Ese gran combate por la historia de la Revolución

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GUILLERMO ITURBIDE

Número 41, noviembre 2017.

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La primera edición completa en castellano de Historia de la Revolución rusa de León Trotsky por Ediciones IPS se da en el marco de una ofensiva ideológica con tonos similares a la del bicentenario de la Revolución francesa en 1989, pero sin el optimismo capitalista de aquel entonces.

 

“…La narrativa empática y colorida de uno de los principales participantes de los hechos se fusionaba con la perspicacia conceptual del pensador marxista, como una asombrosa amalgama de los estilos de Jules Michelet y Karl Marx”. Enzo Traverso.

 

Las revoluciones rusa y francesa son los dos grandes parteaguas de la historia moderna, quién lo duda. Ahora bien, la historia se selecciona, se recorta y se escribe desde la mirada del presente. Eso es lo que explica que, en el caso de la Revolución francesa, un evento que marcó la llegada de la burguesía al poder, su bicentenario fue conmemorado principalmente bajo el espíritu de época de la crisis terminal del llamado bloque soviético y la inminente caída del Muro de Berlín. Así, se intentó separar la democracia burguesa moderna de sus orígenes revolucionarios, y a la vez surgió toda una pléyade de historiadores reaccionarios dedicados a ajustar cuentas con estos últimos. Sin ninguna duda, era una lectura de la Revolución francesa desde la obsesión con la Revolución rusa.

Parafraseando el famoso adagio de Ernest Renan, los planteos contemporáneos a favor de la democracia necesitan que se entienda mal a la propia historia, apropiándose selectivamente de algunas experiencias y olvidando otras, asegurándose que el pasado va a ser mal recordado y mal leído1.

Casi todos los lanzamientos de libros y conmemoraciones de la Revolución rusa en este centenario comparten en esencia el espíritu de 1989. En lo que difieren es que los ataques a 1917 son todavía más venenosos porque, a diferencia de hace 28 años, hoy ya no se cree ni en el “fin de la historia” ni en un brillante porvenir para la democracia capitalista. Más bien la decepción con esta última y lo que hemos llamado elementos de crisis orgánica en los países centrales hacen vislumbrar un etorno a tiempos más clásicos y con ello la perspectiva de la revolución, lo cual hace más imperioso la ofensiva ideológica contra Octubre. Pareciera como si todo análisis que no partiera de ubicar a 1917 como el origen del totalitarismo del siglo XX no tiene carta de ciudadanía. Quienes rescatan hoy a Octubre como algo que no necesariamente llevaría al terror y al totalitarismo parecieran limitarse a nivel internacional, sin mucho más, a los libros actuales de Tariq Ali y China Miéville, ambos no casualmente con orígenes políticos en el trotskismo.

Es en este clima que hace su reaparición nuestra nueva edición de la Historia de la Revolución rusa de León Trotsky. No es casual que sea una editorial marxista impulsada por una organización revolucionaria como el PTS la que lo haga posible. Un equipo editorial formado por militantes y simpatizantes de distintos puntos del país se empeñó en tratar de ofrecer la mejor edición posible. Ese esmero permitió descubrir que era posible ofrecer una versión cualitativamente mejor que las que se conocían hasta hoy en castellano. Contrastamos las existentes con la original en ruso, además de versiones en inglés, alemán y francés, lo que nos permitió detectar textos que faltaban (puntualmente, cinco apén­dices y dos prefacios). Además, nos permitió detectar que a lo largo del texto tradicional faltaban algunos pasajes, así como corregir errores de traducción que nunca antes habían sido subsanados.

 

Contra la historia “politicista”

No obstante, esta magnum opus no pasó desapercibida para cierta historiografía académica que considera que el marxismo en su conjunto, y en particular la obra de Trotsky al respecto, se basa en una serie de mitos, de “relato” que no alcanza el rango de cientificidad académica y de cierta pretendida “objetividad”. Aunque alguien que precisamente historiza ni más ni menos que el proceso del cual fue su principal codirigente siempre va a ser “culpable”, Trotsky se anticipa al espíritu de nuestra época:

Nuestros adversarios se limitan en su mayor parte a reflexiones sobre cómo se pueden revelar prejuicios personales en una selección artificial y unilateral de hechos y textos. Estas observaciones, aunque irrefutables en sí mismas, no dicen nada sobre la obra misma, y menos aún sobre sus métodos científicos. Además, nos tomamos la libertad de insistir firmemente que el coeficiente de subjetividad es definido, limitado y probado no tanto por el temperamento del historiador como por la naturaleza de su método2.

Hoy una de sus exponentes es la historiadora Sheila Fitzpatrick, quien es recomendada como una autoridad explícitamente en detrimento de relatos supuestamente “mitológicos” como el de Trotsky. Fitzpatrick en realidad solo se dedica a los grandes trazos de la revolución pensando en tendencias de largo plazo, pero no le interesa lo que constituye la línea roja que recorre el trabajo de Trotsky:

El lector ya sabe que en una revolución nos interesa rastrear, ante todo, la irrupción directa de las masas en los destinos de la sociedad. Buscamos descubrir los cambios en la conciencia colectiva detrás de los acontecimientos. (…) Las revoluciones tienen lugar según ciertas leyes. Esto no significa que las masas en acción sean conscientes de ellas, pero sí significa que los cambios en la conciencia de las masas no son accidentales, sino que están sujetos a una necesidad objetiva que se puede explicar en forma teórica, que a su vez brinda un fundamento que posibilita hacer pronósticos y pelear por dirigir el proceso3.

Si la historiografía anti-1917 busca los grandes trazos, por no decir los trazos gruesos, Trotsky se ubica desde la visión del anatomista que realiza un trabajo dialéctico que va más allá de las formas generales y las apariencias, y que no contento con reconocer el cuerpo de la revolución por sus rasgos generales, se dedica a analizarlo bajo el microscopio para estudiar sus tejidos, separando sus componentes, para luego emerger y dar una visión enriquecida y completa. Este apego al método ubica a Trotsky a kilómetros de distancia de la historia “politicista” de hoy, comandada por las corrientes más prolíficas de la historio­grafía anticomunista de los últimos 30 años, la revisionista (François Furet, Ernst Nolte) y la liberal (Richard Pipes, Robert Service), que coinciden en que las revoluciones son ante todo hechos políticos con consecuencias sociales, antes que hechos sociales con con­secuencias políticas. Contra el supuesto “determinismo” de la historia marxista, que hace hincapié en las relaciones de clase, estas corrientes afirman la primacía de la política: un subjetivismo extremo pero donde la actividad solo se desarrolla en las élites, en las “cumbres”, y donde las masas esencialmente forman apenas un telón de fondo, el personal de reparto. Todo esto abona las teorías conspirativas y para la cuales la “coacción de las circunstancias”, como le llama Trotsky, apenas existen. En esta perspectiva se basa la visión tradicional que adjudica la revolución bolchevique a un simple golpe pro-alemán, ya defendida por los kadetes en aquella época:

Los instigadores de los disturbios en Rusia, según Miliukov, todavía estaban intentando contactarse con Ludendorff. (…) El patriotismo de los kadetes, como es sabido, consiste en explicar los acontecimientos más grandes de la historia del pueblo ruso como algo digitado por agentes alemanes, mientras luchaban por arrebatarles Constantinopla a los turcos en favor del “pueblo ruso”. El trabajo histórico de Miliukov completa debidamente la órbita política del nacional-liberalismo ruso4.

 

“Este es nuestro tanque”

Las guerras y las revoluciones son situaciones extremas. En el caso de estas últimas en particular, a pesar de dicha coacción, intervienen factores morales que brindan a los protagonistas de la revolución una capacidad de resistencia ligada al sacrificio, al heroísmo, al altruismo, ya que las masas pelean por sus propios objetivos y no por los ajenos (se dice que alguna vez Bujarin, en plena guerra civil, le señaló a un comunista extranjero la plataforma desde la cual los comisarios bolcheviques dialogaban con los soldados del Ejército Rojo y le dijo “este es nuestro tanque”), hazañas que en situaciones normales parecerían una locura, un suicidio colectivo o una demostración de crueldad de la plebe. Precisamente esta es la conclusión a la que llegan los historiadores anti-1917.

Por otra parte, estas corrientes abrevan disimuladamente en aquél gran pecado que le adjudican al marxismo: una teleología, una filosofía de la historia con un trayecto destinado inevitablemente a un fin determinado. La teleología revisionista y liberal ve un desarrollo de la historia hacia un avance de la democracia y la modernización a través de la “mano invisible” de la acción de las élites dominantes, donde las revoluciones irrumpen como un obstáculo en el camino, con la plebe saliéndose de su lugar, terciando y transformándose en una traba reaccionaria de las “leyes de la historia”. 1917 sería la irrupción nefasta de una “ideocracia”, de un “gobierno de los filósofos”, del voluntarismo de la política revolucionaria que quiere forjar una nueva humanidad que, ¡horror!, opina que no existe tal cosa como la naturaleza humana y que el hombre no necesariamente es el lobo del hombre.

La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta como algo definitivo las instituciones a las que se encuentra sometida. (…) Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de ánimo de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo5.

Los límites de este “politicismo” de élites manipuladoras están bien delimitados:

El atraso crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que estas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policíacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los “demagogos”. Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja.

Por último, Trotsky parece apuntar sus dardos contra esta teleología, contra ese supuesto desandar de un camino preestablecido cuando plantea, en el prefacio inédito al tomo 1:

El regreso al “legado” de la Revolución de Febrero sigue siendo el dogma oficial de lo que se llama “democracia”. Todo esto parece dar razones para creer que la ideología democrática debería darse prisa para sacar las conclusiones de los resultados históricos y teóricos de la experiencia de Febrero, descubrir las causas de su colapso, determinar cuál es el “legado” y de qué manera se puede poner en práctica. (…) Si los demócratas vulgares se atrevieran a exponer de manera objetiva el curso de los acontecimientos, se verían imposibilitados de llamar a retrotraer todo a Febrero, de la misma manera que es imposible que una espiga vuelva a la semilla que le dio origen.

 

Conclusión

Alguna vez se dijo que la dialéctica permite identificar los elementos que dentro de una semilla prefiguran posibles frutos (o posibles abortos). Si, como dice Trotsky, la historia de la Revolución rusa es la de cómo logró desembarazarse el núcleo de la Revolución de Octubre de la cáscara que la oprimía de la Revolución de Febrero, hoy se trata de rastrear las semillas de las que está preñada la humanidad tras la crisis del relato triunfalista producto del derrumbe de los mal llamados socialismos reales. 1989 tuvo la ambición de ser la película al revés de la Revolución de Octubre, hacia una revolución democrática degradada, farsesca, que, como su antecesora trágica de Febrero de 1917, falló en cumplir sus promesas. La reedición del mejor libro de historia de todos los tiempos es un eslabón fundamental para reanudar y recrear los lazos con el marxismo estratégico del siglo XX sobre un futuro que presentará nueva­mente oportunidades de volver a transformar al marxismo en una idea que echa raíces en el movimiento real que busca abolir el estado de cosas.

 

  1. Geoff Eley, “What Produces Democracy?”, en Mike Haynes y Jim Wolfries (eds), History and Revolution, Londres, Verso, 2007.
  2. L. Trotsky, Historia de la Revolución rusa, tomo 2, Buenos Aires, Ediciones IPS-CEIP, 2017, p. 10 (introducción al tomo 2 previamente inédita en castellano).
  3. Ibídem, p. 11.
  4. Ibídem, tomo 1, p. 12 (prefacio a la edición rusa, previamente inédita en castellano).
  5. Ibídem, p. 16.

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