Estado y capital

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150 AÑOS DESPUÉS DE EL CAPITAL

 

ARIEL PETRUCCELLI

Número 39, julio 2017.

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Cincuenta años después de que Karl Marx publicara El capital (en realidad, 51 años después), un revolucionario sardo escribió un artículo de título paradójico. Refiriéndose a la Revolución rusa, se permitió pensarla como “La revolución contra El capital”. No se trataba de un juego de palabras. Antonio Gramsci, que de él se trata, sostenía por entonces sin rastro de eufemismo: “Es la revolución contra El Capital, de Carlos Marx. El capital, de Marx, era en Rusia el libro de los burgueses, más que de los proletarios. Era la demostración crítica de la fatal necesidad de que en Rusia se formara una burguesía, empezara una Era capitalista, se instaurase una civilización de tipo occidental, antes de que el proletariado pudiera pensar siquiera en su ofensiva, en sus reivindicaciones, en su revolución”.

Sin embargo, agregaba Gramsci, si los bolcheviques reniegan de Marx, de lo que él (Gramsci) cree que es una teoría de Marx, “no reniegan en cambio de su pensamiento inmanente, vivificador”. Y remata con una frase que –podemos suponer– hubiera escandalizado a Lenin y arrancado una sonrisa cómplice a Marx: “No son “marxistas”, y eso es todo; no han levantado sobre las obras del maestro una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles. Viven el pensamiento marxista, el que nunca muere, que es la continuación del pensamiento idealista italiano y alemán, y que en Marx se había contaminado con incrustaciones positivistas y naturalistas”1.

Por lo pronto, no era cierto que fuera El Capital el libro de los burgueses (aunque algunos lo leyeran y apreciaran). Era en gran medida el libro que atesoraban muchos revolucionarios “populistas”: los mismos a los que Marx admiró y defendió. Si era posible leer El Capital en clave evolucionista (como lo hiciera Plejanov, el primer “marxista” ruso), lo cierto es que esa lectura fue desautorizada expresamente por el propio Marx (por ejemplo en su célebre carta a Vera Zasúlich). Los bolcheviques y Lenin se consideraban a sí mismos total y completamente “marxistas”. Que el pensamiento de Marx es la continuación del idealismo italiano y alemán exagera la influencia de los autores italianos en el coautor del Manifiesto comunista, en tanto que desdibuja los profundos elementos de ruptura con el idealismo: no en vano hablaba Marx de su concepción materialista de la historia. En todo esto, se equivocaba Gramsci. Se equivocaba, pues, en casi todo. Y, sin embargo, estaba sustancialmente en lo cierto. Porque acertaba en lo fundamental, en aquello de no levantar “sobre las obras del maestro una exterior doctrina de afirmaciones dogmáticas e indiscutibles”. El espíritu crítico debe ser básico en todo socialista, en todo aquél que haga del comunismo (el movimiento histórico y el objetivo social al que dedicó Marx lo mejor de su vida y sus esfuerzos) el centro de sus aspiraciones.

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Ha transcurrido un siglo. El capital (el sistema económico) continúa en pie y ha recuperado los territorios en los que tuvieron lugar revoluciones que pretendieron desterrarlo. Hoy en día, se ha dicho, es más fácil pensar en la extinción de la humanidad que en el final del capitalismo. Hay mucho de cierto en esta apreciación. Y, sin embargo, en la última década Marx y El capital (el libro) parecen haber regresado a la escena. Lo cual es comprensible. Que no esté para nada claro cómo podríamos desembarazarnos del capital, cómo podríamos derrocarlo, ni cómo podría construirse una sociedad no-capitalista que sea deseable, realizable, justa, democrática, eficiente y sustentable, en modo alguno destierra la explotación consustancial, las enormes injusticias sociales ni los desastres ecológicos que provoca de manera creciente el capitalismo como sistema socioeconómico. Y quien quiera entender honestamente qué es y cómo funciona el capital, tarde o temprano deberá reparar en El capital, de Karl Marx. La obra que analiza qué es y cómo funciona el modo capitalista de producción. Como alguna vez señalara Giovanni Arrighi, el mundo de la globalización se asemeja mucho más al que Marx previera, que el mundo de mediados del siglo XX. Rodeada de una tecnología inimaginable cien años atrás, la mayor parte de la humanidad continúa acuciada por la miseria más elemental: el hambre, la vivienda precaria, la jornada laboral extensa y agotadora. Incluso allí donde los nuevos bienes y la riqueza acumulada han permitido esquivar la miseria atroz, las desigualdades se han acrecentado y los pobres son más pobres de lo que eran (aunque ya no sean miserables). Paralelamente, aunque los regímenes formalmente democráticos se hayan extendido y consolidado en los últimos lustros, el real poder de los ciudadanos no ha hecho más que disminuir. En el momento en que el capital es más poderoso que nunca, las agendas políticas dominantes (de la derecha al centro izquierda) hacen de la renuncia a pensar siquiera en atacar frontalmente a la propiedad privada un dogma inviolable. Se continúa pensando en el Estado como salvaguarda paternalista de los pobres, los ofendidos y los humillados. Justamente el mismo Estado que ha sido el garante de la explotación; la salvaguarda de los banqueros en el momento de la crisis; la rama que no deja de ceder ante el peso de los acreedores y los inversionistas.

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Los Estados contemporáneos deben satisfacer tres grandes tipos de demandas: la de los acreedores, la de los inversionistas y la de los ciudadanos. Reparemos, por lo pronto, que todos los Estados contemporáneos son deudores. Esto significa que no le deben a otros Estados (en cuyo caso algunos al menos serían acreedores); su deuda es con propietarios privados. Los acreedores son, fundamentalmente, capitalistas (aunque haya algunos pequeños ahorristas entre ellos). Los inversionistas son, por definición, capitalistas también. Y la capacidad extorsiva de los inversionistas (no veo razón para emplear un eufemismo) se ha incrementado enormemente gracias a las nuevas tecnologías, la globalización económica y la financierización. Los Estados “seducen” a los inversionistas “flexibilizando” los derechos laborales, reduciendo los impuestos o garantizando impunidad ante los desastres sociales y ambientales que las inversiones provocan. Llegamos, por último, a la ciudadanía. Los ciudadanos, a diferencia de los acreedores y los inversionistas, son mayoritariamente trabajadores. Pero inmediatamente se ve la asimetría descomunal del poder de clase en las democracias actuales. Por decirlo de algún modo, el Estado moderno juega tres partidas simultáneas. En dos de ellas juegan solo el Estado y el capital. Los trabajadores solo miran, mayormente sin entender demasiado de lo que allí sucede. Esas partidas, la de la deuda y la de las inversiones, son coto cerrado y privilegiado del capital. Los capitalistas son allí amos y señores, y aunque ninguno de ellos haya sido electo en ninguna elección, tienen plena potestad para decidir. En esas partidas el mundo se configura y reconfigura completamente a espaldas de la voluntad popular. La democracia es allí un sueño, una broma, una mentira, una inexistencia. Y de manera incluso imperceptible para el gran público, para esa ciudadanía que lucha y se apasiona en la única partida que juega, se producen cambios sustanciales. Por ejemplo hoy en día, la riqueza pública (que era considerable en la segunda mitad del siglo XX), ha dejado de existir. Los Estados tienen deudas que superan a sus activos. La riqueza es privada en una medida en que no lo era hasta poco tiempo atrás.

Nos queda, por último, la partida en la que jugamos los trabajadores. La partida de la ciudadanía. Pero no se trata de un coto cerrado de los asalariados. Allí la burguesía también juega, con sus medios de comunicación, con el financiamiento de las campañas partidarias, con el lobby empresarial, etc. Los límites de cualquier progresismo o reformismo saltan aquí a la vista. Al progresismo se le ven los hilos.

Aunque se haya jugado impecablemente al juego de la ciudadanía, aunque se haya logrado constituir una gran fuerza hegemónica que imponga en el terreno electoral una agenda contraria a los intereses del capital, sigue habiendo dos partidas, de las tres que se juegan en simultáneo, en las que los trabajadores perdemos sin siquiera haber podido salir a la cancha.

Hasta tanto el capital (o cuando menos lo más concentrado del capital) no haya sido expropiado y socializado, los capitalistas seguirán teniendo el mando, sea cual sea el resultado electoral.

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La tradición teórica iniciada por Karl Marx no tiene grandes dificultades para entender y prever lo que sucede en nuestro mundo. La dificultad estriba en las vías de acción para transformarlo. Aunque ciertamente algunas tesis de El capital deben ser revisadas e incluso abandonadas, como instrumento analítico esa obra y el resto de los escritos de Marx y Engels siguen siendo indispensables. Las carencias fundamentales de la izquierda actual están en otro sitio. O mejor dicho, en dos sitios distintos pero relacionados: las estrategias y los modelos de socialismo factible. Marx escribió bastante sobre lo primero, pero en contextos muy diferentes a los nuestros. Y no escribió prácticamente nada sobre lo segundo, cegado en parte por un optimismo de raigambre hegeliana que lo llevaba a creer que la historia proporciona, junto con los problemas, su solución; y que la humanidad solo propone tareas que está en condiciones de realizar. Un siglo y medio, cuando menos, de luchas revolucionarias mayormente infructuosas nos obliga a moderar ese optimismo. Pero en modo alguno nos obliga a abandonar el ideario revolucionario. La crítica socialista al capitalismo conserva plena vigencia, y la teoría marxista sigue siendo indispensable para comprender nuestro mundo. Es necesaria, también, para transformarlo. Aunque hoy no sepamos muy bien cómo hacerlo.

 

  1. Gramsci, Antonio, “La revolución contra El Capital”, en Antología (selección, traducción y notas de Manuel Sacristán), Buenos Aires, Siglo XXI, 2004, pp. 34-35.

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