tercerización.

 

Sembrar la independencia de clase ahora

La disparidad entre los acontecimientos históricos y la situación de los distintos sectores, muestra que la continuidad y estabilidad de la “cooperación social”, supuestamente a favor de los intereses de los trabajadores, es una mentira fundamental del régimen alemán. La “cooperación social” en realidad es una variante específica de la colaboración de clases. La burguesía y la burocracia sindical coinciden en el interés por mantenerla como ideología; de lo contrario la primera debería legitimarse de una manera distinta y experimentaría más enfrentamientos; y la segunda perdería los privilegios de su rol de negociador dentro de la “cooperación social”, quedando desprotegida así de los trabajadores “rebeldes”. Pero a diferencia de la burguesía, a la burocracia sindical también le interesa mantener de forma permanente la cooperación social en tanto convenios colectivos por ramas, sueldos por encima de las necesidades de la reproducción, y estructuras sindicales reconocidas por el capital. Para la burguesía, en cambio, esto no es válido para cualquier período, como muestran la precarización, la superexplotación y el no-reconocimiento o el desmantelamiento parcial de las estructuras sindicales. Eso hace a la contradicción central de la actual coyuntura de huelgas. La burocracia a veces defiende la cooperación social aun cuando la patronal parece haberla dejado ir.

Dentro de la clase trabajadora misma sigue siendo muy extendida la utopía conservadora de “volver a los años dorados”, si bien el régimen de acumulación ya no ofrece la seguridad relativa y los salarios altos para todos, y la lucha de clases no los impone. A pesar de la tendencia al aumento de la precarización de sectores enteros, se mantiene aún la consciencia de la colaboración de clases. Si no fuera así, los burócratas no podrían imponer tan fácilmente sus maniobras para romper las huelgas. Aquí se evidencia la necesidad de una corriente clasista y antiburocrática en los sindicatos, y en última instancia, de un partido obrero revolucionario que se plantee enfrentar el conservadurismo y fundamentar su perspectiva revolucionaria con triunfos concretos en ese tiempo de derrotas.

Mientras tanto, la economía alemana crece pero los trabajadores no se benefician. Al contrario, la precarización aumenta todavía más. La actual coyuntura de huelgas es un reflejo defensivo de la clase obrera contra ese avance de la precarización. Los ataques no son producto de la debilidad sino de la fortaleza del capital alemán. A diferencia de lo que dicen los reformistas, los “sacrificios” de la clase obrera durante la crisis no trajeron consigo mejoras a largo plazo. Por el contrario, la pasividad y la indefensión de la clase trabajadora en Alemania, que se profundizaron durante estos años, son la condición para los ataques del capital –en Alemania y en toda Europa–. El carácter meramente defensivo de las luchas obreras actuales se basa en esa situación: el único antídoto es un programa de independencia de clase.

El acompañamiento político de las luchas que existen es una tarea básica de la izquierda revolucionaria. Es necesario ser parte del movimiento obrero, con independencia total del capital y de sus intermediarios, la burocracia, desafiando su dirección en la luchas en base a un programa transitorio. Es que en los países imperialistas, los sindicatos “o sirven al capitalismo o a las amplias masas explotadas”; la lucha por su recuperación como un instrumento de lucha de la clase trabajadora comienza hoy.

 

1. En septiembre de 1969, más de 140.000 trabajadores participaron de “huelgas salvajes” (sin autorización de los sindicatos) en la industria pesada a pesar de la negativa de la burocracia sindical.

Alemania

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