La clase de economía que nos dejaron los “Kici-boys”

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LUCIA ORTEGA

Comité de redacción

Número 24, octubre 2015.

 

Axel Kicillof: Yo sinceramente toda mi vida creí en esto.

– ¿Qué es esto?

AK: Esto que no tiene mucho que ver con lo que piensa la teoría económica dominante.

– La que existió hasta acá…

AK: – Y la que enseñan en muchos…No, porque hay diferentes escuelas…

 

Imagino que no fui la única a la que le hubiera gustado escuchar más en qué consiste “esto” que vagamente señala el actual ministro de Economía como los fundamentos teóricos en los cuales “cree”; aquella “escuela económica diferente” que prefirió evitar explicitar con una maniobra rápida, ayudado por la interrupción de su entrevistador Adrián Paenza en el programa de matriz oficialista “Economía sin corbata”. Y sí, Axel Kicillof no se atrevió a decirlo. La teoría hegemónica en las carreras universitarias de Economía del país es una versión remixada de la síntesis neoclásico-keynesiana desde la irrupción de la última dictadura militar. Una teoría abocada a priorizar la construcción de modelos matemáticos de oferta y demanda que suponen la acción racional de individuos aislados, a pesar del influjo de los vaivenes de distintas “modas” académicas que han preservado lo principal de los fundamentos de la “racionalidad” del homo economicus.

El kirchnerismo dice haber cambiado la relación entre economía y política, una “batalla cultural” que denuesta a los tecnócratas poco afectos a considerar las implicancias sociales de las recetas económicas que proponen. Pero, después de doce años de gobierno bajo el “modelo de crecimiento con inclusión social” que pregona haber impulsado en materia económica el gobierno kirchnerista, la formación de los más de 700 economistas que egresan por año en la Argentina no tuvo transformaciones sustanciales. Más allá de los planteos del Plan Fénix y sus “voces” que se publican regularmente con Página/12, de La Gran MaKro y los congresos de AEDA, el pensamiento dominante en los planes de estudios y los contenidos curriculares de cada materia sigue siendo la matriz ortodoxa neoclásica-keynesiana, el sustento alimenticio de los “Chicago boys” (los Cavallo, Melconian, Bein, Lavagna, López Murphy, etc.). La misma que fuese criticada en las épocas del joven Axel y su entorno heterodoxo antes de pasar a ocupar el sillón principal del palacio de Hacienda desde donde efectuó sin tapujos la política devaluatoria más pronunciada de la era K. ¿Es que acaso la economía política del kirchnerismo tiene algo novedoso que aportar a la construcción de una teoría para la transformación social?

En este artículo queremos empezar a desatar algunos nudos para acercarnos a los elementos que permiten explicar por qué los cambios en la enseñanza de la economía son mucho menores que lo que uno podría pensar leyendo un domingo Cash, suplemento económico de uno de los diarios más oficialistas del país.

 

La estrechez del debate ortodoxia/heterodoxia

La crisis de la economía mainstream acumula ya varios años y ha tenido manifestaciones en distintas universidades del mundo. Desde el movimiento estudiantil “Economía post-autista” en Francia en los años 2000, hasta el “levantamiento masivo” de una clase en 2011 de los estudiantes de economía de Harvard nada más ni nada menos que contra el profesor, eminencia neoclásica y ex asesor de Bush, Gregory Mankiw. Allí se rebelaron en contra del pensamiento único, en el marco de la crisis mundial y el surgimiento de movimientos sociales como Occupy Wall Street.

El reverdecer de la crítica a los contenidos en los planes de estudio en los últimos años en Argentina [1] se debe más a la impotencia explícita de la escuela neoclásica para explicar la crisis capitalista mundial, así como la crisis de 2001 en el país, y para brindar soluciones profundas, que a cualquier novedad local que tenga para dar el modelo de acumulación post-convertibilidad. La economía política kirchnerista ha pretendido diferenciarse de la teoría dominante y catalogarse de heterodoxa bajo la idea de que “el rol del Estado es asignar los recursos de manera distinta”. Vaya cambio conceptual respecto al tradicional objetivo neoclásico de “asignar recursos escasos para necesidades múltiples”. Aunque sí, como veremos, implica una particular concepción del papel del economista y una variante valorativa de los distintos instrumentos de política económica burguesa.

Como señala Christian Castillo en esta revista, el conjunto de las políticas del gobierno no se corresponden con ningún sustento teórico sólido, se compone principalmente de respuestas pragmáticas ante los problemas generados por el propio esquema adoptado en la salida de la convertibilidad, en el que no se descarta la aplicación de medidas “ortodoxas”. Ello explica las variadas facetas que adoptó el rótulo de “heterodoxia” en el gobierno, desde el devaluacionista y negociador con el FMI Roberto Lavagna, el traumático paso de Lousteau y el neoliberal ex miembro de la UCeDé Amado Boudou, al “estatalista recargado” Kicillof. Experiencia que también estuvo teñida de escándalos de corrupción, como la “bolsita” de Miceli, y ministros que ya nadie recuerda como Miguel Peirano, Carlos Fernández y “#MeQuieroIr” Lorenzino. Sin contar la actuación de Guillermo Moreno, avatar de un pragmatismo que puede confundirse con heterodoxia. El oficialismo tomó de esta última un cambio de discurso en el que se reivindica como positivo todo aquello que la ortodoxia señala como un problema o desequilibrio macroeconómico. Si aparece un rojo en las cuentas fiscales, se trata de un elemento pro-cíclico, si se acelera la inflación es síntoma de una normal “puja distributiva” que expresa el crecimiento de la actividad económica, y así.

Quien quizás fue más explícito en la reivindicación de ciertas raíces teóricas fue Axel Kicillof, en una versión aggiornada del poskeynesianismo, ese que remite a Joan Robinson y otros neoricardianos del entorno de Lord Keynes que continuaron una variante de “izquierda”, “crítica”, de su teoría. En este retorno de Keynes –ahora como farsa–, se plantea que “hay que distribuir para crecer” impulsando la demanda, en contraposición a la idea neoclásica de favorecer a la oferta basándose en la ley de Say [2]. Pero la cuestión que aparece en primer lugar ante la crisis capitalista es que no es Keynes sino Marx quien vuelve a escena. Como han mencionado varios “heterodoxos”, hoy funcionarios del gobierno, los fundamentos teóricos y metodológicos keynesianos poco se apartan de la ortodoxia, por más que Kicillof pretenda encontrar en Keynes una ruptura más radical de la teoría de los precios neoclásica de la que efectivamente tuvo, cuestión refutada por Paula Bach un número previo de esta revista. Distintas escuelas que proliferaron en las últimas décadas –entre ellos, poskeynesianos, regulacionistas, estructuralistas, etc.– han realizado cuestionamientos y enfoques alternativos, pero terminan arrastrados por la lógica de producción de conocimiento dominante que es condición para que sus postulados sean validados como científicos. Así, reaparecen intentos por modelizar y realizar formalizaciones matemáticas o expresar sus ideas mediante curvas de oferta y demanda en situaciones de equilibrio [3].

Definir a la heterodoxia por la negativa, en oposición a la ortodoxia, no solo es inconducente, dado que los límites epistemológicos, teóricos y prácticos son –en el mejor de los casos– difusos, sino que también conlleva un peligro que vale señalar: da igual si se adhiere a los lineamientos de Keynes, Sraffa, Marx o Prebisch, lo importante se reduce solo a la oposición al pensamiento neoliberal. En mi opinión, la pluralidad pierde el sentido si no está al servicio de discutir el objeto de estudio de la economía, el modo de construir conocimiento sobre el mismo y, principalmente, cuáles son los métodos superadores para alcanzar una acción verdaderamente transformadora de la realidad. Una realidad históricamente determinada –por más que renieguen de ello los manuales de economía– basada en la producción capitalista, cuyos problemas intrínsecos no dejan margen de solución intermedia entre proponer remedios de curandero y realizar una crítica radical. En este marco, el marxismo no es ni una heterodoxia, ni una variante, ni mucho menos una “escuela” que pretende “corregir” el estado de cosas. Es la crítica de la economía política burguesa que pone en el centro del análisis que la energía vital del sistema capitalista, el movimiento que está detrás de las crisis, el crecimiento, la inflación y las luchas sociales es la disputa por la apropiación de plusvalía. La fuente de todo valor es el trabajo humano social, que en el capitalismo tiene la forma de trabajo asalariado. Por ello, de estos mismos trabajadores que producen la riqueza es de donde puede surgir una fuerza social capaz de superar la explotación como base del sistema social.

 

La maquinita de emitir… economistas

En Argentina existen actualmente 48 licenciaturas en Economía entre universidades públicas y privadas [4]. La estructura troncal de las carreras sigue siendo hoy transversal a la mayoría de las licenciaturas públicas: matemática, estadística y econometría, macroeconomía y microeconomía. En pocas palabras, la matriz de pensamiento que estructura y hegemoniza los planes de estudio en economía es la síntesis neoclásica-keynesiana. Bajo el hipnótico bagaje de complejos desarrollos matemáticos se trata a la economía como una ciencia natural (no social) y se plantea, entre otras cosas, que en lugar de clases sociales hay “factores productivos”, que todos somos iguales en el mercado y que el valor es “subjetivo”. Es cierto que hay excepciones. En algunos cursos los docentes logran incorporar contenidos “alternativos” o críticos al modelo neoclásico. No obstante, quienes bregamos porque los economistas se aboquen a la crítica de lo existente como base para una práctica transformadora, sabemos que no es suficiente el esfuerzo aislado de un puñado heterogéneo de docentes “críticos” sumergidos en una estructura eminentemente conservadora.

En algunas facultades la raigambre neoliberal está más extendida, como en La Plata, Bahía Blanca, Córdoba o Tucumán. Por su parte, la Universidad de Buenos Aires (UBA) concentra el 40 % de los estudiantes de economía del país [5] y sigue teniendo mayor gravitación sobre el resto en términos de influencia y referencia en la formación de economistas. En ella, la matriz de estudios neoclásica, delineada al calor de la Ley de Educación Superior en el Plan 1997, permanece inalterada. Pero el tronco ideológico predominante convive con propuestas institucionales afines al gobierno, como el Plan Fénix, lo que se traduce en un dispositivo caótico en el tránsito de la enseñanza. Una “cultura” heterodoxa, que es proclamada positivamente, ampliada y difundida desde lo más alto de la FCE-UBA, va de la mano de una rutinaria reproducción de los postulados neoclásicos con los cuales la mayor parte de lo que hoy se autodefine como “heterodoxia” convive malamente.

En otros casos, las luchas que dimos profesores y estudiantes se plasmaron en la conquista de planes de estudio más abiertos, como en las universidades nacionales de Quilmes o General Sarmiento. Pero en definitiva lo que prima en general es la idea de “cientificidad” económica allí donde existe modelización y formalización matemática, sobre la base de los fundamentos del individuo maximizador como un agente que toma decisiones “racionales” (casualmente, una racionalidad que siempre coincide con la del capital).

 

El legado Kici-boys y el fetichismo del economista

El kirchnerismo se encargó de generar una batería de usinas ideológicas para influenciar en las universidades en nombre de las heterogéneas heterodoxias. Entre ellas La Gran MaKro, fundada por Boudou, los congresos AEDA o la sciolista Fundación Dar. Su objetivo fue, a partir de las estructuras dadas, reivindicar el nuevo curso de acumulación capitalista que se implementó en su gobierno. Siendo realistas, lejos estuvo de proponerse cuestionar la orientación principal y los fundamentos sobre los cuales se apoya la formación de economistas.

Igualmente el kirchnerismo asestó un golpe simbólico más sutil sobre el conjunto de los autodenominados heterodoxos o críticos: Axel Kicillof y su equipo, surgidos de las entrañas de las luchas contra la escuela neoclásica en la UBA, pasan a ser los abanderados del “modelo” asumiendo las riendas del Ministerio de Economía y varias funciones en el Estado para administrar los tiempos económicos del fin de ciclo con una fachada “progresista”. La visión del economista como tecnócrata adquirió una versión renovada en los “Kici-boys” quienes, sumergidos en los límites que impone la realidad material, estaban impedidos desde el vamos de alcanzar las metas que la heterodoxia que dice tener. No nos extraña por eso la apelación a recetas neoliberales que simultáneamente aparentan enfrentar: devaluación, emisión de deuda, topes salariales. Se arriba así a una irónica paradoja que invierte la crítica de la formación de los economistas: ahora los propios Kici-boys son sujetos de un curso acelerado de ortodoxia.

Este problema se agudiza aún más si se observa la disociación con la “economía real”. El crecimiento y la inclusión que Kicillof asume como verdades de su política económica, ni siquiera se verificaron en su gestión ministerial: su primer política devaluacionista en enero de 2014, que denominó “corrimiento del tipo de cambio”, generó una pérdida de poder adquisitivo de los asalariados que en 2015 todavía no alcanzaron a recuperar. Vale decir, con sus palabras, el foco principal siguió siendo “la oferta”, impulsando topes salariales para favorecer la rentabilidad empresaria, “enfriar” la economía para acortar el estrechamiento en Balance de Pagos y la caída en las reservas del Banco Central, que bajo ningún motivo ponía en cuestión su uso para el pago de deuda a los “buitres” acreedores. Las políticas de demanda aplicadas simultáneamente fueron un intento de borrar con una mano lo que se escribía con la otra, funcionando más como un mecanismo de contención social frente a la pérdida adquisitiva que como una receta de crecimiento. Por ello, nadie se sorprendió cuando la gestión de la Facultad de Ciencias Económicas de la UNLP, alineada con los enfoques ortodoxos, recibió con los brazos abiertos al actual ministro de Economía. Mal que les pese a muchos, oponerse al neoliberalismo desde la heterodoxia no es garantía de progresismo.

Este derrotero de la economía política kirchnerista mostró entonces los límites del fetiche del economista respecto del Estado burgués: la idea de que con la política económica desde un sillón se puede aspirar a un cambio en la dinámica del desarrollo capitalista, a un ordenamiento dirigista de la acumulación de capital, sin afectar los intereses de los sectores más concentrados, los exportadores y los banqueros y por fuera de la irrupción independiente de la clase obrera como sujeto. La variante “kicillofista” del economista en un supuesto rol disciplinador e instrumentador de una serie de variables que lograrían el desarrollo y la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, se revela en todo su carácter falaz. No pretendo negar la necesidad de comprender una visión integral del proceso de producción, tal como podría concederse al objeto de estudio de la economía. Sino señalar que para propender al desarrollo de las fuerzas productivas deben trastocarse sustancialmente varias estructuras del orden capitalista de un país como Argentina e incluso de la relación del mismo con el orden mundial que lo determina. Es evidente que semejante “empresa” no podemos pensarla aisladamente sino como una tarea que reposa en la fuerza social de los que producimos el valor, los trabajadores –del país, de Latinoamérica y del mundo.

De esta forma, se nos presenta más que nunca la necesidad de debatir cuál es el objeto de la formación de los economistas y analizar profundamente qué lecciones nos deja la experiencia económica del kirchnerismo. Volver al camino de la crítica de la economía política iniciado por Marx y enriquecido por generaciones de teóricos revolucionarios al calor de más de ciento cincuenta años de lucha de la clase obrera internacional. Emprender una crítica de las ataduras autoimpuestas por la producción capitalista es el camino propuesto.



[1] Que ha dado lugar a la formación de distintos espacios de discusión de estudiantes y docentes de universidades nacionales, como las Jornadas de Economía Crítica desde el 2007.

[2] Ley de Say: “toda oferta crea su demanda”.

[3] Rikap, C. y Arakaki, A. (2015), “Contribución a la crítica de la enseñanza de Economía en la UBA”, Cuadernos de Economía Crítica Nº3.

[4] Buraschi, S. et al, (2015), “La formación de economistas en Argentina y Uruguay: la distribución de la carga horaria por áreas temáticas en nuestros planes de estudio”, Cuadernos de Economía Crítica Nº3.

[5] Rozenwurcel G., et al, (2009), La enseñanza de economía en Argentina, Escuela de Política y Gobierno, UNSAM y Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

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