Jeremy Corbyn: ¿qué expresa el nuevo líder laborista?

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ALEJANDRA RÍOS

Corresponsal de La Izquierda Diario en Gran Bretaña.

Número 25, noviembre 2015.

 

La victoria aplastante de Jeremy Corbyn como líder del Partido Laborista representó un duro golpe para la dirección del partido y la clase política británica. Llenó de energía al activismo y despertó señales de alarma entre las fuerzas conservadoras, pero ¿quién es el nuevo líder del partido laborista?

Su candidatura ha logrado cautivar el entusiasmo de miles de estudiantes y activistas sindicales, jóvenes trabajadores en “contratos de cero horas” [1], muchos de ellos de origen inmigrante, y se transformó en un símbolo de las ilusiones de una nueva generación harta de las políticas de ajuste, incursiones armadas y una creciente política oficial antiinmigrante. Su imagen es conocida más allá de la izquierda británica y ha trascendido las fronteras.

Elegido diputado por Islington North, circunscripción electoral del norte de la ciudad de Londres, en 1983, mantiene desde entonces su banca de manera ininterrumpida. En sus más de 30 años como parlamentario jamás ocupó cargo gubernamental alguno. Referente de la izquierda en Gran Bretaña, se inició en la política durante las manifestaciones contra la guerra de Vietnam en la década de 1960. Se lo conoce también por su solidaridad con los exiliados latinoamericanos durante las violentas dictaduras en la región, y en 1999 jugó un rol destacado en la campaña por la extradición del dictador Augusto Pinochet.

Abiertamente republicano, apoya la causa por una Irlanda unida e independiente y fue duramente criticado por haber invitado a Gerry Adams y otros líderes de Sinn Féin a la Cámara de los Comunes. Es presidente de la coalición contra la guerra Stop the War, y en 1984 fue arrestado por participar en una protesta contra el régimen del Apartheid en Sudáfrica frente a la embajada de ese país.

Su trayectoria política honesta es sin duda su mayor activo y lo que le ha permitido ganarse el respeto entre el activismo de base, dentro y fuera del laborismo. Cuando la mayoría de su partido sucumbió al giro derechista del entonces Primer Ministro Tony Blair, los sectores de izquierda quedaron marginados. Lejos de subordinarse, Corbyn está considerado uno de los representantes más rebeldes por haber desafiado la disciplina partidaria en más de 500 oportunidades negándose a votar la invasión a Irak, los aranceles universitarios, la implementación del documento de identidad y más recientemente un nuevo programa de recortes.

Para entender el significado de este revuelo político debemos remontarnos al año 1995 cuando Blair impulsó la abolición de la cláusula 4 de los estatutos [2], que decía que el objetivo del partido era “asegurar a los trabajadores manuales e intelectuales los frutos completos de su industria y la más equitativa distribución que sea posible sobre la base de la propiedad común de los medios de producción, distribución e intercambio”. La suerte ya estaba echada. Así nacía el Nuevo Laborismo y con ello una época dorada para la casta financiera, cuando las mil personas más ricas de Gran Bretaña vieron aumentar su riqueza en un 263 % en una década. La Tercera Vía o blairismo [3] representó un giro copernicano de abandono de valores socialdemócratas del laborismo y profundizó la apatía de los miembros en esa organización política.

 

Una jugada que salió mal

La dimisión Ed Miliband luego de la desastrosa performance en las elecciones de mayo de 2015 abrió la contienda para la dirección partido, anunciada en la conferencia anual de septiembre. Con ello toca aplicar por primera vez el sistema “un miembro un voto”, recomendado en el “Informe Collins de 2014” [4] que entre otros puntos incluye la revisión del sistema electoral del partido.

Una reforma clave del mencionado informe es el cambio en el sistema electoral de la dirección partidaria que reemplaza el antiguo colegio tripartito compuesto por: 1, el grupo parlamentario de diputados laboristas en Westminster y en el Parlamento Europeo; 2, los afiliados individuales al laborismo; 3, los sindicatos y organizaciones afiliadas por el de la modalidad de “un miembro un voto”. Es decir, un nuevo sistema para elegir la dirección mediante el voto directo de afiliados y simpatizantes afiliados o registrados. Con este cambio, cualquier persona no afiliada al partido laborista podía registrarse con el pago de 3 libras.

Sin embargo, esta “apertura democrática” se presentó como una iniciativa “modernizadora”, y buscaba quitarle peso al voto sindical en la elección de la dirección ya que, en el antiguo sistema, los votos de los afiliados a los sindicatos se transferían de manera “colectiva” en el colegio electoral. Esto era posible porque todo trabajador al afiliarse al sindicato podía optar voluntariamente realizar una contribución individual al Partido Laborista. Con la reforma Collins los votos ya no se transferían colectivamente sino que cada trabajador, independientemente de su afiliación sindical, debía registrarse individualmente para poder votar en la dirección. Sin tener que afiliarse al partido y abonando una pequeña suma podían votar por Corbyn.

La jugada de apostar a la apatía, con la esperanza de que bajaría la participación del voto de los sindicalizados, salió mal. La candidatura de Corbyn motorizó la participación de ese sector y fue utilizada para expresar bronca frente a las políticas del Partido Laborista, en particular desde la administración Blair y la incapacidad de revertir los ataques perpetrados desde el Thatcherismo. Sin embargo, la victoria de Corbyn se basa más bien en su trayectoria política personal que en la confianza en el Laborismo.

 

Actores sociales

Nuevas camadas de jóvenes trabajadores y estudiantes, de activistas de las campañas contra los recortes que surgieron en los últimos años vieron en Corbyn una vía mediante la cual expresar su bronca con la política del partido conservador en el gobierno. Con él confluyeron sectores de activistas de base de los sindicatos luego de años de apatía y descontento con el laborismo. Esto explica el índice de la votación, el 50 % entre los miembros plenos y el 84 % entre los simpatizantes que se registraron especialmente para votar. Que 600 mil personas se hayan registrado para votar en la interna laborista es un indicio elocuente de su popularidad que no debe leerse como un resurgimiento del laborismo [5].

Hay varios puntos de inflexión que fueron moldeando el activismo de los últimos años, plasmados luego en el fenómeno “Corbynmania”. En primer lugar, expresa a los jóvenes secundarios que irrumpieron en la vida política indignados ante la invasión a Irak durante el gobierno de Blair. Quizá venga al caso recordar que el día que se votó la invasión miles de secundarios abandonaron los colegios para manifestarse frente al Parlamento. En febrero de 2005 tuvo lugar un movimiento internacional de protestas contra la guerra. En Gran Bretaña la marcha fue particularmente importante, casi dos millones tomaron las calles para decir No a la guerra y Corbyn fue uno de los principales convocantes y oradores en la que fue la movilización más grande en la historia del país.

Otro punto de inflexión fue noviembre de 2010, cuando más de 50 mil estudiantes universitarios se congregaron frente al Palacio de Westminster para oponerse al aumento de los aranceles educativos (introducidos por el gobierno de Blair). El número de estudiantes superó la estimación de la Policía y un grupo de activistas logró burlar la seguridad de la sede central del Partido Conservador para colgar en la terraza pancartas con la demanda “Universidad libre y gratuita”. Le siguió una oleada de luchas universitarias y secundarias que tuvo a Corbyn como uno de sus aliados. Las acciones fueron reprimidas con dureza; mediante la táctica de “acorralamiento” la policía dejaba a los jóvenes a la intemperie durante horas en un invierno particularmente frío. A pesar de su energía y las masivas asambleas el movimiento fue derrotado. La generación de jóvenes llamados NEET, por sus siglas en inglés “Not in education, employment or training” (sin educación, empleo ni capacitación), también depositaron su confianza en este candidato.

El tercer agente social lo componen los miles de activistas sindicales organizados en las campañas contra los recortes a los presupuestos de educación, salud y beneficios sociales, y las privatizaciones, movilizados desde la llegada al poder de los conservadores en 2010.

La sangría de afiliados a partir de la abolición de la cláusula 4 mencionada más arriba, sumada a los años de Blairismo y la impotencia del partido para enfrentar los ataques, no logró revertirse, como evidenciaron la humillante derrota del laborismo en las elecciones de mayo y el resultado en el referendo escocés. Sin embargo, la dirección del partido leyó las últimas catástrofes electorales como un llamado para “girar a la derecha” y decidió no oponerse a la nueva ley sobre los beneficios sociales. Harriet Harman, líder interina del Laborismo, declaró sin tapujos en una entrevista a la BBC: “No vamos a votar en contra de la ley de beneficios sociales, no nos vamos a oponer a ponerle un techo a la ayuda social para las familias pobres”. Fue el último clavo en el ataúd del ala centro de la dirección del partido.

Sumado a estos elementos, se puso en movimiento una sólida campaña política. Un artículo del matutino británico The Guardian titulado “The Corbyn earthquake –how Labour was shaken to its foundations” (El terremoto Corbyn: cómo fue sacudido el laborismo en sus cimientos) cuenta cómo lo que en principio fue una campaña amateur se transformó en una campaña altamente profesional. El primer paso fue transformar la sede de la Asociación de Empleados Asalariados del Transporte (TSSA en inglés) en un centro de operaciones donde cientos de voluntarios acudían diariamente para trabajar con sus notebooks apiñados en cualquier rincón disponible. A medida que la campaña crecía y este local les quedaba chico el sindicato del sector público, UNITE [6], puso a disposición varias salas de su sede en Londres donde cientos de jóvenes iban a diario a aportar su granito de arena.

La campaña aventajó a sus rivales en dos áreas: el uso del entorno digital y la enorme cantidad de voluntarios jóvenes que, coordinados por gente con experiencia en el uso de redes sociales y gestión de afiliados en plataformas digitales, lograron darle un nuevo ímpetu a la campaña. Esta combinación de uso de las redes sociales y la militancia joven fue clave para llegar a cientos de miles.

 

Respuestas de la izquierda

Es indudable que el voto a Corbyn debe ser leído como una bocanada de aire fresco luego de la derrota del thatcherismo y el neoliberalismo de Blair y los conservadores. Este resultado inesperado –e impensable solo meses atrás– hizo que dentro de la izquierda se abrieran algunos interrogantes, entre ellos, qué política tener hacia el Partido Laborista y cómo relacionarse con la nueva generación de activistas.

Un desarrollo importante es la iniciativa “Momentum” creada por las bases laboristas para defender las políticas anti-austeridad, contra la guerra, contra la ley anti-sindical levantadas y defender a Jeremy Corbyn contra los ataques de la derecha, tanto dentro como fuera del partido. Su lema general es “construir un movimiento de masas por un cambio progresivo real”.

Organizaciones como Socialist Workers Party (perteneciente a la corriente internacional IST), el Socialist Party (Comité por una Internacional Obrera) y sus respectivos frentes Unite the Resistance y TUSC, y la formación Left Unity, dicen claramente que para luchar contra la austeridad no es condición necesaria organizarse dentro del Partido Laborista. A su vez, dan cuenta del cambio de ánimo político y participan de la iniciativa “Momentum” en las charlas públicas, defendiendo a Corbyn contra los ataques del ala derecha del partido y en la campaña contra el proyecto de Ley antisindical [7].

Los partidos de la izquierda trotskista plantean abiertamente que es necesario construir un movimiento independiente del laborismo y anticapitalista. A su vez denuncian que la dirección del Partido sigue estando en manos de las fuerzas de derecha a quienes no les temblará la mano para impedir que el nuevo activismo trate de cambiar el rumbo de esta formación.

La relación de la izquierda con el laborismo ha sido históricamente conflictiva. Cuando el SWP se presentó a elecciones en algunos distritos de manera independiente en la década de 1970 no logró superar el 2 %. La formación RESPECT, formada en 2004 luego de la emergencia del movimiento contra la guerra ganó 16 concejales y llevó a George Galloway como diputado por Bethnal Green and Bow, de alta concentración inmigrante. Sin embargo, las poco honorables declaraciones de su diputado y el oportunismo político de las organizaciones participantes terminaron en su implosión.

Es cierto que la primera aparición pública de Corbyn luego de haber ganado las elecciones laboristas, en la marcha “Los refugiados son bienvenidos” en Londres fue calurosamente recibida por decenas de miles de personas. Uno de sus primeros anuncios en la conferencia nacional del Laborismo fue el proyecto de nacionalización de los ferrocarriles, un “ferrocarril del pueblo”, que según la encuestadora Yougov cuenta con el 66 % de apoyo entre la población. Es cierto también que en la conferencia anual de la TUC (Congreso Sindical) en septiembre rindió homenaje a los trabajadores en huelga de la National Gallery, un gesto no visto desde fines de los años ‘70 en un líder laborista. Sin embargo, la elección del nuevo líder no representa un cambio de carácter del partido, por el contrario, amplía la brecha entre las aspiraciones de las nuevas generaciones de jóvenes y sectores de trabajadores precarizados que nutrieron el voto a Corbyn y el “establishment” laborista.

A pesar de las declaraciones y las propuestas de izquierda de Corbyn, el partido laborista no es un partido que aliente la organización o que luche por una alternativa de independencia de clase. Su planteo es claro: un sistema con justicia social mediante la vía parlamentaria. Sus intenciones de una sociedad igualitaria se chocan contra la realidad, incluso con la política que ha sostenido el partido en la última década. Para remitirnos solo a la historia reciente de la clase obrera británica, hay ejemplos elocuentes que muestran que cuando los trabajadores “osan” desafiar el estado y el orden establecido, la clase dominante utiliza métodos carentes de todo tinte democrático para derrotarlos.

Este fue el dramático ejemplo del “invierno del descontento” (1978-79) [8], durante el gobierno laborista de James Callaghan, que terminó facilitando la victoria de Margaret Thatcher, uno de los gobiernos más antiobreros con profundas consecuencias nacionales e internacionales. En efecto, cuando los mineros británicos estuvieron en huelga durante un año por la defensa de sus puestos de trabajo y contra el cierre de las minas fueron salvajemente reprimidos por la policía montada y enfrentaron toda la violencia del Estado y sus instituciones.

El triunfo de Jeremy Corbyn es un hecho político de enorme peso simbólico y refleja el descontento ante la incapacidad del Laborismo de revertir, aunque sea mínimamente, los ataques a la clase obrera, sus derechos sindicales y beneficios sociales arremetidos desde el régimen thatcherista en adelante. Pero su aspiración a una sociedad igualitaria por la vía parlamentaria ha sido invalidada por la historia.

La elección de Corbyn es una expresión de bronca importante, un punto de partida de organización y movilización de miles de jóvenes y trabajadores para la lucha por sus demandas. No obstante, esto no significa adaptarse y alentar ilusiones sobre la posibilidad de transformar el carácter del Partido Laborista y convertirlo en una herramienta para transformar la sociedad.

Estas discusiones adquieren una particular importancia luego de infructuosos proyectos de la izquierda por construirse a la izquierda del Partido Laborista. La contradicción entre las aspiraciones del nuevo movimiento y las limitaciones del laborismo está abierta. El desarrollo de movimientos de la juventud y los trabajadores, muchos de ellos con enormes expectativas en Corbyn, solo agudizará esa contradicción y evidenciarán cada vez más la necesidad de formar una alternativa política de independencia de clase.

 



[1] Los “contratos de cero horas” o contratos basura, es como se conoce a una modalidad de empleo en la que el empleador no garantiza al trabajador un mínimo de horas de carga al mes y, por tanto, tampoco un salario mínimo. Este sistema empezó a implementarse desde la crisis financiera de 2008. Al inicio de la crisis el 1 % de trabajadores estaba bajo esta fórmula ultraflexible pero según cifras oficiales, hoy son el 2,3 % de empleados en este sistema (unos 700 mil). Ver sobre estos contratos “Trabajadores ultraflexibles”.

[2] Según la constitución fundacional del Partido Laborista de 1918.

[3] La Tercera Vía fue una corriente liberal dentro de la socialdemocracia europea, conocida también como blairismo en referencia a su arquitecto, el ex Primer Ministro laborista británico Tony Blair. Se caracterizó por el reemplazo de las políticas redistributivas por la concentración del capital, que convirtieron la City Londinense en un paraíso fiscal.

[4] Informe de 42 páginas sobre la reforma del partido Laborista escrito por Lord Collins, de allí su nombre. En el mismo se sugiere la renovación del sistema electoral del partido.

[5] Según el The Stateman 610.753 personas se registraron para votar en la dirección del Partido Laborista.

[6] UNITE, con más de 1.42 millones de afiliados es el sindicato más grande de Gran Bretaña.

[7] Propuesta de ley de reforma sindical del gobierno que exigiría un piso de 40-50 % de los votos de los trabajadores afiliados a un sindicato para poder ir a la huelga.

[8] Así se conoce a la oleada de huelgas que tuvo lugar en Gran Bretaña durante el invierno de 1978-79 ante la política del gobierno laborista de James Callaghan de hacer cumplir un techo al aumento salarial para frenar la inflación.

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