#juventudenlascalles

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JUAN ANDRÉS GALLARDO

 

La juventud en masa toma las calles. Impulsada por diversos motivos y expresando diferentes grados de radicalidad y subjetividad, esta irrupción ya es un símbolo distintivo de la escena contemporánea y un prometedor nuevo “espíritu de época”.

 

 

El despertar de un gigante

Las movilizaciones multitudinarias que sacudieron a un país con dimensiones continentales como Brasil desde principios de junio conmovieron al mundo entero. No es para menos. Estas manifestaciones históricas suceden en el país presentado como símbolo de estabilidad, prosperidad, crecimiento y consenso. Cientos de miles de jóvenes despertaron a la vida política durante estas jornadas y corrieron el velo para mostrar al mundo la otra cara del “milagro brasilero” encabezado por el PT. Lo que comenzó como una serie de pequeñas marchas contra el aumento de 20 centavos del boleto del transporte público, pegó un salto después de la brutal represión del 13 de junio en San Pablo. La respuesta no fue solo la extensión nacional del movimiento (que llegó a expandirse a 100 ciudades del país), sino la multiplicación de las demandas, mostrando un Brasil desigual, precario y con graves deficiencias en los servicios básicos, a pesar de una década de crecimiento económico.

La composición social de las movilizaciones, mayoritariamente juvenil y de clase media, le dio una tónica de “protesta cívica” y de defensa del derecho a manifestarse frente a la represión gubernamental (que tuvo que cuestionar el accionar de la policía y alejarla del recorrido de las movilizaciones durante los días posteriores).

La juventud y los estudiantes se erigieron en verdaderos representantes de un profundo descontento nacional. Aun cuando Dilma y los gobiernos estaduales tuvieron que retroceder en el aumento, las demandas, que se multiplicaron con el correr de los días, expresaron problemas sociales mucho más profundos y extendidos, motorizados por una juventud que es hija de la llamada “nueva clase media”. Caratulada sociológicamente como “clase C”, está compuesta por unas 30 millones de personas que, estadísticamente, durante la última década salieron de la pobreza y pasaron a formar parte del escalón más bajo de la clase media, accediendo a un cierto nivel de consumo. Pero esto contrasta con la pésima calidad de la salud, la educación y servicios como el transporte1, combinado con el inicio de un período de estancamiento económico con creciente inflación.

Las calles de San Pablo, Río de Janeiro, Belo Horizonte y otras 100 ciudades, pusieron de manifiesto los contrastes y los problemas irresueltos del “milagro brasilero”. La indignación incluyó los negociados detrás de los 15.000 millones de dólares para el Mundial de Fútbol y la corrupción rampante de oficialistas y opositores (que ya viene de hace rato, como lo demostró el escándalo del Mesalao bajo Lula), acompañada de un repudio a la clase política y la burocracia. El cuestionamiento masivo a un evento como el mundial de fútbol, nada más y nada menos que en Brasil, habla por sí solo de la profundidad del descontento. Es sintomática una de las consignas que se coreaban fuera de los estadios durante la Copa de Confederaciones: “Brasil, vamos a despertar, un profesor valer Neymar”.

Al calor de estas inéditas y “sorpresivas” manifestaciones, se expresaron otras demandas como el repudio a la homofobia o por el derecho al aborto, que cuestionan la alianza entre el PT y la iglesia evangélica, que es su socio parlamentario, y que pusieron a discusión el “Estatuto del Nasciturus” y un proyecto de ley conocido con el nombre de “Cura Gay”2. En el país ejemplo del “progresismo”, los aliados íntimos de la “compañera” Dilma proponen “curar” la homosexualidad.

Más allá de cómo se desarrollen las movilizaciones, lo cierto es que amplios sectores de la juventud irrumpieron en la vida política de la séptima economía del mundo y ya nada volverá a ser como antes. De esto tomaron nota rápidamente Dilma y el PT, abriendo la posibilidad de plebiscitar algunas tibias reformas, para intentar canalizar el cuestionamiento callejero hacia alguna vía institucional. Las movilizaciones en Brasil, antecedidas por las de Turquía y seguidas por un nuevo “acto” del proceso egipcio, son parte de un fenómeno extendido a nivel internacional, que tiene a la juventud como principal protagonista.

 

Un espíritu de época

La juventud indignada en el Estado Español, OWS en EE. UU., los jóvenes chilenos, mexicanos, griegos y también los que formaron parte de la “Primavera árabe”, comparten y dan nacimiento a un espíritu de época que, pese a las diferencias culturales y políticas, se “globalizó” a la par de la caída en desgracia del discurso triunfalista e integrador de un capitalismo que tiene cada vez menos que ofrecer a una generación que no vive ninguno de sus “logros”, y padece muchas de sus miserias.

La democracia burguesa que durante la etapa neoliberal se expandió a nuevas regiones del planeta, lo hizo a costa de su propia degradación. Lo que fue presentado como la mejor y la única forma de representación de los intereses generales se muestra cada vez más incapaz de garantizar los derechos básicos, la integración política o la igualdad. Además la crisis sacudió uno de sus pilares ideológicos: la realización individual por medio del acceso al consumo, algo cada vez más restringido.

Los efectos de la crisis económica se suman a la decadencia de la hegemonía norteamericana por los catastróficos resultados de las guerras en Irak y Afganistán. Este escenario internacional se entrelaza con las realidades de cada país: el aumento del trabajo precario, la desocupación, la corrupción, la falta de libertades, o la sensación de que años de crecimiento no cambiaron en lo esencial la estructura desigual, como ocurre en países de la periferia.

En la década previa encontramos, al menos, dos fenómenos anticipatorios. El movimiento antiglobal y el movimiento contra la guerra de Irak, aunque ambos fueron o desviados o derrotados en sus objetivos, empezaron a mostrar un cuestionamiento más general del capitalismo, el guerrerismo norteamericano y la voracidad de las corporaciones.

El movimiento juvenil actual nace cuestionando gobiernos, criticando y protestando contra las condiciones sociales. Toma parte de ese espíritu de los fenómenos anteriores, pero al estar atravesados por la crisis económica y, en muchos casos, por la erosión de las democracias burguesas, reclama más que demandas puramente económicas, y en muchos casos apuntan a cuestionar los límites estrechos de sus regímenes y gobiernos.

Otro de los blancos de los manifestantes son los medios de comunicación: en casi todos los procesos son puestos en tela de juicio y reemplazados por el uso de internet y las nuevas tecnologías. Ya es común que las movilizaciones se convoquen por las redes sociales y que las marchas o las denuncias de represión sean “viralizados” y vistos millones de veces en internet, antes de que sean transmitidos por la televisión. Esta combinación de elementos hace que nos encontremos con hechos aparentemente menores que terminan desencadenando un cuestionamiento mucho más amplio.

En Túnez, el “puntapié” de la primavera árabe, la inmolación de un vendedor ambulante al que le habían prohibido vender su mercadería, fue el desencadenante de un estallido contra la dictadura de Ben Ali, que tras décadas en el poder terminó cayendo por la movilización callejera.

La misma suerte corrió Hosni Mubarak en Egipto. La lucha por mayores libertades sumaron demandas parciales de diferentes sectores de trabajadores y la juventud, que terminaron poniendo fin un gobierno que era la clave de EE. UU. en la región. Millones de manifestantes volvieron a tomar la calle egipcia el 30/6 al cumplirse el primer año de Morsi en el poder. Una muestra de que este proceso revolucionario, abierto con la “Primavera árabe”, transita diferentes momentos políticos y aún está lejos de cerrarse.

En Europa la degradación del sistema tradicional de partidos dio lugar, incluso, al establecimiento de “gobiernos técnicos” puestos a dedo por la “troika”, dejando al desnudo el papel que juegan las democracias burguesas (y su desgaste), como así también las tendencias bonapartistas en ciernes.

En el Estado español los jóvenes indignados gritaban “Que no, que no, que no nos representan”. Frente a las condiciones de vida cada vez más degradadas, fueron la punta del iceberg de un cuestionamiento que se extiende al régimen surgido de la constitución del 1978 (e incluso incipientemente sobre la monarquía), reavivando a su vez los problemas nacionales.

Situaciones similares se viven en Portugal, Grecia y menor medida Francia, donde se combina el hundimiento de los partidos tradicionales con el surgimiento de nuevos fenómenos políticos de derecha (Frente Nacional en Francia o la neo nazi Aurora Dorada en Grecia), y de la izquierda reformista (Frente de Izquierda en Francia o Syriza en Grecia).

En Latinoamérica también emergen fenómenos juveniles como la Juventud sin Miedo en Chile y su lucha por la educación gratuita, que tocó una de las fibras vitales del régimen al poner en cuestión uno de los pilares de la herencia pinochetista. La represión policial y la negativa del gobierno a ceder frente a las movilizaciones multitudinarias de estudiantes que se mantienen, con altos y bajos, desde 2011, muestran las fisuras que se abren en un país que mantuvo el neoliberalismo a rajatabla, un “ejemplo” a seguir hoy ampliamente cuestionado. En México el movimiento #yosoy132 empezó cuestionando el rol de los medios durante la campaña electoral, y avanzó a una crítica al gobierno de Peña Nieto y la vuelta del PRI al poder. Y hoy se mantiene como una base activa para luchar contra las arbitrariedades del PRI y el “Pacto por México” (junto al PAN y el PRD), en solidaridad con las luchas, como la del magisterio, y contra la represión.

El movimiento OWS tiene el mérito de señalar desde el interior del propio EE. UU. la brutal desigualdad capitalista al desnudar un sistema en el que el 1% más rico decide los destinos del resto de la población, transformando esta denuncia en la consigna popular “Somos el 99%”.

Unas semanas antes de las movilizaciones en Brasil otro “gigante” como Turquía se sumó a este fenómeno. La brutal represión contra un puñado de ambientalistas que protestaban contra la construcción de un shopping junto a la plaza Taksim de Estambul, se transformó en una rebelión nacional contra el gobierno de Erdogan. Las movilizaciones se multiplicaron en varias de las principales ciudades y ya confluyeron con dos huelgas convocadas por las dos principales centrales sindicales. El proceso abierto incluye distintas reivindicaciones y seguramente se extenderá en el tiempo.

 

Perspectivas

El movimiento juvenil ya demostró su indignación y una enorme tenacidad y disposición a la lucha, incluso en enfrentamientos con la policía que le han costado cientos de muertos y miles de perseguidos por la justicia. Lejos de estar agotado parece multiplicarse y extenderse a nuevos países, actuando como caja de resonancia de un descontento más generalizado.

La crisis capitalista es un catalizador de las protestas. Pero al mismo tiempo los años de reacción ideológica burguesa son por el momento una pesada herencia para el desarrollo de una subjetividad que tienda hacia ideas revolucionarias. Todavía predominan las ilusiones reformistas o, con un signo político más difuso, la antipolítica. Esto no niega el papel enormemente progresivo que juega la irrupción de la juventud, como proceso anticipatorio de nuevos fenómenos políticos, y abonando el terreno para la entrada en escena de la clase trabajadora. Su crítica contra las desigualdades más crueles del capitalismo y su sana desconfianza hacia la clase política burguesa ya son un símbolo de la época con la potencialidad de convertirse en un punto de inflexión ante las condiciones heredadas del período de la globalización neoliberal.

 

1 El caso del transporte es paradigmático ya que los trabajadores deben pagar una de las tarifas más caras del mundo por un servicio absolutamente ineficiente cuya flota creció solo un tercio en relación a la cantidad de pasajeros durante la última década. Mientras que en algunos casos los trabajadores que tienen un empleo estable cobran viáticos que cubren parte del costo del pasaje, la mayoría de los trabajadores precarios o informales debe destinar un quinto de su salario solo para pagar el transporte.

2 El “Estatuto del Nasciturus”, que se empezó a discutir a principio de junio, da derechos de ciudadano a un óvulo fecundado y criminaliza el aborto incluso en caso de violación y riesgo de vida. Además prohíbe el uso de la píldora del día después. En caso de embarazo producto de violación, según el Estatuto, la mujer no solo deberá mantener el embarazo, independientemente de su voluntad, sino que el violador, si fuere reconocido, será considerado genitor y pagará una pensión a la mujer por 18 años. Por su parte el proyecto de ley llamado “Cura Gay” habilita los tratamientos psicológicos para “curar” la homosexualidad.

 

La otra juventud indignada

Países como China, India, Bangladesh, Camboya, Laos y Vietnam, se han convertido en las últimas décadas en una enorme fuente de mano de obra barata. La mayoría de los productos electrónicos y textiles que se consumen en el mundo son producidos por millones de trabajadores y trabajadoras en condiciones de semiesclavitud, hacinamiento e inseguridad, a cambio de salarios miserables que van de los 60 a los 170 dólares por mes.

Si en China, detrás de estas verdaderas “fábricas del sudor” se encuentran marcas como Apple, Dell, Hewlett Packard u Honda, en Camboya o Bangladesh, las estrellas de la explotación obrera son Walmart, Zara, H&M, Adidas, Nike o Acsis.

Los trabajadores son en su gran mayoría jóvenes y en la industria textil más del 80% son mujeres. Las jornadas de trabajo se extienden habitualmente por más de 14 horas y los lugares de trabajo van desde establecimientos precarios hasta verdaderas ciudades fábrica, como es el caso del conglomerado industrial Foxconn que opera dentro de China con más de 1 millón de trabajadores.

La connivencia entre los empresarios y los funcionarios de cada país se hace evidente en los permanentes informes de fábricas y talleres que se derrumban o incendian con sus trabajadores adentro. En abril, el derrumbe de un edificio de ocho pisos en Bangladesh, donde funcionaban varias empresas textiles, se convirtió en un verdadero asesinato capitalista en la que murieron más de 1.000 trabajadores. En Camboya solo en una semana del mes de mayo se produjeron derrumbes en 2 fábricas textiles dejando el saldo de 3 obreras muertas y más de 34 heridas. En China, el incendio de una fábrica avícola a principios de junio acabó con 120 trabajadores muertos y más de 70 heridos.

Esto es solo una fracción ínfima de los accidentes laborales en China que según The Economist se cobró la vida de 70.000 trabajadores durante 20121. Se trata de un asesinato en masa de más de 200 trabajadores por día.

Esta brutalidad capitalista ha empezado a encontrar resistencia de parte de los trabajadores en los últimos años.

En Camboya, junto a la industria textil y del calzado, se desarrolló una nueva y joven clase obrera de más de 500.000 trabajadores, en su mayoría mujeres. A pesar de las duras condiciones laborales y de la gran cantidad de trabajadoras con contratos precarios, han logrado poner en pie su sindicato, el Free Trade Union (FTU). Las huelgas, piquetes y movilizaciones para exigir mejores condiciones de trabajo, aumentos  salariales y el fin de los contratos basura, se han vuelto una constante durante los últimos meses contra las tercerizadas de Nike, Acsis, H&M o Walmart. Un escenario similar se vive en Bangladesh, donde luego del derrumbe de la fábrica textil en abril se sucedieron una serie de movilizaciones multitudinarias y huelgas del sector pidiendo por condiciones de seguridad y exigiendo el castigo a funcionarios y empresarios.

En China, una nueva generación obrera, en su mayoría hija de campesinos que emigraron a las ciudades en busca de un mejor futuro, han visto rápidamente frustradas sus ilusiones. Esto ha desencadenado una serie de huelgas y enfrentamientos que en los últimos años afectaron tanto a la gigante Foxconn como a las empresas tercerizadas de Honda y Hyundai, entre otras.

Estos son solo algunos ejemplos de la “otra” juventud, la que no aparece en los medios: millones de trabajadores y trabajadoras precarias que también salen a gritar su indignación.

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1 “Accident prone”, en Blog de The Economist, 04/06/13 (http://www.economist.com/blogs).

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