“Fines de ciclo” de Caracas a Buenos Aires

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Una estrategia independiente ante el retroceso progresista y el avance reaccionario

 

EDUARDO MOLINA

Staff revista Estrategia Internacional.

Número 18, abril 2015.

El intento imperialista y de la derecha continental de capitalizar el desgaste de los gobiernos en Venezuela, Argentina y Brasil, que atraviesan crisis de distinta intensidad, aviva el debate sobre el carácter y rumbo de los gobiernos “posneoliberales” y desde qué estrategia política enfrentar a la reacción proimperialista.

 

Orden y progresismo

Emir Sader plantea el peligro de una “restauración conservadora” [1] como antítesis a los gobiernos progresistas y sus “transformaciones”. Sin embargo, en Buenos Aires y Brasilia (pero también en Caracas, La Paz o Quito), lejos de avanzar, los “procesos de cambio” están profundizando su giro a derecha. Aplicando ajustes (aunque sean “heterodoxos” o no tanto) y nuevas concesiones a las transnacionales (como en la “apertura” petrolera), a medidas regresivas en aspectos democráticos como en la criminalización de la protesta social y la pobreza, la alianza con las iglesias y la oposición al derecho al aborto, etc. buscando “sintonizar” con la clase dominante que reclama más “orden” para retomar el camino del “crecimiento”.

Este retroceso no obedece a “errores” circunstanciales, tiene alcance “estratégico” y expresa el agotamiento de las posibilidades expansivas del ciclo de reformas de la década pasada. Se ha ingresado en una nueva etapa donde ante las condiciones internacionales adversas y la declinación económica, los gobiernos autodesignados “populares” optan por adaptarse más abiertamente a las necesidades del capital en la administración de la crisis.

Progresismo y derecha son dos polos políticamente enfrentados. Bajo los gobiernos nacionalistas y de centroizquierda y como subproducto de las nuevas relaciones de fuerza creadas en el ciclo de levantamientos entre 2000 y 2005, el pueblo trabajador conquistó posiciones económicas y sociales a defender. Desde este punto de vista, “no es lo mismo” que las soluciones abiertamente reaccionarias que preferiría el gran capital. Pero la función histórica de los “posneoliberales” no es transformar el orden social del capitalismo dependiente latinoamericano, sino preservarlo y “actualizarlo” mediante reformas parciales.

Esta es la clave para abordar la relación entre “orden y progresismo” [2] o, en otras palabras, entre el “orden”, que la clase dominante reclama como necesario para el progreso (capitalista), y las soluciones a su crisis ofrecidas por nacionalistas y progresistas.

Se ha dicho que el viejo lema positivista de “orden y progreso” se actualiza en nuestra época y en América latina bajo nuevas figuras, como “seguridad y desarrollo” o “estabilidad y crecimiento” [3], que refieren a la articulación entre las condiciones sociopolíticas y la buena marcha del proceso de acumulación capitalista. Esta relación puede explicarse desde el concepto de “equilibrio dinámico” elaborado por León Trotsky, equilibrio en que se combinan dialécticamente el movimiento económico, la lucha de clases, las relaciones políticas e interestatales, y que el régimen capitalista descompone y reconstruye incesantemente “ensanchando, de paso, los límites de su dominio” por lo cual “está siempre en proceso de ruptura o restauración” [4].

En los primeros años de este siglo, el equilibrio se resquebrajó bajo el impacto de las crisis económicas y políticas y los levantamientos populares en varios países latinoamericanos. La clase dominante debió resignarse al acceso al gobierno de fuerzas políticas reformistas como “recurso de emergencia”. Los moderados Lula, Kirchner o Tabaré Vázquez, y los “radicales” Evo Morales y Chávez, resultaron inevitables debido a su influencia popular cuando la fórmula neoliberal se tornó insostenible. El “momento reformista” fue alumbrado para evitar un ruptura mayor, de secuelas “catastróficas” o directamente revolucionarias para el orden. Emergieron dos variantes “posneoliberales”: una más nacionalista y populista en los países más convulsionados, como el chavismo en Venezuela (y con rasgos propios Evo Morales en Bolivia); y de centroizquierda allí donde la crisis había sido menor, como en Brasil o Uruguay. Argentina muestra una situación particular porque tras el derrumbe de la convertibilidad y las jornadas de diciembre de 2001 que golpearon al sistema de partidos, debió recurrirse al ala de centroizquierda del peronismo.

El ciclo reformista se asentó y prolongó porque tuvo a favor un inédito ciclo de crecimiento, alimentado por el boom internacional de las materias primas y cierta recomposición de los mercados internos, que permitió una estabilización interna así como mayores márgenes de maniobra frente al imperialismo. En diferente grado según el caso, recompusieron la capacidad de mediación del Estado con políticas de democratización formal, “inclusión social” incorporando parcialmente demandas populares y un tibio neodesarrollismo, recuperando cierta autonomía en la política internacional.

La categoría gramsciana de “revolución pasiva” es empleada por diversos estudiosos para interpretar estas reformas. Pero Gramsci la utilizó para analizar los procesos en la Europa del siglo XIX que, para evitar una reedición de la revolución de 1848, completaban “desde arriba” tareas históricas como la unidad nacional en Alemania e Italia, con los métodos reaccionarios de un Bismarck o un Cavour, cancilleres de sendas monarquías [5].

En la época imperialista esa posibilidad está agotada, porque encarar a fondo tareas democrático-estructurales como la liberación nacional, entra en contradicción con las bases del orden capitalista en los países dependientes. Ninguno de los gobiernos posneoliberales se propuso romper con el capital imperialista, hacer una profunda reforma agraria o nacionalizar los recursos naturales. Fueron todos “pagadores seriales” y el “nacionalismo petrolero” se limitó a rediscutir la asociación con las transnacionales, en las “radicales” Venezuela, Bolivia o Ecuador, para no hablar de Brasil o Argentina.

El elemento de “revolución pasiva” en estos limitados “procesos de cambio” está al servicio de la recomposición del orden, no de su superación [6]. Mientras se mantuvo la continuidad en aspectos económicos y sociales clave heredados del neoliberalismo (como la especialización exportadora, el endeudamiento externo o la precarización laboral), las reformas parciales contuvieron la movilización social, “pasivizando” a las clase subalternas y cooptando a los “movimientos sociales” para “pasar de la protesta a la propuesta” -según la frase de Evo Morales-.

La labor estabilizadora del ciclo reformista -combinando sus elementos de “revolución pasiva” con los de “restauración”-, fue preparando el terreno para que la clase dominante pueda aspirar a una plena “restauración conservadora”.

 

El otoño progresista en su mala hora

La decadencia de los gobiernos nacionalistas y de centroizquierda abre un escenario de transición política en medio de tensiones y crisis, en que la oposición de derecha se pone a la ofensiva, como ilustran las situaciones argentina, brasileña y, de modo particular, venezolana. El giro reaccionario en la política latinoamericana se expresa “por dentro”, en el rumbo de los gobiernos posneoliberales (que retrocede en los elementos de reforma y acentúa los restauradores) y no solo “por fuera”, en la recomposición de la derecha continental o en las presiones del imperialismo. Es el fin del “nunca menos” que supo enarbolar hace un par de años CFK, para pasar a políticas de ajuste más o menos “heterodoxas” que atacan a las condiciones de vida y de trabajo de la población, erosionando su base social. Aunque cada caso es diferente, en general todavía no hay ataques neoliberales abiertos contra las masas, sino una interrupción de las concesiones combinada con ataques indiretos, vía ajustes fiscales o la  inflación.

Sus posibilidades como regímenes de mediación basados en la capacidad de hacer algunas concesiones a las “clases subalternas”, se han diluido, al tiempo que la burguesía y el imperialismo presionan por una normalización de las formas de dominación. Este “fin de ciclo” abre un período de transición en que se discute la reconfiguración política de cara a una nueva etapa. El progresismo se propone ratificarse como fuerza de gobierno “responsable” y capaz de gestionar la crisis, mientras que la derecha que se presenta “renovada”, refleja el interés de la burguesía, con base en sectores privilegiados de las “clases medias”, por desprenderse de los costos extras y métodos irritantes del “populismo”.

Adaptándose a esta presión, el progresismo aspira a “presidir su propia transición”. Es la tendencia a un “poskirchnerismo” en Argentina, donde una de las variantes en discusión es la sciolista, aunque podría darse bajo otra figura de similar contenido.

Venezuela presenta un cuadro particular, pero no escapa a esa tendencia general. Simpatizantes del chavismo como Atilio Borón han rechazado la posibilidad misma de que se produzca una transición poschavista en Caracas. Sin embargo, el rumbo a la “moderación” fue señalado por el propio Chávez al final de su vida, con actos significativos como el abrazo con el presidente Santos, el ingreso al Mercosur o la designación de Maduro como sucesor, que ha dejado en muy segundo plano el discurso del “socialismo del siglo XXI”.

Como expresión más radical del ciclo reformista, la Venezuela bolivariana concentró fuertes contradicciones con Estados Unidos y la burguesía local, por su importancia como productor de hidrocarburos y la disputa por el reparto de la renta petrolera. Al mismo tiempo, el carácter bonapartista del régimen de la V República y el grado de polarización social y política tornan mucho más conflictiva una transición. En la crisis política y el debilitamiento del gobierno de Maduro se reflejan las dificultades para definir una salida -una transición- al fin de la etapa de “revolución bolivariana” (ver “El fin de la etapa de la ‘revolución bolivariana’”).

El apoyo político y electoral a los progresistas es su variante de transición al orden, no un recurso de “mal menor” ante la derecha. Chavistas, kirchneristas y petistas denuncian la “conspiración permanente”, la “guerra económica” y las amenazas golpistas, pero les oponen la “conciliación permanente” y los ajustes favorables al empresariado.

Referentes de la centroizquierda como Emir Sader o la vernácula Carta Abierta pretenden encubrir este rumbo llamando a “cerrar filas” detrás de Dilma o Cristina. Hacen énfasis en el poder mediático, pero O Globo o Clarín, no son más que la expresión visible del poder económico, social y cultural del gran capital, cuyas bases los progresistas han respetado, preservado y aún ayudado a ampliar en más de una década de gobierno. Los medios influyen, pero el descontento obrero y popular no deriva de la propaganda televisiva, sino de la erosión del salario, la carestía, el deterioro de las condiciones de transporte, salud y educación, la corrupción rampante y la impunidad represiva.

Su “batalla cultural” obvia mencionar esta política de retroceso, limitándose a recordar lo “concedido” hace una década y justificar el rumbo actual. No es casual que el intrascendente Manifiesto de Buenos Aires [7] apenas logre afirmar que sigue abierto “un ciclo político que todavía desafía el tiempo, contra viento y marea”: refleja la bancarrota ideológica y política del progresismo.

 

La clase trabajadora, presente

Las posibilidades históricas no se reducen a la continuidad del progresismo en retroceso o la “restauración conservadora”, reeditando las oscilaciones pendulares entre ciclos conservadores y reformistas que han caracterizado la historia política de la región. Ningún fatal determinismo obliga a ello. Los ritmos y resultados se decidirán en la lucha de clases, en el marco de complejos factores, desde la economía y política internacionales, a los fenómenos políticos en una etapa de crisis del sistema capitalista.

Son varias las “bifurcaciones” posibles y hay fundamentos sociales para pensar hipótesis estratégicas desde la fuerza y potencialidad de la clase trabajadora, que al calor del crecimiento pasado adquirió nuevas fuerzas. Hoy hace pesar su “cuestión social” en la agenda de varios países de la región y puede convertirse en una gran factor de “disidencia por izquierda”. Desde fines de 2012 los paros de alcance nacional, huelgas y movilizaciones en Argentina, Bolivia, Brasil o Chile, señalan su presencia en la escena, ratificada por el cuarto paro general del 31 M en Argentina, junto a huelgas en Brasil y otras movilizaciones.

El movimiento obrero, junto a sectores populares y juveniles, viene dando señales de que no está dispuesto a resignar sin resistencia sus condiciones de vida y aspiraciones ante ataques “progresistas” o neoliberales. Los paros generales y luchas por fábrica en Argentina, como el proceso iniciado en Brasil con las protestas juveniles de junio de 2013 y un reguero de huelgas, son sintomáticas.

En ellos se gestan las fuerzas decisivas para enfrentar a la reacción y la posibilidad de un nuevo horizonte estratégico a las luchas sociales. Si a inicios de siglo marcaron su impronta los “movimientos sociales” de carácter plebeyo o campesino, hoy puede ganar centralidad la clase trabajadora, creando un eje unificador para la alianza obrera y popular en la perspectiva de respuestas revolucionarias a los problemas del continente.

 

Antiimperialismo, demandas populares e independencia política de clase

No se puede movilizar contra la reacción y los ataques patronales, sin combatir los ajustes progresistas. El movimiento obrero y popular necesita otro programa y otra perspectiva para desarrollar su lucha. Pero la subordinación política a los gobiernos o a distintas corrientes burguesas ata las manos de los trabajadores y divide sus organizaciones. Se precisa un programa que articule medidas consecuentemente antiimperialistas con las demandas obreras y populares, para que la crisis la paguen los capitalistas. Pero esto es inseparable de lucha por la independencia política.

La otra cara de la intervención en las luchas obreras, populares y estudiantiles es la lucha por construir alternativas políticas de clase, enfrentando el retroceso de los gobiernos nacionalistas y progresistas y el intento de la oposición proimperialista de imponer salidas por derecha como en Venezuela, Argentina o Brasil.

Lamentablemente, hay sectores de la izquierda combativa latinoamericana que consideran posible influir sobre el chavismo o el MAS de Morales desde posiciones de “apoyo crítico”. Una clara delimitación política no está reñida –todo lo contrario–, con la posibilidad de desarrollar acciones unitarias y de frente único frente a la ofensiva reaccionaria y por las necesidades más sentidas con sectores obreros y populares aunque mantengan expectativas en estos gobiernos. El frente único como lo entendían Lenin o Trotsky: “Golpear juntos, marchar separados” supone la independencia política. Esta sería la mejor forma, además, de ayudar a avanzar el “proceso social” (la lucha y la experiencia política de las masas). Se pueden proponer buenas consignas de movilización, pero sin defender intransigentemente la independencia política, se corre el riesgo de terminar como impotentes “consejeros de izquierda” del chavismo o del MAS.

En Argentina, la combinación entre la lucha por desarrollar un sindicalismo clasista, de izquierda, junto al impulso del FIT como polo de independencia política de los trabajadores, apunta a sentar las bases de una alternativa de clase. Las enseñanzas de las más importantes experiencias políticas latinoamericanas e internacionales juegan un papel no desdeñable en esa construcción. La intervención práctica –orgánica– en la vida del movimiento obrero y la juventud, la acción política y la lucha ideológica y cultural deben estar unidas por una misma pasión estratégica, en lo nacional e internacional: impulsar la organización independiente del movimiento obrero y de masas, para que sea capaz de dar una salida revolucionaria a la crisis capitalista.



[1] Emir Sader “Restauración conservadora”, Página/12, 6/09/14.

[2] Título de un libro de Martín Rodríguez. Orden y progresismo. Los años kirchneristas, publicado por Emecé. Ver comentario de Fernando Rosso y Juan Dal Maso en Los galos de Asterix.

[3] Este razonamiento pertenece a Oscar Ozlak. Ver La formación del Estado argentino, Buenos Aires, Planeta,  1999, pp. 27 y ss.

[4] León Trotsky. “La Situación Mundial”, en Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición (compilación), Buenos Aires, CEIP León Trotsky. 1999,  pp. 31 y ss.

[5] Antonio Gramsci utiliza esta categoría en varias notas de los Cuadernos de la Cárcel, como “Punto para un ensayo crítico sobre las dos Historias de Croce: Italia y Europa”; “La concepción del estado según la productividad (función) de las clases sociales”.

[6] Ver Juan Dal Maso y Fernando Rosso, “Revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía”, Ideas de Izquierda 13, septiembre 2014.

[7] Del pomposamente llamado Seminario por la Emancipación y la igualdad, del 12 al 14 de marzo, al que asistieron connotadas figuras intelectuales y políticas de América Latina y Europa.

4 comments

  1. TEITELBAUM 17 abril, 2015 at 11:49 Responder

    LA CUMBRE DE PANAMÁ: LAS PALABRAS Y LOS HECHOS
    Alejandro Teitelbaum
    En la Cumbre de Panamá se reunieron los Gobernantes y junto a ellos hubo un Foro de Empresarios donde los Gobiernos de AL fueron a pedirles que invirtieran en sus respectivos países.
    Por cierto que no hubo en la Cumbre representantes de trabajadores y de campesinos.
    El discurso del ministro cubano Malmierca ante los empresarios fue horroroso : un elogio desmedido a las transnacionales pidiéndoles que inviertan en Cuba . Raul Castro le pidió disculpas y elogió a Obama (“Pido disculpas al presidente Obama –la pasión se me sale por los poros cuando de la revolución se trata– porque él no tiene ninguna responsabilidad en todo esto. Él es un hombre honesto, y eso se debe a su origen humilde»). Mientras tanto el bloqueo contra Cuba sigue. Lo mismo que el campo de concentración de Guantánamo. Si se compara con el discurso del Che en Punta del Este en 1961 en la reunión de Ministros sobre la “Alianza para el Progreso” dan ganas de llorar.

    Cristina Kirchner hizo un discurso en la Cumbre muy “antiimperialista”.
    Mientras tanto en Argentina CFK dice estar “muy orgullosa” de las inversiones de Monsanto (ver https://www.youtube.com/watch?v=0WqWR6SRhNU) y de manera general las transnacionales como Chevron, Barrick Gold y otras están saqueando y contaminando al país.
    Recientemente Cristina Kirchner anunció una inversión de Renault -Nissan en la industria del automóvil. Lo que no dijo es que -para que se hiciera la inversión- los trabajadores debieron aceptar una REDUCCIÓN del salario del 15% y un empeoramiento general de las condiciones de trabajo (flexibilización, etc).

  2. ElTabano 5 septiembre, 2015 at 16:37 Responder

    El artículo zigzaguea entre el reformismo y su rechazo, pero al finalizar el mismo concede a una confusión que ha causado debates y divisiones en históricos revolucionarios. El Frente Único no es Unidad de Acción y aquí se confunde o concede al reformismo en el siguiente párrafo hablando de los gob centroizquierdistas y/o progresistas : “….Una clara delimitación política no está reñida –todo lo contrario–, con la posibilidad de desarrollar acciones unitarias y de frente único frente a la ofensiva reaccionaria y por las necesidades más sentidas con sectores obreros y populares aunque mantengan expectativas en estos gobiernos. El frente único como lo entendían Lenin o Trotsky: “Golpear juntos, marchar separados” supone la independencia política. Esta sería la mejor forma, además, de ayudar a avanzar el “proceso social” (la lucha y la experiencia política de las masas)…..” ¿Dese cuando un Frente Único con un gob burgués? ¿Qué le queda al Frente Popular? Golpear Juntos y marchar separados no se refiere Lenin a un Frente Único con gob burgueses sino a la Unidad de Acción.
    Es un asunto no resuelto, pero el perfil de la nota comienza con una crítica a las izquierdas que apoyan críticamente a los gob burgueses Venezolanos, Bolivianos etc. y finaliza haciendo la concesión a un degenerado Frente Único con gobiernos burgueses, so pretexto de que pueden ser considerados inmersos en la característica de reformistas – “Momento reformista”.
    “Rompimos con los reformistas y centristas a fin de obtener una completa libertad de criticar la perfidia, la traición, la indecisión y el espíritu pasivo en el movimiento obrero. Por esta razón, toda clase de acuerdo organizativo que coarte nuestra libertad de crítica y de agitación, es completamente inaceptable para nosotros. Participamos en un Frente Único, pero en ningún instante nos diluimos en él. Actuamos en el Frente Único como un grupo independiente. Es precisamente en el curso de la lucha que el conjunto de las masas debe aprender por experiencia que nosotros luchamos mejor que los demás, que vemos mejor, que somos más audaces y resueltos. De esta forma, nos acercamos cada vez más a la conquista del Frente Único revolucionario, bajo la indiscutida dirección comunista.” L Trotsky 1922 Abrazo
    Pero ¿De quién hablaba cuando hablaba de reformistas? De los Sociademócratas, no del gobierno de Kerensky.
    Fraternalmente.

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