Izquierda y populismo en América Latina

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N.3, septiembre 2013

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En esta sección abierta presentamos un contrapunto sobre los cambios políticos que atravesaron el continente en la última década; dos lecturas polémicas sobre The Resurgence of the Latin American Left. Por un lado, Roberto Gargarella hace una reseña crítica sobre los usos del término “izquierda” en la compilación de Steven Levitsky y Kenneth Roberts. Por otro lado, Matías Maiello y Fernando Rosso analizan las tendencias fundamentales de la década y apuntan qué “izquierda” es necesaria en momentos de declive de los llamados gobiernos “posneoliberales”.

La izquierda que no es. Sobre la “nueva izquierda” en América Latina

Roberto Gargarella

Breve introducción
En este trabajo quiero examinar críticamente el concepto de “izquierda” que se emplea en el libro The Resurgence of the Latin American Left (Levitsky & Roberts 2011), una obra editada por dos de los más importantes latinoamericanistas de nuestro tiempo, Steven Levitsky y Kenneth Roberts. La motivación principal que guía a mi trabajo es la de cuestionar la noción de “izquierda” empleada en el libro que, según entiendo, nos compromete con una concepción teórico-política muy difícil de aceptar. Esta discusión se inscribe en una larga conversación que se ha ido dando en los últimos años, referida al (así llamado) “resurgimiento de la izquierda en América Latina” (Arnson & Perales 2007; Arnson et al 2009; Cameron & Hershberg 2010; Madrid 2011; Panizza 2005).
La definición del concepto de “izquierda” que se utiliza en la introducción de The Resurgence of the Latin American Left resulta, si bien elaborada, decepcionante. Ella dice: “(El concepto de) Izquierda refiere a actores políticos que buscan, como un objetivo programático central, reducir las desigualdades económicas y sociales”.
Si bien esta es la definición que se reserva para el término “izquierda,” Levitsky y Roberts aclaran luego el significado de lo dicho, con un párrafo extenso que sigue a continuación de la frase citada, y que resulta mucho más amplio e inclusivo que la definición inicial –llamemos a esta la “definición ampliada”. Dicen ellos, entonces, que:

Los partidos de izquierda buscan utilizar la autoridad pública para distribuir la riqueza y/o los ingresos hacia los sectores con menores ingresos, erosionar las jerarquía sociales y fortalecer la voz de los grupos desaventajados en el proceso político. En la arena socioeconómica, las políticas de izquierda procuran combatir las igualdades enraizadas en la competencia de mercado y en la propiedad concentrada, aumentar las oportunidades para las pobres, y proveer de protección social en contra de las inseguridades de mercado. Aunque la Izquierda contemporánea no se opone necesariamente a la propiedad privada o a la competencia de mercado, ella rechaza la idea de que pueda confiarse en las fuerzas no reguladas del mercado para satisfacer las necesidades sociales. En el ámbito político, la Izquierda procura aumentar la participación de los grupos menos privilegiados y erosionar las formas jerárquicas de dominación que marginan a los sectores populares. Históricamente, la Izquierda se ha concentrado en las diferencias de clase, pero muchos partidos de Izquierda, contemporáneamente, han ampliado ese foco para incluir las desigualdades basadas en el género, la raza o la etnia.

Presentada la definición, permítaseme examinarla a partir de sus principales partes componentes.

Objetivo programático: todos los gobiernos son de izquierda
Que la definición en torno a cuándo un partido o gobierno es de izquierda gire tan centralmente en torno a si dicho partido ha tomado como “objetivo programático central” reducir las desigualdades sociales y económicas, implica ya un comienzo complicado. El criterio propuesto es impreciso, obviamente engañoso, además de ser a la vez sub-inclusivo y sobre-inclusivo.
La definición es sub-inclusiva, porque nos lleva a considerar que un gobierno no es de izquierda, a pesar de haber llevado adelante una práctica consistentemente adecuada a los ideales y valores de izquierda, sólo por el hecho de que, en su plataforma de gobierno original, dichos compromisos no aparecieran explicitado de modo claro. Esta posibilidad resulta en verdad muy esperable a partir de la dinámica generada por sistemas híper-presidencialistas y partidos catch all, como los que distinguen a la Latinoamérica actual. Sin embargo, la definición de “izquierda” propuesta en The Resurgence… nos llevaría a “sancionar” a dicho gobierno no calificándolo como uno de izquierda, en razón de las declaraciones programáticas realizadas antes de su llegada al poder.
Lamentablemente, y a la vez, la definición resulta sobre-inclusiva. Y es que se trata de una definición que pone un peso indebido en el aspecto económico de lo que significa ser de izquierda, a la vez que reduce y modera de modo asombroso los que vendrían a ser los principios económicos propios del pensamiento de izquierda (volveremos sobre este punto más adelante).
Ser de izquierda ya no requiere abolir la propiedad privada, ni desafiarla de modo significativo, sino sólo trabajar para la reducción de las desigualdades –una exigencia que (por lo que vemos en la práctica que se evalúa en el libro) resulta todavía más devaluada, ya que no va a significar mucho más que conseguir ciertas reducciones en términos de la pobreza existente. Un gobierno que consiga reducir en algo los niveles de pobreza presentes antes de su llegada al poder, ya pasa a calificar como –potencialmente– un gobierno de izquierda.
Así presentada, la definición resulta muy hospitalaria para gobiernos y líderes políticos de los más variados. Ello así, al punto de que la misma permite incluir como de izquierda, sin mayores inconvenientes, a gobiernos que nadie consideraría como gobiernos de izquierda, tales como los de Vicente Fox en México (2000-2006); Álvaro Uribe (2000-2010); Alejandro Toledo (2001-2006); o Sebastián Piñera (2010-2014). Notablemente, todos estos presidentes pueden alegar –como lo han hecho– que su gestión de gobierno ha permitido reducir los altos índices de pobreza registrados en sus respectivos países, antes de su llegada. Todos los líderes citados cuentan con estadísticas que les permiten realizar, con algún grado de sensatez, afirmaciones auto-elogiosas en términos de lucha contra las desigualdades sociales existentes. Levitsky y Roberts podrían objetar lo dicho señalando que no todos los gobiernos citados tenían un compromiso programático con la igualdad. Pero ello tampoco es cierto. Cualquiera de los partidos mencionados (y que muchos consideraríamos de derecha) incluía en un lugar relevante, dentro de su plataforma, objetivos fuertemente igualitarios. El partido de Alejandro Toledo prometía, entre sus nueve objetivos centrales, el de “eliminar la pobreza extrema y la desigualdad”; Uribe incluyó en su plan de acción inicial consideraciones muy claras referidas a los males generados por la pobreza extrema y la desigualdad, llegando a declarar una “guerra” directa contra la primera (algo significativo en un gobierno empeñado utilizar metáforas bélicas); Fox aseguró que sus prioridades estarían encabezadas por objetivos como el de reducir la pobreza; y Piñera se comprometió a luchar prioritariamente por terminar con la “pobreza dura”.
En definitiva, lo que nos queda es la decepcionante conclusión según la cual, desde el 2000, básicamente todos los gobiernos latinoamericanos han sido de izquierda, lo cual significa vaciar de contenido al término “izquierda” y, por tanto, no afirmar nada más que una tautología.

Economía: propiedad privada y reformas de mercado en el proyecto de izquierda
Concentremos ahora nuestra atención en el contenido económico de la definición de “izquierda” utilizada por Levitsky y Roberts. Pensemos entonces en el contenido económico que podríamos considerar propio de una definición aceptable del término “izquierda,” para luego compararlo con el contenido que se le atribuye en el libro.
Comencemos, por caso, por Karl Marx. En El Manifiesto Comunista hay una frase que ya es clásica, a través de la cual Marx propone sintetizar su visión sobre el tema. Allí se dice que “la teoría de los Comunistas puede ser resumida en una sola frase: Abolición de la propiedad privada”. Si tomáramos la definición y, sobre todo, el desarrollo que hacen de la idea de “izquierda” los autores convocados en The Resurgence…, nos encontraríamos con que esa sola línea marxista es ya por completo ajena al entendimiento que hacen todos los académicos invitados sobre lo que significa y ha venido significando ser de izquierda en América Latina. Ocurre que ninguno de los gobiernos que en la obra se consideran de izquierda ha abolido la propiedad privada. Lo que es mucho peor, ninguno de tales gobiernos se ha planteado dicho objetivo como un ideal regulativo; ninguno lo ha escrito en sus textos de propaganda ni lo ha hecho figurar en sus plataformas electorales.
Las cosas no son tan diferentes si dejamos al comunismo y a Marx de lado, para utilizar, por caso, una definición más o menos común sobre lo que es el socialismo. Al mismo se lo ha podido definir, razonablemente, como “la doctrina según la cual la propiedad y control de los medios de producción –capital, tierra o propiedad– debe estar en manos de la comunidad como un todo, y administrada en el interés de todos”. Si tomamos en cuenta esta definición, nuevamente, nada de lo que ha ocurrido en América Latina en los últimos años se parece a ello, ni lejanamente.
La pregunta que uno se hace entonces, es la siguiente: si no nos queda, para la izquierda como proyecto económico, un cuestionamiento fuerte a la propiedad, ¿qué es lo que nos queda? Obviamente, uno podría –debería– responder, nos queda un cuestionamiento fuerte a las políticas de mercado, y su reemplazo por otras políticas que no pongan su centro en el mercado. Pero no. Estamos también muy lejos de ello. Dicen Levitsky y Roberts en las conclusiones del libro: Contra algunas expectativas provenientes tanto de la izquierda como de la derecha, los nuevos gobiernos de izquierda no enterraron el modelo de mercado. De hecho, y conforme a estándares históricos, las reformas socioeconómicas introducidas por los gobiernos de izquierda contemporáneos han sido bastante modestas. En la mayoría de los países de la región, los rasgos centrales del modelo de mercado, incluyendo a la propiedad privada, el libre mercado y la apertura a las inversiones extranjeras, permanecen intactos (Levitsky & Roberts 2011: 413, 415).
En definitiva, lo que vemos es que, según The Resurgence…, los gobiernos latinoamericanos de izquierda nos refieren a administraciones que han contribuido al fortalecimiento, o al menos la continuidad –antes que el socavamiento– de las viejas políticas “neoliberales”, que alientan la concentración económica, y se basan en el respeto a la propiedad privada, el apoyo a la inversión extranjera, y las protecciones al libre mercado.

Política: conviviendo con la concentración del poder político
La propuesta de los autores presenta, en este respecto, otro problema serio: ¿de qué modo considerar de izquierda a regímenes híper-presidencialistas, de autoridad concentrada y baja participación popular autónoma? La dificultad del caso resulta particularmente evidente cuando The Resurgence… incluye artículos como el de Benjamin Goldfrank, que dejan en claro la falta de compromiso de la “nueva izquierda” regional, en términos de participación política. Goldfrank concluye su estudio sosteniendo que:

En los términos establecidos por los editores de este volumen, ninguno de estos casos de gobiernos de izquierda puede considerarse como implicando orientaciones radical democráticas a nivel nacional… Los intentos de profundizar la democracia en América Latina se encuentran en la actualidad limitados tanto por los defensores de las instituciones representativas, que resisten la introducción de instituciones participativas, como por aquellos más plebiscitarios, cuyos esfuerzos por controlar la participación terminan socavando tanto la democracia participativa como la representativa (Goldfrank 2011: 182-3).

En definitiva, resulta difícil entender por qué es que, a la luz de evidencias como las que presenta Goldfrank a lo largo de su artículo, los editores y los distintos autores de la obra (incluyendo al propio Goldfrank) siguen hablando de gobiernos de izquierda en América Latina. De mi parte, me interesa defender una visión de la izquierda que, al mismo tiempo (y contra lo que se asume en el texto de Levitsky y Roberts), subraye la importancia de la democracia económica y la democracia política (o, en otros términos, critique tanto la concentración del poder económico como la concentración del poder político). Esta definición alternativa del término “izquierda” (definición que aquí simplemente propongo, sin intentar defenderla en detalle –tarea que dejaría para otra oportunidad) se vincula mejor, según diré, con los ideales y tradiciones del pensamiento de izquierda. El hecho de que la definición de “izquierda” utilizada en The Resurgence of the Latin American Left sea una definición esencialmente económica, para la cual la concentración del poder político no representa un problema, resulta particularmente curioso, a la luz de la tradición de la izquierda occidental, y sobre todo teniendo en cuenta lo que podríamos llamar la “primera izquierda” latinoamericana. Y es que, desde sus orígenes, y al menos hasta bien entrado el siglo XX, las fuerzas más contestatarias, radicales, igualitarias, de la política latinoamericana, fueron consistentemente defensoras de la democracia política, una defensa que llevaron siempre de la mano de sus reclamos por la democracia económica. A través de sus reclamos por la democracia política, dichas fuerzas de avanzada mostraron su oposición al proyecto político conservador –un proyecto verticalista, de autoridad concentrada– que tanto peso adquiriera en los años que siguieron a la independencia. Mientras tanto, a través de sus reclamos por la democracia económica, ellas se presentaron, fundamentalmente, en oposición al proyecto económico liberal, caracterizado por su anti-estatismo, su defensa de la libertad y la desregulación económicas, su complacencia frente a la concentración económica, y su descuido de la cuestión social.
Como ejemplos relevantes en dicho recorrido, podrían mencionarse las tempranas medidas dispuestas por el uruguayo José Gervasio Artigas, combinando iniciativas asambleístas con disposiciones económicas fuertemente igualitarias (reflejadas, por caso, en su notable Reglamento Provisorio); los discursos asociacionistas y favorables a la democratización de la propiedad, de políticos como Juan Montalvo, en Ecuador; o las notables demandas democratizadoras aparecidas en México desde el momento mismo de la lucha independentista –comenzando por los reclamos por la tierra de los “curas revolucionarios”, Miguel Hidalgo y José María Morelos, hasta llegar a las exigencias de democratización política y repartición de la tierra avanzadas por el liberalismo radical mexicano, en la Convención Constituyente de 1857 (Gargarella 2013). Nadie resumió mejor este doble compromiso radical, a favor de la democratización política y económica, que el político colombiano Murillo Toro, cuando dijo: Toda reforma política debe tener por objeto una reforma económica, y si antes de querer realizar ésta planteamos aquella, corremos el riesgo no sólo de trabajar estérilmente, sino de desacreditar a los ojos del pueblo que no discute, el principio que queremos ver en obra… las formas políticas no valen nada si no han de acompañarse de una reconstrucción radical del estado social por medio del impuesto, y de la constitución de la propiedad de los frutos del trabajo. ¿Qué quiere decir el sufragio universal y directo aunque sea secreto en una sociedad en que [muchos de los votantes] no tienen la subsistencia asegurada y dependan por ella de uno solo?
Murillo Toro dejaba en claro, de ese modo, que el cambio en pos de una sociedad más igualitaria requería radicalizar los cambios políticos realizados, duplicando la apuesta: la democracia política debía pasar a acompañarse con cambios dirigidos a asegurar la democracia económica, esto es, las bases materiales del cambio político propuesto.
Dicho lo anterior, quisiera resaltar de modo especial la forma en que estos primeros radicales tradujeron sus reclamos por la democratización de la política en demandas decididamente anti-presidencialistas, incondicionalmente críticas de la concentración de la autoridad. El punto es especialmente notable, sobre todo cuando pensamos la cuestión desde el siglo XXI, y vemos la facilidad con que se asocia a la izquierda con la defensa de gobiernos de autoridad concentrada. Lo cierto es que, desde su propio nacimiento en América Latina, el pensamiento más radicalizado de la región se mostró inequívocamente contrario a esa concentración del poder y defendió la democracia política –y así una postura claramente anti-presidencialista– antes que la verticalidad política.

Conclusión: un concepto renovado, que debe ser resistido
A lo largo de este trabajo, presenté objeciones a la definición del término “izquierda” que se ofrece en The Resurgence… a partir de una diversidad de razones. La principal ventaja de la definición que utilizan los autores es que recoge ciertos usos habituales, muy extendidos, del lenguaje común. La gran desventaja es que, además de imprecisa, la definición permite que se acomoden dentro del campo de la izquierda algunos gobiernos que –tal como los autores reconocen a lo largo de la obra– no desafían la propiedad privada; no van hacia el socialismo; no pueden considerarse siquiera socialdemócratas; no generan relaciones más igualitarias; concentran el poder; no democratizan la sociedad; asumen comportamientos autoritarios; persiguen a minorías; y para peor tienen poco que ver con la tradición de los partidos y programas de la izquierda, y muy poco en común con la historia del radicalismo político latinoamericano.

Bibliografía
Arnold, J. & Samuels, D. (2011): “Public Opinion and Latin America’s Left Turn” en S. Levitsky & K. Roberts (eds.), The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore: The John Hopkins University Press.
Arnson, C. et al (2009): La “Nueva Izquierda” en América Latina: Derechos Humanos, Participación Política y Sociedad Civil, Woodrow Wilson International Center for Scholars.
Arnson, C. & Perales, J. (2007): The “New Left” and Democratic Governance in Latin America, Woodrow Wilson International Center for Scholars.
Cameron, M. (2009): “Latin America’s Left Turns: beyond good and bad”, Third World Quarterly vol. 30, N. 2, 331-348.
Cameron, M. & Hershberg, E. (2010): Latin America’s Left Turns, Boulder, Lynne Rienner Publishers.
Gargarella, R. (2013): Latin American Constitutionalism, 1810-2010, Oxford: Oxford University Press.
Goldfrank, B. (2011): “The Left and Participatory Democracy. Brazil, Uruguay, and Venezuela” en S. Levitsky & K. Roberts (eds.), The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore: The John Hopkins University Press.
Levitsky, S. & Roberts, K. (eds.) (2011): The Resurgence of the Latin American Left, The John Hopkins University Press.
Madrid, R. (2011): “The Origins of the Two Lefts in Latin America,” Political Science Quarterly vol. 5, N. 4, 587-609.
Panizza, F. (2005): “The Social Democratisation of the Latin American Left,” Revista Europea de Estudios Latinoamericanos y del Caribe 79, Octubre, 95-103.

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latinoamerica2

¿Qué clase de izquierda?
Matías Maiello y Fernando Rosso

El libro The Resurgence of the Latin American Left (El resurgimiento de la izquierda latinoamericana), una recopilación de trabajos dirigidos por Steven Levitsky y Kenneth Roberts, analiza lo que llama el “giro a izquierda” en Latinoamérica producido a finales del siglo pasado y comienzos del actual. Definen las transformaciones de la izquierda contemporánea producidas bajo el reinado de la llamada etapa “neoliberal” y en los años siguientes; y afirman que la izquierda actual se caracteriza esencialmente porque tiene “como objetivo programático central reducir las desigualdades económicas y sociales”.
Es verdad que, como critica Roberto Gargarella en este mismo número de Ideas de Izquierda, podría leerse esta limitada definición como una “capitulación conceptual” que remite a una noción abstracta que daría por resultado un reguero de gobiernos de izquierda en la región. Ahora bien, nuestra pregunta: ¿Se puede discutir “izquierda” y “derecha”, o la propia evolución política de los países de la región, sin tomar como coordenadas la acción de las masas –en especial de la clase trabajadora– y del imperialismo?

La política sin (lucha de) clases
El límite central del análisis de Levitsky y Roberts está en su lectura circular de los procesos políticos. Hechos que son relevantes para entender los giros del último período, como las crisis económicas o financieras, el retroceso del movimiento obrero, la caída de la URSS y el mal llamado “socialismo real” o la pobreza estructural; aparecen enumerados en el texto, pero cuando se estructura la explicación de conjunto recaen en un análisis “politicista” de los cambios en lasformas de gobiernos y regímenes.
Tomando como un hecho dado el fortalecimiento de la democracia, la tesis central de Levistsky y Roberts es que las variaciones entre las orientaciones de los gobiernos que llaman “de izquierda” y los distintos regímenes políticos tienen su explicación esencial en la trayectoria de los partidos y en su forma de acceso al poder.
Ante la pregunta “¿Por qué Venezuela produce un Chávez y Chile un Lagos?”, su explicación remite a que “la variación en la política de izquierda y las orientaciones del régimen está enraizada en las vías hacia el poder de los partidos”1. Es decir, una forma de régimen o de gobierno se explica por otra forma, la del partido o movimiento. Los autores encuentran las causas en las consecuencias y dejan sin explicar el proceso de conjunto porque aunque las superestructuras “ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma”2; las formas no se explican a sí mismas, sin entender el curso general de las luchas históricas.
Los regímenes políticos –que son la forma del Estado–, son el producto de las cristalizaciones en equilibrios más o menos inestables de las relaciones de fuerzas entre las clases; y la actividad de las clases tiene como determinación en última instancia las tendencias de la economía. La política, que tiene su relativa autonomía, no puede independizarse de estas relaciones estructurales, de las que es expresión más o menos distorsionada en el terreno superestructural. Este método marxista general permite comprender las causas profundas de los cambios políticos.
En los países dependientes o semicoloniales estas relaciones entre las clases se desarrollan de una manera particular. En su corto exilio mexicano, León Trotsky sistematizó esta particularidad en los países llamados “atrasados”:

En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros3.

La estabilidad de la democracia y aceptación por parte de los partidos o movimientos a los que Levitsky y Roberts ubican dentro de la “izquierda” es para los autores una de las condiciones de posibilidad de su retorno en Latinoamérica –otras condiciones son las desigualdad social estructural y las crisis económicas–. Pero no explican cuáles son las causas profundas de esta estabilización democrática en un continente que estuvo marcado durante toda su historia por las permanentes rupturas del orden democrático burgués y las frecuentes tendencias a distintos tipos de bonapartismos sui generis.
La relativa estabilidad democrática de las últimas décadas se debe menos a una “maduración” cívica o republicana de las sociedades, que a la derrota de los procesos revolucionarios y de aguda lucha de clases producidos en el continente en los años ‘60 y ‘70 del siglo pasado. Son democracias “poscontrarrevolucionarias”4. Como afirmó León Rozitchner para el caso argentino: “la democracia fue abierta desde el terror y no desde el deseo”5.
El peso del imperialismo refortalecido durante la etapa “neoliberal” y la debilidad relativa de las burguesías nacionales, se combinó en este período histórico con un debilitamiento subjetivo (y también objetivo) de las clases trabajadoras del continente, lo que posibilitó otras condiciones especiales de poder estatal que le dieron estabilidad hasta cierto punto a las democracias burguesas. La combinación de las crisis recesivas que afectaron prácticamente a todo el continente entre 1998-2002 –y en algunos casos llegaron a convertirse en “crisis orgánicas”, es decir, crisis de conjunto, económicas, políticas y sociales– y las consecuencias que tuvieron en la lucha de clases obligaron a cambiar las orientaciones de los gobiernos. Con el cambio de siglo se abrió una fase de crisis agudas y tendencias a la acción directa en la lucha de clases, con episodios como las jornadas revolucionarias de 2001 en Argentina o los levantamientos de octubre de 2003 y de mayo-junio de 2005 en Bolivia. En medio de grandes movilizaciones fueron derribados gobiernos en Ecuador, Argentina, Bolivia, Perú, mientras en Venezuela, en abril de 2002, la movilización popular derrotaba un intento de golpe pronorteamericano contra Chávez. El primer gran límite que tuvo este momento de movilizaciones fue la ausencia del sujeto más peligroso, la clase trabajadora. El proceso de conjunto tuvo un carácter predominantemente popular, campesino e indígena, la clase obrera con los golpes de las derrotas anteriores y los efectos de la recesión, no pudo erigirse en sujeto centralizador y hegemónico.
La llegada a los gobiernos de movimientos o partidos de “izquierda” (en la definición de Levitsky y Roberts) son el producto de una carencia y una resignación. La carencia de los movimientos populares que impidió conformar un “nuevo bloque histórico”, en términos de Gramsci, que permita llevar hasta el final las movilizaciones e imprimirles un curso revolucionario, para lo que era imprescindible el concurso de la clase obrera; y una resignación de las clases dominantes para aceptar un necesario cambio político y limitadas reformas sociales, si se quería evitar la radicalización y la apertura de procesos revolucionarios. Fue la profundidad de los procesos lo que determinó las características particulares de cada gobierno, que en todos los casos representaron diferentes vías de “pasivización” de los movimientos de masas6. A partir de 2003 acceden a los gobiernos Kirchner y Lula, se consolida Chávez, posteriormente asume Evo Morales, lo que va dando cuenta del cambio de escenario político al calor de las nuevas relaciones de fuerza. En estos dos últimos casos se produce un cambio de régimen. En Venezuela, el chavismo basado en las fuerzas armadas y los pobres urbanos adquiere rasgos de aquello que mencionábamos con la cita de Trotsky como “bonapartismo sui generis”.
En Bolivia, Evo Morales llega al poder bajo el impulso del movimiento campesino e indígena, adquiriendo características de “frente popular”, en tanto que a diferencia de los gobiernos burgueses normales está sostenido por las organizaciones de masas del campo y la ciudad.
En el otro extremo, en Brasil y Uruguay, donde se mantiene una mayor continuidad en la relación de fuerzas, los cambios de gobierno se dan “en frío” como medidas preventivas para evitar el contagio del clima regional. En una segunda etapa los nuevos gobiernos se van consolidando al calor del crecimiento económico, o lo que los mismos Levitsky y Roberts llaman el “boom de las materias primas”, usufructuando la “fortuna” de los beneficios que la economía mundial volcaba sobre el continente.
Sin embargo, el escenario de conjunto tampoco termina de comprenderse si no se marca la acentuación de la declinación hegemónica del imperialismo norteamericano, que se expresó en el debilitamiento de la presión imperialista sobre la región, con EE. UU. concentrando esfuerzos en el Gran Medio Oriente (ocupaciones empantanadas de Irak y Afganistán) y debiendo sobrellevar la crisis económica luego de 2007. El mayor margen de maniobra de los gobiernos de “izquierda” fue posible y estuvo condicionado por un menor protagonismo relativo, hasta ahora, de las clases fundamentales: el imperialismo y la clase obrera.

El desgaste de los gobiernos “de izquierda” y los nuevos fenómenos
Luego de años de baja lucha de clases, la situación está cambiando en América Latina. No es la crisis económica aún lo más dinámico sino el progresivo agotamiento de los gobiernos a los que Levitsky y Roberts incluyen en la categoría de “izquierda”. Este fenómeno político es el marco de la irrupción de la juventud y de las movilizaciones de masas.
Esta situación ha abierto una dinámica aún incipiente, inicial, de intervención de la clase obrera, y entre los sectores avanzados viene dándose un proceso de ruptura con aquellos gobiernos. Lo vimos durante el paro del 20 de noviembre de 2012 en Argentina, en la confluencia inicial de estudiantes y trabajadores en Chile el 11 de julio de este año, en la lucha por las jubilaciones así como en el proceso de conformación del Partido de Trabajadores en Bolivia, en la lucha docente en Uruguay, también en el paro del 11 de julio en Brasil7.
El crecimiento económico de la última década renovó la disposición social objetiva de las fuerzas de la clase obrera, el Capital volvió “trágicamente” a revitalizar bajo formas diferentes las fuerzas sociales de su sepulturero, cuando creyó que lo había derrotado definitivamente y había enviado a sus intelectuales “orgánicos” a decretar su muerte.
Pero además, mientras continúa el declive de su hegemonía, EE. UU. vuelve a presionar sobre su patio trasero. La crisis internacional empuja a este país a una nueva ofensiva, dándole nueva vida a la Alianza del Pacífico (un acuerdo comercial con México, Colombia, Chile y Perú), y a las negociaciones del tratado de libre comercio Acuerdo de Asociación Transpacífico (TTP), que comprende a Brunei, Canadá, Chile, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Japón y Vietnam.
Mientras comienzan a volver a escena los actores fundamentales del drama latinoamericano, se desarrollan multitudinarias movilizaciones populares que combinan demandas económicas con demandas democráticas. Las “estrellas” de la izquierda latinoamericana según la concepción de Levitsky, como el PT de Brasil, gobiernan junto con la derechista bancada evangélica y son vistas por las masas como parte de un régimen anacrónico divorciado de sus necesidades.

¿Qué izquierda?
Si tomamos tanto los casos de Chile, como de Brasil, Bolivia y Argentina, con diferentes ritmos y expresiones políticas nacionales, vemos cómo, producto del desgaste de la “izquierda a la Levitsky”, de Evo Morales en Bolivia, del PT en Brasil, del kirchnerismo en Argentina, o en el caso de Chile (con la entrada del PC a la Concertación), se está desarrollando la tendencia al surgimiento de sectores de masas que se ubican a la izquierda.
De esta forma, comienza a darse en América Latina un fenómeno político que desde hace años viene atravesando la situación europea producto de la crisis de los partidos tradicionales y el proceso de polarización política en el marco de la crisis económica. Emergentes emblemáticos de este proceso fueron el Front de Gauche en Francia y Syriza en Grecia. Partidos articulados alrededor de figuras electorales, desligados de la lucha de clases, que poco y nada han servido frente los ataques que se vienen sucediendo contra los trabajadores y sectores populares.
Esto plantea como cuestión no ya qué es la izquierda –pregunta que guía a Levitsky y Roberts– sino qué izquierda hay que construir. Si se trata de construir una variante de izquierda en los marcos del régimen democrático burgués, o una izquierda obrera y revolucionaria para la intervención en la lucha de clases. Las jornadas de junio en Brasil salieron a enfrentar la enorme desigualdad de un país donde para unos pocos se construyen grandes estadios de fútbol mientras que para las grandes mayorías se aumenta el pasaje de un sistema de transporte público en decadencia. También las calles estuvieron cruzadas por el cuestionamiento a la casta de políticos burgueses cuya preocupación principal pasaba por intentar legalizar su propia impunidad ante las denuncias de corrupción.
Sin embargo, estos cuestionamientos a estas “democracia para ricos” conviven con la idea de que la democracia burguesa es la única democracia posible. Frente a este fenómeno, y a la cuestión de las demandas democráticas, a la que hace referencia Roberto Gargarella, cobran especial actualidad las banderas que la clase obrera supo levantar en la Comuna de París de 1871: que todos los funcionarios y cargos electivos cobren un salario igual al de un trabajador medio; la revocabilidad inmediata de mandatos para todos los cargos electivos; la eliminación de la institución bonapartista de la presidencia de la república, así como de las oligárquicas cámaras de senadores, y la conformación de una cámara única que fusione los poderes ejecutivo y legislativo; la elección de todos los jueces por sufragio universal, entre otras.
Este conjunto de medidas democrático radicales, íntimamente unido a otras demandas transicionales que respondan a las demandas económicas y sociales, no apuntan a “mejorar” el poder constituido, sino establecer un puente para desarrollar un verdadero poder constituyente que retome el camino de formas democráticas superiores como las que esbozó la Asamblea Popular boliviana de 1971 o los Cordones Industriales que se pusieron en pie durante los primeros años ‘70 en Chile.
Si hay algo que se demostró en la última década es que ninguno de los gobiernos que Levinsky y Roberts catalogan como de “izquierda”, ni en su versión nacionalista ni en su versión “social-liberal”, dieron solución a los grandes problemas latinoamericanos: su dependencia, el atraso estructural (que en algunos casos se profundizó con la reprimarización de la economía), la probreza o el trabajo precario que es masivo en el continente; pese a una década de crecimiento. Solo puede serlo un poder constituyente que exprese la alianza de clase entre los trabajadores, los campesinos y sectores populares, aquel cuya ausencia marcó los procesos de la década anterior. Que sea capaz de romper las cadenas de la opresión imperialista y afectar los intereses del gran capital, sin lo cual no se pueden resolver los grandes problemas estructurales que vienen dejando planteados las movilizaciones que atraviesan la región, como la salud, el trabajo, el transporte, la vivienda, la cuestión agraria, el saqueo de los recursos naturales, entre otros.
La disputa por las tradiciones pasadas de “la izquierda”, tiene para nosotros este sentido programático y estratégico, como preparación para los combates del presente y el futuro.

1 Steven Levitsky y Kenneth M. Roberts, The Resurgence of the Latin American Left, Baltimore, The John Hopkins University Press, 2011.
2 Carta de F. Engels a J. Bloch, 22 de septiembre de 1890, en Marxists Internet Archive (www.marxists.org).
3 León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, Escritos Latinoamericanos, Bs. As., Ediciones IPS-CEIP, 2013.
4 Laura Lif y Juan Chingo, “Transiciones a la democracia”, Estrategia Internacional 16, 2000.
5 León Rozitchner, Acerca de la derrota y de los vencidos, Bs. As., Editorial Quadrata & Ediciones Biblioteca Nacional, 2011.
6 Para una interpretación de los principales fenómenos políticos en Latinoamérica de la última década, ver: Eduardo Molina, “Cambio de década en Amércia Latina. Notas para un balance de los gobiernos nacionalistas y progresistas”, Estrategia Internacional 27, 2011.
7 Para un análisis más detallado de este fenómeno ver: Eduardo Molina, “El retorno de la clase trabajadora”, Ideas de Izquierda 2, 2013.

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