Intelectuales, izquierda y kirchnerismo

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Debate

N.2, agosto 2013

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A partir de un debate realizado el 25 de junio en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata, Christian Castillo y Fernando Aiziczon, miembros del consejo editorial de IdZ, y Maristella Svampa, integrante del colectivo Plataforma, desarrollan en estas páginas sus principales reflexiones alrededor de esa polémica.

Contra el intelectual-ciudadano

Fernando Aiziczon

 

El camino Interior: kirchnerismo, intelectuales y universidad

La primera rectora mujer que tuvo en 400 años la Universidad Nacional de Córdoba, la filósofa del lenguaje Carolina Scotto, al cabo de 2 mandatos consecutivos (2007-2013) se convirtió en cabeza de lista por el Frente Para la Victoria local. La secunda Martín Gill, abogado, ex rector de la Universidad Nacional de Villa María también por 2 mandatos seguidos, y ex secretario de Políticas Universitarias de Nación. Apoyada por docentes universitarios, por el movimiento estudiantil “nacional y popular” y sectores de la izquierda independiente, Scotto será recordada por difundir hasta el paroxismo la mezcla de las nociones de “ciudadanía” con la versión oficial de los DDHH, esto es, la proliferación “virtuosa” e ilimitada de ciudadanías diferenciales (beneficiarios de planes sociales, pobres con “inclusión”, pueblos originarios y todo tipo de “sujetos de derecho” imaginables) utilizada para cubrir la desigualdad permanente que generan las democracias liberales. La performance es bien conocida: construcción de plazoletas-homenaje, cursos de formación ciudadana, honoris causa a figurones culturales, algo no muy distinto a lo que practica el kirchnerismo como gesto de seducción progresista mientras esconde debajo de la alfombra los asesinatos de activistas indígenas, por poner un ejemplo entre tantos.

Sin embargo, otros docentes y estudiantes la recordaremos por sus convenios con empresas como ARCOR, por su hostilidad hacia el sindicato docente intentando quebrar huelgas, y por su destacada faceta de rompetomas estudiantiles durante el año 2010, sí, el mismo año que dejó ver el ingreso de miles de jóvenes estudiantes a la vida política mediante la movilización callejera y la toma de establecimientos educativos.

Aquella histórica oleada de tomas rechazaba el intento de introducir por ley la enseñanza

religiosa en las escuelas, se oponía a la firma de convenios con empresas (las “pasantías” precarizadoras en call centers), reafirmaba su derecho a organizarse en centros de estudiantes (algo que la ley dejaba en ambigüedad) y desnudaba la fraseología anti-abortista escondida en la defensa del “derecho a la vida”. Mientras las escuelas se caían a pedazos (otra demanda estudiantil) el gobernador Schiaretti acusaba de “fascistas autoritarios” a los estudiantes, y mientras la toma comenzó a expandirse hacia la Universidad tras conocerse la escandalosa participación de académicos avalando la Ley, emergió la verdadera cara del kirchnerismo universitario o “scottismo”: los docentes que apoyamos las tomas estudiantiles fuimos acusados de “destituyentes de ultraizquierda” que impedíamos el ejercicio del “derecho al trabajo” de nuestros colegas, vulnerando la “ciudadanía universitaria” y cosas por el estilo.

La anécdota-acontecimiento no tendría sentido en este espacio si no fuera porque estamos hablando de la praxis de intelectuales oficialistas, o si resulta más ajustado a la época, de académicos: sujetos restringidos a micro-parcelas del saber, domesticados por becas y subsidios, celosos de conservar un sistema de casta meritocrática en cuya cima se encuentran los “modelos” a seguir: altos salarios, prosa políticamente correcta. Por debajo, un colchón de jóvenes docentes y becarios tan conformes con su relativo buen primer trabajo como despolitizados y precarizados sueña en cumplir la carrera del buen ciudadano.

 

Época de retórica y sinsentido de la política

El posmarxismo de Ernesto Laclau con su utópica “democracia radical”, la prosa laberíntica y escurridiza de Horacio González o la interpretación del kirchnerismo como “anomalía” y fenómeno abierto (“fascinante e indecible”), según Ricardo Forster, son referencias ineludibles para toda caracterización del intelectual ahora kirchnerista. Pero las tierras de la Reforma Universitaria del 18 y del Cordobazo ofrecen esto y algo más: una especificidad que se presenta al mundo bajo una cruzada tan anticomunista como apologista de la democracia liberal; por ello, no es casual escuchar a referentes como el filósofo Diego Tatián defender al “modelo nacional y popular” denunciando a la izquierda anticapitalista de autoritaria o perdida en el tiempo, para lo cual no duda en citar el Libro Negro del comunismo1, a la vez que descubre entusiasta que el kirchnerismo produce un “capitalismo inclusivo”2. Poco importa apoyarse en Spinoza, coquetear con Lacan, desdibujar a Gramsci de la mano de un “aricoísmo”3 tardío o jugar a las paradojas con la historia del peronismo mientras una fabulosa restauración del capitalismo apoyada en burocracias sindicales, gobernadores reaccionarios y un modelo depredador de los bienes naturales opera a toda marcha. Es que la maniobra intelectual favorita de esta época es la elasticidad del concepto de “ciudadanía”, el embellecimiento del “populismo” como rasgo autóctono y latinoamericano, la aceptación definitiva de la democracia posible4 y finalmente, la retirada del debate frente a cualquier objeción lanzada por izquierda, considerada paradójicamente como… fuera de época. Sobre este tipo de intelectuales el kirchnerismo construyó su base ideológica. Porque, hay que decirlo, estos síntomas de época lo exceden. La profesionalización del saber es impensable al margen de una buena cuota de subsidios y recursos estatales o privados, producto de lo cual la ciencia logra su punto máximo de despolitización respecto de la realidad aberrante que la sostiene. Tendencia profundizada tras los años ’90, el intelectual de esta época debe su existencia a la razón estatal. ¿Para qué entonces preocuparse en indagar sobre un cambio social revolucionario?, ¿qué es eso del cuestionamiento radical de la condiciones de reproducción del sistema?, ¿qué buscan aquellos que insisten en discutir el/los sujetos que lo sostienen y que necesariamente están condenados a organizarse para derribarlo? La política es otra cosa, dicen.

 

Izquierdas y kirchnerismo

Nadie es inmune a un clima de época. A la relativa marginalidad de la teoría y práctica de la izquierda marxista se suma cierta conclusión que sacaron intelectuales de izquierda independiente respecto de la necesidad imperiosa de desmarcarse obsesivamente de aquella. Es que la izquierda exhibió 2 grandes franjas que cristalizaron de cara al kirchnerismo: la izquierda marxista –que en Argentina es principalmente trotskista- supo aprovechar su principismo y, en base a una militancia volcada al movimiento obrero, logró ser la oposición que el sistema reconoce como amenaza: la emergencia del clasismo fabril, las denuncias del espionaje estatal sobre activistas, el cuestionamiento al relato gubernamental abarcando todas sus contradicciones (políticas de DDHH, modelo económico, etc.) y, mal que les pese muchos, la vitalidad de la experiencia más radicalizada que dejó el 2001 en el caso del control obrero en Cerámica Zanon, son sus mejores logros. Queda pendiente aún que muchos más intelectuales se vuelquen sin titubeos a reconstruir una izquierda marxista revolucionaria que ya avanzó varios pasos, pero que también reclama ideas con urgencia.

En contraposición a su vitalidad de origen, allá por el año 2001, la izquierda independiente hoy agoniza respecto de la fidelidad a su proyecto fundacional. No sólo se encuentra agobiada por los zigzags de sus referentes continentales (Evo Morales-García Linera, el Socialismo del siglo XXI, Fidel Castro) que para colmo apoyan incondicionalmente al kirchnerismo, sino que de sus marcas iniciales ya no queda nada en pie: autonomía política, nuevas prácticas, antipartidismo, místicas artificiales. Al aceptar el juego maniqueo impuesto por el kirchnerismo de “reconocer” virtudes al progresismo, perdieron la inocencia. De remate, la repulsión ontológica al marxismo los dejó carentes de herramientas para actuar frente al Estado capitalista; el filoperonismo nacionalista y nostálgico de muchos de sus cuadros quebró varias organizaciones que se hicieron oficialistas; mientras que el deseo de ser parte del fenómeno populista los dejó indistinguibles del kirchnerismo. Actualmente, la negación a revisar qué significa ser de izquierda independiente, o por lo menos discutir el significado actual de esa tradición, les permite sortear un balance serio mediante el recurso cívico de probar las mieles del electoralismo.

Con todo, algunas organizaciones sobrevivientes de aquella intensa experiencia, llena de valiosos militantes, ya comienzan a criticar esta triste debacle.

 

¿Qué hacer? Perspectivas a la izquierda del kirchnerismo

“La derrota de un ejército no inválida los preceptos fundamentales de la estrategia. Que un artillero pegue lejos del blanco de ninguna manera inválida la balística, es decir el álgebra de la artillería. Que el ejército del proletariado sufra una derrota o que su partido degenere de ninguna manera inválida el marxismo, que es el álgebra de la revolución”5.

La discusión sobre los intelectuales, el kirchenrismo y la izquierda tiene 2 límites claros; el primero refiere a la propia lógica de la retórica oficial: el falso argumento de la incompletud de todo proceso de “construcción democrática” esconde la trampa reformista de conceder eterna vigencia a un fenómeno político que en el fondo y en la superficie fue siempre el mejor garante del orden capitalista. El segundo límite obedece a las propiedades de todo discurso: es hegemónico en la medida en que se asienta en el dominio material de ciertos recursos, para el caso, estatales. El “relato” (gran término de época) es también un dispositivo como la televisión, el cine, la prensa, escuelas, universidades, etc. Su solidez depende menos de su coherencia interna que de su cobijo en brazos del poder estatal.

Comprendidos estos límites la tarea es luchar contra esa “estructura de sentimientos” escéptica y pesimista que facilita a las nuevas generaciones refugiarse en su escritorio, disolverse en la diversidad de los sujetos que interroga o defenderse de su inorganicidad (y su inocuidad) amparado en la tiranía que por tradición sólo visualiza en las organizaciones políticas pero nunca en las tensiones de su propio campo. Entonces, ¿con qué ideas dar batalla?, la tradición del marxismo revolucionario brinda excepcionales herramientas por su propia solidez conceptual (la obra de Marx campea en soledad como la mejor crítica revolucionaria del capitalismo), por su inseparable unidad con la práctica revolucionaria (Lenin, Trotsky, Rosa Luxemburgo jamás separaron pensamiento y acción ni jamás cedieron en el objetivo de derribar al capitalismo, como olvidó el grueso de la izquierda independiente) y finalmente porque nuestra época es profundamente liberal y reaccionaria: ¿acaso los intelectuales no están “sujetados” a una posición de clase (media) ambigua e inconsistente, comprometidos tanto con esa clase como a un estado que les palmea el hombro por los servicios prestados?, y si esa lealtad no significa otra cosa que renunciar al pensamiento radical, ¿por qué no romper ese cerco simbólico y material y con ello ayudar a que la humanidad también lo haga?. Y más hacia la izquierda, ¿no será momento de redefinir el fracaso del socialismo realmente existente como lo que en realidad fue: la deriva del estalinismo, entendido éste como fenómeno degradado de un proyecto socialista mayor, y por lo cual mal haríamos en descartar las corrientes críticas e históricas de esa experiencia, reemplazándolas por una ilusoria ciudadanía?

 

1 Tatián, “El Libro negro y el mutismo ‘independiente’”, en apuntesdefrontera.blogspot.com.

2 “El kirchnerismo según Pía López y Tatián”, en profanaspalabras.blogspot.com

3 Se autodenominan “aricoístas” aquellos intelectuales discípulos de la interpretación del marxismo elaborada por José Aricó.

4 Ver entrevista a Ernesto Laclau “Es el mejor momento democrático en 150 años”, Página/12, 21-07-13.

5 León Trotsky, “Los intelectuales que ya no son radicales y la reacción mundial”, Socialist Appeal, 14 de febrero de 1939.

 

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Hacia una caracterización general del kirchnerismo

Populismo de clases medias y Revolución Pasiva

Maristella Svampa

 

Al cumplirse una década de kirchnerismo, quisiera presentar un ensayo de interpretación del mismo, tomando como punto de partida un análisis de sus diferentes fases o momentos. Por cuestiones de espacio, me será imposible hablar de modo más general del rol de las izquierdas y los intelectuales, algo que espero concretar en un próximo artículo.

La tensión y combinación entre continuidades y rupturas, los dobles discursos y ambivalencias, constituyen desde el comienzo un hilo articulador del kirchnerismo. Así, éste nació al calor de las movilizaciones de 2001-2002 y en un contexto de postconvertibilidad; en un momento de cuestionamiento del consenso neoliberal y de emergencia de gobiernos progresistas en América Latina, y en el marco de un nuevo ciclo económico mundial centrado en el boom de los commodities.

A lo largo de la década, es posible distinguir tres fases: el momento fundacional, con la asunción de Néstor Kirchner (2003-2008), que podríamos caracterizar como la fase de revalorización del progresismo; un segundo período entre 2008 y 2011, que ilustra la actualización de un estilo político populista; y un último momento que arranca en 2011 y da cuenta de la profundización de dicho estilo populista, aunque anclado en el protagonismo cada vez mayor de las clases medias. Este último momento nos abre a una comprensión plena del orden social dominante, en términos de revolución pasiva.

Desde el inicio el kirchnerismo apuntó a definirse como una fuerza progresista1. Es cierto que en la Argentina de esa época el término había sido vaciado de todo contenido, luego de

la experiencia desastrosa de la Alianza, pero la asunción de Kirchner coincidió, como ya anticipamos, con un cambio de época a nivel latinoamericano, luego de la crisis y la escalada de movilizaciones antineoliberales en varios países de la región. Los primeros gestos de Kirchner apuntaban a confirmar el clima de cambios: entre ellos, los reemplazos en la Corte Suprema de Justicia, la asunción de una política de derechos humanos respecto de lo sucedido bajo el terrorismo de Estado, la opción por una política económica heterodoxa y un incipiente latinoamericanismo.

Si bien Néstor Kirchner tuvo un intento tímido de construcción de una fuerza transversal progresista, por fuera del partido Justicialista, prontamente optó por apoyarse sobre los sectores del peronismo tradicional. Por un lado, desde 2004, tendría como aliado a Hugo Moyano, líder de una CGT recientemente unificada, en quien conviven las apelaciones típicas a la tradición nacional-popular con un sindicalismo de corte empresarial (un sindicalismo empresarial plebeyo). Por otro lado, a partir de 2005, y en pos de desplazar territorialmente al duhaldismo, el kirchnerismo se apoyó en la vieja estructura del PJ, sellando una alianza con los barones del Conurbano Bonaerense y los gobernadores peronistas. Por último, tanto la devaluación asimétrica que benefició a sectores concentrados de la economía, la generosa política de subsidios a las empresas de servicios, como la reactivación postconvertibilidad de la industria, fueron forjando alianzas con grupos importantes de la burguesía local.

El segundo momento se abre con el conflicto entre el gobierno nacional y las patronales agrarias (2008), cuyo carácter recursivo y virulento actualizó viejos esquemas de carácter binario que atraviesan la historia argentina. Paradojas de la historia, el kirchnerismo se vio enfrentado a aquellos sectores a los cuáles había beneficiado: desde las patronales agrarias, convertidas en motor del modelo sojero, hasta el Multimedios Clarín. En este período el estilo de construcción del kirchnerismo adoptaría rasgos más específicamente populistas. Entendemos por populismo una determinada matriz político-ideológica que se inserta en la “memoria media” (las experiencias de los años 50 y 70), que despliega un lenguaje rupturista (la exacerbación de los antagonismos) y tiende a sostenerse sobre tres ejes: la afirmación de la nación, el Estado redistributivo y conciliador, y el vínculo entre líder carismático y masas organizadas. Pese a que existen diferentes figuras, tal como sostenían Emilio De Ípola y J.C. Portantiero, la tendencia del populismo es “a recomponer el principio de dominación, fetichizando al Estado (“popular” ahora) e implantando, de acuerdo a los límites que la sociedad ponga, una concepción organicista de la hegemonía”2.

El conflicto por la ley de medios audiovisuales y, finalmente, la muerte inesperada de Néstor Kirchner, terminaron de abrir por completo las compuertas al giro populista, montado sobre el discurso binario como “gran relato”, sintetizado en la oposición entre un bloque popular (el kirchnerismo) y sectores de poder concentrados (monopolios, corporaciones, gorilas, antiperonistas).

Si durante el momento inicial, el kirchnerismo había generado una suerte de consenso progresista pasivo dentro de las filas intelectuales, a partir de 2008, sobre todo luego de la ley de medios audiovisuales, su defensa suscitará pasiones y planteos más aguerridos. Desde Carta Abierta, hasta un conglomerado de artistas y periodistas movilizados y luego los jóvenes de La Cámpora, constituirán las bases de la rápida creación de un aparato propagandístico, una estructura mediática-cultural, que llevará la llamada batalla cultural. Ese proceso tuvo sin embargo sus paradojas: si, por un lado, potenció el costado de las afinidades progresistas entre el gobierno y sectores de clases medias provenientes de la cultura, también produjo una brecha con otros sectores de las clases medias, tanto urbanos como rurales, que cuestionaron la política económica y el estilo autoritario del gobierno. Por otro lado, el conflicto agrario pondría en claro cuál era el lugar central de la acumulación del capital en la Argentina de la postconvertibilidad: lejos de ser la industria rediviva, como pregonaban industriales y sectores sindicales, buscando mirarse en el espejo del viejo modelo populista, ésta se asentaba en la nueva economía de los agronegocios, cuyo complejo perfil y sus diferentes actores iban asomando como protagonistas plenos de la política argentina. Por último, con el corrimiento y ampliación de las fronteras del conflicto, no solo hacia lo sindical y las diversas formas de la precariedad, sino también hacia lo territorial y ambiental, las denuncias acerca de la asociación entre gobierno y grandes agentes económicos, entre ellos las corporaciones transnacionales (desde Monsanto hasta las multinacionales mineras) comenzarían a avanzar en progresión aritmética.

Sin embargo, el progresismo continuaba desplegándose en progresión geométrica, mostrando gran productividad política: así, pese a perder las elecciones parlamentarias de 2009, éste demostró capacidad para superar la adversidad, dejando atrás la crisis política de 2008/2009, gracias a una combinación de crecimiento económico con políticas públicas de gran alcance, como la asignación universal por hijo, la ley de matrimonio igualitario, la estatización de las AFJP y, en un contexto de crisis internacional, una política de subsidios orientada a ciertos sectores de la producción y el consumo. La presidenta comenzaría así su segundo mandato con un gran capital político y simbólico, después de arrasar con el 54% de los votos, recuperando la mayoría parlamentaria perdida en 2009.

Un tercer momento se abre entonces en octubre de 2011. ¿Qué es lo propio de este período?

Desde mi perspectiva, hay tres elementos mayores que van a contribuir a la erosión de la imagen del kirchnerismo: el primero, su vertiginoso encapsulamiento sobre sectores de las

clases medias, completamente obsecuentes a la presidenta; el segundo, el deterioro de la situación económica (inflación, precarización, política impositiva regresiva, cepo cambiario, entre otros); el tercero, la profundización incontestable de la alianzas con las grandes corporaciones económicas: desde los agronegocios, pasando por la megaminería, los hidrocarburos y transportes. Preso de un discurso épico, sobreactuado hasta el hartazgo, el kirchnerismo no podrá ocultar más sus contradicciones frente a la cruda realidad de los índices económicos y la manifiesta alianza con las corporaciones, las cuales» se aparecen abiertamente como los grandes jugadores/actores de la sociedad argentina actual.

Recordemos que, al romper la alianza con Hugo Moyano, el gobierno abandonó la vía del populismo clásico (la pata sindical como columna vertebral), para concentrarse sobre sus aliados provenientes de las clases medias. Así, la base de apoyo sindical del kirchnerismo quedó reducida a un sector de la CTA, vinculado a sectores medios (maestros y empleados estatales). A su vez, este encapsulamiento coincide con un nuevo quiebre del gobierno con otros sectores de las clases medias, con los cuáles parecía haberse reconciliado, según los resultados electorales de 2011. Así, las masivas movilizaciones realizadas entre septiembre de 2012 y abril de 2013 mostraron que uno de los frentes principales de conflicto del gobierno es la puja ideológica intraclase: si desde el oficialismo se arrogan el monopolio del progresismo y la representación de las clases subalternas, en nombre de “un modelo de inclusión social”, desde la oposición, otros sectores medios movilizados critican el creciente autoritarismo del régimen y denuncian la “corrupción”.

Por último, fiel a la tradición personalista de la política latinoamericana, el fuerte encapsulamiento del Poder Ejecutivo fue configurando un modelo extremo de presidencialismo, poco afecto al debate democrático. En este contexto, que muestra el cierto copamiento del aparato del Estado por parte de La Cámpora y un estrechamiento de las alianzas sociales, el kirchnerismo terminó por convertirse en un populismo de clases medias que pretende monopolizar el lenguaje del progresismo en nombre de las clases populares, vía por la cual también busca descalificar a otros sectores de clases medias movilizados. Como consecuencia, la Argentina se embarcó en un proceso de polarización política, aunque diferente al de otros países latinoamericanos. Uno, porque más allá del progresismo, el modelo kirchnerista es profundamente peronista, capaz de combinar audacia política y un legado organizacional tradicional, que revela una concepción pragmática del cambio social y de la construcción de hegemonía, basada en el modelo clásico de la participación social controlada, bajo la tutela estatal y la figura del líder. Dos, porque el kirchnerismo nunca tuvo el afán de impulsar dinámicas de democratización, como sí sucedió con los gobiernos en Bolivia, Venezuela y Ecuador, que encararon procesos constituyentes de carácter participativo, lo cual conllevó –al menos bajo los primeros mandatos- la ampliación de las fronteras de derechos. Tercero, a diferencia de los gobiernos de Venezuela y Bolivia, que pueden ser considerados como populismos de clases populares pues, más allá de sus limitaciones, apuntaron a la redistribución del poder social y al empoderamiento de los sectores subalternos, en Argentina, lo más destacable es la vocación estelar de las clases medias, su empoderamiento político, en un marco de consolidación generalizada de los grandes actores económicos. Esto no significa empero que las clases populares estén ausentes: asistencializadas, precarizadas, sin relegar sus tradiciones sindicales, abriendo nuevos frentes de conflicto y de lucha, las clases subalternas son cada vez más los convidados de piedra de un modelo cuya clave de bóveda son las clases medias autodenominadas “progresistas”.

Asimismo, a diferencia de las primeras fases, los conflictos propios del segundo mandato de Cristina Fernández colocaron al desnudo las alianzas económicas del gobierno, las cuales, lejos de ser un “costado débil” o “asignaturas pendientes”, constituyen un núcleo duro del modelo kirchnerista, en el marco del Consenso de los Commodities: allí donde se expresa la dinámica de desposesión acelerada propia del extractivismo, que el oficialismo promueve activamente en términos de políticas públicas, al tiempo que se empeña en negar o minimizar en sus efectos expoliadores. Hagamos un breve resumen.

1-Agronegocios: A la criminalización y represión de poblaciones campesinas e indígenas, hay que sumar los nuevos convenios con Monsanto, el Plan Estratégico Agroalimentario 2010-2020 y el proyecto de la nueva Ley de semillas, que avanza en el sentido de la mercantilización. 2-Megaminería: con escasos pronunciamientos al respecto, pero con una política estatal de apoyo a la actividad desde 2003, luego de la pueblada de Famatina, en 2012, el gobierno nacional finalmente blanqueó su posición, reconociendo a la megaminería como parte esencial y legítima del modelo. 3-Hidrocarburos: luego de un reverdecimiento de la épica nacionalista, el gobierno transitó rápidamente de la falsa estatización de YPF a la entrega del yacimiento de Vaca Muerta a la multinacional Chevron, mientras avanza de modo ciego en la explotación de hidrocarburos no convencionales con la técnica del fracking. 4-Transporte: el crimen social de Once, con 52 víctimas, terminó por desnudar las continuidades con el modelo neoliberal que, desde otro ángulo había puesto de manifiesto el asesinato de Mariano Ferreyra, en 2010. 5-Demanda de Tierra y Vivienda: el aumento de los asentamientos tiene como correlato el acaparamiento de tierras así como la especulación inmobiliaria en las ciudades. 6-Derechos Humanos: la sanción de la ley antiterrorista, el Plan X de espionaje, el avance de la criminalización, la tercerización de la represión y las muertes difusas (la expresión es de Mirta Antonelli), señalan un umbral de pasaje en términos de violaciones de los derechos humanos. Cambio y, a la vez, conservación. Progresismo Modelo realizado en clave nacional-popular y con aspiraciones latinoamericanistas y, a la vez, Modelo de expoliación, asentado en las ventajas comparativas que ofrece el Consenso de los Commodities, de la mano de los grandes capitales.

De este modo, el kirchnerismo fue consolidando un esquema cercano a lo que Gramsci

denominaba la revolución pasiva3, categoría que sirve para leer la tensión entre transformación y restauración en épocas de transición, que desemboca finalmente en la reconstitución de las relaciones sociales en un orden de dominación jerárquico.

En suma, a diez años de kirchnerismo no ha sido fácil salir de la trampa de la “restauraciónrevolución” que éste propone, pues fueron las clases medias progresistas, con un discurso de ruptura, en su alianza no siempre reconocida con grandes grupos de poder, las encargadas de recomponer desde arriba el orden dominante, neutralizando y cooptando las demandas desde abajo. Sin embargo, todo parece indicar que ingresamos a una nueva fase en la cual la dialéctica entre cambio y restauración –y su nivel de visibilidad- se han invertido notoriamente. Pues si antes las políticas de cuño progresista avanzaban en forma geométrica y las fronteras del despojo y la precariedad lo hacían en progresión aritmética, hoy la relación es inversa, poniendo al desnudo los límites de esta estrategia restauradora, sus orientaciones centrales y sus consecuencias, frente al resto de la sociedad.

 

1 En sus orígenes, el término progresista remitía a la Revolución Francesa, e incluía aquellas corrientes ideológicas que abogaban por las libertades individuales y el cambio social (el “progreso”). En la actualidad, bajo la denominación genérica de progresismo convergen corrientes ideológicas diversas, desde la socialdemocracia al populismo, que proponen una visión reformista y/o posibilista del cambio social.

2 E. De Ípola y J.C. Portantiero, (1994), “Lo nacionalpopular y los nacionalismos realmente existentes”, en C. Vilas (comp.) La democratización fundamental. El populismo en América Latina, México, Consejo nacional para la cultura y las artes.

3 Retomadas, entre otros, por Néstor Kohan, Massimo Modonesi y Adam Morton.

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El kirchnerismo, Carta Abierta y sus críticos

Christian Castillo

 

Desde el enfrentamiento con las patronales agrarias en 2008, a raíz de la Resolución 125 que planteaba un aumento escalonado de retenciones a la soja y demás exportaciones agrícolas, el kirchnerismo contó con una base activa de intelectuales, cuya principal expresión ha sido Carta Abierta, que jugó un rol central en la construcción del “relato” oficial. En ocasiones anteriores nos hemos referido a los mitos sobre los que se basa el mentado “relato”1. Carta Abierta dio ideología a la corriente centroizquierdista de tradición “nacional y popular” que imprimió la tónica discursiva al oficialismo, aunque en su coalición los factores de poder reales estuvieron más bien en manos del personal político más tradicional del peronismo, que antes había acompañado a Menem y a Duhalde, como hicieron los propios Kirchner. Pero pasada una década, en la cual el gobierno contó con condiciones económicas extraordinariamente favorables, fundamentalmente gracias a los altos precios de las materias primas y la caída del precio de la fuerza de trabajo y la protección a la industria local que implicó el “dólar alto” producto de la devaluación de 2002, a Carta Abierta se le vuelve cada vez más cuesta arriba presentar como favorable a los intereses del pueblo trabajador la política gubernamental. Si ya la Carta Abierta 13, que buscaba responder a las denuncias de enriquecimiento de los funcionarios gubernamentales y sus empresarios amigos, podía resumirse en el “roban pero hacen”, hoy es probable que no hagan otra cosa que callar frente a la seguidilla que han significado el acuerdo entreguista con Chevron, el nombramiento del represor César Milani al frente del ejército y la protección dada al ex secretario de

Transporte con múltiples causas de corrupción, Ricardo Jaime. Visto en perspectiva, los desencantos por izquierda han sido varios desde la reelección presidencial de Cristina en octubre de 2011. Denuncia del espionaje ilegal contra organizaciones obreras, populares y la izquierda practicados por la Gendarmería (el llamado “Proyecto X”). Votación por impulso del poder ejecutivo de la ley “antiterrorista” y de la ley de ART, festejada esta última por la Unión Industrial Argentina y aprobada con el apoyo conjunto del oficialismo y del macrismo. Represiones varias a los manifestantes contra la megaminería y respaldo a los gobernadores asociados con las multinacionales del sector. Crímenes sociales de Once y Castelar que dejaron en evidencia la continuidad del sistema corrupto de las concesiones ferroviarias que venía del menemismo y que también estuvo tras el crimen de Mariano Ferreyra. Utilización de patotas para impedir la entrada de la izquierda a Plaza de Mayo el pasado 24 de marzo. Alianza con lo peor de la burocracia sindical, con presencia recurrente de un servicio de inteligencia de la dictadura como Gerardo Martínez en los palcos presidenciales.

Denuncias de lavado de dinero de algunos de los empresarios K más renombrados, como Lázaro Baez y Cristóbal López, así como del crecimiento de los patrimonios personales de gran parte de los funcionarios gubernamentales de primera línea, empezando por los Kirchner, que de acuerdo a sus declaraciones juradas se enriquecieron un 1000% en una década… Si bien el bloque gubernamental ha tenido rupturas abiertas encaminadas a una recomposición a la derecha del peronismo, como la de Massa, existe un desencanto creciente de sectores ubicados en su ala izquierda y también en sus votantes de la clase obrera, aunque está por verse si este proceso va a tener expresión electoral.

 

Menemismo y kirchnerismo

“Ah, pero ustedes dicen que el kirchnerismo fue lo mismo que el menemismo”, responden a menudo los representantes del “carta abiertismo” ante las denuncias que hacemos de la política gubernamental. Pero el planteo tiene trampa, ya que no parte de una distinción analítica esencial entre “género próximo” y “diferencia específica”. Ambos, obviamente, son gobiernos que defienden el dominio del capital sobre el trabajo. Ambos compartieron gran parte del mismo personal político, las burocracias políticas y sindicales del peronismo. En ambos gobiernos sus funcionarios se enriquecieron ellos mismos y lo hicieron con empresarios amigos. Pero no fueron lo mismo en tanto tuvieron que responder a situaciones diferentes. El menemismo se sustentó en la doble derrota del golpe genocida y del golpe económico hiperinflacionario, en un contexto internacional signado por una nueva vuelta de tuerca de la ofensiva del capital contra el trabajo que conocemos con el nombre de neoliberalismo. El kirchnerismo fue un gobierno de “desvío” como respuesta a las movilizaciones populares que tuvieron lugar con el comienzo del siglo en nuestro país, como parte de un proceso más de conjunto en América Latina, que tuvieron en las jornadas de diciembre de 2001 una de sus expresiones más importantes. Su misión no fue expresar desde “lo institucional” las demandas puestas en las calles en aquellos días, como sostienen los intelectuales de Carta Abierta, sino restaurar el poder de un Estado capitalista en crisis profunda, para lo cual tuvo que hacer concesiones al movimiento de masas, en un marco internacional favorable para la economía nacional. Con la “ventaja competitiva” de la devaluación pudo, durante unos años, combinar un ciclo con altas ganancias para los sectores dominantes de la economía con el desarrollo de un sector de burguesía no monopolista, hoy en crisis por la revaluación del peso frente al dólar. Lo cierto es que el kirchnerismo, más allá de los discursos, mantuvo en pie la mayor parte del andamiaje puesto en pie por las clases dominantes entre el menemismo y la Alianza. Los índices de trabajo “en negro” siguen rondando el 40% de hace una década, y continúan las distintas formas de precarización laboral (tercerización, pasantías, contratos eventuales, etc.) que han sido uno de los sostenes de la ganancia capitalista en estos años. La mitad de la clase trabajadora, en gran parte jóvenes, gana $ 4.000 o menos. La red ferroviaria apenas fue emparchada, continuando el sistema corrupto de concesiones que viene de los ‘90. En lo que hace al gas y el petróleo la situación se agravó: pasamos del autoabastecimiento a importar combustibles por 13.000 millones de dólares, después que Repsol y otros saquearan los recursos a piacere. El déficit de viviendas abarca a tres millones de familias, lo que contrasta con las cuantiosas inversiones realizadas en función de la especulación inmobiliaria o para el consumo de las altas clases medias.

Pero a esta muestra “fotográfica” tenemos que agregarle el análisis dinámico: el kirchnerismo puede repartir cada vez menos. Su sector centroizquierdista ve con cierta desesperación que su papel relevante dentro de la coalición gubernamental está llegando a su fin, que el peronismo está preparando una sucesión hacia la derecha y que las propias medidas gubernamentales son expresión de buscar una sobrevida adecuándose a este clima. ¿Se subordinarán los sectores nucleados en “Unidos y Organizados” a un Scioli o un Massa? ¿Constituirán una suerte de partido pequeñoburgués independiente como en su momento fueron el Partido Intransigente o el Frente» Grande? ¿Se disgregarán sin el aparato del poder central a su disposición? Todo esto está abierto, pero lo que es cada vez menos discutible es que el ciclo kirchnerista vive su período de decadencia, aunque ésta no se exprese por el momento en forma abrupta sino paulatina. Si su marca de origen fue cubrir intelectualmente el flanco izquierdo del gobierno, Carta Abierta se ha vuelto cada vez más un agrupamiento anacrónico, con un kirchnerismo que ha quedado a la defensiva y ha perdido gran parte de la “mística” que alimentó un aparato mediático cultural construido.

 

Disputas por las clases medias

En la izquierda hubo básicamente tres posiciones frente al kirchnerismo. Una fue de apoyo. Es la que tomaron el Partido Comunista y los sectores de su órbita, que fueron incluso desde un “apoyo crítico” a una integración completa en el gobierno, como expresó el caso de Martín Sabbatella. Una segunda fue la de oponerse haciendo bloque con la oposición de derecha, como hicieron el MST de Vilma Ripoll y el PCR durante el conflicto con las patronales agrarias, donde confluyeron con la Sociedad Rural. No es casual que estos sectores se impresionaran también ante los “cacerolazos” que protagonizaron sectores de las clases medias en 2012 y 2013. Por último estuvimos quienes nos opusimos al kirchnerismo desde un punto de vista de clase, atacando a la vez a las distintas variantes de la oposición patronal, y que hemos confluido en el Frente de Izquierda y de los Trabajadores. Durante la mayor parte de la década, la oposición patronal cuestionó al kirchnerismo por derecha, tratando de ganar a la clase media detrás de posiciones “liberal-republicanas”. La construcción ideológica sobre el kirchnerismo que hacen los liberales es en cierta medida simétrica de la visión que da Carta Abierta, con la diferencia de que estos presentan como virtudes los rasgos que los otros ponen como espantajo. Este año el gran centro de irradiación ideológica de la oposición ha sido “Periodismo Para Todos”, el programa conducido por Jorge Lanata, que mezcla críticas por izquierda y por derecha al gobierno, con particular énfasis en las denuncias sobre la corrupción de los funcionarios oficiales.

Tanto Carta Abierta como este discurso opositor tienen como característica común dirigirse a sectores de las clases medias, prescindiendo de todo intento por ganar influencia en el movimiento obrero. En realidad, Carta Abierta buscó un puente hacia el movimiento sindical cuando Moyano estaba aún en el bloque oficialista y trataron de articular un discurso a través de su hijo Facundo que hiciera síntesis entre las distintas tradiciones peronistas, mediante un acuerdo entre La Cámpora y la Juventud Sindical Peronista. Pero una vez producida la ruptura con Moyano todo esto quedó atrás, y es uno de los rasgos del kirchnerismo que nunca logró construir una corriente propia en el movimiento obrero sino que tuvo que recurrir a acuerdos con sectores distintos de la burocracia sindical.

Tampoco la izquierda “autonomista” interpela al movimiento obrero. Estos sectores comparten con el kirchnerismo una visión favorable de los gobiernos “posneoliberales” latinoamericanos y teóricamente abrevan en muchos de los postulados posmarxistas que niegan que el antagonismo capital-trabajo siga siendo el eje articulador del sistema capitalista. Su práctica política se basa frecuentemente en la administración de los recursos de la asistencia estatal. Más allá de la retórica rimbombante con la cual gustan presentarse, expresan otra variante de populismo pequeñoburgués, oscilando entre el apoyo crítico al gobierno (un “sabbatellismo” tardío) con alianzas con sectores de la oposición centroizquierdista (como el acuerdo entre Marea Popular con Claudio Lozano para las elecciones legislativas en la Ciudad de Buenos Aires). Lo mismo ocurre con Plataforma 2012, un agrupamiento intelectual heterogéneo (incluso algunos de sus miembros han apoyado al FIT), que combina denuncias justas a las políticas gubernamentales con la falta de delimitación de la oposición de centroizquierda, incluido el binnerismo.

Por eso, pudo contar entre sus firmantes a Beatriz Sarlo, referente intelectual central de la constelación “social liberal”. Lo que sus integrantes presentan como una virtud, la heterogeneidad de su composición, es en realidad su principal límite: más allá de denuncias parciales no pueden expresar un proyecto alternativo al del kirchnerismo o a las distintas variantes de la oposición burguesa. Plataforma subestima, hasta casi hacer desaparecer, la lucha entre capital y trabajo, y sobrestima, hasta transformar en prácticamente lo único existente, las demandas vinculadas a la explotación de los recursos naturales. Esto no significa que para nosotros la denuncia del uso irracional que hace el capitalismo de la naturaleza no sea un punto de primer orden, integrada a la crítica de conjunto al funcionamiento de un sistema que sigue teniendo su fundamento –y hoy como nunca antes en la historia– en la explotación del trabajo asalariado. Su cuestionamiento al “extractivismo” como denuncia central al esquema económico, que contiene muchos cuestionamientos correctos al carácter predatorio y expoliador de la explotación de los recursos naturales que sostienen el kirchnerismo y otros gobiernos latinoamericanos, es sin embargo unilateral en lo que hace al análisis de la formación social argentina, ya que se quedan fuera de esa mirada sectores económicos clave como, por ejemplo, la industria automotriz, la metalúrgica o la de la alimentación, lo cual limita la crítica a los sectores capitalistas con características más rentísticas. Su visión del movimiento obrero es, a lo sumo, como un sujeto de lucha sindical, sin ver la posibilidad de los trabajadores de constituirse en clase hegemónica, dirigiendo al conjunto de los explotados y oprimidos contra su común enemigo capitalista.

 

La apuesta por la clase obrera

Por ello no es casualidad que seamos las fuerzas de la izquierda clasista y anticapitalista las que tenemos un papel protagónico en los nuevos fenómenos que han surgido en la clase obrera durante el período kirchnerista. Somos quienes hemos jugado un papel central en la recuperación de manos de la burocracia sindical de comisiones internas, cuerpos de delegados y seccionales sindicales, y de la constitución de listas opositoras en numerosos sindicatos. Estuvimos en la primera línea de muchas de las luchas obreras más importantes que tuvieron lugar en este período, desde Kraft hasta los tercerizados del ferrocarril. Ganamos visibilidad política con la conformación del Frente de Izquierda y de los Trabajadores. En cada una de las confrontaciones políticas que tuvimos con el gobierno mostramos que la verdad estaba de nuestro lado (desaparición de Julio López; asesinato de Mariano Ferreyra; encarcelamiento del Pollo Sobrero; Proyecto X; disputa por la Plaza el 24 de marzo…).

Nuestra apuesta para que la clase obrera se transforme en sujeto político independiente no parte de ningún dogma sino de un análisis riguroso tanto de la estructura de clases de la sociedad en la que vivimos como de la experiencia histórica. Si de lo que se trata es de trascender el capitalismo, no hay otra fuerza social que tenga esa potencialidad.

 

1 Ver Christian Castillo, La izquierda frente a la Argentina kirchnerista, Bs. As., Planeta, 2011.

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