Europa a referéndum

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PAULA SCHALLER

Número 35. Noviembre-Diciembre 2016

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La apelación a consultas directas para dirimir cuestiones centrales reavivó el debate sobre su legitimidad. Mientras las élites tradicionales las condenan por populistas y otros las proponen como vía para una regeneración democrática de la Unión Europea, la tendencia a una creciente separación entre representantes y representados que alimenta la crisis capitalista subyace como telón de fondo, rehabilitando el debate sobre los límites de la “ciudadanía democrática” del Estado burgués y el proyecto europeísta.

 

¿Una populización de Europa?

El terremoto del Brexit llevó a muchos a cuestionar la validez de someter a consulta definiciones centrales. “Presentarnos un referéndum una vez cada 20 años, privándonos en gran medida de una información exacta en una niebla de eslóganes y retórica, no es manera de adoptar una decisión responsable. Y tampoco de volver a empoderar a una ciudadanía sin poder”, planteó la académica británica Mary Beard, habitual columnista en The Times. Opiniones como esta reflejan la preocupación con que las élites europeístas ven a mecanismos a los que juzgan como propios de “formas de dominación populistas”. Históricamente los regímenes presidencialistas fueron más proclives a echar mano de mecanismos de consulta directa como formas limitantes de la intermediación parlamentaria, como lo muestran los 109 referéndums realizados en Latinoamérica en los últimos 40 años1.

En Europa, además del británico, se realizaron este año referéndums en Holanda, que rechazó el estrechamiento de vínculos entre la UE y Ucrania; y en Hungría, que rechazó la política de cuotas de reubicación obligatoria de refugiados establecido por la UE. Aunque este último es inválido por no alcanzar el 50 % del padrón, se enmarca en la tendencia embrionaria, si bien no generalizada, a apelar a consultas para dirimir políticas que tensionan los márgenes de soberanía de los países de la UE.

Estos, sumado al que en 2015 rechazó en Grecia el ajuste de la troika (UE, Banco Central Europeo y FMI), tienen en común haber sido postulados por los gobiernos o asumidos por parte de la sociedad como vehículos de defensa de la soberanía nacional frente a las instituciones supranacionales de la UE. Por esto, muestran el reemerger de los nacionalismos que esta estaba llamada a disolver desde su creación, otra muestra de la perdurablidad del Estado-nación contra la utopía europeísta de superarlo en clave burguesa. El pedido de replicar los referéndums fue asumido por la derecha soberanista, como Marine Le Pen del Frente Nacional en Francia, Matteo Salvini de la Liga Norte italiana, y Geert Wilders del Partido de la Libertad holandés; mientras en Hungría, el conservador primer ministro Víktor Orban propagandizó el slogan “Elegimos entre Bruselas o Budapest”. Contra una derecha populista que exige consultas directas para capitalizar con un programa antiinmigrante el descontento social, las tendencias del centro político como el socialismo francés las rechazan: “un referéndum no puede ser la manera de librarse de un problema. Y aún menos una manera encubierta de solucionar problemas de política interior. Hemos visto el resultado de jugar a aprendiz de brujo”, expresó el primer ministro Manuel Valls luego del Brexit. Hay que ver en qué medida lo que Tariq Alí llamó el “extremo centro” logra contener las demandas que canaliza la derecha soberanista, hoy alentada por el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos, que presiona hacia una populización de las formas políticas.

 

Es la crisis

¿Por qué los gobiernos deciden someterse a referéndums de resultado incierto? Analizándolo, el historiador holandés Ian Buruma plantea:

El problema fundamental es que una gran cantidad de personas no se siente representadas. Las viejas políticas partidarias gobernadas por antiguas élites que ejercen el poder a través de las redes de influencia tradicionales ya no ofrecen a muchos ciudadanos la sensación de participar en una democracia. La democracia directa no restablecerá la confianza del pueblo en sus representantes políticos, pero si no se recupera un mayor nivel de confianza, el poder irá a manos de los líderes que afirman hablar con la voz del Pueblo, y de eso nunca salió nada bueno2.

Los referéndums son en gran medida subproducto del desprestigio de las representaciones políticas radicionales con el emerger de nuevas formas de pensar que estimula la crisis capitalista, que alimenta nuevos fenómenos político- ideológicos tanto a izquierda, como los neorreformismos tipo Syriza en Grecia y Podemos en el Estado Español; como a derecha con los partidos xenófobos al estilo del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), el Frente Nacional francés, el Partido de la Libertad en Austria, etc. Estos expresan cambios subjetivos en la conciencia de cientos de miles, que la tradicional dinámica parlamentaria no alcanza a reflejar ni a metabolizar. El propio Cameron se vio presionado a la convocatoria al referéndum por el fortalecimiento del UKIP y el pase a este de varios de sus diputados.

La apelación a la consulta directa intenta canalizar por carriles institucionales las aspiraciones de sectores de masas, ampliando la capacidad de representación política de los gobiernos. Entrampado entre el interés del gobierno de represtigiarse y la intención de la derecha de ampliar la base de apoyo de su programa xenófobo, en el referéndum británico ninguna de las opciones en pugna era favorable para los trabajadores, inmigrantes y la población pobre.

La crisis capitalista que recorre los países centrales vino a agudizar el carácter contradictorio de una dicotomía inherente a la propia constitución de la UE, tornándola más visible para millones: la existente entre las instituciones que representan la “gobernanza” y los márgenes de soberanía popular de sus países miembro, reavivando el debate sobre el carácter de su régimen político.

 

Las dos almas de la UE: entre la “gobernanza” y la soberanía popular

En un reciente artículo de Le Monde Diplomatique, Anne Cécile Robert, ubicada en el campo de los teóricos críticos de lo que denominan una postdemocracia, interpreta que la UE viene operando una deslegitimación de la democracia, impulsando un cambio de régimen político:

Dentro de este sistema, denominado gobernanza, el pueblo es sólo una de las fuentes de la autoridad de los poderes públicos, en competencia con otros actores: los mercados, los expertos, la sociedad civil. Conocemos el papel estratégico que los redactores de los tratados comunitarios atribuyen a la expertocracia: la Comisión (…) es la “guardiana de los tratados” en lugar de órganos políticos como el Consejo de Ministros o el Parlamento. Lejos de ser puramente técnica, la gobernanza es un concepto ideológico tomado de la ciencia administrativa anglosajona, contemporánea al avance del neoliberalismo. Apunta a menos Estado, a extender el mercado3.

Instituciones que no responden al voto popular y son constitutivas de la arquitectura institucional de la UE tales como la Comisión Europea o el Banco Central Europeo adquieren cada vez más injerencia sobre las decisiones de los Estados, revelando que su esencia última es la de asegurar el “dominio despótico del capital” de las burguesías más poderosas. Así lo establecen mediante sus tratados como el de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (TSCG), verdadero pacto de neocoloniaje usado para imponer severas restricciones fiscales, control de los presupuestos públicos y de las políticas bancarias de los países en crisis como el Estado Español, Grecia, Portugal, Italia, etc. Al calor de la crisis la UE se vio atravesada por la emergencia de grados iniciales de lo que Antonio Gramsci definió como cesarismos, soluciones arbitrarias e inestables a las que recurren los representantes políticos del gran capital para ubicarse por encima de las contradicciones sociales profundas4. Frente a la polarización social desatada por las crisis, las instituciones democrático-parlamentarias pasan a un segundo plano y cobra vigor “la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de las altas finanzas, de la Iglesia, y en general, de todos los organismos relativamente independientes de las fluctuaciones de la opinión pública”5, como hemos visto expresado en la caída de gobiernos y la conformación de “gabinetes técnicos” a la medida de los dictados de la troika, como los casos de Papandreu en Grecia (2011-2012) y Monti en Italia (2011-2012), o la imposición de planes de austeridad contrarios a la voluntad de las urnas como en el referéndum griego. Esta tendencia es lo que intelectuales como Razmig Keucheyan diagnostican como una “suspensión de la democracia” en función de formas crecientemente cesaristas de gobierno:

Las dinámicas (…) generadas en el seno de la Unión Europea evocan una forma de cesarismo no militar sino financiero y burocrático. Entidad política con soberanía fragmentada, Europa solo ve su unidad garantizada por la burocracia bruselense y la injerencia estructural de las finanzas internacionales en su funcionamiento6.

Chantal Mouffe también insistió en la pérdida de democracia de la UE, sosteniendo que “el elemento liberal de las democracias” se ha vuelto predominante, subordinando, y “… en algunos casos eliminando el elemento democrático, el de la igualdad y la soberanía popular”:

…si uno pregunta en Europa qué es la democracia (…) nadie va a hablar de soberanía popular y de igualdad. Algunos teóricos hasta sostienen que todo eso se ha vuelto obsoleto. No es sólo que la tradición liberal se ha vuelto hegemónica, sino que hay una interpretación específica, neoliberal, de esa tradición. Esto es lo que ocurre en Europa y en Estados Unidos, por eso es que muchos teóricos hablan de una postdemocracia, de una democracia que ha perdido todo sentido democrático7.

Pero las tendencias bonapartistas de la UE lejos de explicarse por el triunfo de una “tradición liberal” sobre una “republicana-democrática” –lectura idealista subsidiaria de la autonomía absoluta que dan a la política Ernesto Laclau y Chantal Mouffe como factor decisivo del proceso histórico y, más en general, de la primacía del discurso sobre la formación de las identidades y la conciencia política–, se inscriben sobre bases sociales y económicas profundas. La crisis no hace sino desarrollar una tensión de origen connatural a la UE del capital, incapaz de tornar un súper-Estado o un Estado supra-nacional que cimiente una “ciudadanía europea” basada en más amplios derechos sociales y garantías democráticas –incluyendo a los inmigrantes en una ciudadanía plena–, por imperio de los intereses contradictorios de las burguesías europeas que la componen, expresados en las pretensiones hegemónicas de la burguesía alemana que busca avanzar en detrimento de las burguesías más débiles, las potencias menores y los países más endeudados, recortando cuotas de soberanía en aras de imponer sus intereses por intermedio de la burocracia de Bruselas. Es sobre el desarrollo de esta tensión actuante en la UE que crecen las tendencias de la derecha soberanista y los neorreformismos, base sobre la que juegan los referéndums percibidos como contratendencias frente a instituciones ubicadas por encima de la soberanía popular.

 

¿Democratizar Europa?

La idea de ampliación de la representación política que comporta un referéndum lleva a muchos intelectuales a impugnarlos desde una visión elitista de la política como resguardo de la institucionalidad. “Este referéndum no es la victoria de los pueblos sobre las élites, sino de gente con poca información sobre la gente educada”, sostuvo en torno al Brexit el intelectual francés Alain Minc en Le Figaro.

En la vereda opuesta se ubican quienes los ven como la vía regia para una regeneración en clave democrática de la UE, como el sociólogo Manuel Castells:

Europa sólo sobrevivirá con un proceso de relegitimación democrática y construcción institucional de abajo a arriba. Y los referéndums, tan denostados ahora, deben utilizarse como consultas no vinculantes para tomar el pulso de la opinión ciudadana8.

Pero aunque canalicen la bronca popular contra las imposiciones de Bruselas, los referéndums son incapaces de poner un freno a los planes imperialistas, auténticos limitantes de los márgenes de democracia existentes.

Como lo muestra el referéndum griego de 2015 donde aunque el pueblo votó por el No al ajuste de la troika por más de 20 puntos, el gobierno de Syriza pactó con aquella. Aunque pueden sabotear los planes políticos del elenco dirigente, como en Inglaterra, ninguna cuestión capital a los intereses de las grandes burguesías será definida por la consulta popular.

Adicionalmente, la operación de limitar los términos del “dilema democrático” a la oposición entre gobernanza y soberanía popular supone convertir una contradicción de carácter relativo en absoluta, evitando ingresar en el terreno esencial del contenido social. Al fin de cuentas ¿qué es la soberanía popular bajo la democracia burguesa sino un ariete para sostener la hegemonía social, económica y política de la propia burguesía, que cuando lo requiere mina las libertades democráticas en función de preservar sus intereses?

La democracia, que no puede colocarse por encima del régimen social que la engendra, puede tender a autolimitarse en distintos grados –e incluso volverse su contrario, negando su forma con la dictadura abierta– cuando la clase dominante lo requiera para preservar su dominación social y política, de lo que abunda en ejemplos la década del ‘30 del pasado siglo con la extensión de regímenes fascistas y bonapartistas en la Europa jaqueada por la crisis capitalista.

 

Los revolucionarios y la táctica del referéndum

¿Equivale esto a desdeñar el papel de las demandas democráticas en la lucha por la revolución social, o negar que los mecanismos de consulta directa puedan cumplir un rol progresivo en la movilización de las masas? Lejos de todo economicismo vulgar, la tradición de los revolucionarios incluye el apoyo táctico a referéndums allí cuando pueden convertirse en canales de denuncia del carácter antidemocrático del régimen, transformándose en punto de apoyo de la organización independiente de las masas.

Así sucedió, por ejemplo, con la llamada “enmienda Ludlow” en Estados Unidos en 1937, donde frente a la inminencia del estallido de la Segunda Guerra Mundial la bancada demócrata propuso una enmienda constitucional que estableciera que la declaración de guerra debía ser previamente apoyada por un referéndum. Frente a la adhesión mayoritaria entre las masas a la propuesta, y ante una posición inicialmente sectaria del SWP que se negaba a apoyarla por considerar que sembraba ilusiones pacifistas en detener la guerra por el voto, Trotsky planteó que mientras los revolucionarios no pudieran derrumbar la democracia burguesa debían usar todos los medios proporcionados por esta, por limitados que fuesen, para movilizar a las masas por un programa revolucionario:

…sabemos que esto no es suficiente ni aun eficiente y proclamamos abiertamente esta opinión, pero al mismo tiempo estamos listos a ayudar al hombre humilde para llevar a cabo su experiencia contra las pretensiones dictatoriales de las grandes empresas. ¿El referéndum es una ilusión? Ni más ni menos que el sufragio universal y las otras medidas de la democracia ¿Por qué no podemos utilizar nosotros el referéndum como utilizamos las elecciones presidenciales?9

Por esto, el Programa de Transición plantea que la sección norteamericana lo sostenía críticamente:

Cualesquiera que sean las ilusiones de las masas respecto al referéndum, esta reivindicación refleja la desconfianza de los obreros y los campesinos por el gobierno y el parlamento de la burguesía. Sin sostener ni desarrollar las ilusiones de las masas, es necesario apoyar con todas las fuerzas la desconfianza progresiva de los oprimidos hacia los opresores10.

Dependiendo su contenido, la progresividad de sus opciones y el interés político-ideológico que despierten entre las masas, los referéndums pueden ser utilizados, a condición de no alentar ninguna ilusión política en que los grandes problemas de las masas obreras y populares serán resueltos por esa vía, para acompañar la experiencia de estas, partiendo de sus legítimas aspiraciones como forma de estimular el desarrollo de su conciencia de clase. Para esto, deben incluir la agitación de un programa obrero independiente, transicional, para la lucha por la efectiva resolución de las cuestiones que somete a votación el referéndum. Una auténtica democracia solo puede nacer de la activa intervención de las masas en la deliberación y el gobierno directo de sus asuntos comunes, cuya forma más desarrollada solo puede surgir sobre la base de un nuevo régimen social. La democracia soviética, a diferencia de la burguesa,

…se basa en la más amplia participación de las masas en el Estado mediante múltiples mecanismos [como la] garantía material de los derechos políticos, la fusión del poder legislativo y ejecutivo, la revocabilidad, el fin de los privilegios de los funcionarios, elección y la participación popular de los tribunales, etc. La democracia soviética es capaz de implementar realmente muchos de los principios republicanos que la burguesía solo declama11.

 

  1. Altman, David, “Votar hasta lograr el resultado”, El País, 8 de julio de 2016.
  2. Buruma, Ian, “La farsa del referéndum”, La Vanguardia, 12/03/2016.
  3. Robert, Anne Cécile, “La democracia invertida”, Le Monde Diplomatique, octubre 2016.
  4. Cinatti, Claudia, “Lucha de clases y nuevos fenómenos políticos en el quinto año de la crisis capitalista”, Revista Estrategia Internacional 28, 2012.
  5. Buci-Glucksmann, Christine, Gramsci y el Estado, Siglo veintiuno, p. 385.
  6. Keucheyan, Razmig, “Hacia un cesarismo europeo. La suspensión de la democracia en aras de la crisis”, Viento SUR, febrero 2015.
  7. Mouffe, Chantal, “Hay que latinoamericanizar Europa”, Página 12, octubre de 2012.
  8. Castells, Manuel, “Europa sólo sobrevivirá con un proceso de regeneración democrática”, La Vanguardia, 20 Julio 2016.
  9. Trotsky, León, Guerra y Revolución. Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial, CEIP León Trotsky, p. 57.
  10. Trotsky, León, El Programa de Transición y la fundación de la IV Internacional, CEIP León Trotsky, p. 205.
  11. Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “Gramsci, Trotsky y la democracia capitalista”, Revista Estrategia Internacional 29, enero 2016.

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