¿Fin del trabajo o fetichismo de la robótica?

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PAULA BACH

Número 39, julio 2017.

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Nuevas tecnologías y el destino del trabajo humano. Retorno de viejas teorías y dados que están cargados. A propósito de la naturaleza de las máquinas y la naturaleza del capital.

 

La tesis del fin del trabajo está de regreso y con amplia repercusión mediática. Sus representantes: un sector del mainstream conocido como “tecno-optimista”. La hipótesis: que las nuevas tecnologías tales como la inteligencia artificial, el big data, Internet de las cosas, las impresoras 3D, la nanotecnología, la biotecnología o la robótica –que, dicho sea de paso, posee una gran carga simbólica–, amenazan la existencia misma del trabajo asalariado.

La cuestión exige dos distinciones fundamentales. La primera es que si bien en el curso del proceso de inversión el capital se sirve de las cualidades de la tecnología para forjar una masa creciente de desocupados estructurales, una cosa muy distinta es sostener que efectivamente pueda existir o subsistir en el mediano o largo plazo desvinculándose progresivamente del trabajo asalariado.

La segunda exige diferenciar entre las cualidades físicas, materiales, útiles de los productos tecnológicos y las características propias del proceso de valorización del capital. ¿Son las cualidades físicas –el valor de uso– de aquellos adelantos lo que dará la pauta del destino del trabajo asalariado? Sostendremos que el nudo del asunto remite una vez más al movimiento contradictorio entre valor de uso y valor de cambio. Dualidad que no por azar permitió a Marx descubrir la diferencia entre trabajo y fuerza de trabajo y con ella, la especificidad del modo capitalista de producción.

Por supuesto ningún razonamiento teórico puramente abstracto puede quitarles a los “tecno-optimistas” el derecho a la verdad. Sin embargo, la abundante contribución empírica de la historia reciente parece revelar que en la nueva tesis del fin del trabajo –una vez más– los dados están cargados.

 

Los precursores

Recordemos que mientras la pluma de André Gorz daba a luz en los años ‘80 a su famoso Adiós al proletariado y la de Jeremy Rifkin en los ‘90 al no menos célebre El fin del trabajo, el capital se hallaba a la conquista de una “nueva empresa”. La métier era doble: desgarrar el llamado “Estado de Bienestar” y los empleos industriales de cierta calidad en los países centrales, captando a la vez fuentes de mano de obra barata offshore. Esta mixtura, antecedida por los avances del reaganismo-thatcherismo y la restauración capitalista en Europa del Este, la URSS y China, operó fundamentalmente a través de dos fases.

Hacia mediados de la década del ‘90 se produce un dinámico –aunque de corto alcance– proceso inversor en territorio norteamericano sustentado en la comunión de los ordenadores personales y las comunicaciones (TIC). Algo más tarde la productividad reaccionaba duplicando su tasa de incremento promedio registrada entre 1972 y 1996. La continua deslocalización industrial en curso desde los años ‘80 avanzó internamente (hacia regiones de menores salarios y menor o nula organización sindical) y exteriormente, hacia México, el Sudeste Asiático y la India, poniendo de manifiesto aquella acción dual. Por ese entonces el modus operandi del capital recuerda bastante el diagnóstico temprano de Marx en Miseria de la filosofía –rememorado oportunamente por Fredric Jameson1–. Decía Marx que en Inglaterra

…las huelgas han servido constantemente de motivo para inventar y aplicar nuevas máquinas. Las máquinas eran, por decirlo así, el arma que empleaban los capitalistas para sofocar la rebeldía de los obreros calificados2.

Si en Estados Unidos –como en Reino Unido– las huelgas y las derrotas se habían sucedido fundamentalmente en los años ‘80, no cabe duda que el impulso tecnológico de los ‘90 contribuyó a consolidarlas, forjando un ejército industrial de reserva permanente que otorgó a la vez salvoconducto al proceso deslocalizador.

El auge de inversión y productividad se agota durante los primeros años de la década del 2000. Pero en el mismo período se produce la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio, atrayendo gran parte de la inversión norteamericana y transformándose en nuevo destino privilegiado del outsourcing. Si alrededor del ascenso de las denominadas “punto com” y la exportación de capitales se montó una ciclópea burbuja crediticia, el crecimiento norteamericano de los años ‘90 mostró bases internas relativamente genuinas. Por el contrario, durante la década del 2000 el crecimiento se ciñe casi exclusivamente a la burbuja inmobiliaria y el elemento genuino queda localizado esencialmente afuera y muy en particular en China. Y justamente –por esas cuestiones del desarrollo desigual y combinado– al tiempo que el incremento de la productividad de la economía norteamericana retornaba a los pobres parámetros del período pos ‘70, la productividad de la economía china crecía a un 10,7 % promedio durante la década del 2000.

El trípode tecnología, outsourcing, liberación de flujos de capitales internacionales, desató una orgía combinada de financierización y exportación de capital, desfigurando a la vieja clase trabajadora del “Estado de Bienestar” y reconfigurando a la vez una nueva clase internacional cualitativamente más barata y más precaria. Como resultado de esa “destrucción creativa” se obtiene un complejo y macabro entramado de múltiples dimensiones. Por un lado, degradación de antiguas zonas industriales –como la región del Rust Belt en el medio oeste norteamericano– con creación de desempleo interno estructural. Proceso que combina eliminación lisa y llana de algunas ocupaciones perimidas por el avance tecnológico3 de un lado, y otros trabajos y tareas de baja calificación4 que resultaron víctimas de la acción combinada tanto de la sustitución como de la deslocalización5, del otro. Tal como señalan Frank Levy y Richard Murmane, las tareas simples que pueden computarizarse también pueden explicarse fácilmente a gran distancia y por ello mismo, son susceptibles de deslocalización6. La cuestión conduce a la segunda dimensión de exportación de trabajos de baja calificación a regiones en proceso de industrialización dinámica –principalmente asiáticas– donde crecieron velozmente los empleos formales en manufactura y servicios, con salarios significativamente más baratos, ritmos agobiantes de trabajo y frecuentemente en condiciones deplorables. Pero existe también una tercera dimensión de países “periféricos” de crecimiento lento o desigual en los cuales las migraciones rurales terminaron favoreciendo centralmente el incremento de masas de pobres urbanos empleados mayoritariamente en la economía informal7. Por último aunque sin pretender agotar las múltiples caras de este proceso, señalaremos la generación de polos tecnológicos autores de nuevas tareas y trabajos altamente calificados –como Silicon Valley en la Bahía de San Francisco– muchas veces cubiertos con fuerza de trabajo más barata proveniente de migraciones.

Lo notable es que como balance final de este proceso y lejos –muy lejos– de las predicciones de Gorz y Rifkin, en el momento cúlmine del período neoliberal y previo al estallido de la crisis de 2008, no sólo la fuerza de trabajo al servicio del capital no había disminuido sino que se había duplicado8. Como señala David Harvey

La incorporación del campesinado chino, indio y de gran parte del sureste de Asia (junto con Turquía y Egipto y algunos países latinoamericanos…) a la fuerza de trabajo asalariada global desde la década de 1980, junto con la integración de lo que era el bloque soviético, ha significado un enorme incremento (y no disminución) de la fuerza de trabajo asalariada global muy por encima de lo que correspondería al aumento vegetativo de la población9.

En este contexto, si el concepto de “jobless recovery” en países como Estados Unidos o Reino Unido durante los años ‘90 resulta válido en términos locales, es parcial en términos del funcionamiento “global” del capital. Por ejemplo y con respecto a la industria la OIT evaluaba en 2006 que

…como porcentaje del empleo total (mundial, N.deR.), representaba aproximadamente 21 % tanto en 1995 como en 2005. Esta falta de variación oculta un descenso en la proporción del empleo industrial en el empleo total del 28,7 % en 1995 al 24,8 % en 2005 en varios países industrializados y un aumento en la proporción en algunos de los países en desarrollo más grandes. En todos los países en desarrollo la proporción del empleo industrial en el empleo total aumentó del 19,4 % en 1995 al 20,2 % en 2005. Un reducido número de países experimentó un aumento importante en el empleo total en la industria y un aumento en la proporción del empleo en la industria en relación con el empleo total durante el mismo período. Entre estos países figuran: Brasil, China, Indonesia, México, Pakistán, Federación de Rusia, Sudáfrica, Turquía, Tailandia y Vietnam10.

La conclusión final del movimiento descansa en la creación de masas de desempleados y pobres a fin de recrear una fuerza de trabajo más voluminosa, desigual, precarizada, explotada y vulnerable en su conjunto. A ciencia cierta el verdadero problema del capital no era el exceso de trabajo, sino la escasez de mano de obra barata.

 

Diferentes naturalezas

Retornando a la nueva tesis del fin del trabajo, resulta forzoso distinguir entre la capacidad material tecnológica disponible para reducir el tiempo de trabajo necesario –como problema genérico– y la necesidad del capital de absorber tiempo de trabajo para su valorización, como problema específicamente capitalista. A diferencia de lo que afirman los denominados “tecno-optimistas” es preciso resaltar que no son las “cualidades físicas” de los nuevos avances tecnológicos –su forma “útil”– el dato que dará la pauta de si el capitalismo avanza hacia una reducción progresiva del tiempo de trabajo humano.

En un sentido los llamados “tecno-pesimistas”11 –en lo que hace a su faceta estancacionista tecnológica– razonan con similar lógica abstracta que los “tecno-optimistas”, salvo que hacen hincapié en los límites de la capacidad material (física) actual de las nuevas tecnologías para la sustitución del trabajo humano. A diferencia de este modo de razonar, parte significativa de las pistas para la solución del enigma hay que buscarlas no en la “naturaleza” física de las actuales nuevas tecnologías –o en la de las futuras mejoradas– sino en la “naturaleza” del capital. Porque resulta que una cosa es la tecnología entendida en términos de su capacidad de crear valores de uso –y de liberar tiempo de trabajo necesario– y otra muy distinta es la tecnología entendida como medio para la creación de valores de cambio, y es esta última cualidad la que resulta verdaderamente “útil” al capital. El capital es un valor de cambio en busca de vías para su valorización que desprecia el valor de uso más que en cuanto vehículo necesario de valor y plusvalor, es decir de ganancia. El capital fijo no tiene la capacidad de generar valores enteramente nuevos y es por ello que, si por un lado la fuerza de trabajo es un “costo” que el capital pretende incansablemente reducir, por el otro, el trabajo representa la fuente única de la ganancia genuina que –con igual voluntad– ansía incrementar. Precisamente la tecnología como instrumento productor de plusvalía relativa representa la herramienta privilegiada para combinar esta doble aspiración –aún cuando en el mismo proceso termine por erosionar la tasa de rentabilidad.

Decía Marx en el famoso “Fragmento sobre las máquinas” hace muchos años –tantos que casi incomoda citarlo– que

El capital mismo es la contradicción en proceso (por el hecho de) que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza. Disminuye, pues, el tiempo de trabajo en la forma de tiempo de trabajo necesario, para aumentarlo en la forma de trabajo excedente como condición –question de vie et de mort– del necesario12.

Y refiriéndose al proceso de incorporación de maquinaria reflexiona que

A través de este proceso, efectivamente, se reduce a un mínimo el cuánto de trabajo necesario para la producción de un objeto dado, pero sólo para que un máximo de trabajo se valorice en el máximo de tales objetos13.

Si el mecanismo de reducción del tiempo de trabajo necesario e incremento especular del excedente –que en último análisis consiste en reducir salarios e incrementar ganancias– se expresa del modo más sofisticado y acabado en el proceso de incorporación de tecnología y producción de plusvalía relativa, representa en verdad el deseo y la necesidad permanente del capital y puede por ello verificarse como resultado del movimiento conjunto de producción de plusvalía relativa y absoluta. Veamos.

 

En busca del tiempo perdido

En aquel proceso combinado que dibujó el formato neoliberal –y a pesar del siglo y medio transcurrido– el capital otorgó una vigencia macabra al razonamiento de Marx. Si el tiempo de trabajo necesario para producir cada mercancía se redujo progresivamente en un polo y si como consecuencia de ello millones perdieron antiguos empleos de cierta calidad, se trató de ocupar a muchos millones más en peores condiciones y por mayor cantidad de tiempo a fin de valorizar el capital por medio de la producción de una masa irracionalmente creciente de mercancías. El trabajo excedente no sólo se acrecentó como subproducto automático relativo a la reducción del trabajo necesario en los lugares de aplicación de tecnología ahorradora de fuerza de trabajo, sino también –y particularmente– como consecuencia de la superexplotación –aumento de la plusvalía absoluta– en parte de los propios trabajadores de los países centrales, pero muy especialmente de grandes masas que antes se hallaban por fuera de la esfera de acción del capital. Harvey recuerda con pertinencia que entre los antídotos posibles a la caída de la tasa de beneficio Marx propuso “una tasa fenomenal de crecimiento de la fuerza de trabajo total que aumentara la masa de capital producido aunque la tasa de beneficio individual cayera”14.

Si gracias al nivel tecnológico el trabajo necesario tendió a su progresiva reducción en un polo, el capital buscó maximizar su contraparte excedente en todas las variantes posibles. La resultante consistió no sólo en la maximización del trabajo excedente en términos de la cantidad de tiempo promedio individual necesario para producir el equivalente a los bienes que satisfacen las necesidades cotidianas (históricamente determinadas) sino también en términos de las posibilidades de absorción de mercados masivos cuyos ingresos decrecieron –al menos relativamente– respecto de la magnitud de la riqueza creada. A medida que el capital incorporaba nuevas tecnologías y agregaba tiempo de trabajo excedente, destruía y creaba –obligatoriamente– nuevas tareas, empleos y “necesidades” no estrictamente necesarias.

En ese proceso de poner “al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza” el trabajo excedente se vuelve crecientemente superfluo a medida que el trabajo necesario decrece, cuestión que redunda en un incremento exponencial de una riqueza que aparece enfrentada no sólo a las verdaderas necesidades sociales sino a las posibilidades de realización del capital. No es difícil visualizar estos resultados en las pasadas décadas. El carácter irracional de la producción mercantil se verifica largamente en un esquema en el que el capital reduce –como señala Harvey15– sistemáticamente el tiempo de duración de los bienes de consumo mediante la producción de mercancías crecientemente perecederas –celulares, tablets, notebooks, automóviles, ropa. Muchos de esos objetos nuevos no agregan utilidad alguna más que la que puede proporcionar estar a la altura de las modas velozmente cambiantes que imponen las necesidades de reproducción y valorización del capital.

Vale la pena avanzar por este sendero notando que el interés por acotar al mínimo la duración de los bienes como forma de realizar el valor de cambio, se presenta como figura explícitamente opuesta a la utilidad de las cosas –en la medida en que busca conscientemente reducir el tiempo de vida útil–. Un esquema aberrantemente irracional que elige aumentar el tiempo de trabajo humano y reducir el tiempo de vida de los productos que libera, coexiste con masas crecientes de superexplotados y carenciados que no alcanzan siquiera el ingreso mínimo necesario para cubrir sus requerimientos básicos.

El capital cierra el círculo con el sistema de crédito que en particular durante el boom hipotecario y hacia mediados de los años 2000, alcanzó incluso franjas de muy bajos ingresos en particular en Estados Unidos, pero también en Reino Unido, España o Francia. Un sistema que consigue ampliar el mercado de consumo y a la vez –como analizara en su momento Costas Lapavitsas16– extraer cuotas de plusvalor extra por la vía del interés bancario. Harvey17 aborda el asunto en un contexto más amplio de nuevos mecanismos de “acumulación por desposesión” incluyendo los créditos hipotecarios que colocan crecientemente a la vivienda como “valor de cambio” –es decir como vía de acceder a nuevos valores de uso– y que tras la crisis de 2008 acabaron frecuentemente en la expropiación lisa y llana.

 

Breve reflexión final

Como es sabido los límites del esquema neoliberal se dispararon en la crisis de 2008 y caracterizaron la débil recuperación posterior. El “círculo virtuoso” de movilidad internacional del capital, financierización creciente, “revolución tecnológica”, apertura de áreas para la acumulación (China, en particular), nuevas y abundantes fuentes de trabajo barato, mercados y crédito al consumo, está mostrando múltiples síntomas de agotamiento. Justamente el concepto de “estancamiento secular” tiene la virtud de expresar la impotencia de una inversión que crece apenas a la mitad del ya alicaído ritmo promedio del período pos ‘70 en los países centrales, y que no reacciona a las fluidas masas de dinero barato. Es sensato pensar que el capital internacional se encuentra a la búsqueda de una “nueva empresa”. Las contradicciones crecientes entre nacionalismo e internacionalización del capital anuncian movimientos profundos.

Todo hace pensar que la nueva tesis del “fin del trabajo” encarna un discurso intimidatorio que oculta a la vez intenciones probablemente más sombrías que las neoliberales. Los inmigrantes “amenazan” a los trabajadores desde las fronteras y los “robots” desde la inmutable naturaleza de la “economía” –que por supuesto nada tiene que ver con las relaciones entre los hombres–. La idea de la renta universal ciudadana asume de hecho el nuevo discurso del “fin del trabajo”, y por mejores intenciones que guarden algunos de sus exponentes acabará convalidando nuevos embates del capital. La tarea del momento es unir lo que el capital divide y enfrentar viejas falacias ya conocidas. Repartir las horas de trabajo existentes entre ocupados y desocupados, entre nativos e inmigrantes, entre calificados y precarios, entre adultos y jóvenes, entre hombres y mujeres, sin rebajas salariales, es una medida impiadosa frente a la ganancia capitalista. Es sin embargo la única forma de que la humanidad se reapropie de la técnica y la ciencia como su propia obra. Aunque no lo crean, hay vida más allá del capital.

 

  1. Jameson, Fredric, Representar El Capital, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2013.
  2. Marx, Karl, Miseria de la filosofía, Marxist Internet Archive, 2010.
  3. Entre los empleos perimidos o en declive por el avance tecnológico destacan, entre otros, los vendedores de enciclopedias –¿qué sentido tendrían con Wikipedia?–, los empleados de los Blockbuster o la tarea de cajero bancario, que aún lejos de desaparecer crece a un ritmo mucho menor que el empleo total, debido a la proliferación de cajeros automáticos.
  4. Algunos ejemplos de empleos de baja calificación son operadores de maquinaria, tareas de distribución, reparación, empleos de oficina y administración.
  5. Levy, Frank y Murmane, Richard, Dancing with Robots: Human Skills for Computerized Work, Third Way Foundation, 2013.
  6. Ídem.
  7. “Cambios en el mundo del trabajo”, Organización Internacional del Trabajo, Ginebra, 2006.
  8. Ídem.
  9. Harvey, David, Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo, Madrid, Traficantes de sueños, 2014.
  10. “Cambios en el…”, ob. cit.
  11. Hay que reconocerles a los “tecno-pesimistas”, no obstante, un pensamiento mucho más sensato.
  12. Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI editores, 1982.
  13. Ídem.
  14. Harvey, ob. cit.
  15. Ídem.
  16. Lapavitsas, Costas, “Capitalismo financierizado, crisis y expropiación financiera”, Huellas de EE. UU. 1, mayo 2011.
  17. Harvey, ob. cit.

6 comments

  1. Patricio Reyes 15 Julio, 2017 at 21:20 Responder

    Buenísimo el artículo. Dos pequeñísimos aportes a lo dicho y que pueden ilustrar sobre la fetichización tecnológica que comparten tecno-optimistas y tecno-pesimistas a partes iguales: 1) Coltán y 2) La chata de la bove. I) El coltán es el mineral formado por columbita y tantalita y que es muy escaso en la corteza terrestre. La parte importante del mineral es el tantalio presente en el coltán y, sobre todo, el porcentaje de óxido de tantalio en la tantalita. La importancia de este mineral reside en el hecho que es parte fundamental de los componentes electrónicos (smartphone, pc’s, pantallas, videojuegos, gps, cámaras de fotos, chips, etc.) por su capacidad para almacenar y liberar energía manteniendo su composición a altísimas temperaturas. El 80 % del coltán proviene de la Rep. del Congo y su apropiación fue el factor desencadenante de la guerra internacional mas devastadora desde la II G. Mundial, con más de 5 millones de muertos y donde los contendientes eran una mezcla de compañías multinacionales con títeres nacionales y tribales. La situación actual en el este del Congo y Ruanda es catastrófica y los mineros trabajan en condiciones de esclavitud a 10 U$D por mes (la tonelada de coltán cotizaba 500 mil dólares, a ppios de 2014). Resumiendo, que rascando la epidermis del robot encontramos los procesos de trabajo excedente en condiciones de ultraprecarización global. Dicho más gráfico, la pantalla táctil chorrea más sangre que tecnología. II) La chata de la bove. La economía de servicios y la generación de plusvalor van por el mismo carril en la medida en que los servicios crecen de manera exponencial mucho más aceleradamente que lo tecnológico: motoqueros, delivery, paseadores de perros, empleo doméstico, enfermerxs, docencia y larguísimo etcétera. Y ahí no creo ver (ni cerca ni lejos) a R2D2 cambiándole la chata a la abuela en el geriátrico.

  2. Guillermo Rovelli 17 Julio, 2017 at 01:05 Responder

    Paula tal cual aunque ellos no lo crean hay vida más allá del capital. Las condiciones materiales derivadas del progresivo impacto tecnológico proveen un marco objetivo donde la utopía deja de ser tal para convertirse en una realidad al alcance de la humanidad. La producción robotizada, el trabajo computarizado y el desarrollo de las comunicaciones constituyen, bajo esta perspectiva, la posibilidad de alcanzar la sociedad humana, tan largamente soñada, donde todos los individuos tienen la posibilidad de desarrollar una vida plena de sentido, donde la actividad creativa será la tónica dominate en la vida de los hombres.
    La crisis abierta de RECECIÓN no es meramente coyuntural, todo proceso de dearrollo productivo (de la fuerza productiva) requiere inversiones y más aún cuando es necesario un salto en la base energética (escasez de petróelo etc.) En USA .por ahora la mayor fuerza imperialista, por ejemplo, podría producirse un relativo elevamiento de la tasa de ganancia -condición indispensable para las inversiones- si se aplica en forma generalizada la energía nuclear a la producción y al transporte, pero para ello EEUU necesita ampliar su mercado o destruir fuerzas productivas para lo cual no bastan las guerras localizadas. El capitalismo Paula, tú lo sabes mejor que yo, resuelve sus crisis únicamente destruyendo fuerzas productivas (renovando capital fijo, reconstruyendo instalaciones, etc) o conquistando mercados.
    En el actual período de la historia, no hubo ni habrá reformas de progreso dentro del capitalismo sino un acrecentamiento de la barbarie. Todos los indicadores económicos- sociales lo muestran a las claras y son mucho más faciles de entender que el fenómeno que al Vaticano le costó siglos admitir: que no era el Sol el que giraba alrededor de la tierra, sino al revés.
    Lo único Realista es la revolución anticapitalista. Hoy estamos ante una realidad simple, que nada tiene de novedosa: la agonía de un régimen económico, social y político completamente agotado, que no es capaz siquiera de mantener a la clase que le da de comer, a sus esclavos modernos. Será sin dudas muy dificil y trabajoso enterrar este régimen junto al hacha de piedra, al esclavismo y al feudalismo. pero ésa es la única perspectiva realista para el presente y el futuro de la humanidad. Por eso, el camino de la revolución-sin dudas arduo, costoso y dificil- es un camino que responde a una necesidad de la realidad. Intentar eludirlo, reemplazarlo por el afán de una imposible “humanización” del régimen de explotación, es la más completa utopía del siglo XXI.-

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