Intelectuales y política en tiempos de Macri

0
Share Button

 

En 2011, en una sala llena de la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, un conjunto de docentes, ensayistas e investigadores kirchneristas y de la izquierda, debatían cuál era el papel de los intelectuales bajo el kirchnerismo. Semanas después, Cristina  Fernández hacía su mejor elección y comenzaba, sin saberlo, su declive. Pasaron cinco años, un FIT que demostró que a la izquierda no estaba la pared, una derrota electoral “inesperada” y un país que se tiñó de amarillo. En el nuevo contexto, Horacio González, María Pía López, Eduardo Grüner y Christian Castillo volvieron al debate. Aquí presentamos fragmentos de lo que allí se dijo (se puede ver completo aquí).

Número 31, julio 2016.

VER PDF

María Pía López: “Caracterizar los doce años previos como un reformismo igualitarista”

Algunos memoriosos recordarán que esta conversación la tuvimos casi los mismos hace algunos años, pero el contexto ha variado dramáticamente. La mesa está convocada como intelectuales en el contexto del macrismo. Lo primero que quería señalar es la complejidad de tratar la noción de intelectual. Hubo una discusión hace varios años, a propósito de una carta de Oscar del Barco, que no voy a desglosar aquí, en la que Del Barco proponía una forma muy tajante de pensar lo ocurrido en los años ‘70, y la discusión que se abrió allí es una de las discusiones más interesantes del campo intelectual argentino. Una de las respuestas más interesantes fue la de León Rozitchner, él decía que Del Barco se equivocaba en un punto: asumir una responsabilidad que no le competía en ese momento, y al hacer eso dejaba de asumir la que sí le competía, y que nos compete, que es la elaboración pública de nuestras reflexiones, es decir, dar cuenta como intelectuales de los procesos políticos, de lo que transcurre, una responsabilidad ante el resto de la sociedad. Me parece que el punto de partida es que lo que digamos aquí, o lo que yo diga aquí, tiene menos el interés de polemizar para triunfar en una discusión, que tratar de reflexionar respecto de la coyuntura y de nuestro lugar en ella. A eso le llamaría una asunción de responsabilidad.

Si hay una idea de frente que me parece que está ausente en las discusiones públicas, es la idea de frente como un modo de lectura. Yo tengo la impresión de que hay algo a sostener que es una lectura frentista, una lectura que ve en el otro, no la diferencia a combatir sino qué núcleos de pensamientos pueden interrogarnos a nosotros mismos. Es la lectura de lo que nos interpela, de lo heterogéneo, de lo que nos revela algo, establece pensamiento o forja preguntas allí donde sensiblemente no estamos de acuerdo. En este sentido, una estrategia frentista de lectura es una estrategia de reflexión acerca de qué hay en el otro que nos despierta. Entonces pienso esta conversación como parte de esa estrategia de lectura frentista. Digo esto porque en general me parece que las personas que estamos sentadas aquí es posible que tengamos las mayores coincidencias sobre la caracterización del gobierno actual. En ese sentido podríamos hacer la mesa más aburrida de la historia, en la que las cuatro personas sentadas aquí y el público, estemos por principio y desde el vamos de acuerdo en caracterizar que estamos frente un gobierno que tiene mucha revancha de clase, que viene a establecer un modo de disciplinamiento social, que viene a proponer un tipo de alianza entre empresarios, CEO, ONG y fundaciones. No solo son los CEO, sino que las estrategias de las ONG y de las fundaciones están condicionando la forma de intervención en el espacio político y que ese tipo de construcción establece un modo de gobernabilidad cuya diferencia me parece que hay que pensar, pero que a mí el efecto que más me conmueve en estos meses, es la sensación de que estamos ante un tipo de revancha que tiene un efecto fundamentalmente disciplinador, es decir, lo que está en juego es un tipo de afirmación del poder tradicional y de condena a todos los rasguños que ese poder pudo haber tenido, y la reposición de modo pleno y absoluto de una subjetividad de mercado. Ese disciplinamiento tiene distintas estrategias y una de ellas tiene que ver con la criminalización, me parece que quizás el hecho definitorio en estos meses es la cárcel de Milagro Sala, que le habla no a la Túpac Amaru, no al kirchnerismo, sino al conjunto de los movimientos sociales argentinos. En ese sentido, caracterizaría el momento actual como un disciplinamiento social con todas las aristas que tiene, y con la peculiaridad dolorosa para muchos de nosotros de que tiene un fuerte consenso social.

Probablemente tengamos matices y diferencias en la caracterización de este gobierno pero creo que puede haber más que matices y diferencias en la caracterización del momento anterior. Es decir que está en juego no tanto la caracterización del macrismo como la del kirchnerismo. Y yo persistiría en caracterizar los doce años previos como un reformismo igualitarista, con evidentes contradicciones. Quiero decir con esto que creo que fue un gobierno que comenzó poniendo en juego un conjunto de lógicas reparatorias y que a medida que fue desarrollando sus políticas produjo un tipo de intervenciones que tenían que ver con la ampliación de derechos y la puesta en escena de la idea de igualdad. ¿Y qué es esa idea de igualdad? La idea más conflictiva, más querellante, más compleja que puso en juego el kirchnerismo. Creo que hay en este contexto ciertos núcleos, políticas, valores, enunciados, que fueron amasados durante los doce años anteriores y en muchos casos desde antes por todo el movimiento social argentino, que están en riesgo. Diría, por lo menos, la política de juicio y castigo al terrorismo de Estado, es una de las políticas que están bajo amenaza, las condiciones de vida reales de los sectores populares, los derechos laborales.

Para mí una de las escenas más dramáticas de estos meses, así como mencioné el caso de Milagro, es la del actual presidente vetando la ley de emergencia laboral en Cresta Roja, donde todavía los trabajadores están precarizados y donde la mayoría fueron despedidos, después de una de las mayores movilizaciones que hubo en la Ciudad de Buenos Aires por parte de las organizaciones sindicales.  Esa es una escena de disciplinamiento, de amenaza, de advertencia respecto de cómo llaman a las víctimas a pactar con los victimarios. Y, esto es lo más doloroso de la situación actual, cómo están logrando que ese pacto funcione  en muchos sectores como pacto de la víctima para conservar lo que queda, que a veces es la vida, el salario o el trabajo. Y finalmente me parece que lo otro que está en juego y en peligro es también una idea de nación. Los pedidos de perdón no son gratuitos, o la presencia del rey de España para el 9 de julio son hechos simbólicos de envergadura que producen efectos determinados sobre la sensibilidad y la subjetividad de las personas. Uno de los desafíos para pensar en esta coyuntura desde nuestra responsabilidad de intelectuales es cómo conjugar la defensa de esos núcleos amenazados, al mismo tiempo que la pelea por las libertades que faltan. Y también situar todo eso en el marco de lo que yo creo que es uno de los dramas que nos convocan hoy y que nos convocan en cada una de nuestras conversaciones que es el desencuentro tradicional que han tenido en  Argentina y en América Latina, pero en Argentina muy particularmente, entre el movimiento social y las teorías revolucionarias. Ese desencuentro es parte de las condiciones en las cuales pensamos. Digo esto por ahora como para pensar esas tareas en esta coyuntura a partir de una pregunta que me parece que es la pregunta frentista por excelencia: ¿Qué es lo que no es barbarie? Pensando que lo que hay es una barbarie, arrasadora, demoledora, destructora de la vida social y que todo lo que pensemos, hagamos o conversemos tiene que estar también sobra la base de imaginar, detectar “qué es lo que no es barbarie” y qué se puede hacer para enlazarlo, hacerlo vivir y darle espacio.

 

Eduardo Grüner: “Dar testimonio no puede ser por sí solo una propuesta política estratégica para la sociedad“

Buenas noches, muchas gracias por esta invitación. Me gustó mucho cómo empezó María Pía con esa reflexión sobre los intelectuales. Muestra lo problemático del significante al cual se supone que debemos responder y estar convocados a llenar de significado. Y también apelando a esa responsabilidad que ella mencionaba, me gustaría apoyar lo que decía María Pía sobre la importancia de un debate donde no solamente uno esté dispuesto a escuchar las razones del otro sino en lo posible a dejarse convencer.

Efectivamente se trata de partir de un diagnóstico, incluso un diagnóstico sobre el gobierno actual. No me resulta tan evidente que vayamos a estar del todo tan de acuerdo. Esos matices a los que se refería María Pía a veces pueden ser decisivos para, no solamente hacer una caracterización, sino para darse una política estratégica hacia el futuro. Primer punto a propósito del gobierno actual, una cosa que he repetido varias veces. Cuando yo era muy joven leí por primera vez esa famosa definición que hace Marx del Estado cuando dice que es el comité de administración de los negocios de la clase dominante. A mí esa definición me parecía justa en su esencia pero un tanto exagerada en su formulación, porque siempre hay resquicios, intersticios, relativas autonomías: de otro modo no sería posible eso que se llama “bonapartismo”, que califica muy genéricamente al gobierno “K”. Esa definición, decía, siempre me pareció un poco exagerada en su intención propagandística, hasta que llegó el gobierno que tenemos, que responde por supuesto de la manera más exacta a esa definición. Porque hay que decir que un mérito de este gobierno es el de haber transparentado de la manera más inequívoca posible, eso que en una época se llamaba lucha de clases. Tenemos un modelo que se puede calificar sin necesidad de demasiados eufemismos, como un modelo de una brutal ofensiva de clase contra los trabajadores y los sectores populares.  Me gustaría insistir: se trata de lucha de clases, no de enfrentamientos más o menos difusos, de tironeos más o menos fuertes, o más o menos negociables, entre por ejemplo diferentes sectores de las clases dominantes, o de este sector o algunos de estos sectores con un estado más o menos distribucionista, bonapartista, o como se lo quiera denominar según los casos. No hay nada de todo eso. Lo que hay es una situación de esas que clásicamente se llaman de “clase contra clase”. Porque esa caracterización va más allá de cual sea la dimensión, el significado, el efecto objetivo de las reacciones, las resistencias o las acciones de masas populares que pueda haber para defenderse. Quiero decir que mucha gente cree que si no hay reacción de las clases trabajadoras contra la opresión entonces no hay lucha de clases. No, que no haya reacción o que la reacción sea insuficiente no significa que no hay lucha de clases sino que la vamos perdiendo, porque las clases dominantes obviamente también luchan.

Esta caracterización también tiene consecuencias políticas. El segundo punto es algo a lo que se refirió María Pía. Tiene que ver con que hay un discurso general emitido desde sectores simpatizantes con el gobierno anterior, según el cual el objetivo de este gobierno, el macrista, sería desarmar, revertir, anular o directamente destruir las políticas beneficiosas para los sectores populares que pueda haber aplicado el gobierno anterior. Y esto es, sin lugar a dudas, una verdad. Pero esta es una verdad que da por supuesta una discontinuidad radical, una oposición tajante entre los famosos dos modelos que se vinieron pregonando antes del 10 de diciembre. Me parece que esta es una cuestión que, sin caer en ningún tipo de reduccionismo estúpido (como sería el de decir que dentro del capitalismo los gobiernos son todos lo mismo), es una discusión que nos debemos con un poco más de cuidado. Me remito en este momento solamente a un pequeño punto que hace mucho que me viene preocupando. Me permito citar la última Carta Abierta donde, con toda justicia y justeza, se habla de cómo la política que lleva a cabo este gobierno promueve el individualismo consumidor. Y creo que tenemos que discutir hasta qué punto ciertas políticas económicas del gobierno anterior (que desde luego nunca se propuso traspasar los límites del capitalismo: hacerle esa crítica sería redundante), aún bajo las intenciones de redistribución, no promovían también básicamente un modelo consumista, un modelo basado antes en el incremento del consumo que en una transformación de la lógica productiva. Este tipo de tensiones subterráneas no del todo resueltas, deberían formar parte de la caracterización.

Lo que quiero decir, además, es que también cabría discutir si ese “descargar el peso de la crisis sobre los hombros de los trabajadores”, de lo que tanto se habla, no tiene antecedentes en los últimos años, a medida que se fue debilitando el poder económico del Estado. En este sentido el gobierno actual estaría profundizando de manera brutal, salvaje, tendencias que se arrastraban desde antes.  Un diagnóstico semejante no puede dejar de tener consecuencias para la organización política que pueda enfrentar esta ofensiva de clases de aquí en adelante y para discutir la cual, sin dudas, es necesario partir de alguna mínima conceptualización. Yo cité recién la última Carta Abierta y debo decir que me preocupa en ese texto la insistencia de expresiones tales como “resistencia” y “dar testimonio”. No quiero abundar sobre el carácter sacrificial que tiene esto de dar testimonio, que remite a los mártires cristianos que daban testimonio de su fe mientras eran sacrificados a los leones. Pero aquí expresiones como “resistencia” o “dar testimonio” deberían dejársele estrictamente a los intelectuales. Es en efecto un papel de los intelectuales (que tenemos una proverbial incapacidad para la organización política) el de resistir con el discurso y dar testimonio crítico. Lo que digo es que lo de resistir y dar testimonio no puede ser por sí solo una propuesta política estratégica para la sociedad. ¿Cuál tendría que ser esa política estratégica para la sociedad? Menuda pregunta. Esto es precisamente lo que la situación intensamente dramática que estamos viviendo en la Argentina, abre como la pregunta del millón.

Ha provocado cierto tipo de debates la propuesta de un llamado Frente Ciudadano. ¿Cuáles serían sus objetivos de largo alcance, sus objetivos estratégicos? ¿Sobre la base de qué fuerzas sociales protagónicas podría estar pensado y articulado ese Frente Ciudadano? Es una serie de preguntas que también deberíamos abrir para, con toda franqueza y de la manera más directa posible, ventilar diferencias.  Nada de esto es para nada fácil. La crisis es muy fuerte. En términos objetivos y subjetivos. Y no es un fenómeno estrictamente nacional. Es un fenómeno mundial, que tiene que ver con una crisis aguda, irremontable del orden capitalista en su conjunto. Es una crisis que ha provocado descontento, desazón, desconcierto, angustia social, bronca.  Que no está pudiendo ser canalizada en este momento por las fuerzas genéricamente llamadas progresistas. Los que están canalizando esta bronca y esta angustia social en el mundo son las expresiones más aberrantes y reaccionarias posibles, me refiero a cosas como el Estado Islámico o los movimientos neonazis o neoxenófobos que proliferan en toda Europa. Efectivamente es que estamos en un contexto decididamente de barbarie, donde la iniciativa les queda a las derechas en sus distintas formas. Ahora, frente a esa situación, se abre otra gran cuestión que es que, solamente por lo que uno puede leer en los diarios, está demostrado que la solución no son los frentes difusamente progresistas que terminan vacilando a la hora de traspasar ciertos límites del orden estatal y del orden capitalista en su conjunto. Ahí está el ejemplo de Syriza y el de Podemos que (hace 48 horas tuve ocasión de presenciarlo personalmente porque estaba en España), sufrió este colapso electoral después de que su optimismo de la voluntad les había hecho creer que iban a poder producir el así llamado “sorpasso”. Lo que pasó allí es que no existiendo alternativa firme, consistente, consecuente, radical, la sociedad votó mayoritariamente a los partidos tradicionales, el PP y el PSOE. Escuché a un periodista por televisión, haciendo el balance el domingo pasado de las elecciones decir “y bueno, la sociedad termina votando a los que saben hacer las cosas” (los que lo saben hacer desde el punto de vista del capital, se sobreentiende). Y esto, hablando de responsabilidad, hay que asignarle también su cuota de responsabilidad a la izquierda anticapitalista mundial, que no ha podido encontrar la manera de calar más hondo y más profundamente, con mayor imaginación, en la sensibilidad obrera y popular que está, con las excepciones que conocemos y podemos citar, profundamente quebrada y degradada por esa falta de alternativas. Pero estos defectos de la izquierda, insisto, no alcanzan en mi opinión, a justificar un repliegue sobre experiencias que en el contexto de esta crisis, han entrado en un cierto estado de agotamiento, como en el caso de los gobiernos “progresistas” latinoamericanos.

Yo le tengo mucho miedo a eso que un extraordinario pensador, filósofo del siglo XIX, Sören Kierkegaard, llamaba la repetición. Y él decía, en una teoría muy curiosa, muy interesante sobre la repetición, que una verdadera repetición es la que aparece siempre como una novedad. Es decir, en la superficie creemos que estamos generando algo nuevo cuando la lógica profunda de los que estamos haciendo es la del repliegue sobre siempre lo mismo. Yo digo que es lo peor que nos podría pasar en este momento y creo que es imperioso que hagamos muy radicalmente esta discusión. Hay que pasar a otra cosa.

 

Horacio González: “Una ética de izquierda capaz de recoger todas las herencias múltiples”

Me parece emocionante esta reunión, porque todos estamos buscando algo, interrogándonos, detrás de alguna respuesta que a lo largo de los años aparece esquiva pero, al mismo tiempo, llena de posibilidades y abierta a la capacidad de elaborar conceptos sobre ella. Quiero tomar tres momentos sobre el gobierno anterior: la ley de medios, la discusión sobre la deuda externa; y otra un poco menor, pero no poco significativa, los fondos que se pasaban del Ministerio de Planificación a la Universidad con el fin de producir películas.

En primer lugar, la Ley de Medios originó toda una gran movilización de organizaciones de trabajadores de medios, de empresas públicas, periodistas, y discusiones en esta Facultad, y finalmente en el Gobierno. Discusiones sobre si las telefónicas tenían o no que ingresar en la nueva distribución de las audiencias.

Como es sabido, esa ley fue aprobada. El poder judicial y la Corte Suprema, que la habían avalado, permitieron que esta ley quedara sin vigencia, y la ley quedó en la memoria de las movilizaciones argentinas. Bueno, ese es un espacio sustancial para pensar qué es una posición de izquierda. En la trama del capitalismo mundial, los medios de comunicación aparecen como su vanguardia, como una suerte de efecto de plusvalía, que es muy fácil de relacionar con la vida de las empresas y de éstas con sus trabajadores, pero no es tan fácil de relacionar con los cuadros informativos, los horizontes culturales o con la forma con la que se generan las grandes hegemonías populares. En ese sentido hay una suerte de plusvalía comunicacional, como hay una suerte de plusvalía jurídica. Esa plusvalía comunicacional está en el mismo lenguaje de las comunicaciones. ¿Cuál sería una posición de izquierda, o una ética de izquierda, ahí? No digo que no se haya tomado, digo que ahí teníamos todos una posibilidad de coincidir en una gran transformación y presentar posiciones quizás hasta más drásticas y capaces de defender con más precisión una ley fundamental que sostenía un gobierno que tenía distintas posiciones. El gobierno tenía posiciones que no están necesariamente vinculadas a lo que estoy llamando ética de izquierda que no es una forma partidaria sino, como criticaba Eduardo, es más un testimonio, pero con valor organizativo y cognoscitivo. Por lo tanto, hay que preguntarse en el balance de las décadas que pasaron, si ahí teníamos una posición de izquierda ética que resultó frustrada, y no porque el gobierno anterior no se haya empeñado en eso. Es porque efectivamente no hubo acuerdo entre un conjunto  de fuerzas políticas en la Argentina, cuya índole es éticamente de izquierda, es decir una posición que ante situaciones dramáticas actúa abriendo fronteras al futuro, a la justicia y al sentido igualitario del reparto de bienes. ¿Qué tipo de bienes? Bienes culturales. Y si son al mismo tiempo bienes económicos y jurídicos, ¿no estamos ante la oportunidad de trazar un nuevo itinerario para definir qué es el capitalismo mundial? El gobierno anterior estuvo a las puertas de anunciar este tema, pero no lo podía hacer porque se definía como capitalista. Capitalismo serio, lo llamaba. Evidentemente no era una buena definición para todo lo que estaba en juego. Como tampoco era un gobierno anticapitalista y tenía relaciones empresariales y construía empresas de distinto tipo, lo que hoy está en discusión. Si profundizamos en términos teóricos, reconstituyendo una gran teoría del capitalismo debemos tener en cuenta ahora qué es una teoría comunicacional, de qué hablamos cuando hablamos de izquierda comunicacional, y soy conciente de que estoy hablando en el seno de un acto que organiza un partido de izquierda interesado por los medios, que construye un interesante diario y una experiencia televisiva también interesante. Una posición de izquierda ética debe tener puntos cruciales, puntos dramáticos de crítica al modo en que se desarrolla la episteme comunicacional de Clarín, La Nación, de la televisión que vemos, que es lo que generó un sentido de masas que apoya formas de control y disciplinamiento.

La cuestión de los llamados “fondos buitres”, y las acciones del ministro Kicillof, ¿cómo hay que juzgarlas? ¿Cómo se podría haber hecho de otra manera? Por supuesto que había muchas otras maneras, diputados de izquierda formularon otras. Si yo mismo me hubiera puesto a pensar en términos económicos, quizá hubiera pensado en otras, las que desarrollaba el ministro de ese momento, me parecían también un tanto complacientes. Pero visto las que se desarrollaron hoy, de las anteriores podemos decir lo siguiente: no tenían el mismo punto de vista que los tenedores de la deuda. Ahora sí se tiene el mismo punto de vista. Una ética de izquierda debe saber distinguir esa pequeña diferencia. El actual gobierno no opone ningún tipo de discusión con la forma de reproducción más abstracta y también más brutal del capitalismo contemporáneo, eso es un punto de diferencia. Es un punto frentista. Usé este ejemplo, porque se nos presenta ahí una evidencia en relación a los grandes textos clásicos como El Capital, que está escrito en la legalidad, no hay una noción de que el capitalismo se reproduce con una lógica de ilegalidad permanente, de servicio secreto, de espionaje y contraespionaje. Hoy hay una superestructura jurídica que opera en la legalidad y en la ilegalidad al mismo tiempo, y esa ilegalidad le cabe a los episodios de lo que se llama “corrupción de Estado” y “paraísos fiscales”. Todos nombres de fantasía. ¿La teoría qué efecto tiene? Rebajar un poco la fantasía (aunque tienen que tener un rasgo utópico), y constituir un pensamiento crítico capaz de movilizar y movilizarnos, y eso lo considero una tarea intelectual: pensar el estado real del capitalismo hoy bajo el signo de la ilegalidad.

El tercer punto, es el “BACUA” [Banco Audiovisual de Contenidos Universales Argentino, NdR] del ministerio de planificación, que consistía en un financiamiento tercerizado con la Universidad, en este caso de Tres de Febrero, para hacer importantes películas. En vez de calificar rápidamente como “el Estado invirtiendo en la industria cultural”, deberíamos preguntar a qué llamamos industria cultural, qué produce hoy la televisión de masas. Desde este horizonte de problemas que creó el gobierno anterior, con los temas irrealizados o cuestiones a ser criticadas, y con todo lo que puede proveer un conjunto de elaboraciones sobre a lo que se llegó en el mismo umbral de lo que hubiera sido un procedimiento constitutivo de fórmulas más tajantes de igualdad, solidaridad, de justicia. Todo eso es un enorme capital de interrogantes. Ser de izquierda en este momento es tener las preguntas correctas sobre los fracasos políticos que están inscriptos en la memoria. Y en ese sentido, analizar qué es el capitalismo hoy, y qué eran esos fondos llamados buitres, qué puede inmovilizar a un Estado.

Y eso me lleva a la cuestión de la militancia. Me extraña que Eduardo haya criticado la cuestión testimonial, ésta es importante, no solo para los intelectuales, lo es para los militantes. Yo no hago lo que hace el Chipi, que es una fuerte militancia, y también es testimonial. La tradición de militancia que hay en nuestro país y en Latinoamérica, en la que yo confío, con una ética de izquierda, capaz de recoger toda las herencias múltiples, capaz de generar partidos políticos que se abran a una meditación que –no excluya lo testimonial– sea vinculada con el conflicto social y lo recree imaginativamente a la luz de lo que son las posturas contemporáneas. Tenemos que constituir esas formas, reproductivas, simbólica y material, de este neocapitalismo al que se le dieron algunos arañazos, sin percibir hasta qué punto se avanzaba, y en otros erradamente. Constituir un conjunto de tesis nuevas y examinar con más atención la experiencia de gobiernos neodesarrolistas, como el gobierno anterior, como el de Chávez o Evo Morales. ¿Cómo lo podemos analizar? En Bolivia, ¿cuál sería una posición de izquierda hoy, si estuviéramos a las puertas de una reacción de la misma derecha latinoamericana que está avanzando sobre Venezuela, ya tomó Uruguay, Chile, Argentina, y se dirige hacia la alianza para el Pacífico? ¿Cuáles son los presupuestos de la izquierda ética para todas estas cuestiones centrales, decisivas y estratégicas de un pensamiento que si no lo armamos entre todos va a ser imposible salir de este sumidero de las pasiones en que nos introduce la actual forma del poder político en Argentina? Bueno, muchas gracias.

 

Christian Castillo: “Macri gobierna con dos patas auxiliares: FR y FPV en el Senado, y la burocracia sindical”

Creo que no podemos abordar la cuestión de Macri sin tener en cuenta que su gobierno se da en medio de una pulseada importante en América latina, en el fin de un ciclo de los gobiernos que Horacio mencionaba recién como desarrollistas, que se pudieron basar en dos elementos: la quiebra de lo que fue el neoliberalismo de los ‘90, su crisis de fin de siglo y las movilizaciones populares; y después la posibilidad que abrió el ciclo de las materias primas que les permitió hacer determinadas concesiones sin atacar los fundamentos del orden capitalista. El chavismo, que es el que tenía una retórica más anticapitalista, se basaba en el barril de petróleo a 200 dólares, pero caído su precio todas las inconsistencias del discurso chavista están a la vista de cualquiera; ni siquiera modificó la estructura productiva rentista dependiente que Venezuela tenía, al punto de que, de cada 100 dólares de exportaciones que entraban a Venezuela, 96 se recaudaban a través del petróleo. En gran medida el avance de las derechas en el continente se basa en las promesas incumplidas que tuvieron los gobiernos y los movimientos populistas o desarrollistas. Y esas promesas incumplidas, en parte, ya estaban mostrando el devenir que esos propios movimientos iban a tomar hacia una política de ajuste, como el caso de Brasil donde Dilma Roussef que había ganado la elección diciendo que no iba a ajustar y denunciando que su contrincante iba a ajustar, llegó al gobierno y lo primero que hizo fue un ajuste brutal.

En nuestro país, la dirección del kirchnerismo, si llegaba a ganar, también iba a ajustar. Uno no puede hacer historia contrafáctica pero sí puede ver cómo actúan los gobiernos asociados al FPV: miren Santa Cruz, un ajuste con protestas de los estatales, de los docentes, con uno de los aumentos más bajos frente al crecimiento de la inflación. Miren Tierra del Fuego, Rossana Bertone enfrentando y criminalizando a los docentes son el eje de la resistencia de 26 gremios estatales. No muy distinto de lo que hace Gerardo Morales en Jujuy donde, yo coincido con María Pía, ha montado un aparato represivo y logrado un control de la Justicia típicamente menemista, para el encarcelamiento de Milagro Sala que repudiamos y fuimos parte de las movilizaciones por su libertad. En ese sentido, el ajuste de Macri, a diferencia de Brasil, no es el de la derecha tradicional, es un emergente de una derecha que surge después de 2001 con un discurso de pretendido apoliticismo, con formas tecnocráticas y de manager e introduce valores fuertemente meritocráticos para tratar de afianzar ese sentido común basado en que el triunfo de los empresarios es el triunfo de la sociedad. Ha puesto en cargos de gobierno una cantidad inédita de gerentes y ex gerentes de empresas internacionales poblados de conflictos de intereses, con sus ministros dentro de los Panamá Papers, y la familia Macri que no puede evitar ser lo que es. Este gobierno tiene la intención de hacer lo más que puede en cuanto a sus políticas regresivas, pero en realidad es un gobierno mucho más débil de la imagen que presenta. El apoyo mediático lo presenta como muy fuerte y que no hay forma de pararlo, pero si uno en realidad ve por qué Macri pudo avanzar es porque ha tenido patas auxiliares: la primera, el Frente Renovador y después el voto del Frente Para la Victoria en el Senado. Sin el senado peronista, Macri no puede aprobar ninguna ley y aprobó la entrega a los fondos buitre y la designación de jueces como Rosenkratz y Rosatti. Y la otra gran pata ha sido la burocracia sindical. Macri no tiene el control directo de los sindicatos pero dándole los fondos de las obras sociales y otras compensaciones ganó en la burocracia sindical un elemento de gobernabilidad enorme. Por ejemplo, la movilización de los sindicatos el 29 de abril, en la que nosotros participamos con una columna junto con los compañeros del sindicalismo combativo, fue una movilización sin paro pese a lo cual fue multitudinaria y marcó la agenda política y llevó a que el Parlamento aprobara la Ley antidespidos obligando al gobierno a vetarla. ¿Y después qué? La burocracia sindical no hizo nada para enfrentar el veto de Macri. Entonces me parece que no hay que comerse la parada. El gobierno tiene grandes dificultades económicas y no tiene las condiciones internacionales favorables para su plan, que es traer inversiones y dar cauce a un nuevo ciclo de crecimiento, y ya ha generado un gran descontento en la población, y si puede avanzar es gracias a todos estos auxiliares que tiene. Además, tiene muchas contradicciones con el discurso fundamental que está usando para debilitar al kirchnerismo, aunque la corrupción es algo que el kirchnerismo tiene que explicar, porque, y refiriéndome a la Carta Abierta que mencionaba Eduardo antes, hay una especie de teoría de la manzana podrida de José López, y José López no fue una manzana podrida. Kirchner sostenía que para hacer política había que tener plata y de esa forma, de alguna manera, justificaba una acumulación a partir del negocio de las obras públicas. José López es agarrado y transformado en tema, pero no era un funcionario recién llegado, estaba desde los primeros ‘90 con Kirchner en Santa Cruz hasta hoy, es decir que es muy difícil pensar que nadie sabía lo que López hacía. Y también las ciento y pico de propiedades que tiene Lázaro Báez existen. Entonces, hay que analizarlo en función del proyecto político y no de un discurso moralizante (salvando la cuestión de que lo moral es político): pensar la obra pública como forma de enriquecimiento personal o como forma de alentar una burguesía nacional (los Cristóbal López, los Báez, los de Electroingeniería y otros), muestra que eso no es una “ética de izquierda”. Una conclusión que puede sacarse es que si queremos un proyecto de emancipación social e igualitario no se puede aspirar a una alianza social con esa fracción social. Porque María Pía mencionaba lo del frente, acá frentistas somos todos, lo que pasa es que algunos somos del Frente de Izquierda y otros del Frente para la Victoria; y el FPV incluía a Lázaro Báez, incluía a Electroingeniería, incluía a José López, incluía a Gioja, a Insfrán y a todos los que ahora son “traidores”… Entonces, ¿con eso se puede hacer un proyecto de emancipación? No. Y eso tiene que ser una gran conclusión. Muchos sectores que recibieron un cachetazo con lo de López (aunque eso es casi una anécdota), que están reflexionando sobre si con ese personal político podían construir algo que lleve a la emancipación, que ven a los gobernadores defendiendo los mismos ajustes que aplica Macri a nivel nacional, están reflexionando y pensando si hay que repetir ese tipo de alianza o no. Horacio reivindica que con nuestra militancia nosotros damos testimonio, pero no queremos ser testimoniales, y en muchas luchas reales de la clase trabajadora hemos mostrado que no tenemos ese papel testimonial sino que hemos aportado a la tradición de la lucha de clase en nuestro país en el tiempo reciente. Hay que plantearse la superación de la experiencia histórica del peronismo y en función de eso, el programa del Frente de Izquierda es una base para una política claramente anticapitalista que logre un peso mayor dentro de los trabajadores, dentro de la juventud, dentro de la propia intelectualidad. Y que plantee una salida anticapitalista no solo a Macri, sino a esta encrucijada internacional que tenemos, donde verdaderamente si no logramos construir una fuerza claramente antisistema con fuerza militante la vamos a pasar mal, y esa es la realidad; y ese es el desafío que tenemos.

 

La primera ronda de alocuciones del panel fue seguida de algunas intervenciones y preguntas del público, entre las que se destacaron las de trabajadoras y trabajadores en lucha que interpelaron a la mesa respecto de qué y con quiénes poner en pie la resistencia.

 

María Pía López: “Sin la memoria de una felicidad común, prima la experiencia del miedo”

Cuando se caracteriza al peronismo como una fuerza que busca imponer orden, creo que ahí uno no entiende por qué hubo golpes de Estado, por qué fue una fuerza proscripta, por qué la represión contra el peronismo, ¿no? Entonces hay algo que me parece que tiene ver con un movimiento político que tiene una fuerte ambigüedad, una fuerte heterogeneidad interna y que yo coincido plenamente con Christian Castillo en este punto, y es que hoy el peronismo es garante de la gobernabilidad macrista. Es decir, el mismo movimiento político que ha sido la víctima de gran parte de los actos represivos de la historia argentina, su liderazgo político es lo que garantiza acuerdos de gobernabilidad y como bien dijeron los trabajadores despedidos en lucha, implica pactos con la burocracia sindical que han tenido como función y misión el orden. Llamamos peronismo a las dos cosas, a formas de disciplinamiento, orden y regulación; y llamamos peronismo también a la aparición de fenómenos de masas que expandieron las fronteras de la igualdad en Argentina en el ‘45, en los años ‘70, o de 2003 a 2015. Eso es lo complejísimo de la situación argentina. Durante la charla yo veía una diferencia entre pensar que es mejor las situaciones cuando son transparentes (como decía Christian sobre Venezuela y la caída del precio del petróleo) porque esa transparencia ejercería una suerte de pedagogía sobre las masas. Esa pedagogía sería que una vez que sabemos que el gobierno está en manos de la burguesía, entonces qué otra cosa queda que la rebelión por abajo. El problema es que la historia en general no funciona así y las pedagogías son muy cruentas y generan miedo. Y el miedo no es necesariamente una fuerza revolucionaria, es una fuerza que alimenta políticas de derecha, xenófobas, las políticas contra los inmigrantes. Francia es efectivamente escenario de luchas que hemos visto en estos meses pero también del crecimiento electoral de (Marine) Le Pen. Frente a esa transparencia yo tengo más la idea de que hay que poder pasar la mano por la rugosidad social, de la historia, de los lenguajes políticos. Tratar de pensar las diferencias y las críticas necesarias para hacer al kirchnerismo. Eduardo dijo algo que me parece que es una gran deuda pendiente sobre la reflexión colectiva: qué pasó con esa individualidad de consumo, hasta qué punto las formas desarrollistas terminan acentuando un tipo de subjetivación, un tipo de construcción, en el que está inscripta también la propia posibilidad de la derrota de las apuestas igualitaristas que estaban en esos movimientos. Me parece, en eso, lo que dijo Horacio González sobre que el gobierno anterior en parte buscó el atajo de crear medios propios para empresarios que dejaban, no algo que desear, sino todo que desear. Y algo que dijo Christian que también me parece que queda pendiente en las reflexiones, que es cómo pensamos la relación dinero y política, para pensar cómo se hace política en esta sociedad. Finalmente, si insisto en que hay que hacer esas críticas al kirchnerismo, creo que hay que hacerlo al mismo tiempo que uno señala las diferencias entre eso que fue el kirchnerismo y el orden tautológico del capital hoy en día. Y que hacer esa diferencia también es para recuperar la memoria de una felicidad compartida, esa memoria de una felicidad común, de momentos en los que la sociedad argentina estuvo mejor, los sectores populares pudieron luchar mejor, pudieron confrontar mejor, pelear por sus derechos, sin esa memoria solo prima la experiencia del miedo y con la experiencia del miedo estamos hundidos.

 

Eduardo Grüner: “Intentar crear, en un contexto de descomposición del capitalismo, una burguesía nacional, solo puede generar corrupción”

Muy breve para explicarle a María Pía por qué yo mencioné esto del consumismo. Porque es un punto que me parece que permite abrir toda una serie de cuestionamientos, por ejemplo porque ese fomento del aumento del consumo desde la lógica del sistema del crecimiento del mercado interno, se supone que tiene que ver con una acción del Estado que controla el mercado. Y esa fue una discusión muy fuerte que tampoco está terminada de saldar en términos de lo que se dio en llamar los “relatos” o las “batallas culturales”. Porque terminó prevaleciendo una suerte de oposición binaria entre el Estado y el mercado, que resiste poco el análisis partiendo de lo que yo mencionaba como lucha de clases, como si uno pudiera abstraer de la lógica misma del capitalismo el rol del Estado. Esto es siempre la ilusión “bonapartista” o “populista”. La cita de Marx con la que empecé, no vale de la misma manera para el macrismo que para el kirchnerismo. No vale por supuesto de la misma manera, pero vale de alguna manera también. O cuando se decía “ahora tomó las riendas la política sobre la economía”, eso también resiste poco análisis crítico, porque presupone una exterioridad entre economía y política. Acá se hizo mención a la corrupción, que es un tema muy delicado porque uno sabe el uso que los medios y la derecha hacen de la cuestión de la corrupción para descalificar muchas otras cosas que no tienen que ver con la corrupción (en el límite, para descalificar a la política en general); pero la corrupción es un problema político central en tanto síntoma porque intentar crear, en un contexto de descomposición del capitalismo, intentar crear de la nada una lumpenburguesía nacional (por ejemplo a través de las empresas contratistas del Estado), solo puede generar corrupción. Es una especie de círculo vicioso que se muerde la cola y que tiene que ver con lo que mencionaba Horacio de las fronteras muy borrosas entre la legalidad y la ilegalidad del capitalismo. La legalidad del capitalismo es ilegítima por definición ya desde el vamos, porque como sabemos está basada en la explotación. Pero además existe la ilegalidad del capitalismo que, por cierto, Marx tenía muy en cuenta. Me acordé de pronto de la mención que Horacio hacía a esto de que Marx siempre habló del capitalismo legal. Sin embargo, si uno lee el famoso Capítulo XXIV de El Capital sobre la acumulación originaria y cuáles fueron las cosas que  icieron posible el capitalismo, Marx cita la piratería, el saqueo colonial, la esclavitud, el bandidaje generalizado, todas cosas que cualquier buen burgués consideraría “ilegales”. Este, ironiza Marx, es el origen idílico del capitalismo. Quería aclarar por qué había usado ese argumento.

 

Horacio González: “No puede haber una escisión entre intelectuales y aquellos en lucha”

Hay una cuestión que está en juego aquí, que es cómo hablar. Yo llamaría también una conducta de izquierda en cuanto al habla, a tener una mediana capacidad de percibir quiénes somos cuando hablamos. Por eso acá hay un principio de partida de esta reunión que fue llamarnos intelectuales. Yo recomendaría usar con prudencia esa palabra, porque si no se producen diferencias artificiosas e inútiles con una mesa de intelectuales, y con personas que se presentan estando en lucha. Aquí hubo varios tipos de discursos: el discurso encendido que reclama contra los poderes que están hoy aquí presentes, en forma –como se dice– fáctica, e intentan aparecer con el clásico discurso de intelectuales. Ahora bien, cuando hacemos el papel de intelectuales (los que a veces somos llamados así) depende cómo decimos cada palabra en toda ocasión, cómo omitimos un tramo, cómo decimos tal cosa. Entonces, al jugar con las palabras, uno emplea palabras de lucha en un discurso intelectual, y me gustaría que los discursos de lucha tengan tramos extraídos de la vida cultural, de la vida crítica, del pensar sobre sí mismo. Eso es para mí hacer política, estar en la política, y de una manera de izquierda, que es lo que a mí me interesa. Y lo digo en relación a todo a lo que escuché acá, sino parece que hay una escisión incómoda en el público, entre el público y la mesa, y no puede haberla, y quiero suponer que un partido como el PTS intenta morigerar o construir sobre la base de no reconocer esa escisión. Como veo que aparece esa escisión, también alerto al PTS, de que esa escisión no conviene a la construcción partidaria.

Yo no interpretaría a Chávez como algo solo ligado al precio del petróleo. Poner sobre su cabeza solo un barril de petróleo no le hace justicia. Yo le critico muchas cosas, durísimas, como que dejó pasar una gran oportunidad para el socialismo, y es una responsabilidad muy grande, pero era un personaje muy complejo, de una formación muy compleja. Y como memorista, heredaba también a Simón Rodríguez. Chávez no es alguien que solo tiene en la cabeza un pozo de petróleo y que hubo una correlación directa. No podemos ignorar la historia latinoamericana al punto de pasar por alto un héroe de la liberación popular latinoamericana del siglo XIX. Eso también me parece un llamado de atención para todos nosotros.

 

Christian Castillo: “Hoy el peronismo es un aparato de poder que no se puede utilizar para la emancipación social”

Yo no creo que el chavismo como proceso se pueda explicar únicamente por el barril de petróleo. Lo que señalé es que la caída del barril de petróleo mostró las insuficiencias del chavismo y eso creo que es el dato: que no logró, ya no en un sentido socialista, sino en un sentido burgués, diversificar la producción de Venezuela. Eso mostró que la idea de que se puede lograr cierta redistribución o hacer concesiones, sin atacar el poder del capital, se mostró una idea trunca.

Lo segundo que quiero señalar es que no creo que el problema sea una escisión entre intelectualidad y lucha, sino que hay un punto incómodo para la izquierda kirchnerista que fue y que es la burocracia sindical. Porque fue un punto no atacado y no criticado. Si uno hace un análisis de las 21 Cartas Abiertas, uno ve que van de mayor a menor, empiezan como un ala crítica del kirchnerismo, y van perdiendo filo crítico y aceptando la lógica más general en la que el gobierno se sostuvo. Una parte de esa lógica fue el sistema de alianzas con la burocracia sindical. A mí me tocó cuando era diputado provincial, después de una represión con gas lacrimógeno en la Panamericana, pedir el repudio en la Cámara y todos los bloques votaron menos el FPV porque los diputados que tenía Berni no podían aceptar votar el repudio a la represión. Eso fue por su alianza política con Pignanelli. Yo creo que lo que muestran las luchas es una cierta incomodidad de lo que fue el proceso social que se desarrolló en el gobierno anterior y el sistema de alianzas que tenía. Porque no hay una sustancia del peronismo, ha habido diferentes peronismos y lo que queda como aparato del PJ, lo que algunos han llamado el “peronismo permanente” es hoy más que nada un aparato de poder. Y en ese sentido creo no forzar los hechos al explicar cómo los mismos sujetos pueden apoyar el menemismo neoliberal y años después decir “el neoliberalismo fue lo peor que hay”, y esos mismos sujetos ahora volver a aceptar que la razón neoliberal es válida. Ese personal político es evidentemente un aparato de poder. Y eso es lo que hay que superar. Ese aparato de poder no se puede utilizar para un proceso de emancipación social, y Horacio ya escribía por el 2011 que a él no le gustaba el término “capitalismo serio” y hablaba de “acapitalismo” o “no capitalismo”, bueno, si no queremos capitalismo es evidente que ese aparato va a llevar a desilusiones una detrás de otra, y que hay que construir otra fuerza política que se base en otros principios, en otra ética, en otra moral y en otra estrategia.

Cuando debatimos, hace 5 años, el discurso que tenía Cristina de que a su izquierda solo había una pared, era una pared con poquitas grietas todavía (ni bien terminamos de debatir sacó el 54 %), bueno esa grieta creció, y el FIT creció, y el kirchnerismo como proyecto político se agrietó, y el problema es si los militantes que apostaron a ese proyecto político se desilusionan y se van a su casa, o sacan conclusiones para superar esa experiencia política y en pos de la emancipación social asumen una lucha consecuentemente anticapitalista

No comments