[Exclusivo web] Seguridad y hegemonía

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A PROPÓSITO DEL LIBRO DE ESTEBAN RODRÍGUEZ ALZUETA, TEMOR Y CONTROL

 

MIGUEL RAIDER

 

Consagrada en fenómenos como Trump y la extrema derecha europea, la seguridad ha pasado a ser un tópico permanente en la agenda de los Estados y los partidos políticos de las clases dominantes que asimilan el ideario de los muros y el racismo. En el orden local, el reavivamiento de la baja de la edad de imputabilidad de los menores y la concesión de hecho de nuevos poderes para la policía están encadenados a los elementos fascistas que tomaron forma en el linchamiento y asesinato de delincuentes, legitimados por Macri y la ministra de Seguridad Patricia Bullrich. Esos elementos emergen desde lo más profundo del régimen, alentados por la securitización de la sociedad, que cachetea a la “democracia” con una regresión troglodita a la derecha de la ley del Talión, más compasiva y menos indolente que la pena de muerte anticipada.

La securitización supone la movilización de una parte importante de la sociedad alrededor de la policía y el conjunto de las FF.SS. en aras de fortalecer el poder represivo del Estado contra las franjas más desposeídas, mientras invisibiliza el “crimen organizado” del Estado y el poder (síntoma de descomposición de estatal) y la violencia doméstica, reducida al “ámbito privado”.

El consenso securitario dio lugar a nuevas necesidades que abrieron un nuevo nicho de mercado con servicios de seguros, equipamiento de alarmas y vigilancia, sistemas de televisión, scaners y cerramientos reforzados, automóviles blindados, electrificación perimetral, etc. [1]. Irónicamente, los delincuentes parecen ser los únicos sujetos productivos que alimentan el estímulo de nuevas ramas de la economía, que crean “nuevas necesidades y nuevas formas de satisfacerlas” [2].

¿Cómo se naturalizó el imaginario securitario de horizonte de expectativa a idea hegemónica que guía los destinos de la sociedad? A decir de Feuerbach, el más lúcido de los neohegelianos, cómo se explica que el más profano de los mortales “se meta en la cabeza” esa idea de presunto “interés general”.

El sentido común que imponen las clases dominantes comprende la seguridad como un “derecho natural”, pero una conciencia crítica exige huir de todo esencialismo, la base de todo pensamiento idealista, y en última instancia teológico. Resulta obligado hacer a un lado todo fatalismo y dar cuenta de las premisas materiales que generaron el securitarismo, que abona el vacío de ideas y la crisis de representación.

Es ineludible el marco trazado por la ofensiva neoliberal, hoy en crisis, que tuvo los efectos de una contrarrevolución económica y social en aras de restituir el poder del capital ante el trabajo por la caída de la tasa de ganancia a fines de la década del ‘60.

La aplicación del programa del Consenso de Washington (y la restauración capitalista sobre un tercio de la economía mundial que se hallaba bajo relaciones de producción no capitalistas) introdujo una enorme fragmentación social, que desencadenó el culto al individualismo, el consumo y el hedonismo. Esta perspectiva fue montada sobre el triunfalismo capitalista que se proponía liquidar las grandes conquistas obreras, obtenidas en el boom de posguerra.

El retroceso material e ideológico de la clase trabajadora y sus instituciones sindicales tuvo su correlato en la ruptura de los lazos de solidaridad, anclada en la introducción de desocupación, pobreza estructural y precariedad laboral.

En el lapso de los últimos veinte años se observa una tendencia internacional al encarcelamiento preventivo. Se estima que la población carcelaria mundial ronda casi 8.700.000 personas, es decir, 140 detenidos cada 100.000 personas.

La proyección de una sociedad carcelaria y la proliferación de los medios alcanzaron los ribetes de la ficción de Orwell y precipitaron los estudios de Michel Foucault. Giorgio Agamben, el intelectual más notable de la escuela de Foucault, observa que la seguridad es el nuevo “paradigma” en el que se asienta la “técnica normal de gobierno”, que sustituye el “estado de excepción” como forma permanente de gobierno en el siglo XX [3].

Por un andarivel similar, Pilar Calveiro describe que el mundo asiste a una “reorganización de la hegemonía” que adquiere una nueva forma en la “guerra antiterrorista” y la “guerra contra el crimen”, cuyo correlato es una reorganización de la Justicia y el sistema penitenciario [4].

Bajo esta matriz, Esteban Rodríguez Alzueta, integrante del CIAJ (Colectivo de Investigación y Acción Jurídica), calibra de forma más precisa que la ofensiva neoliberal impuso “la gestión de la inseguridad como el gobierno sobre el delito común y la contención de la pobreza”, al cabo que las políticas securitarias de Tolerancia Cero y Mano Dura constituyen las formas que adopta el estado de excepción en los regímenes democráticos como “guerra civil legal” (Agamben dixit) permanente contra los pobres urbanos.

Temor y control [5], el voluminoso libro de Rodríguez Alzueta (RA), editado en 2016, aporta luz en la reflexión de la cuestión securitaria como hegemonía, vale decir, como dirección del conjunto de la sociedad.

El texto que sigue se propone una apropiación crítica de varios de los conceptos vertidos en el libro de marras, seguido de un contrapunto entre las ideas de reforma y las ideas del marxismo.

La vigencia del discurso securitario se explica porque conserva su propia especificidad, pues “nace en el repliegue del neoliberalismo y sobrevive a su crisis general”, y a su vez tiene “la particularidad de ser uno de los únicos discursos neoliberales que no fue deslegitimado en el resquebrajamiento de la hegemonía del régimen de verdad neoliberal durante la crisis de 2001-2002” [6]. Desplazados los relatos de eficiencia privada y libre mercado, el securitarismo como discurso neoliberal tardío fue asimilado en la agenda de los gobiernos posneoliberales de América Latina, que a su vez constituyeron un humus para el desarrollo de los actuales fenómenos derechistas.

 

La gestión política del miedo

Apoyado sobre numerosos investigadores, RA explica que las bases del securitarismo descansan sobre la “la disociación entre el delito y el miedo al delito”, separado éste como esfera autónoma, es decir como problema independiente en sí mismo.

La militarización de la ciudad, empleada mediante la saturación de efectivos, tiene por objeto la disminución del miedo al delito, pero de ningún modo la resolución efectiva del delito, que pone en evidencia la impotencia estatal ante los elementos de descomposición social.

La gestión de la inseguridad es la “instrumentación política del miedo”, de modo que las tareas policiales se reformulan como “prevención” sobre las “clases peligrosas”, bajo la guía de que “no hay olfato policial sin olfato social”.

La reformulación del delito queda circunscripto “al microdelito y las conductas incivilizadas asociadas a la pobreza”, separados del “delito complejo” de las mafias capitalistas y del “delito en el ámbito doméstico”. La reformulación del sistema penitenciario abandona todo propósito de rehabilitación, inclusive discursivamente, y se acota en la contención social de “sectores de riesgo” que afectan “zonas civilizadas”. En consecuencia, la cárcel tiende a “territorializarse” en una relación de continuidad con los barrios más humildes, “una circularidad funcional a la persistencia de la cárcel”, según el aporte de Marcelo Pavarini.

Robert Castel describe que el fenómeno hunde sus raíces en el descompromiso estatal de la cuestión social de modo que la “inseguridad social” se transforma en “inseguridad civil”. Si en las sociedades occidentales de posguerra el liberalismo hacía pie sobre la libertad de mercado, también suponía cierta seguridad social que la ofensiva neoliberal puso en tela de juicio con políticas de desregulación y laissez faire. De la agonía del Estado benefactor se desprende el desarrollo plenipotenciario de “las agencias policiales, la justicia penal y el sistema carcelario”.

La inseguridad como expresión del miedo al delito toma cuerpo en “el retraimiento de la sociedad en los espacios públicos”, concebidos sólo como espacios de circulación de personas y mercancías, y ”la desconfianza en las instituciones (por derecha)”, mediante el cuestionamiento de las libertades democráticas en vigencia. Esa “prepolítica de la privacidad”, que prende particularmente sobre ancianos y mujeres solas en compañía de un televisor permanentemente encendido, expresa una mirada mezquina y distorsionada de la vida, reducida a los pocos centímetros de la mirilla de la puerta que la separa del mundo real. Un configuración que “rompe los lazos sociales pero perfila otros en su lugar” basados en el miedo y el prejuicio, típico de las clases medias, que disuelve las relaciones entre los asalariados en la “vecinocracia”.

El securitarismo hace tábula rasa de las causas, pero una de sus principales características reside en que “la víctima ocupa el centro de la escena”, y bajo los efectos de la conmoción tiende a “despolitizar” la cuestión criminal. En espejo, los victimarios aparecen como seres libres, que evalúan racionalmente costos y beneficios a la hora de delinquir.

Como manifestación de la desigualdad social, el securitarismo reformula la distribución del espacio urbano. “Las clases altas y clases medias altas migran del centro a la periferia. El Estado acompaña este proceso con la construcción de autopistas y servicios” que habilitan la especulación inmobiliaria de terrenos donde se asentaban las clases más pobres.

Mike Davis observa una tendencia internacional hacia la suburbanización de las clases altas en fortificaciones exclusivas, expresión de la “bunkerización de la vida privada”, y simultáneamente la hiperdegradación de las masas marginales en territorios carentes de servicios. Frecuentemente ambos espacios están separados por un muro y no tienen una vida pública conjunta. “La distancia física se reduce, pero la distancia real se amplía”. Louis Wacquant advierte que la “guetización” territorial es un proceso abierto en pleno desarrollo.

La estigmatización que produce la segregación social y racial está asociada al territorio. La estigmatización territorial toma forma en la condena a “la mendicidad, la venta ambulante y el trabajo informal callejero que generaron la sanción de los códigos de convivencia que pretenden cerrar la ciudad” a los pobres urbanos.

Junto al Estado “los medios construyen el consenso securitario” y desplazan la cuestión social hacia la cuestión policial. El sensacionalismo que atiza sobre el miedo despolitiza los hechos en lo banal y morboso, afín a un objeto de consumo.

 

Pibes chorros y policías

La cuestión securitaria como miedo al delito está asociada a la estigmatización de la pobreza, y en particular a los jóvenes pobres. RA desmitifica a los pibes chorros como “jóvenes que pendulan entre el trabajo precario y el delito como estrategia de sobrevivencia”. “El ocio forzado define la cultura urbana marginal de los pibes chorros, que alternan ocio y trabajo precario, ocio y escuela, y, a veces, ocio y microdelito”. Los pibes chorros incurren en el microdelito, lo que hoy se designa “vandalismo” o “incivilidades”, sancionado a lo sumo con una contravención, pero magnificado por los ideólogos de la Tolerancia Cero y la Mano Dura. Amén del pequeño delito, las travesuras de un adolescente pobre parecen gestar el germen que determina la ontología del ser delincuente.

Los pibes chorros fueron alumbrados en la década del ‘90, cuando la desindustrialización y el desempleo estructural producían una nueva forma de marginalidad urbana, donde “el barrio reemplaza a la familia, la calle ocupa el lugar que tenía la escuela”.

La estigmatización de los pibes chorros entre las clases populares obedece a los efectos del securitarismo que asimilan los sindicatos, que rompen la solidaridad de clase a tono con “la demonización del (sub) proletariado marginado al que se pretende separar simbólicamente de la clase obrera ‘meritoria’, impidiendo una construcción política del lazo social”.

El securitarismo supone que la población obrera sobrante, o ejército industrial de reserva, sea base de maniobras de los capitalistas en forma permanente, en oposición a las formas civilizadas de las franjas meritorias agrupadas en los sindicatos.

Las calles de los barrios periféricos vinculan a los pibes chorros con la policía, dos eslabones de la población sobrante, aunque los primeros tienen la suerte del eslabón más débil y la segunda la gerencia del delito.

La policía recluta “una suerte de Ejército Lumpen de Reserva que estará a disposición de las economías que operan en la clandestinidad”, una “bolsa de trabajo” para los jóvenes pobres, objeto de la “tercerización” del delito que recae sobre los sectores más vulnerables.

Sin dudas, el securitarismo favoreció la corporativización de la policía, que toma una forma “desenganchada de la política pero también de la justicia, la gran mayoría de las veces con el amparo de esa política y esa justicia”. Esa autonomía, polarizada extremadamente, lleva a RA a cuestionar que “el gobierno ya no tiene el monopolio de la fuerza o en todo caso ese monopolio es algo que comparte o negocia todo el tiempo con los jefes de las cúpulas policiales”, pues “la policía no es una institución fatalmente subordinada al poder político”. En efecto, los saqueos de diciembre de 2013 fueron impulsados por las policías provinciales para conseguir impunidad y más prebendas de parte de las autoridades kirchneristas.

El aparato de la policía “tiene una inscripción territorial envidiable que no tiene ningún partido o movimiento social” sea para “neutralizar y controlar a los pobres” o sea para “descontrolar las coyunturas y forzar la salida de funcionarios del gobierno”. Los intendentes del conurbano bonaerense suelen emplear el control territorial policíaco para regular el movimiento de las personas (tomas de tierras) y establecer acuerdos no escritos con diversos sectores. Al respecto Javier Auyero rescata el concepto de “zona gris” para comprender la vida cotidiana en los suburbios de las clases más pauperizadas, signadas por todo tipo de violencias, donde el estado de derecho no rige, o en su defecto se vuelve suficientemente difuso.

El despliegue urbano de la Gendarmería tuvo por objeto morigerar el desprestigio de la Federal, la Bonaerense y las policías bravas de Sante Fe y Córdoba. Durante la década del ‘90 Menem empleó esta fuerza de seguridad militarizada para reprimir las rebeliones de los estatales de las provincias que comenzaron con el Santiagueñazo y siguieron con los levantamientos de los desocupados en Cutral Co, Plaza Huincul, Mosconi y Tartagal.

RA revela la génesis de esta fuerza, que jamás tuvo por finalidad la custodia de las fronteras. En 1935 el general Justo ordenó poner en pie una sección especial armada a las órdenes de las multinacionales cerealeras Bunge & Born y Dreyfus. Su primer antecedente fue la Gendarmería Volante, un cuerpo armado financiada por los empresarios de La Forestal para aplastar la huelga de los trabajadores de los quebrachales en 1921.

 

Reforma kirchnerista

Las reformas emprendidas por el kirchnerismo en materia securitaria no tuvieron una “performance progresista”, muy por el contrario, RA certifica líneas de continuidad con el menemismo, a partir de personajes nefastos como Sergio Berni, Alejandro Granados y Ricardo Casal.

La reforma kirchnerista tuvo record de personas privadas de su libertad, mientras los índices de delito se mantuvieron relativamente estables durante los últimos diez años. Entre 1997 y 2015 Argentina incrementó notablemente su población carcelaria de 29.690 a más de 60.000, amén de de 9.868 niños y adolescentes encerrados en institutos de menores (registrados en 2005), a pesar del crecimiento económico y la recomposición del empleo.

El ex gobernador Scioli restringió el sistema de excarcelaciones y generalizó la prisión preventiva como “práctica sistemática” a pesar de que más del 60% de los detenidos no está procesada y que casi el 30 % de las sentencias terminan en absoluciones o sobreseimientos, según cifras aportadas por la Procuración General Provincial.

RA advierte que el kirchnerismo, bajo el pretexto del narcotráfico, creó “la estructura normativa para el desembarco de los militares en temas de seguridad interior” vedado por la ley. En efecto, los programas Fortín II y Escudo Norte autorizaron a las FF. AA. a desempeñar tareas de seguridad interior fundadas sobre la profesionalización en la logística, elementos que constituyen la primera piedra que socaba el consenso burgués posdictadura.

Amén de estas críticas, RA sostiene que la creación del Ministerio de Seguridad fue “un buen punto de partida” que funcionó “como obstáculo para las oleadas punitivistas”, pero la misma dio lugar a una reforma “tutelada” “con la cancha marcada”, vale decir que no surgió de la convicción política sino de las necesidades de la coyuntura y el “cortoplacismo”.

La “despolialización” de la seguridad es la llave conceptual de la reforma presentada por RA para revertir el “desgobierno de la policía” y la protección de los “derechos humanos”, después de la creación del Ministerio de Seguridad como piedra de toque para establecer el “control civil” contra el “autogobierno policial” en procura de un “uso de la fuerza proporcional y racional” [7].

Apoyado sobre Luis Eduardo Soares, coordinador del Área de Seguridad Pública entre 1999 y 2000 y ex secretario de Seguridad Pública de Brasil en 2003, advierte que “la izquierda tiene que disputarle la seguridad a la derecha” porque mientras “demoniza a la policía, pierde de vista que el Estado recluta sus agentes entre los sectores populares”, en consecuencia se trata de “modificar la correlación de fuerzas en la disputa por el Estado”, pues “disputar el Estado supone disputar la policía también”. Si la policía es “otra institución social”, como la escuela y el Congreso, “reformar la policía implica reformar la sociedad”.

Sobre enunciados de Foucault, RA considera que la policía se reduce a un “servicio público”, un “dispositivo de control” que se comporta como “campo de fuerzas” de significante vacío o una “microfísica” de actores “dominantes y dominados” (oficiales jerárquicos y baja suboficialidad) de resultado incierto.

RA achaca a la izquierda la negativa de esta orientación porque concibe el Estado como un “bloque monolítico”, “exterior a la lucha de clases”, no como expresión cristalizada de “procesos de lucha abiertos y pendientes”, cuyo resultado dependerá de las pugnas internas y externas.

La ilusión de reforma tal vez comienza a disiparse cuando el lector advierte el rotundo fracaso en la formación de la Bonaerense 2. Con entera honestidad, RA confiesa que fue parte del equipo docente de la Universidad de Lanús que instruyó esa nueva policía en educación y derechos humanos, aunque rápidamente asimiló todos los “vicios” de la maldita Bonaerense.

 

Estado, hegemonía, dictadura y participacionismo

La seguridad es una cuestión estratégica del Estado, ineludible en su reflexión. Marx objetó duramente la concepción del Estado como una forma vacía a llenar o modificar arbitrariamente, pues consideraba que el “Estado existente” se edifica sobre la “sociedad existente”, del tal modo que la sociedad capitalista inhabilita cualquier tipo de “Estado libre y democrático” [8].

Es absurdo que el marxismo no percibe “contradicciones” en el Estado porque lo concibe como un “aparato homogéneo”. Marx y Engels frecuentemente aludieron al Estado como campana de resonancia “que ventila las luchas reales entre las diversas clases” [9]. Los marxistas clásicos dieron cuenta de las diversas formas que adquiría el Estado, producto de esas “contradicciones”. Desde Marx que describió la forma bonapartista del régimen de Luis Bonaparte, pasando por Trotsky que formuló el carácter “sui generis” de los bonapartismos en las semicolonias, que le confería “condiciones especiales de poder estatal”  [10], hasta Gramsci que exploró profusamente las formas superestructurales.

La idea de reforma apoyada sobre las contradicciones que favorecerían “la disputa por el Estado” no es nueva. A principios del siglo XX, en el debate sobre la huelga general de masas y la cuestión del poder, Karl Kautsky sostenía que no se podía prescindir de instituciones como la policía pues la finalidad de la socialdemocracia era “un desplazamiento de las relaciones de poder dentro del poder estatal” [11], es decir, la ocupación de espacios que podría alcanzar la izquierda para desplazar a las fuerzas de la derecha conservadora. Cincuenta años más tarde, y en el mismo sentido, el devenido eurocomunista Nicos Poulantzas señalaba que la “crisis interna de los aparatos” podía dar lugar a “la democratización del Ejército, la policía y la Justicia” con cambios “no sólo de personal, sino también de formas institucionales” [12]. Ambos abstraían que las clases dominantes reservan para sí el monopolio exclusivo de las posiciones estratégicas del Estado que concentran y centralizan el poder real, inhabilitando cualquier tipo de control real.

RA manipula las definiciones de Gramsci despojando al Estado “como dominación pura” y lo convierte en espejo en su contrario, una hegemonía pura basada en “el consenso activo de los gobernados”. Una fórmula liberal y de caricatura reñida con los planteos del revolucionario italiano que, si bien desarrolló el concepto de hegemonía como dirección para imponer supremacía, al igual que todo el marxismo clásico sostenía que la misma se apoya en la dictadura de las clases propietarias sobre las clases subalternas. Más allá del pragmatismo, la iniciativa kirchnerista de crear el Ministerio de Seguridad fue un intento de crear hegemonía a partir de la dirección civil de la policía, pero guiada primordialmente sobre la necesidad de imponer la dictadura sobre miles de desposeídos que ocuparon el “espacio público” del Parque Indoamericano en procura de un pedazo de tierra por falta de vivienda. Erigir el Ministerio de Seguridad de ningún modo funcionó “como obstáculo para las oleadas punitivistas”, los progresistas asumieron la agenda de la derecha y fortalecieron las fuerzas represivas superando todos los números conocidos.

La relación entre hegemonía y dictadura era traducida por Lenin orientando sobre la necesidad de participar en la Duma como tribuna de denuncia, aunque sin depositar ninguna ilusión, pero resultaba taxativo sobre la necesidad de destruir “el Ejército, la Policía y la Burocracia”, no así respecto a la escuela y los servicios públicos universales, creados por el capitalismo como instituciones de “registro y control”, que debían ser “arrancados, separados… de la influencia de la burguesía” [13].

Aunque despotrique contra Lenín, RA no puede dejar de reconocer que “las policías continúan siendo la reserva de la democracia formal, una garantía de gobernabilidad”, y así explica que el método de la purga “es el nombre de un arreglo encubierto” que preserva la institución de la “manzana podrida” para salvaguarda de las clases dominantes.

El fetichismo de las formas suele cegar. La forma salarial que en apariencia adquiere la policía la asocia con la clase trabajadora de la misma forma que con gerentes y CEO de grandes empresas. La apariencia separada de su contenido social objetivo siempre termina en dislates. Al respecto, antes del ascenso de Hitler, la socialdemocracia alemana sembraba la ilusión de que los obreros convertidos en policías, producto de la desocupación y la crisis, eran un factor para detener el desarrollo de los nazis, los cuales estaban asociados con infinidad de lazos con la policía. Trotsky advertía que “el obrero convertido en policía al servicio del Estado capitalista es un policía burgués y no obrero” [14].

La “disputa” por el Estado plasmada en la participación de los Foros de Seguridad resulta un despropósito para los intereses populares. Los mismos surgieron bajo el influjo de Menem, mucho antes de la extensión que les confirió León Arlslanian en 2008, basados en el “vigilantismo” y la “vecinocracia” que el mismo RA denuncia como “cultura de la delación”, al extender las tareas de “control” sobre la “ciudadanía”. Estas instituciones auxiliares expresan la relación entre la policía y las clases medias, fundada en el afán de estas de conservar su pequeña propiedad y conducir todo su temor y resentimiento sobre las clases más bajas y “las formas de vida asociadas a la pobreza”. El fiel de la balanza de las clases medias ya era advertido por Gramsci, que señalaba al Estado como “educador”, inspirador de “un nuevo tipo o nivel de civilización” acorde a las necesidades del modo de acumulación, que premiaba “la actividad loable y meritoria” y castigaba la actividad criminal pero “de una manera original, haciendo intervenir a la ‘opinión pública’ como sancionadora” [15]. La participación del Movimiento Evita, el CELS y la Comisión Provincial por la Memoria no hacen más que legitimar por izquierda a estos organismos que amparan el gatillo fácil y la tortura.

 

Las raíces sociales del securitarismo

Hobbes dedicó especial atención a la seguridad como una de las tres causas de “riña” en la “naturaleza del hombre”, fundada sobre el afán de “defender” sus bienes e integridad física. Sin embargo contradice enseguida ese carácter defensivo, pues especifica que “la forma más razonable de guardarse de esta inseguridad” es “la anticipación, esto es dominar, por fuerza o astucia, a tantos hombres como pueda hasta el punto de no ver otro poder lo bastante grande como para ponerle en peligro”. De ese modo, sostenida sobre el “miedo continuo”, la seguridad se funda en la “fuerza” y la alucinación de un fantasmagórico “estado de guerra” entendido no “en el hecho de la lucha, sino en la disposición conocida hacia ella” para lo que reclama la presencia del Estado que evita ese “estado de naturaleza” [16].

Más allá de su carácter ficticio, el “estado de guerra”, fundado en el miedo (“el hombre es el lobo del hombre”), del que también se hacen eco Agamben y Calveiro, hace de la “despolialización” de la seguridad todo un oxímoron.

El joven Marx, mucho más preciso que Hobbes, destacaba que la seguridad es “el supremo concepto de la sociedad burguesa, el concepto de policía, según el cual la sociedad existe sola y únicamente para garantizar a todos y cada uno de sus miembros la conservación de su persona, de sus derechos y de su propiedad”. Así resulta la consagración del “hombre egoísta” como principio intangible de la sociedad burguesa, pues “el concepto de seguridad no quiere decir que la sociedad se sobreponga a su egoísmo, la seguridad es, por el contrario, el aseguramiento de ese egoísmo” [17].

Marx observa que el derecho a la seguridad es un elemento históricamente determinado y constitutivo de la sociedad capitalista, cuya génesis remite a la “separación entre la producción y el cambio” y a “la formación de una clase especial de comerciantes” que relaciona distintas ciudades y requiere soldados profesionales, dejando atrás las improvisadas caravanas del medioevo [18].

El derecho a la seguridad figura en todas las constituciones burguesas, hasta en la constitución jacobina de 1793, la más radical de todas, aunque, paradójicamente, los jacobinos, al igual que los niveladores ingleses, defendían los derechos consuetudinarios de los campesinos pobres a la provisión de leña y la caza de animales, al tiempo que la voracidad de un capitalismo emergente en su fase de acumulación originaria expropiaba la tierras comunales y los bosques y criminalizaba a los siervos libres de la gleba convertidos en parias en busca de alimento y abrigo [19].

El aún joven Marx sintetizaba que en la constitución jacobina el derecho a la seguridad como el derecho a la igualdad y la libertad son “derechos humanos”, “naturales” e “imprescriptibles” pero reducidos a una “mónada”, es decir una abstracción, pues todos están subsumidos al “derecho de propiedad” [20]. Sobre ese escalón el Marx maduro concluye en denunciar “la contraposición entre el comunismo y el derecho, tanto el político como el privado y bajo la forma más general de todas, la del derecho humano”, más allá de que a renglón seguido especifique que a la clase trabajadora no le resulta “indiferente” este terreno en la lucha por la ampliación de derechos [21].

Resulta instructivo que el Comité de Salvación Pública, el organismo que concentraba el terror revolucionario en manos de Robespierre, Saint Just y los cuadros más radicales del jacobinismo , haya tenido el mismo status que el Comité de Seguridad General, encargado de las tareas de policía y el principal semillero que parió los cuadros políticos del Termidor, el ciclo de reacción política que descabezó a los jacobinos y desplazó el poder a los sectores más moderados de la burguesía que exigían orden.

Del mismo modo que Agamben, RA desprecia el análisis de las formas históricas concretas, por eso adjudica la génesis de la policía a los Alcaldes de la Santa Hermandad, institución medieval gestada por el imperio español durante la colonia en 1606. La misma era de naturaleza rural, desplegada en grandes extensiones despobladas e integrada por propietarios que perseguían esclavos fugitivos, vagabundos sin papeles de trabajo y cuatreros.

Los primeros teóricos de la policía aparecieron con la formación de los estados burgueses europeos a mediados del siglo XVIII a partir de “programas para el control y el gobierno de la sociedad”. Aunque de vieja data “el concepto (de policía) fue separándose del derecho administrativo, iniciando un proceso de especificación al interior de las estructuras estatales”, y de ese modo “recién en el siglo XIX se crearán las fuerzas policiales urbanas diferenciadas de los otros poderes políticos” [22].

Cerrado el ciclo revolucionario francés, la policía emerge con su fisonomía actual tras el golpe de Estado del 18 Brumario (9 de noviembre de 1799) en el régimen del Consulado bajo las riendas del jacobino Fouché.

Francois Vidocq, un célebre ladrón devenido en el primer jefe de la Sureté, confiesa en sus memorias que las primeras Brigadas de Seguridad estaban compuestas por sectores desclasados y la más baja ralea de la sociedad que desempeñaban tareas de espionaje [23].

Establecida ya como clase dirigente, la burguesía crea la policía para hacer de la seguridad una cuestión estratégica de Estado.

 

A modo de conclusión

Si a fines del siglo XIX el positivismo criminológico de Lombroso había tipificado las formas antropológicas de los sujetos considerados “peligrosos”, la criminología securitaria del siglo XXI se traza en el “miedo al delito” que estima “peligrosos” a los pobres urbanos, constituidos por las franjas más plebeyas de la clase trabajadora que no pueden ser “incluidas” al circuito de la economía capitalista formal.

Pero las ideas que nutrían el positivismo de Lombroso representaban un capitalismo aún en ascenso que ponían los cimientos del derecho penal y la criminología clásica, a 180 grados de la criminología securitaria de un capitalismo decadente que los niega.

La cultura cómic anticipó en la figura de Batman, el prototipo de justiciero al margen de la ley, que idealiza el securitarismo. Curiosamente, Batman fue creado en 1939 pocos meses después de Superman, el héroe homérico por excelencia. Sin embargo, ambos adquieren relevancia recién después de la posguerra; Superman representaba la energía de la nación más poderosa que desplegaba la bandera de barras y estrellas desde Nueva York, la metrópolis culta y refinada, Batman brotaba de las márgenes del poder asociado a la mafia de Chicago, como expresión de decadencia de una suerte de Sodoma y Gomorra. Ambos están encadenados a las necesidades de EE. UU., pero a diferencia del héroe de Kriptón, “Batman no era un justiciero, era un vengador que encarnaba la decencia horrorizada del ciudadano medio, que no encontraba contención en la ley” [24]. Así Batman representa la ilusión de justicia de las clases medias asustadas y presuntamente independientes, enfeudadas a los designios más reaccionarios de los sectores más concentrados de la economía. Allí se descifra la clave de la hegemonía securitaria.

No existe ninguna reforma progresiva ni mucho menos una salida transicional al securitarismo, un fenómeno sujeto al monopolio estatal de la violencia, que puede dar lugar inclusive a bandas paraestatales. Muy por el contrario, la clase trabajadora sólo puede aspirar a su emancipación seriamente si asimila la experiencia histórica y concreta de los métodos de autodefensa en la perspectiva de sus propias organizaciones armadas para proyectar la sociedad futura.

“Un hombre listo dio una vez en pensar que los hombre se hundían en el agua y se ahogaban simplemente porque se dejaban llevar por la idea de la gravedad. Tan pronto como se quitasen esta idea de la cabeza, considerándola por ejemplo como una idea nacida de la superstición, como una idea religiosa, quedarían sustraídos al peligro de ahogarse” [25]. Marx y Engels ponían en evidencia la falacia del “cambio de conciencia” para reformar lo irreformable, el capitalismo, el Estado y sus instituciones, por eso apostaban al “movimiento real” para superar “el estado de cosas” (revolución).

 

[1] En Argentina se registran 1.300 empresas de seguridad privada que emplean a 142.000 agentes. En EE. UU. hay 57 mil empresas con más de 2 millones de guardias privados. Durante la guerra de Irak las empresas de seguridad norteamericanas Halliburton, Blackwater, Triple Canopy, Global Solution, las británicas Global Risk Strategies, Armor Group, CMP DynCorp y las sudafricana Meteoric Tactical Solutions fueron empleadas como ejércitos mercenarios. Actualmente, el Estado de Israel se ha convertido en el mayor proveedor de servicios de seguridad privada.

[2] Karl Marx, “Elogio del crimen” (https://ideasdebabel.wordpress.com).

[3] Giorgio Agamben, El estado de excepción, Adriana Hidalgo Editora. En discusión con el jurista nazi Carl Schmitt, Agamben reduce toda la historia del siglo XX al estado de excepción, en tanto ignora la diversidad de los regímenes de post guerra. De forma brusca traslada esta categoría a 2000 años de historia de occidente, que pasa por la Asamblea Constituyente francesa de 1791 hasta el imperio romano, donde regía el Iustitium (la “suspensión” del derecho ante el “tumultus”), obviando la especificidad de las formas históricas y concretas que adquieren las relaciones entre los hombres para producir sus medios de vida.

[4] Pilar Calveiro, Violencias de Estado, Editorial Siglo XXI.

[5] Esteban Rodríguez Alzueta, Temor y control, Futuro Anterior.

[6] Gabriela Seghezzo y Nicolás Dallorso, “Retorno neoliberal y razón securitaria” (http://revistabordes.com.ar).

[7] Programa de Seguridad Democrática, suscripto en diciembre de 2009 por León Arslanian, Horacio Verbitsky, Ricardo Gil Lavedra, Ricardo Alfonsín, Pino Solanas, Margarita Stolbizer, Claudio Lozano y decenas de personalidades del arco iris progresista.

[8] Karl Marx, Crítica del programa de Gotha, Editorial Polémica.

[9] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, Ediciones Pueblos Unidos.

[10] León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, Escritos latinoamericanos, Ediciones CEIP León Trotsky.

[11] Karl Kautsky, La nueva táctica. Debate sobre la huelga de masas. Cuadernos Pasado y Presente, Editorial Siglo XXI.

[12] El Estado y la transición al socialismo (http://vientos.info/IMG/Entrevista_Weber-Poulantzas.pdf).

[13] Lenin, “¿Podrán los bolcheviques mantenerse en el poder?”, Obras selectas Tomo 2, Ediciones IPS –Karl Marx.

[14] León Trotsky, La lucha contra el fascismo en Alemania, Editorial Pluma.

[15]  Antonio Gramsci, Notas sobre Maquiavelo sobre la política y sobre el Estado moderno, Editorial Nueva Visión.

[16] Thomas Hobbes, Leviatan Tomo I, Editorial Losada/Página12.

[17]  Karl Marx, La cuestión judía, Ediciones del signo.

[18] Karl Marx y Frederich Engels, La ideología alemana, Ediciones Pueblos Unidos.

[19] Miguel Raider, “Macri, el narcotráfico y la cuestión securitaria”, (www.laizquierdadiario.com).

[20] Karl Marx, La cuestión judía, Ediciones del signo.

[21]  Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, Ediciones Pueblos Unidos.

[22] Diego Galeano, “En nombre de la seguridad: Lecturas sobre policía y la formación estatal” (http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/art_revistas/pr.3679/pr.3679.pdf).

[23] Vidocq, Memorias, Biblioteca Total. Centro Editor de América Latina.

[24] Jorge Aulicino, “Alguien que fuimos todos”, prólogo Batman. Bob Kane. Biblioteca Clarín de la Historieta.

[25] Karl Marx y Friedrich Engels, La ideología alemana, Ediciones Pueblos Unidos.

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