La clase obrera en debate

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MARCEL VAN DEL LINDEN Y PAULA VARELA

Número 15, noviembre 2015.

La crisis internacional ha vuelto a poner en discusión qué es la clase trabajadora hoy, el papel de sus organizaciones y su posibilidad de encabezar la resistencia a los planes  de ajuste y la pauperización. IdZ entrevistó a Marcel van der Linden, uno de los más importantes historiadores del trabajo en el mundo. Con él dialogamos sobre el concepto de clase obrera en Marx, su afán de actualizarlo a través de la noción de “trabajadores subalternos” y las dificultades para pensar la actualidad y el futuro de los “proletarios del mundo”, en clave de estrategias de poder.

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“Llegó el momento de ampliar la teoría del valor”

Entrevista a Marcel van der Linden

 

IdZ: En las ciencias sociales hay un retorno de los estudios sobre trabajadores. Un ejemplo de ello es su libro Workers of the World, como también los debates sobre la revitalización de los sindicatos en Inglaterra o el surgimiento de asociaciones como Strike and Social conflicts. ¿Cuál es su interpretación sobre este retorno?

Yo creo que este renovado interés no es un fenómeno general. En el norte de Europa (Alemania, Gran Bretaña, los Países Bajos, Escandinavia) hay menos interés en esto que en algunas otras partes del mundo, como América del Sur, Sudáfrica o India. La razón de este nuevo interés es obvia: la crisis económica global y el crecimiento de luchas de los trabajadores en diferentes partes del mundo. Al mismo tiempo, está claro que el crecimiento de la resistencia de la clase trabajadora no va acompañada por el crecimiento de movimientos obreros tradicionales (sindicatos, etc.). De acuerdo con la Confederación Internacional de los Sindicatos1, solo el 7 % de la clase trabajadora mundial está organizada, y este porcentaje no está aumentando.

 

IdZ: En Workers of the World usted critica el concepto de clase obrera de Marx por “estrecho” y propone reemplazarlo por el de “trabajadores subalternos”, que contemplaría otras formas de trabajo no estrictamente asalariado. Sin embargo, en Marx hay un análisis de estas formas “híbridas” como parte del desarrollo desigual del capitalismo global. ¿No considera que el tratamiento de esta cuestión en El Capital rebate la crítica de la estrechez del concepto de proletariado y permite abordar las actuales “zonas grises”?

Yo creo que hay un problema más profundo. Permítame usar el ejemplo de la esclavitud de plantación. Como es bien sabido, Marx aborda cuestiones relacionadas con el trabajo esclavo en muchos pasajes de sus textos. Él era más consciente del contraste entre trabajo asalariado y trabajo esclavo, que la mayoría de los marxistas del siglo XXI. Consideraba la esclavitud como un modo de explotación históricamente atrasado que pronto sería cosa del pasado, mientras el trabajo “libre” asalariado encarnaba el futuro capitalista. Comparó las dos formas de trabajo en varios escritos y ciertamente vio similitudes entre ellas: ambas producían un producto excedente, y el trabajador asalariado, exactamente como el esclavo, tenía que tener un amo que lo dirigiera e hiciera trabajar. Al mismo tiempo distinguía algunas diferencias que ensombrecían todas las experiencias comunes que compartían. Permítame hacer algunos comentarios breves y críticos sobre ello y señalar mis dudas. Primero, los trabajadores asalariados disponen de capacidad de trabajo, a saber, “el agregado de aquellas capacidades mentales y físicas existentes en la forma física, capacidades que se ponen en movimiento cuando él produce un valor de uso de cualquier tipo”; y esta capacidad de trabajo es la fuente de valor. El capitalista compra capacidad de trabajo como una mercancía porque espera que ésta provea un “servicio” específico llamado creación de “más valor que lo que ésta tiene en sí misma”. No ocurre lo mismo con la capacidad de trabajo esclavo. El dueño de esclavos “ha pagado en efectivo por su esclavo” y entonces el producto de su trabajo “representa el interés sobre el capital invertido en esa compra”. Pero, dado que para Marx el interés es solo una forma de valor excedente, parecería que los esclavos deberían producir plusvalor. Y es un hecho que, en las plantaciones de azúcar donde el trabajo esclavo era utilizado, rendían ganancias considerables porque la mercancía azúcar implicaba más valor que el capital invertido por el dueño de la plantación (renta de la tierra, amortización de los esclavos, amortización de la prensa de la caña de azúcar, etc.).

Entonces, ¿es realmente el caso que solo el trabajador asalariado produce el equivalente de su propio valor más “un exceso, un plusvalor”? ¿O es también el esclavo una “fuente de valor”? Segundo, Marx establece que la fuerza de trabajo puede “aparecer en el mercado como una mercancía, solo si su poseedor, el individuo que posee la fuerza de trabajo, la ofrece para la venta o la vende como mercancía. Para que su poseedor pueda venderla como una mercancía, él debe tener esa fuerza de trabajo a su disposición, él debe ser el propietario libre de su propia capacidad laboral, por lo tanto, de su persona”2. El futuro trabajador asalariado y el dueño del dinero “se encuentran en el mercado y entran en relación uno con el otro en un pie de igualdad como poseedores de mercancías, con la única diferencia que, uno es un comprador y el otro un vendedor; ambos, por ello iguales ante la ley”. En otras palabras: la fuerza de trabajo sería ofrecida para la venta por la persona que es portador y poseedor de la misma, y la ofrece exclusivamente. ¿Por qué debiera esto ser así? ¿Por qué la fuerza de trabajo no puede ser vendida por algún otro distinto a su portador, como por ejemplo en el caso de niños que son obligados por sus padres a hacer trabajo asalariado en fábricas? ¿Por qué no puede la persona que ofrece su fuerza de trabajo para la venta, venderla condicionalmente junto con medios de producción?

¿Y por qué puede alguien que no posee fuerza de trabajo propia venderla, como en el caso de esclavos contratados cuyos dueños los proporcionaban a alguien a cambio de un pago? Tercero, el trabajador asalariado encarna capital variable. “Este reproduce el equivalente de su propio valor al tiempo que produce un excedente, un plusvalor, el cual puede en sí mismo variar, de acuerdo a las circunstancias. Esta parte del capital está siendo transformada continuamente de una magnitud constante a una variable; por ello lo llamo parte variable del capital o, más sintéticamente, capital variable”. “Solo porque el trabajo está presupuesto en forma de trabajo asalariado, y los medios de producción en forma de capital (es decir, como resultado de esta forma específica de estos dos agentes esenciales de la producción), es que una parte del valor (producto) se presenta como plusvalor y éste se presenta a sí mismo como ganancia del capitalista, como riqueza adicional obtenible para él”. Para Marx, el esclavo es parte del capital fijo, económicamente no diferente al ganado o las máquinas. “El dueño de esclavos compra su trabajador en la misma forma que compra su caballo”. El valor del capital-esclavo es su precio de venta y este valor del capital tiene que ser amortizado en el tiempo, exactamente como ocurre con el ganado y las máquinas. Pero ¿cuán justificado está Marx para defender que solo el trabajo asalariado es capital variable, sobre la base de que “esta parte del capital” puede ser mayor o menor? ¿No ocurre lo mismo con la producción de mercancías del trabajo esclavo?

Cuarto, cuando el trabajador asalariado produce una mercancía, la misma es “una unidad formada por valor de uso y valor”, por cuya razón “el proceso de producción debe ser una unidad compuesta de proceso de trabajo y proceso de creación de valor [Wertbildungsprozess]”. Nadie dudará de que los esclavos que producen azúcar, tabaco o índigo estén produciendo mercancías, exactamente igual que los trabajadores asalariados. Si este es el caso, entonces también producen valor. Marx niega esto dado que considera a los esclavos como parte del capital constante y sostiene que solo el capital variable crea valor. Quinto, el trabajador asalariado siempre se despoja de su fuerza de trabajo “por un período limitado solamente, en cuanto si lo hiciera totalmente, de una vez y para siempre, él estaría convirtiéndose de hombre libre en esclavo, de poseedor de una mercancía en una mercancía”. Normalmente uno se referiría a tal transacción como a un alquiler, y no como a una venta. La distinción entre un contrato de alquiler y uno de venta, puede parecer insignificante pero no lo es. “Cuando se cierra un contrato de venta, la sustancia de la mercancía se instituye en la propiedad de la otra parte, mientras que cuando se cierra un contrato de alquiler, la otra parte simplemente negocia el derecho a usar la mercancía; el vendedor pone a disposición su mercancía solo temporalmente, sin poner en discusión la propiedad de la misma” –como Franz Oppenheimer ha señalado correctamente–.

Cuando A vende a B una mercancía, B se transforma en el poseedor en lugar de A. Pero cuando A alquila a B una mercancía, A sigue siendo el dueño y B recibe simplemente el derecho a usar la mercancía por un tiempo estipulado. La sustancia de la mercancía permanece con A, mientras que B recibe su “uso y disfrute”. De este modo, si el trabajo asalariado es el alquiler de fuerza de trabajo, la diferencia entre trabajador asalariado y un esclavo no consiste en la “estipulación de un período de tiempo” por el cual la fuerza de trabajo es proporcionada, sino en el hecho de que, en un caso la fuerza de trabajo es alquilada, mientras en el otro, es vendida. ¿Por qué no encontramos esta consideración en Marx? Presumiblemente porque él hace aparecer la creación del proceso de valor en una perspectiva diferente. La sustancia del valor de la fuerza de trabajo es retenida por el trabajador más que cedida al capitalista. Engels sostuvo que las transacciones de alquiler son “solo una transferencia de valor ya existente, producido previamente; y la suma total de valores poseídos por un arrendador y el arrendatario juntos, permanecen después de la transacción, igual a como era antes”. Entonces, si el trabajo asalariado fuera también una relación de alquiler, no podría crear valor excedente.

Sexto, según Marx, la tasa de ganancia tiende a declinar porque la productividad social del trabajo aumenta constantemente: “dado que la masa de trabajo vivo declina continuamente en relación a la masa de trabajo objetivado que la pone en movimiento –por ejemplo los medios de producción consumidos productivamente–, la parte no paga de este trabajo vivo que está objetivada en el plusvalor debe estar en una relación de proporción siempre decreciente al valor del capital total aplicado”. El punto final de esta tendencia sería una situación en la cual el capital variable haya sido reducido a cero y el capital total consista exclusivamente en capital constante. En semejante situación, el colapso del capitalismo sería un hecho. Pero lo curioso es que ya existió tal fase terminal antes de la Revolución Industrial, a saber, las plantaciones del siglo XVII y XVIII. Estas plantaciones utilizaron trabajo esclavo por lo que, según las premisas de Marx, el capital total consistía exclusivamente en capital constante. ¿Cómo dar cuenta entonces del dinamismo económico de las plantaciones desde esa afirmación? El ejemplo del trabajo esclavo demuestra que Marx no proveyó una justificación consistente para la posición productiva privilegiada que el trabajo asalariado tiene en su teoría del valor. Hay muchos elementos para sugerir que los esclavos y trabajadores asalariados son estructuralmente más similares que lo que supusieron Marx y el marxismo tradicional. La realidad histórica del capitalismo ha caracterizado muchas formas híbridas y transicionales entre la esclavitud y el trabajo asalariado “libre”. Además, esclavos y trabajadores asalariados han realizado repetidamente el mismo trabajo en los mismos tipos de empresas. Es cierto, por supuesto, que la capacidad laboral de los esclavos es permanente propiedad del capitalista, mientras que el trabajador asalariado solo pone su capacidad de trabajo a disposición del capitalista por un tiempo estipulado, aún cuando lo haga repetidamente.

Lo que permanece poco claro, sin embargo, es por qué los esclavos no crearían plusvalor, mientras los trabajadores asalariados sí. Ha llegado el momento de ampliar la teoría del valor en tal forma que se reconozca el trabajo productivo de esclavos y otros trabajadores no libres, como un componente esencial de la economía capitalista.

 

IdZ: En la tradición marxista, la condición social del proletario determinó sus formas de organización colectiva y sus luchas, pero en el caso de trabajadores subalternos esa determinación está eliminada. Pareciera que, en el intento de evitar el economicismo, podría terminar introduciendo una suerte de autonomía de la acción política. Me gustaría preguntarle: ¿cómo podrían los trabajadores subalternos poner un final a sus condiciones subalternas?

¿Por qué piensa que la condición social de trabajadores subalternos no determina sus luchas y organizaciones colectivas? Usted no da argumentos. Yo diría que de acuerdo con la tradición marxista, es cierto para todas las clases sociales, que sus organizaciones colectivas y luchas están determinadas por su condición social. Probablemente su pregunta está inspirada en una noción de clase trabajadora muy específica, pasada de moda, la cual considera solamente trabajadores asalariados en agricultura, industria, minería y transporte como la “real” clase trabajadora. Pero piense, por ejemplo, las trabajadoras domésticas. ¿No son acaso ellas también asalariadas y parte de la clase trabajadora? ¿Y conoce usted ejemplos significativos de luchas conjuntas de, por ejemplo, trabajadores industriales y trabajadoras domésticas? Probablemente no. La clase trabajadora en el sentido marxista tradicional no fue nunca tan homogénea como frecuentemente se la supuso. Yo amplío la noción de clase trabajadora para incluir aparceros, esclavos modernos, etc. De este modo, por un lado, incremento la heterogeneidad de la clase, pero por otro lado, amplío la posibilidad de descubrir otras formas de alianzas interclases que análisis más viejos han descuidado. Por ejemplo, luchas conjuntas de esclavos y marinos (como las descriptas en el magnífico The Many-Headed Hydra de Peter Linebaugh y Marcus Rediker, de 2000), de aparceros y trabajos asalariados, entre otros. El peligro de plantear la pregunta como usted lo hace está en permitir que los análisis se guíen por como a uno le gustaría que fueran las cosas, en lugar de por un análisis materialista de relaciones de producción.

Lo que vemos ahora es cierta convergencia de las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores a escala global. Las llamadas relaciones de empleo estándar (Standard Employment Relation) en los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) están derrumbándose gradualmente y parece ser más un privilegio masculino que lo que fue previamente. La destrucción procede paso a paso, pero consistentemente. Las relaciones de trabajo en países ricos están comenzando a parecerse a aquellas de los países pobres. La precarización es una tendencia global. La actual demolición del “capitalismo social” confirma una visión acerca de los desarrollos a largo plazo que Istvan Meszaròs ha explicitado del siguiente modo: “La realidad objetiva de diferentes tipos de explotación –ambos, dentro de un determinado país y en el sistema mundial del capital monopólico– es tan incuestionable como son las diferencias objetivas en la tasa de ganancia en cualquier momento particular (…). De todas maneras, la realidad de los diferentes niveles de explotación y ganancia no alteran la ley fundamental en sí misma: es decir, la igualación creciente de los niveles diferenciales de explotación como tendencia global del desarrollo del capital mundial”. La feroz y creciente competencia global entre capitales ahora tiene un claro efecto igualador descendente en la calidad de vida y trabajo en las partes más desarrolladas del capitalismo global. Nuevas formas de resistencia y organización se están desarrollando, y una cuestión mayor es saber si los sindicatos tradicionales serán capaces de cambiar y transformarse en socios atractivos de las nuevas fuerzas sociales o si ellos declinarán más aún volviéndose obsoletos.

 

Traducción: Rodolfo Elbert y Angélica Caino.

 

1. ITUC por sus iniciales en inglés.

2. Las citas de los textos fueron traducidos del inglés original utilizado por van der Linden.

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MARCEL VAN DER LINDEN

Marcel van der Linden es Director de Investigación del Instituto Internacional de Historia Social de Amsterdam. Allí ha elaborado (junto con otros investigadores) la propuesta teórico-metodológica de una “Global Labor History” como nuevo punto de partida para “reconstruir el barco de la historia del trabajo”. Entre sus obras más importantes se encuentran Historia transnacional del trabajo (2006, único libro traducido al castellano), Workers of the World. Essays toward a Global Labor History (2008), Western Marxism and The Soviet Union. A Survey of Critical Theories and Debates since 1917 (2009) y el reciente Beyond Marx (2013), junto con Karl Heinz Roth. En 2014 recibió el Bochumer Historikerpreis (premio Bochum de Historia).

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Paradojas de una ampliación

Crítica al concepto de “trabajadores subalternos”

Paula Varela

 

En nuestra reseña crítica de Workers of the world1 señalábamos que el concepto de “trabajadores subalternos” que propone Marcel van der Linden lo empujaba, más tarde o más temprano, a un cuestionamiento de la teoría del valor de Marx. Efectivamente, como puede observarse en la entrevista, el centro de la argumentación para sostener la “ampliación” del concepto de clase trabajadora es el cuestionamiento a la especificidad que Marx encuentra en la forma de creación de valor bajo el capitalismo: la teoría del plusvalor.

Así las cosas, es importante separar dos discusiones que a veces aparecen mezcladas. La primera, la del reconocimiento de la heterogeneidad de la clase obrera y la pregunta sobre si esa heterogeneidad ha pegado un salto con las nuevas formas de la precarización laboral y la permanencia de formas híbridas que combinan trabajo asalariado con modos precapitalistas o cuentapropistas. En este punto, coincidimos con van der Linden en que la crisis económica internacional ha acelerado el proceso de precarización a nivel mundial transformando al “obrero estable fordista”, cada vez más, en una rareza. De hecho, la crisis ha logrado un doble movimiento simultáneo: una mayor homogenización a través del proceso de asalarización de la fuerza de trabajo a niveles nunca vistos; y una mayor heterogenización al interior de esa fuerza de trabajo asalarizada, con la aparición (o reaparición decadente) de formas híbridas, que son subsidiarias del proceso de acumulación de capital.

La segunda discusión es si esta heterogeneidad niega la teoría del valor de Marx y obliga a elaborar una nueva. Es en este punto en el que tenemos una disidencia con van der Linden, que deviene del hecho de que (como señalamos en la entrevista) la heterogeneidad y las formas híbridas ya están contempladas en la teoría del valor de Marx (lo que no significa que, sobre ese núcleo duro, no puedan elaborarse teorizaciones que den respuesta a fenómenos novedosos; pero sí, que se volvería innecesario y contraproducente desecharla). La importancia de recordar que esto “ya está en Marx” no reside en un reflejo dogmático o una cita de autoridad, sino en destacar el modo en que Marx analiza esta heterogeneidad y casos híbridos. Lejos de un afán clasificatorio o descriptivo, estos casos están explicados en su relación dialéctica con la forma predominante que asume el trabajo asalariado.

Esa es la potencia de la explicación que da Marx de la aparcería (por tomar el ejemplo que toma van der Linden). Su existencia no niega la tendencia a la asalarización en el campo sino que (aunque en apariencia parezca contradictorio), la aparcería es la forma concreta que asume el proceso de asalarización de las relaciones de producción en un contexto determinado (por ejemplo, el Sur de los Estados Unidos luego de la abolición de la esclavitud). ¿Las nuevas (o viejas) formas de aparcería, o trabajo domiciliario, o incluso esclavitud (que se han exponenciado en el neoliberalismo) niegan o, por el contrario, explican (en contextos concretos) la centralidad del trabajo asalariado (y por ende, de la teoría del valor de Marx)? Según van der Linden, la niegan. Para argumentarlo se basa en el análisis de los esclavos de plantación. Todo el edificio argumentativo del autor se basa en la comparación del esclavo de plantación y el trabajador asalariado, a partir del cual llegaría a la siguiente conclusión general:

 

El ejemplo del trabajo esclavo demuestra que Marx no proveyó una justificación consistente para la posición productiva privilegiada que el trabajo asalariado tiene en su teoría del valor. Hay muchos elementos para sugerir que los esclavos y los trabajadores asalariados son estructuralmente más similares que lo que supusieron Marx y el marxismo tradicional (…) Lo que permanece poco claro, sin embargo, es porqué los esclavos no crearían plusvalor, mientras que los trabajadores asalariados sí. Ha llegado el momento de ampliar la teoría del valor en tal forma que se reconozca el trabajo productivo de esclavos y otros trabajadores no libres, como un componente esencial de la economía capitalista (tomado de la entrevista).

 

Aquí está el meollo de la cuestión del que se derivan los argumentos que van der Linden ordena de primero al sexto en su texto. El problema de este argumento es que el caso que elige, los esclavos de plantación, no es equiparable al “trabajo esclavo en general” o a “otras formas de trabajo pre-capitalistas” (equiparación que el autor realiza sin beneficio de inventario). Por el contrario, es un sistema de producción esclavo en el marco de la generalización de las relaciones de producción capitalistas. O, para decirlo con palabras de Marx (referidas a la esclavitud negra en el sur de EE. UU. surgida después de la revolución industrial en Inglaterra, lo que implicó una demanda creciente de algodón):

 

…donde las especulaciones comerciales figuran desde el comienzo y la producción está dirigida al mercado mundial, el modo capitalista de producción existe, aunque solo en un sentido formal, dado que la esclavitud de los negros, impide el trabajo asalariado libre, que es la base de la producción capitalista. Pero el negocio en el que los negros son empleados es dirigido por capitalistas. El método de producción que ellos introducen no ha surgido de la esclavitud sino que es injertado en ella2.

 

Es esa particularidad lo que hace que haya una serie de semejanzas entre el trabajo esclavo de plantación y el trabajo asalariado: por ejemplo, la producción de plusvalor. Efectivamente, el trabajo esclavo en las plantaciones modernas produce plusvalor. Pero esto no prueba que todo trabajo esclavo (o precapitalista) produce plusvalor. Prueba, más bien, la forma (o las formas) en que el capitalismo subsume modos precapitalistas para hacerlos producir bajo la ley del valor.

 

Pero no bien los pueblos cuya producción aún se mueve bajo las formas inferiores del trabajo esclavo y de la prestación personal servil son arrastrados a un mercado mundial en el que impera el modo de producción capitalista y donde la venta de los productos en el extranjero se convierte en el interés prevaleciente, sobre los horrores bárbaros de la esclavitud, de la servidumbre de la gleba, etcétera, se injerta el horror civilizado del exceso de trabajo. De ahí que el trabajo de los negros en los estados meridionales de la Unión norteamericana mantuviera un carácter moderadamente patriarcal mientras la producción se orientaba, en lo fundamental, a la satisfacción de las necesidades inmediatas. Pero en la medida en que la exportación algodonera se transformó en interés vital de esos estados, el trabajo excesivo del negro, a veces el consumo de su vida en siete años de trabajo, se convirtió en factor de un sistema calculado y calculador. Ya no se trataba de arrancarle cierta masa de productos útiles. De lo que se trataba ahora era de la producción del plusvalor mismo3.

 

Desentenderse de esta peculiaridad del trabajo esclavo moderno lleva a van der Linden a una suerte de paradoja del historiador: la posibilidad de la ampliación del concepto de clase trabajadora al de “trabajadores subalternos” (y su subsecuente modificación de la teoría del valor de Marx) termina apoyándose en una cierta deshistorización de las formas de producción social. Mientras Marx se interroga sobre las condiciones históricas que permiten que el trabajo incorporado en los valores de uso se exprese como valor, y el plustrabajo se transforme en plusvalor (que no son otras que la de la transformación de la fuerza de trabajo en una mercancía4); van der Linden parece recorrer el camino contrario, y disocia las formas particulares, distintas del trabajo asalariado de este contexto de preeminencia de las relaciones asalariadas, para tomarlas como prueba de las insuficiencias de la teoría marxista del valor. Elabora una teoría del valor-trabajo indeterminada, en el sentido de que pierde el presupuesto de una forma histórica determinada de relaciones de producción.

Es esa indeterminación la que nos lleva a volver sobre la última pregunta de la entrevista: la relación entre la posición social y la acción política. Creo que ha sido malinterpretada (o ha estado mal formulada). No es una pregunta sociológica sobre si la clase obrera es o no es heterogénea. Es una pregunta política que, materialismo mediante, inquiere sobre la relación entre la forma en que se aborda teóricamente esta heterogeneidad evidente y la forma en que se piensa política o estratégicamente la posibilidad de que los débiles se vuelan contra los poderosos. La pregunta concreta es: ¿en una teoría en que no se diferencia el trabajo esclavo del trabajo asalariado o el del campesino de autosubsistencia, cómo es posible pensar la subversión? ¿Hay que pensar en una revolución, en una rebelión campesina o una revuelta de esclavos? O, dicho de otro modo, si cualquiera de esas formas es posible, ¿para cuál de ellas hay que prepararse?

Dado que significan tipos de organización y estrategias muy distintas, pasa a ser una pregunta de peso (más aún en tiempos de crisis). Ante estas preguntas, aparece una respuesta de carácter general: hay que hacer alianzas en la heterogeneidad. No podemos menos que señalar dos cosas: que estamos de acuerdo y que como respuesta es insuficiente. Porque la pregunta sigue siendo alrededor de qué se articula la alianza entre los distintos sectores de los trabajadores heterogéneos e incluso más, entre los trabajadores y otros sectores que quedan por fuera de ellos. Esa pregunta remite a lo que en la tradición marxista constituye los debates sobre la hegemonía. En las teorías populistas, como la de Ernesto Laclau que en Argentina cobró bastante peso durante el kirchnerismo, esa articulación (alrededor del pueblo) supone, en términos teóricos, la disociación entre la posición social y la articulación política5. En esa disociación se pierde toda posibilidad de revolución.

En los debates sobre la crisis de los sindicatos y la propuesta de sindicalismo de movimiento social como estrategia de revitalización sindical (contra el modelo socialdemócrata corporativo), el problema de la articulación también está planteado y su solución queda librada a la buena voluntad (volviéndola una teoría voluntarista). Eso es así porque en términos teóricos hay una equivalencia entre las diversas opresiones de los distintos movimientos sociales que deben articularse. La pregunta de van der Linden sobre si los sindicatos podrán ser socios atractivos de las nuevas fuerzas sociales que se despliegan, es de primer orden. Es decir, ¿podrán ser atractivos para los jóvenes que en junio de 20136 salieron de a decenas de miles en distintos puntos de Brasil a pedir, originariamente por el boleto de colectivo y luego por un malestar que no tenía consigna clara? Pero esa pregunta obliga a una posterior: ¿qué puede volver “atractivos” a los sindicatos? Para que la respuesta escape al voluntarismo (en el que se estanca la teoría del sindicalismo de movimiento social y también los populismos), tiene que anclarse en algo más que las buenas intenciones (a riesgo de que los deseos políticos se sobreimpongan al análisis materialista de las relaciones de producción).

John Womack planteó este problema cuando habló de la necesidad de volver a mirar la “posición estratégica”. En su recorrido crítico por los últimos 40 años de las teorías de sociología del trabajo, señaló como problema central (asociado a la ausencia de la pregunta por la posibilidad de que los trabajadores reviertan su situación de explotación) el abandono del estudio sobre cuáles son las posiciones estratégicas al interior de una unidad productiva y también a nivel del territorio nacional e internacional. Es interesante observar que, para poder definir el concepto de “posición estratégica”, Womack haya tenido que remitirse a los debates de Tercera Internacional7. Es decir, al momento en que el marxismo tenía como norte la conquista el poder, motivo por el cual necesitaba discutir los problemas de alianzas de clase y hegemonía, como cuestiones centrales de la estrategia.

La pregunta respecto de si los sindicatos pueden ser atractivos está directamente relacionada a si los trabajadores asalariados (que son a quienes se organizan en los sindicatos) están o no en una posición estratégica alrededor de la cual se pueda articular la resistencia. En la teoría de los “trabajadores subalternos”, la indeterminación de la categoría y la indiferenciación cualitativa entre los distintos sectores de trabajadores subalternos hace imposible responder esa pregunta. ¿Quién está mejor posicionado para hacer de punto de Arquímedes de una resistencia que, necesariamente requiere alianzas intra e inter clase? ¿Es aquel que tiene una plantación para la subsistencia en un asentamiento del conurbano bonaerense, o es aquel que trabaja en el piso 9 del Edificio República de la empresa Telefónica de Argentina, piso en el que se concentran los comandos de comunicación de la mitad de la Ciudad de Buenos Aires? ¿Ambas posiciones son iguales? Porque si lo son, la discusión sobre la revitalización de los sindicatos pasa a ser relativamente irrelevante (o tan relevante como la discusión sobre la revitalización de las cooperativas, las sociedades de fomento, o cualquier otra forma organizativa). Si no lo son, y el trabajador telefónico detenta una posición estratégica de mayor fortaleza, entonces la discusión de qué hacemos con los sindicatos, pasa a ser relevante. Por ejemplo, porque permite preguntarse qué estrategias poner en juego para que los sindicatos no reproduzcan la operación de transformación de la heterogeneidad en fragmentación que realizó la burguesía entre precarios y efectivos, o entre ocupados y desocupados (fragmentación que en Argentina se expresó en la división entre organizaciones piqueteras y sindicales), o entre nativos y extranjeros, en un contexto en que los Estados desarrollan políticas de expulsión de inmigrantes que se expanden con la crisis. La teoría del valor de Marx permite distinguir entre estos dos hombres o mujeres, reconociendo que, si bien ambos trabajan, al hacerlo, no ocupan los dos la misma posición en las relaciones sociales de producción. Esa distinción resulta más poderosa que una indistinción que al “ampliar” los márgenes del concepto, achica el poder explicativo de la teoría y por ende, ensancha los márgenes de incertidumbre en el campo de la acción política.

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1.Véase Paula Varela, Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda 1, año 1, septiembre 2012.

2. Citado en Daniel Gaido, “Un análisis materialista de la esclavitud y la aparcería en el sur de Estados Unidos”, publicado originariamente en The Journal of Peasant Studies 1, Vol. 28, octubre 2000. En este trabajo, Gaido señala que “El ascenso y la caída de la esclavitud norteamericana fue, por lo tanto, un proceso dialéctico, por el cual el trabajo forzado, originalmente un estímulo para el desarrollo de la producción de mercancías y, por lo tanto, del capitalismo en el norte de Estados Unidos y en Europa, se volvió su opuesto y tuvo que ser removido para permitir el más amplio desarrollo de las relaciones sociales capitalistas” (p.7).

3. Karl Marx, El capital, Vol.1, capítulo 8, Bs. As., Siglo XXI, 1975, p. 284.

4. “Lo que puede variar con el cambio de las circunstancias históricas, es la forma en que operan esas leyes. Y la forma en que opera esa división proporcional del trabajo en un estado de la sociedad en que la interconexión del trabajo social se manifiesta en el intercambio privado de cada uno de los productos del trabajo, es precisamente el valor de cambio de esos productos. La ciencia (es decir, la ciencia de la economía política) consiste precisamente en demostrar cómo opera la ley del valor” (carta de Marx a Kugelman, 11 de julio de 1868, disponible en www.marxists.org).

5. Ver Claudia Cintatti, “Ernesto laclau y el elogio de la hegemonía burguesa” y Gastón Gutiérrez, “Laclau y el rechazo a la dialéctica” en IdZ 10.

6. Ver entrevista a Ricardo Antunes, “El mito del país de la clase media se desmoroó”, en IdZ 1, junio 2013.

7. Ver Posición estratégica y fuerza obrera. Hacia una nueva historia de los movimientos obreros. Hacia una nueva historia de los movimientos obreros, México, FCE, 2007.

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