Feminismos populares: resistencia o revolución (permanente)

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ANDREA D’ATRI

Número 37, abril 2017.

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Hijo de la crisis capitalista internacional que ha parido los más diversos fenómenos políticos, un nuevo movimiento de mujeres recorre el mundo en el último período. El reciente Paro Internacional de Mujeres del 8 de marzo, que –bajo distintas modalidades– se llevó a cabo en más de 50 países, dejó al descubierto la impotencia del feminismo liberal para responder a las contradicciones vitales que afectan a las mujeres tras largas décadas de neoliberalismo, con ampliación de derechos e incremento de los agravios.

A la vera de su propia crisis y de la mano de las figuras políticas más encumbradas de la derecha mundial, como Donald Trump o Marie Le Pen, emerge el oxímoron de un “feminismo conservador”. Del otro lado, se recrean los feminismos populares, proponiéndose dar voz a las mujeres pobres, las trabajadoras, las racializadas, las inmigrantes. Bajo diversos postulados anticapitalistas relativamente abstractos, un nuevo feminismo popular se pone de pie y se declara en resistencia. Desde que la explosión inusitada de recursos económicos –posibilitada por el descubrimiento de las técnicas de la agricultura y de la domesticación de animales, entre otras– introdujo una división social entre una mayoría de productores y una minoría alimentada a expensas del trabajo (excedente) de los primeros, los seres humanos rechazaron todas las formas de servidumbre y resistieron a las injusticias que devienen de esta escisión. Nunca en la Historia fueron necesarias las teorías acerca de la opresión social para que la humanidad opusiera resistencia a dichas condiciones de existencia. La resistencia es un acto de insumisión, pero –como señala lúcidamente Daniel Bensaïd– “es en primer lugar, un acto de conservación, la defensa encarnizada de una integridad amenazada por la destrucción”1.

Las mujeres no han sido excepción. Enfrentando los cataclismos naturales, económicos y políticos que amenazan la vida de su progenie, siempre han sido protagonistas de fabulosos procesos de organización y resistencia: allí donde hay víctimas de terremotos o inundaciones, víctimas de desocupación, desalojos, carestía o desabastecimiento; víctimas de feroces regímenes políticos, persecuciones e injusticias, hay mujeres resistiendo en la primera fila. Pero no sólo allí. También las mujeres han delineado los sinuosos contornos de un movimiento amplio y diverso que, desde fines del siglo XVIII, recorre la historia del capitalismo, proclamando –con distintas voces– la resistencia a la opresión del propio colectivo generizado.

En algunos momentos de la Historia, esa resistencia avanzó en ensayar una salida al estado de cosas. Entró en acción; no se redujo a desoír los mandatos dominantes, sino que inventó sus propias respuestas; no se limitó a impedir una mayor destrucción, sino que exploró salidas constructivas. En esos momentos, las víctimas dejaron de ser objetos de compasión para transformarse en sujetos de su propia historia. Así lo hicieron las mujeres que, en los albores de la revolución burguesa, reclamaron su inclusión en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, que no las tenía en cuenta, enfrentando a las monarquías y la servidumbre feudal; así lo hicieron las mujeres de los barrios populosos de París, empuñando las armas y combatiendo en las barricadas para defender la Comuna, su propio gobierno obrero que eliminaba la desigualdad jurídica entre los sexos. Así lo hicieron las mujeres que, en los radicalizados años ‘70 –junto con luchas antiimperialistas por la liberación nacional, procesos revolucionarios, enormes movilizaciones obreras y estudiantiles, levantamientos de masas contra la opresión estalinista, emergencia de movimientos antirracistas, antibélicos y por la liberación sexual–, se insubordinaron al orden de muerte y destrucción del capitalismo heteropatriarcal.

Pero ese ascenso de masas internacional en el que se inscribió la última oleada feminista fue derrotado. La ausencia de un horizonte revolucionario durante más de tres décadas de ofensiva neoliberal, abrió paso a las más diversas teorizaciones sobre el triunfo de un poder omnímodo que ya no necesitaría esencialmente del control del aparato del Estado para preservar la propiedad concentrada de los medios de producción y ser garante de la explotación de la fuerza de trabajo de las mayorías desposeídas, porque ese poder permea nuestras vidas, modela nuestros cuerpos y atraviesa nuestros discursos. Es un poder que reprime y marginaliza; en guerra permanente contra la pulsión vital, se convierte en un biopoder; al instaurar la norma, produce lo abyecto.

 

Escepticismo sin estrategia

Esta conceptualización del poder se comprende, relativamente, por el desarrollo inusitado que tuvieron los mecanismos de control social a partir de la derrota de ese período de radicalización –que podríamos situar entre 1968 y 1982– que mencionábamos anteriormente. Como señala Perry Anderson, “el poder pierde cualquier determinación histórica: ya no hay detentadores específicos de poder, ni metas específicas a las que sirva su ejercicio” 2. En su unívoca visión del crecimiento inconmensurable de los mecanismos de disciplinamiento social, diluye la existencia de una clase minoritaria que concentra en cada vez menos manos la propiedad mundial, a expensas de explotar el trabajo de cada vez más manos en todo el planeta, integrando continentes enteros y millones de nuevos (y diversos) “esclavos y esclavas” asalariados a la propia lógica del capital.

Actualmente, tan solo 8 personas (todos ellos hombres) son propietarias de una riqueza que equivale a lo que, en el otro extremo, perciben los 3.600 millones de personas más pobres, nada menos que la mitad de la población mundial. Los artefactos materiales y discursivos del biopoder no tienen otro objetivo más que el de sostener y blindar esa obscena desigualdad que, legítimamente, engendra las más diversas manifestaciones del odio de los desposeídos. Pero estas conceptualizaciones del poder, en las que se evapora tal finalidad, le otorgan al mismo el carácter de una entidad omnipresente y ahistórica. Presentado casi como una deidad distópica y vengativa que tiene absolutamente subsumida a la Humanidad desde siempre, se imposibilita siquiera imaginar la posibilidad de enfrentarlo, combatirlo y vencerlo, porque está en todos lados, porque todo lo controla y lo permea. A la microfísica del poder, sólo se le pueden oponer, esforzadas aunque parciales resistencias. En palabras de Foucault,

…se pega, se golpea contra los obstáculos más sólidos; el sistema se resquebraja en otra parte, se insiste, se cree haber ganado y la institución se reconstruye más lejos, se comienza de nuevo. Es una larga lucha, repetida, incoherente en apariencia…3.

Como señala Bensaïd en Elogio de la política profana, la estrategia queda reducida a cero. A las masas se las condena a defender su ración de subsistencia, ante cada nuevo saqueo propinado por los que acumulan extraordinarias riquezas y concentran el poder político con el ejercicio del monopolio de las armas. Pero jamás se permite la posibilidad de una lucha por arrebatar ese poder y democratizar profundamente los resortes de la economía y la administración colectiva de lo público, porque incluso “imaginar otro sistema, constituye todavía actualmente parte del sistema”4.

No hay escapatoria. Las múltiples resistencias, más allá de sus plausibles muestras de abnegación y coraje, se inscriben en un profundo escepticismo. De tal fatalismo, sólo se puede concluir con la aceptación pasiva y anticipada del fracaso anunciado o, por el contrario, con la imposición arbitraria de un voluntarismo idealista que, golpeado en la nariz, se replegará más adelante en un derrotismo cínico.

 

Preparar la victoria

Pero aunque la crisis de subjetividad de las masas aun se contabilice en la columna del “debe”, el ciclo neoliberal agoniza desde 2008, con la crisis capitalista que tuvo su epicentro en Estados Unidos y Europa y que dejó como saldo el incremento descomunal de la desigualdad que es fundamento de una creciente polarización política. El orden mundial de la globalización neoliberal, monocomandado por Estados Unidos en las últimas décadas, “está siendo dinamitado desde adentro”5. Desde este punto de vista, se puede decir que “el triunfo de Trump confirma y profundiza la tendencia a la crisis orgánica que viene manifestándose en los países centrales a partir de la Gran Recesión de 2008, y puede ser leído como esos ‘fenómenos aberrantes’ de los que hablaba Antonio Gramsci, que surgen en situaciones intermedias cuando lo viejo no va más y aún no están claros los contornos de lo nuevo”6. Pero, lejos de toda vulgata pseudomaterialista, el marxismo revolucionario sostiene –parafraseando a Lenin– que ningún gobierno, ningún régimen ni ningún sistema cae, aún en plena crisis, si no se lo hace caer. Y para eso, es necesario prepararse con anticipación. Tiempos extraordinarios se aproximan. ¿Dejaremos que nos encuentren –a las masas explotadas y oprimidas– desprevenidas?

El ciclo neoliberal homogeneizó la diversidad de las existencias bajo el látigo de la explotación, al tiempo que introdujo la mayor heterogeneidad nunca vista de los explotados en el mismo movimiento. La fragmentación entre hombres y mujeres no es la única: permanentes y contratados, nativos e inmigrantes, formales e informales, incluso asalariados y no asalariados, son apenas algunas de las diferenciaciones jerarquizadas que se establecen entre los esclavos modernos. La propuesta populista de una sumatoria de las múltiples resistencias, sin embargo, es utópica si no se parte de comprender que los antagonismos creados por la clase dominante entre los explotados son el fundamento de su fortaleza. Contraponer la lucha de las mujeres a la de la clase obrera es tan inconducente como reducir, con una estrecha visión economicista, la cuestión de la opresión de género a la de la explotación capitalista. La unidad no se produce jamás de manera mecánica y objetiva, en el camino de enfrentar la explotación de la que los distintos sectores son víctimas; entre otras cosas, porque esa explotación no afecta a todos por igual. Como señalamos en el número anterior de esta revista,

…imaginar hoy un movimiento feminista anticapitalista obliga a reconsiderar el sujeto político: sin las mujeres asalariadas que constituyen la mitad de la clase enormemente mayoritaria de la sociedad, no hay destino7.

Los resortes fundamentales de la economía y la generación de riquezas siguen estando en manos de esas masas laboriosas hoy fragmentadas por su color de piel, su género, su identidad sexual y las múltiples divisiones creadas en el mismo mundo laboral. Paralizar los circuitos de la producción y la circulación de mercancías tanto como detener los servicios y las comunicaciones es la capacidad que, de unificarse, haría temblar el poder que hoy detenta una minoría parasitaria provista de medios de producción, de armas, Estados, gobiernos y partidos políticos para ejercer su dominio. En ese silencio ensordecedor, las y los marginados del sistema conseguirán que su voz retumbe como un trueno.

Las mujeres asalariadas con el conjunto de su clase deben conquistar esa hegemonía sosteniendo las demandas de todos los sectores oprimidos, reconociendo las desigualdades en las propias filas, para dirigirlas contra el orden capitalista, en la lucha por el poder. Desde esta perspectiva es que las mujeres socialistas luchamos por la emancipación femenina. La disyuntiva que hoy se cuece en el fuego de la crisis mundial es si las mujeres anticapitalistas nos limitaremos a organizar la resistencia ocasional y episódica a los embates de las derechas o si vamos a armarnos de un programa y una estrategia para vencer. Las que siempre han sido las esclavas de la Historia merecen que pongamos nuestros comunes esfuerzos en preparar la victoria.

 

Notas

  1. Daniel Bensaïd, Résistances. Essai de taupologie générale, París, Librairie Arthème Fayard, 2001.
  2. Perry Anderson, Tras las huellas del materialismo histórico, México, Siglo XXI, 2004.
  3. Michel Foucault, Microfísica del poder, Madrid, Ediciones de La Piqueta, 1979.
  4. Ídem.
  5. Claudia Cinatti, “Trump: la caída del relato neoliberal”, IdZ 35, noviembre-diciembre 2016.
  6. Ídem.
  7. A. D’Atri, C. Murillo, “8 de marzo: Cuando la tierra tembló”, IdZ 36, marzo 2017.

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