Francia: el retorno del movimiento obrero

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JUAN CHINGO

Número 30, junio 2016.

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Después de más de dos meses y medio en los que la juventud universitaria y secundaria estuvo a la cabeza de las movilizaciones, las últimas semanas han marcado un retorno con fuerza del movimiento obrero y sus métodos de lucha, la huelga y los piquetes.

 

A la vanguardia estuvieron los refineros, acompañados en parte por los camioneros. Luego, los trabajadores de las centrales nucleares. El 26 de mayo hubo una jornada de huelga en varios sectores privados: el fabricante de submarinos nucleares DCNS, Amazon, el grupo Peugeot con la fábrica de Mulhouse en Alsacia a la cabeza, entre otras empresas. Durante la primera semana de junio se sumó el transporte, a pesar de las concesiones que hizo el gobierno, pasando incluso por encima del presidente de la empresa ferroviaria estatal SNCF. Desde el martes 31 de mayo hay huelga indefinida llamada por las centrales CGT y SUD en los trenes; la paralización en el transporte urbano de la región parisina es débil aunque hay algunos bloqueos de depósitos de micros; los pilotos de Air France entrarán en huelga la segunda semana de junio.

Otro sector clave se ha sumado: cuatro de las tres plantas principales de tratamiento de residuos en la región parisina, incluida la de Ivry sur Seine –la más grande de Europa–, están bloqueadas (así como varias en la provincia). El 14 de junio está convocada una marcha nacional en París. Tomado de conjunto es la primera vez que un movimiento social dura tanto tiempo y recibe tanto apoyo, sin traducirse, por el momento al menos, en una huelga general o en una generalización rápida como en 1936 o 1968, aunque la huelga es fuerte debido al hecho de que golpea sectores estratégicos como los puertos, la filial energética, el tratamiento de residuos, etc.

Después de la derrota de la lucha contra el aumento de la edad de las jubilaciones en 2010, los sindicatos y la clase obrera no lograban articular una lucha de masas, aunque existía una infinidad de conflictos parciales que mostraban la bronca obrera. Dos veces en el pasado, cuando ésta empezaba a tomar forma, la experiencia fue interrumpida por los atentados de enero y noviembre de 2015.

Este año, y a pesar del estado de emergencia, la reforma laboral fue la gota que colmó el vaso y cristalizó los distintos descontentos acumulados contra el gobierno antiobrero y represivo de François Hollande (presidente) y Manuel Valls (primer ministro). Esta es la primera lucha significativa contra un gobierno que usurpa el nombre de izquierda. Ya por eso es histórica: señala una ruptura del “pueblo de izquierda” con Hollande. Socialmente, el 79 % de los obreros y empleados apoyan la movilización, así como también el 76 % de los asalariados del sector público. Desde el punto de vista político, el 63 % de aquellos que habían votado a Hollande en la primera vuelta de las elecciones de 2012 apoyan la movilización social. El Partido Socialista (PS) gobernante, que hace años se transformó en un partido burgués, es probable que termine como el PASOK en Grecia, a pesar de que la crisis económica y social en Francia no es aún de la magnitud que alcanzó en ese país de la periferia europea. Varias sedes del PS fueron destruidas o pintadas por los manifestantes al grito de “Valls, dimisión” o “P de podridos, S de salaud (vulgarmente, hijo de puta), abajo el PS”, consignas que fueron ampliamente coreadas. Todos estos elementos hacen a la lucha en curso una gran batalla de clase que, más allá del resultado, está abriendo posiblemente un nuevo ciclo de la lucha de clases en Francia. Un ciclo distinto al de 1995/2010, abierto con la victoria de la huelga de los estatales contra la reforma jubilatoria de los trabajadores públicos impulsada por el gobierno de derecha de esa época, de Alain Juppé (el candidato mejor ubicado en las próximas primarias de los Republicanos). Este ciclo metió palos en la rueda a la ofensiva neoliberal –que gozaba de una hegemonía indiscutida luego de la implosión de la ex URSS– sin revertirla ni derrotarla, al limitarse la movilización a cuestionar tal o cual aspecto de la regresión social en curso. Políticamente dio lugar al antineoliberalismo, acompañando por el movimiento antiglobalización desde 1999, que demostraron su impotencia y capitulación durante la primera década del siglo XXI frente al salto de la guerra imperialista posterior a los atentados de Nueva York en 2001 y la austeridad capitalista redoblada con la crisis de 2007/8. El movimiento actual tiene –aún de forma embrionaria– un carácter más anticapitalista, a la vez que plantea como estrategia la necesidad de la huelga general y de convergencia de las luchas (y no el utópico “Otro mundo es posible”), a la vez que es crecientemente hostil a las fuerzas de represión del Estado. Es el enfrentamiento más importante y prolongado de los trabajadores en un país central como Francia, la quinta potencia imperialista, contra los efectos que aún perduran de la crisis mundial capitalista abierta en 2007/8. De ahí la enorme importancia y trascendencia que van más allá de las fronteras francesas.

 

Un grito contra las insoportables condiciones y el contenido del trabajo

Detrás de la movilización concreta contra la ley, hay un comienzo de insubordinación profunda que está comenzando a expresarse, tan profunda como la explosión contra el despotismo de empresa del viejo capitalismo familiar francés que salió a la superficie de forma abierta durante el mayo de 1968 y la oleada de ocupación de fábricas. La respuesta patronal a esta rebelión obrera en el corazón del proceso de producción fue, después de los años 1980, una política gerencial de individualización sistemática de la gestión de los asalariados. Esto llevó a un salto en el deterioro en la condiciones de trabajo. Como dice el sociólogo del trabajo Danièle Linhart,

Este se caracteriza por una intensificación del trabajo, el establecimiento de objetivos individuales cada vez más elevados y difíciles de lograr, el requisito de seguir procedimientos, protocolos, las “buenas prácticas” (decididas por los expertos los grandes gabinetes internacionales, alejados de la realidad del trabajo concreto de los trabajadores afectados), y una descalificación de la experiencia y los conocimientos resultado de la política de cambio perpetuo” (“Un combat contre la conception managériale du travail Pourquoi la France estelle bloquée?”, Le Monde 26/5/2016).

Es de este sufrimiento en el trabajo que se nutre la combatividad y la determinación de los huelguistas que durante meses intentan oponerse a la reforma laboral en curso. En épocas de “paz social” habitualmente esto se expresa en el creciente consumo de alcohol y tranquilizantes, y más trágicamente en la creciente oleada de suicidios que afecta a muchísimas grandes empresas francesas desde hace años. Hoy en día los trabajadores empiezan a rebelarse de forma cada vez más consciente contra esta concepción managerial del trabajo impuesta durante el cenit del neoliberalismo en Francia y en el mundo.

 

Lo que ya logró el movimiento actual

Aunque el movimiento actual aún no ha terminado, provisoriamente podemos  aventurar que ya ha logrado varias conquistas que serán de ahora en más una palanca para la movilización de los trabajadores y sectores populares en Francia.

En primer lugar ha logrado aumentar el descrédito frente a una capa creciente de la población, en especial de la juventud, de las instituciones represivas del Estado. Estas últimas han ejecutado un nivel de violencia que no se veía desde hace años, con el uso sistemático de disparo de gases lacrimógenos, de granadas de fragmentación y de lanzadoras de “balas de defensa” no letales (Flash Ball). En Rennes, Toulouse, París y otras ciudades, decenas de manifestantes resultaron heridos, con muchos arrestos preventivos e imputaciones judiciales. Esta generalización de la militarización de la policía y de la violencia del Estado contra nuevos sectores de la población como los estudiantes universitarios y secundarios, además de varios sindicalistas, ha de hecho objetivamente acercado a estos últimos por la vía de la experiencia frente a la represión con los jóvenes de la banlieue (periferia). Estos últimos odian a los flics como se conoce popularmente a los policías franceses) desde hace décadas por la represión y discriminación a la que son sometidos por su sola apariencia física o racial. A partir de este movimiento, los CRS (fuerzas de la Policía nacional francesa) comienzan a ser odiados por el “peuple de gauche” (pueblo de izquierda), como demuestra el eslogan “Todo el mundo detesta a la policía” que se fue imponiendo en la movilización de calles.

En segundo lugar, el creciente desprestigio de la clase política, en especial a izquierda, puede abrir una vía para que las organizaciones obreras, sobre todo los sindicatos, se vean más legitimados para levantar las reivindicaciones del “mundo del trabajo”. Hasta ahora, la existencia de una izquierda institucional, que era uno de los polos del bipartidismo, reproducía en el movimiento obrero y de masas el reaccionario reparto de roles que ubicaba a los sindicatos en el terreno solo reivindicativo y a los partidos con el monopolio de la política. El hecho de que Philipe Martínez, dirigente de la principal central sindical francesa, la CGT, se haya transformado en la principal oposición política a Hollande, es un dato significativo y no menor de la movilización en curso, que puede estar adelantando un fenómeno más importante. A través de los sindicatos, los trabajadores están encontrando un medio de expresión, en las cuestiones sociales, que habían sido dejadas de lado por los partidos políticos del régimen, incluso por su pata de centroizquierda, el PS. Con el conflicto actual, a su vez, los sindicatos monopolizan la cuestión social, que había sido apropiada últimamente por la extrema derecha del Front National. Por último, a pesar de todo el ruido generado al inicio del movimiento por los petitorios online y el rol de las redes sociales debido al éxito del petitorio “Loi Travail: non merci!” (Ley de Trabajo: ¡No gracias!) que reunió más de un 1,4 millones de firmas antes de la primera jornada de movilización, el movimiento actual confirma el peso y la eficacia de las formas clásicas de movilización. Esto ha sido puesto en evidencia durante los primeros meses por el rol jugado por los estudiantes universitarios y secundarios en las manifestaciones en las que estos pusieron literalmente el cuerpo frente a la represión policial y, en las últimas semanas de forma contundente y decisiva, con la entrada en fuerza de los trabajadores y sus métodos de lucha. Las redes sociales juegan un rol importante en la comunicación (los videos de represión policial se viralizaron en varias ocasiones llegando algunos incluso a los medios masivos de comunicación) pero son las manifestaciones, y especialmente las huelgas, las que crean la relación de fuerzas.

 

Un final abierto

La debilidad e impopularidad del gobierno de Hollande y Valls, que alcanza niveles inéditos para una presidencia durante el régimen de la V República, juegan a favor de los huelguistas. Más sorprendente es que a pesar de los daños y molestias generados por la huelga y los ataques incesantes del gobierno, la central patronal (el MEDEF) y los medios de comunicación contra los huelguistas, acusados de tomar a los franceses por rehenes –llegando incluso el presidente del MEDEF, Pierre Gattaz, a acusar a la CGT y a su principal dirigente de usar métodos de “bandidos” o de “terroristas”, aunque luego debió desdecirse–, la “opinión pública” sigue oponiéndose de forma sostenida a la reforma laboral. Ni siquiera han logrado por el momento ponerla en contra de los huelguistas con los llamados del primer ministro y del presidente de la SNCF a terminar

la huelga como “gesto de solidaridad” ante las inundaciones y crecida de varios ríos en París y sus alrededores. Un límite que existe es que esta simpatía pasiva no se transforma en un salto en la generalización de la huelga en todos los sectores de trabajadores. Este límite en parte está ligado a que la dirección de la CGT no levanta un programa que, partiendo del retiro de la reforma laboral, se plantee también la lucha contra las condiciones de trabajo, la precarización y el desempleo, es decir, un plan obrero de respuesta a la crisis que permita desatar las energías y la combatividad de los sectores más precarizados del proletariado o pauperizados como los jóvenes de las banlieues.

La dirección de la CGT se niega conscientemente a llamar a una lucha de este tipo, que podría tener un carácter revolucionario, a la vez que las estructuras sindicales  mantienen esencialmente el control del movimiento. Por otra parte, aunque sigue impulsando la movilización en los sectores donde es más fuerte, no toma la iniciativa de llamar a un encuentro de todos los sectores en lucha que permita a estos tomar conciencia de su fuerza y discutir un plan ofensivo para vencer, arrastrando al conjunto de la clase. Esta ausencia de un comando nacional de huelga basado en las asambleas y comités de huelga por fábrica y establecimiento es un elemento negativo para afirmar la confianza y la fuerza de los huelguistas, en el marco que la próxima acción nacional que permitirá medir fuerzas de conjunto está llamada recién para el 14 de junio. Su apuesta como dirección reformista de una parte del movimiento obrero francés está basada en explotar la debilidad coyuntural del gobierno, ayudada a su vez por el calendario, que prevé en unos días comienza un gran evento deportivo en suelo francés, la Eurocopa, para torcer el brazo de Hollande. Aunque no podemos descartar que la presión sobre el mismo se transforme en insoportable, el daño que haría un retroceso gubernamental sobre el programa de contrarrevolución social que se perfila en Francia, en especial con un eventual gobierno de derecha en 2017, lo presionan desde el ángulo patronal a no ceder.

Esto puede verse no solo en Francia sino a nivel europeo. The Economist, el 4 de junio, haciendo un repaso de cómo gobiernos anteriores habían retrocedido en estadíos similares –como fue el caso en 1986, 1994, 1995 o 2006–, le dice al presidente francés que esto sería un error en 2016 y aconseja, “No ceda, Hollande”. El Financial Times por su parte titula “Hollande debe mantenerse firme frente a los huelguistas”, y con un claro sentido de clase, aunque cínicamente concluye,

… el presidente debe mantenerse firme. Ya ha pagado el precio político para abordar la reforma del mercado laboral. Quien ocupe el Eliseo después de las elecciones del año que viene va a querer revisarla. Pero si el gobierno cede ahora, el tema será tabú durante años –y los trabajadores franceses, y los jóvenes sobretodo, serán los perdedores (FT, 2/6/2016).

Aunque esta presión patronal es cada vez más predominante, secundariamente, ni Hollande ni Valls ven una ganancia particular en ceder, ya que están muy desprestigios políticamente. De esta manera, la apuesta de la CGT podría demostrarse insuficiente. Es por eso que los trabajadores y jóvenes no solo deberían ser los protagonistas de esta grandiosa gesta sino cada vez más en su dirección a través de sus propios organismos de autodeterminación para la lucha.

Francia

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