John Kennedy Toole contra la conjura de los necios

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A PROPÓSITO DE UNA MARIPOSA EN LA MÁQUINA DE ESCRIBIR, DE CORY MACLAUCHLIN

CASTELLA-entera

 

FERNANDO CASTELLÁ

Número 26, diciembre 2015.

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“Soy un anacronismo”

Ignatius Reilly.

 

El 26 de marzo de 1969, en una ruta en las afueras de Biloxi, Mississippi, estacionado a la sombra de unos pinos, John Kennedy Toole enciende el motor de un viejo Chevy Chevelle azul, en cuyo caño de escape hay incrustada una manguera que, por su otro extremo, ingresa a través de una endija de la ventanilla trasera del auto. Tiene 31 años, y los gases tóxicos terminan con su vida. En el cajón de una mesa de luz de la casa paterna en Nueva Orleans está guardado el manuscrito de una novela inédita y genial: La conjura de los necios.

En 1980, Thelma Toole, madre de John, logra que el escritor Walker Percy y la pequeña editorial de la Universidad de Louisiana editen La conjura. Al año siguiente, 12 años después del suicidio de Toole, la novela gana el premio Pulitzer y se convierte en un suceso literario mundial. Traducida a más de treinta idiomas, su constante reimpresión confirma su carácter de clásico literario moderno: arraigado con firmeza en la Nueva Orleans de los ‘60 es, con todo, universal y atemporal a la vez.

En 2012, el poco conocido Cory MacLauchlin escribe Una mariposa en la máquina de escribir (Anagrama, 2015), una biografía definitiva sobre el novelista, equilibrada, rica en entrevistas y documentos. En ella va reconstruyendo cronológicamente la vida de Toole, desde sus primeros años, los de un niño ya prodigio, hasta su temprana y trágica muerte. El biógrafo hace hincapié sobre todo en los aspectos literarios de la propia vida del autor: logra algo así como una arqueología de La conjura, de la cual la vida de Toole es naturalmente tributaria.

 

La sátira como forma de denuncia social

Considerada indiscutiblemente como “la” novela de Nueva Orleans, Toole concibió su obra maestra más como un mosaico de personajes antológicos que como una narración de trama clásica –aunque la historia de Ignatius Reilly, su monumental protagonista, se desenvuelve también como un guión tradicional–. Deudor de la corriente satírica de la literatura inglesa, de Jonathan Swift a Evelyn Waugh, se ha comparado también a Toole y a La conjura con la obra de Dickens, Joyce, Rabelais, Cervantes o Shakespeare.

Único hijo de un matrimonio mayor, Toole vivió toda su vida en Nueva Orleans. Joven prodigio, se graduó en literatura inglesa y cursó el doctorado en Columbia, fue profesor universitario, poeta y novelista. Sus amigos y compañeros lo recuerdan como alguien, en esencia, tremendamente cómico y gran observador. De hecho, MacLauchlin logra demostrar que esa colección de personajes incomparables que pueblan el libro expresa la condensación literaria de toda una vida de observación aguda de la condición humana, en la variopinta y efervescente Nueva Orleans de 1960.

El genio juvenil de Toole encontró en la sátira y en el humor corrosivo un mecanismo ideal para desplegar su crítica a la época que le tocó vivir. Mordaz, irónico, extravagante y provocador, Ignatius, su gran criatura, se pasea por las calles de Nueva Orleans denunciando al siglo XX –en la novela se encuentra, de hecho, en un permanente estado de escritura de una “diatriba monumental contra nuestra sociedad”–, por su falta de decencia, buen gusto, “teología y geometría”. Medievalista anticapitalista, romántico y moralista, anacrónico, lector de Boecio y La consolación por la filosofía, seguidor de la monja medieval Rosvita, y destacado ejecutante del laúd, Ignatius se enfrenta al mundo desde la crítica implacable, moviéndose con maestría –y peligro– entre los límites de la locura y la conciencia. El Quijote del siglo XX, según Walker Percy y decenas de críticos, habría encarnado en el mismísimo Ignatius de John Kennedy Toole, en la ciudad del jazz, los pantanos del Mississippi, la segregación racial, el carnaval de Mardi Gras y la multiculturalidad. Un elogio que, visto hoy, no parece exagerado.

 

La conjura de los necios y la profecía autocumplida

“Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”. La inequívoca frase de Jonathan Swift con la que Toole da comienzo (y título) a La conjura, es comentada una y otra vez como un caso de profecía autocumplida, a la luz de la tragedia de su autor y la deriva de su obra, como su máxima expresión. Es que la relación entre artistas y editores suele ser tensa, independientemente del tipo de expresión artística que tomemos en consideración. En el caso de la literatura, La conjura cuenta con una de las historias más dramáticas que se conozcan.

Para 1963, Toole completaba su segundo año de servicio militar en Fort Buchanan, Puerto Rico, ocupando el cargo de profesor de lengua inglesa. Ascendido a sargento, y premiado con una habitación privada por sus aptitudes y resultados pedagógicos, a 2000 kilómetros de Nueva Orleans y con una máquina de escribir prestada, Toole puso a funcionar su genio creativo dando lugar a ese carnaval grotesco por momentos, pintoresco siempre, que es La conjura de los necios.

Con 25 años, y de regreso a su ciudad, trató de publicar la novela. Contactó a Robert Gottlieb, editor neoyorquino de Simon and Schuster, con quien mantuvo varias entrevistas y un intercambio epistolar durante dos años. En ese tiempo, el editor insistió, una y otra vez, en que Toole hiciera una corrección de estilo, buscara un sentido general a la novela, y trabajara el argumento porque, en su concepción, no había ninguno. Los personajes eran graciosos y estaban en su mayoría logrados pero no se sabía qué era lo que Toole quería decir con su novela. A lo largo de esos dos años, sin contactar a ningún otro editor (“por el prestigio y la fama de Simon and Schuster”, repetía el escritor), Toole fue tratando de corregir La conjura a la medida de las demandas de la editorial. Ante la pregunta reiterada por el sentido de la novela, Toole no encontraba respuesta. Poco a poco fue ganado por la desmoralización, y si bien Gottlieb nunca rechazó abiertamente la obra, tampoco terminó de aceptarla. En su concepción, no tenía destino comercial y necesitaba, en tanto editor, cuidar los intereses de la empresa para la que trabajaba antes que complacer a un culto y humorístico pero ignoto escritor sureño.

 

Una mariposa aplastada o la risa como sonido de la victoria

Creemos que el libro se vendió bien,

aunque la tapa en sí atraería la atención de

un comprador:

una abeja enorme, abstracta, aplastando a

una mariposa

con una tecla de la máquina de escribir

(“El árbitro”, inédito, J.K. Toole).

 

Los últimos años de Toole, en particular su trágico desenlace, generan un fenómeno particular en el lector de La conjura: tiene delante una comedia de características únicas, hilarante, incisiva, pictórica, intensa y dolorosa a la vez, escrita por alguien que, lo sabe, se suicidó antes de publicarla. En su biografía, MacLauchlin trata de encontrar elementos para explicar lo inexplicable: el joven exitoso y brillante, señalado por sus compañeros y amigos como desopilante y talentoso, con una carrera académica prominente y el manuscrito de una novela monumental entre manos, cae en la depresión y se suicida.

La tentación a establecer paralelismos entre un autor y sus personajes se potencia en el caso de Toole e Ignatius. Es evidente que la enciclopédica cultura general del protagonista, su conocimiento sobre literatura inglesa, historia y edad media, reflejan la presencia del autor en su personaje. No obstante, socialmente es su reverso: Ignatius es un antihéroe integral, un coleccionista de fracasos y ridículos, mientras que Toole alumbra un recorrido que, sin haberle demandado mayores esfuerzos, lo llevó a un considerable número de logros personales.

En El árbitro, poesía inédita que MacLauchlin encuentra entre los Toole Papers a los que accede en la Universidad de Tulane, Toole diseña la imagen de la mariposa aplastada por una tecla de máquina de escribir. La inevitable vinculación de esa imagen con su propia historia; sus oscuros meses finales, con momentos de paranoia marcada y alucinaciones incluidos; el choque de sus aspiraciones de grandeza literaria –para lo que se sabía con talento suficiente– con el desatino estrepitoso del mercado editorial, no anulan la pregunta por el sentido de la obra, aquel dramático cuestionamiento que Toole no pudo contestar nunca a Gottlieb.

Lejos de la crítica literaria o la sobreinterpretación, quizás convenga conservar como respuesta la imagen de aquel joven escritor sureño dotado de un sentido del humor y de una capacidad de observación notables, alguien que quiso indagar acerca de la condición humana –en definitiva, acerca de su tragedia–, a través de la literatura, una cultura vastísima y el humor por toda arma. Como reivindica MacLauchlin hacia el final de la biografía:

David Evanier, redactor de la sección de narrativa de la Paris Review, fue tal vez quien hizo el comentario más agudo en relación con la manera de entender el humor de la novela: “La conjura de los necios trasciende el sufrimiento vital mediante la risa”. Evanier se hace eco de Mijaíl Bajtín, crítico literario, historiador y filósofo que en su estudio sobre Rabelais reconoce que en la cultura del carnaval, la cultura de la que surge La conjura, la risa no es un grito ahogado de auxilio ni un recordatorio del lado trágico de la vida, sino, más bien, el sonido de la victoria (p. 279).

El nombre de John Kennedy Toole ya forma parte de los grandes de la literatura universal. La ironía de la historia hizo que su gran anhelo se cumpliera, tras su muerte. Casi como un paso de comedia más, completamente a destiempo, pero los necios no pudieron con el genio, por esta vez.

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