Inteligencia al servicio de quién

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La ex SIDE y su nexo histórico con la CIA y la red interna de espionaje

 

CLAUDIA FERRI Y ADELA GARCÍA

Número 17, marzo 2015.

 

El siglo XX ha sido testigo de la construcción de un imaginario atractivo e intrigante que representa el mundo de los espías y sus hazañas. La literatura y la industria cinematográfica utilizaron innumerables veces este recurso, que incluso llegó a conformar un género propio. Pero la realidad de los agentes de espionaje no se asemeja a la pintoresca representación de la figura de James Bond; aunque sí, en muchos casos, tienen “licencia para matar”.

Los servicios de inteligencia se ubicaron a lo largo de la historia como garantes de los  secretos mejor guardados del gobierno de turno. Su papel tiende a ser clave para el orden y control de las situaciones internas y externas que afectan directamente a los Estados modernos capitalistas, lo que explica su naturaleza inherente al funcionamiento del régimen.

En Argentina, el sistema de inteligencia cuenta con más de cien años. Durante ese tiempo ha logrado aggionarse a las necesidades del Estado, sea civil o militar, sorteando en numerosas oportunidades las responsabilidades políticas que le competen como, por ejemplo, su participación durante la última dictadura militar.

Este artículo tiene la intención de reconstruir críticamente la historia del espionaje  argentino, especialmente de la ex SIDE, enmarcándola en un contexto socio-político particular que va a reflejar las alianzas y tensiones con uno de los servicios de inteligencia más influyentes en el mundo: la CIA norteamericana. El trabajo conjunto de ambas agencias da cuenta de la política imperialista desarrollada por el país del Norte durante la segunda mitad del siglo XX.

 

Ensayos iniciales: de la Policía secreta a la Secretaría

Las primeras experiencias en Inteligencia se desarrollaron a comienzos de siglo XX, como parte del proceso de modernización y profesionalización de las FF. AA. En su segundo mandato, Julio A. Roca nombró al Teniente General P. Ricchieri como ministro de Guerra para que encabece el perfeccionamiento de los métodos, armamento y equipos militares. En los años siguientes se conformó la SIE (Servicio de Inteligencia del Ejército) y, más tarde, el Servicio de Espionaje y Contraespionaje, utilizado originalmente para acumular información sobre los países vecinos, particularmente sobre Chile, con el que mantenía una relación tensa por cuestiones limítrofes en la Patagonia1. Pero no tardó mucho tiempo en reposicionarse para contribuir al rol represivo del Ejército y la Policía, utilizando todos los recursos a su alcance para enfrentar a las primeras organizaciones combativas de la clase obrera. Hasta la década del ‘40, el control de los servicios de inteligencia estaba en manos de los militares y la Policía Secreta, cada uno con recursos propios. Los avances tecnológicos de la época les brindaron medios más modernos, como la escucha de mensajes radiotelegráficos para recopilar información de los espiados. Para la misma época, el presidente R. Ortiz hizo un primer intento de crear un área de inteligencia civil llamada Dirección General de Seguridad e Informaciones (DGSI), pero la debilidad de su gobierno la llevaron a una rápida desintegración. Durante los últimos años de la “Década Infame”, va a ser la Coordinación Federal de la Policía el organismo que concentre los fueros en materia de Inteligencia. Con el decreto 337/46 se creó la Coordinación de Informaciones de la Presidencia de la Nación (CIPN), que tenía como finalidad centralizar la información necesaria para los asuntos de Estado, sean de carácter nacional o internacional.

A pesar de que el entrenamiento estuvo

a cargo de oficiales cercanos al presidente, se pretendía que la mayoría del personal del organismo fuera civil. Un hombre como Perón, formado en inteligencia militar, desconfiaba de ciertos sectores de las FF. AA. que el año anterior lo habían tomado prisionero en un intento por debilitar su poder. Las causas que llevaron a la creación de la CIPN fue la creciente necesidad del jefe de Estado de controlar a sus opositores, identificar a los conspiradores e impedir el avance del comunismo en las filas obreras2.

A pesar de la creciente inserción del peronismo en los sindicatos, el Partido Comunista seguía dirigiendo las comisiones internas de poderosos gremios como el de la Construcción y Metalúrgicos, en años en los que la clase obrera venía aumentando su peso numérico y social debido al progresivo desarrollo de la industria. A lo largo de todo el año 1946 estos sectores habían protagonizado una oleada de huelgas que paralizó la industria y el puerto.

Durante sus primeros dos mandatos, Perón osciló entre los intereses de la burguesía nacional e internacional, y las concesiones (necesarias) para ganarse el apoyo de los trabajadores. En su afán de presentarse como árbitro entre las clases3, destinó gran parte del presupuesto nacional a gastos militares y policiales, que según Milcíades Peña llegó a ser del 50 %4. En 1949, la CIPN fue reorganizada como Coordinación de Informaciones del Estado (CIDE), y dos años después pasó a llamarse Servicio de Informaciones del Estado (SIDE). Finalmente, a mediados de los años ‘50 adquirió el rango de Secretaría manteniendo sus siglas originales. Una de las nuevas adquisiciones en materia logística fue el microfilm, invento de la inteligencia estadounidense, utilizado en la Segunda Guerra Mundial.

A la par de Argentina, los países aliados triunfantes en la contienda contra el nazismo  crearon sus propios organismos de inteligencia y espionaje, lo que les permitió manejar información de las potencias extranjeras y mantener el control interno: la DST francesa (Dirección de Vigilancia del Terrorismo), fundada en 1944; la CIA, creada en 1947 por EE. UU., el Mossad, que surgió un año después de la conformación del Estado de Israel (aunque recién en 1951 se convirtió en un servicio civil). En los años ‘40, la URSS también modernizó su servicio de espionaje.

 

Bajo el modelo norteamericano

La influencia imperialista en actividades de espionaje interno puede rastrearse a lo largo de toda la historia de la ex SIDE y de sus antecesoras. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el gobierno norteamericano encargó a su nueva Agencia Central de Inteligencia (CIA) llevar a cabo, a escala internacional, la “lucha contra el comunismo”, anunciada por el presidente demócrata H. Truman ante el congreso estadounidense. Con dicho propósito, la CIA comenzó a instalar sus estaciones en países donde el gobierno y las empresas norteamericanas mantenían intereses políticos y económicos. En América Latina, donde EE. UU. había desplazado a Inglaterra como imperialismo dominante, la orientación de Truman provocó la reactualización de la Doctrina Monroe a través del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), así como el reforzamiento de las actividades de vigilancia y represión5. Quedaba al descubierto la política del puño de hierro norteamericana6. En este contexto, la CIA se transformó en un modelo (en materia de inteligencia) para los países alineados con la política panamericana impulsada por EE. UU. Bajo el peronismo, la Argentina no quedó al margen.

Durante la campaña de 1945/1946, la prensa norteamericana había difundido la existencia de supuestos vínculos entre el gobierno de Farrell-Perón con espías alemanes, y adelantaba la ruptura diplomática de EE. UU. ante un posible triunfo de la coalición peronista. Con estas operaciones de prensa, los norteamericanos pretendían mostrar a un Perón problemático para la estabilidad del país. La campaña de desprestigio, de la que se hizo eco la Unión Democrática, llevó a Perón a dirigir su discurso contra la intromisión de EE. UU. en la política interna a través del empresario y embajador estadounidense S. Braden, señalado como el inspirador de la alianza opositora. Un año después, la política exterior daba un giro con el ingreso de la Argentina al TIAR. La utilización de las disputas interimperialistas no representaba un impedimento para el trato amistoso con EE. UU. y el apoyo a la “cruzada anticomunista”. Argentina votó, en los años siguientes, a favor de la declaración de la ONU contra la República Popular China. En 1954, Perón reconoció al dictador C. Castillo Armas, colocado al frente del gobierno de Guatemala luego del derrocamiento de J. Arbenz por una invasión preparada por la CIA y las empresas estadounidenses radicadas en suelo guatemalteco.

 

La lucha de clases refuerza un vínculo inquebrantable

La intervención norteamericana se incrementó en las décadas siguientes y dio un salto con el triunfo de la Revolución cubana. En materia de seguridad interna, los gobiernos militares y civiles argentinos de los años ‘50 y ‘60 adoptaron la Doctrina de Seguridad Nacional que promovió el uso de los métodos represivos puestos en práctica por EE. UU. y Francia en las guerras coloniales. A partir de la doctrina de la “agresión interna” y tomando como base la ley “para los tiempos de guerra” de Perón, el gobierno de A. Frondizi diseñó el Plan Conintes que asignó a las FF. AA. la represión del “terrorismo” en todo el territorio, permitiendo la creación de Consejos de Guerra y la Ley marcial. En los inicios de la dictadura, J. C. Onganía emitió el Decreto-Ley de Defensa Nacional con el que profundizó la orientación anterior llegando a identificar la seguridad interna con la defensa nacional, una de las pocas leyes de la dictadura que H. Cámpora dejó intactas7. El Decreto-Ley de 1966 facultó a la SIDE para calificar a los opositores del régimen de “motivación comunista” a fin de tener un panorama preciso del alcance de la “infiltración comunista” en el país. Junto con esta resolución, se crearon las oficinas de escuchas telefónicas. En aquel período, encabezaba la SIDE el general E. Señorans, miembro de la secta derechista Cité Catholique.

Con la intensificación de la lucha de clases a partir del Cordobazo, la presencia de la agencia extranjera se volvió aún más relevante. En 1974, parte del personal que había colaborado con el golpe de Estado encabezado por el general A. Pinochet fue trasladado desde Chile para apoyar la actividad paraestatal y, posteriormente, la represión genocida de la dictadura. Como puso en evidencia Rodolfo Walsh en una investigación inconclusa, el nexo entre la Triple A y la CIA fue directo. En el caso de la SIDE, sus agentes no solo brindaban información sobre militantes y organizaciones, sino que montaron su propio grupo operativo encabezado por la banda criminal de A. Gordon. A principios de 1976, el jefe de la SIDE, Otto Paladino, le encomendó a Gordon poner en pie en los talleres Orletti, un centro clandestino de detención (CCD) especializado en el secuestro, la tortura y la desaparición de militantes de organizaciones de países limítrofes. En Orletti, como en el CCD El Olimpo, se llevó a cabo la Operación Cóndor, ideada por la CIA como parte de sus “operativos de limpieza”. Esta operación fue puesta en marcha en 1974 para facilitar el intercambio y traslado de presos políticos, el espionaje y el control de actividades políticas entre países8.

La injerencia imperialista en tareas de inteligencia no cesó con el fin de la dictadura. El gobierno de R. Alfonsín buscó renovar la desprestigiada SIDE acudiendo al Mossad israelí, la CIA e Inteligencia francesa. Estas agencias equiparon al organismo con nueva tecnología especializada en escuchas telefónicas, una de las áreas donde trabajó Antonio “Jaime” Stiuso, de fuertes vínculos con la CIA y el Mossad9. La dependencia logística, así como los intereses comunes forjados a lo largo del siglo XX, mantuvieron intactos hasta el presente los vínculos con las agencias extranjeras.

 

La “Comunidad Informativa”, columna vertebral de la represión

La ex SIDE es una pieza clave en la estructura de inteligencia nacional, conocida como “Comunidad informativa”. Estos servicios comenzaron a intervenir de manera coordinada a partir de los años ‘60 y ‘70, a través del “Plan Sistemático de Inteligencia” de cruce de información y creación de una base de datos para identificar los “blancos” de los grupos de tareas.

Entre las áreas que participaron en la Comunidad se encontraban: la SIDE, el SIN (Navales), el SING (Gendarmería), el SIA (Aeronáutica), el Batallón 601 (Ejército), la DIPBA (Policía Bonaerense), la D2 (Policía cordobesa) y la Dirección de Coordinación de la Policía Federal. Esta última contaba con las divisiones de Asuntos Políticos, de Asuntos Gremiales y de Actividades Políticas Antidemocráticas (originalmente, Sección de Represión del Comunismo). Sus hombres, entrenados en “tareas antisubversivas”, tenían la práctica común de infiltrarse en universidades y fábricas. Dos grandes colaboradores de la Comunidad fueron las empresas Mercedez Benz y Ford, que “marcaban” a dirigentes  sindicales y delegados. En el caso de la primera, hay toda una Comisión Interna desaparecida, mientras que Ford tenía un área destinada al aterrizaje de helicópteros de las FF. AA. y su jefe de seguridad respondía al Ejército.

A partir de la crisis política abierta con la muerte del Fiscal A. Nisman volvieron a salir a la luz las actividades delictivas y los famosos “carpetazos” de la ex SIDE. Este tipo de accionar no es exclusivo de las últimas décadas. Ya en los ‘50, Walsh denunciaba la corrupción en los órganos de Inteligencia, a propósito de la muerte del abogado M. Satanowsky. Aunque fueron las denuncias de los últimos años las que dejaron al desnudo la función esencial que dio nacimiento a estos aparatos. Son los casos del actual Secretario de la UOCRA Gerardo Martínez y el agente infiltrado en el MST, Octavio Tarifeño, que aparecieron en la lista del personal del Batallón 601; la infiltración de A. Balbuena en la agencia Walsh; y, más recientemente, el Proyecto X lanzado por Gendarmería. Estos son algunos de los ejemplos que nos permiten demostrar que, como en los períodos más represivos, los servicios de inteligencia siguen teniendo como fin último mantener el orden social capitalista. A contramano de las intenciones del gobierno kirchnerista y el arco opositor actual que buscan reforzarlos, el único cambio real es su disolución.

 

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1. Ver Jaime E. Cañás, Espionaje en la Argentina, Bs.As., Mundo Actual, 1969.

2. Ver Jorge Boimvasser, Los sospechosos de siempre. Historia del espionaje en Argentina. Bs. As. Planeta, 2000.

3. Utilizamos la definición de L. Trotsky “bonapartismo sui géneris” para definir al gobierno de 1946, expresando su carácter contradictorio. Perón realizó importantes concesiones a la clase obrera para contar con las fuerzas para frenar una ofensiva  norteamericana debido a la debilidad de la burguesía local pero, a su vez, impidió que ésta tenga una estructura independiente evitando que se convierta en una amenaza real al régimen burgués. Ver Ernesto González. Qué es y qué fue el peronismo, Bs. As., Pluma, 1974.

4. Ver Milcíades Peña, Historia del pueblo argentino, Bs. As., Emecé, 2012.

5. Con la Doctrina Monroe (1823) EE. UU. se adjudicó el derecho de intervenir en el continente a fin de impedir la intervención de Europa en los países recientemente independizados.

6. En los ‘30, L. Trotsky sintetizaba la política de EE. UU. en América Latina con la imagen del puño de hierro. Según Trotsky, el gobierno de Roosevelt, anterior al de Truman, había ocultado el puño en el “guante de terciopelo”. Ver León Trotsky, Escritos Latinoamericanos, Bs. As., CEIP/Museo Casa L. T./Ediciones IPS, 2013.

7. Ver Marina Franco, Un enemigo para la Nación. Orden interno, violencia y subversión, 1973-1976, Bs.As., FCE, 2012.

8. Ver Stella Calloni, Los años del lobo: Operación Cóndor, Bs. As., Continente, 2002.

9. Ver Gerardo Young, SIDE, la Argentina secreta, Bs. As., Planeta, 2006.

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