Ernesto Laclau y el elogio de la hegemonía burguesa

2
Share Button

 

CLAUDIA CINATTI

Número 9, mayo 2014.

 

El pasado 13 de abril falleció en Sevilla Ernesto Laclau, exponente del posmarxismo y uno de los intelectuales de referencia del kirchnerismo, al que le dio no solo apoyo político acrítico, sino también un barniz de legitimidad teórica, integrándolo como una de las variantes (moderadas) de la “razón populista”. La influencia de Laclau en el terreno de la teoría política va más allá de su adhesión al kirchnerismo, por lo que sería un error facilista apelar a su alineamiento con el gobierno de CFK para no discutir sus argumentos teóricos.

 

Más aún, podemos decir que, a su manera, Laclau tuvo el mérito de mantener en el centro del debate la relación entre las clases y la hegemonía política, una cuestión que sigue siendo fundamental para la teoría y la práctica revolucionaria. Sin embargo, a toda teoría (política) le llega su “momento de verdad”. Y la “razón populista” de Laclau está encontrando sus propios límites en el giro a la derecha del kirchnerismo, las medidas antipopulares de Maduro y su conciliación con los grandes empresarios, en la emergencia de un sujeto obrero que resiste, y más en general, en las condiciones de “fin de ciclo” de los gobiernos “populistas” latinoamericanos, a los que está indisolublemente ligada.

 

Democracia radical y populismo

En cierto sentido, el recorrido teórico de Laclau lo llevó de retorno a su punto de partida. Después de haber abandonado sus reflexiones de la década de 1970 sobre el populismo, y de haber dedicado su elaboración teórica “posmarxista” a fundamentar un proyecto de “democracia plural radical”, pensada como orientación política para los movimientos sociales de los países centrales, en los últimos años Laclau volvió a dirigir su interés hacia el populismo, buscando rescatar esta categoría del lugar de residuo inclasificable al que lo había condenado el mainstream de la teoría política.

Este giro desde la ampliación de la democracia liberal hacia su aparente contrario tiene que ver tanto con su biografía político-intelectual (no es difícil encontrar aún las huellas de su antigua pertenencia a la Izquierda Nacional referenciada en Abelardo Ramos1) como con las condiciones de época, notablemente la creciente degradación de los mecanismos de la democracia burguesa y la crisis del neoliberalismo y de sus gobiernos, en muchos casos derribados por la acción directa como en Argentina en 2001.

Por motivos cronológicos, sería abusivo afirmar que La razón populista, su último trabajo teórico de envergadura, tuvo por objetivo manifiesto darle una encarnadura teórica al proyecto kirchnerista y a los gobiernos populistas latinoamericanos surgidos durante la primera década de los 2000. Este libro se publicó originalmente en Gran Bretaña en 2002, cuando Hugo Chávez no había logrado aún asentar su régimen, Evo Morales era un dirigente campesino del Chapare y Néstor Kirchner todavía gobernaba la provincia de Santa Cruz, muy lejos del centro del poder político. Incluso la categoría de “populismo” como lógica de constitución de lo político no contiene ningún contenido ideológico positivo, por lo que se aplica tanto a variantes de izquierda como de derecha (el Frente Nacional francés, el nazismo, etc.). Sin embargo, las simpatías de Laclau están con los populismos “progresistas”. Su teorización avant la lettre del populismo burgués “modelo siglo XXI” cumplió efectivamente la función de elevar estos regímenes, con sus diversos grados de populismo e institucionalismo, desde el carácter de contingencia histórica, producto de condiciones determinadas tanto objetivas como subjetivas, a la de constitución misma de lo político y de su sujeto, el “pueblo”.

Esta capacidad constitutiva del “pueblo” que Laclau le da al populismo (nacionalismo) burgués está en línea con su interpretación tradicional de la política latinoamericana, donde a diferencia de los países avanzados que pasaron por procesos como la Revolución francesa, las masas no se incorporaron a la política a través de la institución de la democracia (liberal) sino por la identificación con un líder populista, como Perón o Vargas, que supo darle un curso “institucional” a sus demandas. Esta interpretación vuelve atrás la dinámica de clase de la revolución en los países semicoloniales, y que puso de relieve Trotsky en la teoría de la revolución permanente, donde las burguesías nacionales han demostrado prácticamente su incapacidad para llevar adelante una lucha antiimperialista consecuente.

A pesar de que desde una visión republicana superficial las categorías de “democracia radical” y “populismo” pueden parecer contradictorias, en realidad expresan una misma lógica política “hegemónica”. Ante la “imposibilidad radical” de la revolución social, las dos vías de inscripción de las “demandas populares” son o bien la “ampliación de la democracia” o bien la aparición de un líder carismático que “hable” a las masas y sostenga por un tiempo la ilusión de la “unidad del pueblo”. Por lo tanto, y más allá de la sofisticación teórica, no son ni más ni menos que dos formas de recrear la estrategia degradada del viejo reformismo y de conservar la hegemonía de la burguesía, por la vía de negar el carácter de clase de lo político.

 

Posmarxismo y ofensiva capitalista

La evolución de la crítica y progresiva ruptura de Laclau con el “marxismo nacional y popular” con influencias de Althusser y Gramsci del que provenía, dio un salto con la publicación, en 1985, de Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una política democrática radical, escrito en colaboración con C. Mouffe. El contexto histórico de aparición de este libro está dado por el auge de la ofensiva neoliberal en los países centrales y su impacto reaccionario en el plano de las ideas, expresado en el creciente cuestionamiento ideológico al marxismo y el ascenso de las teorías posmodernas, iniciado en Francia pos Mayo de 1968 y consolidado en el mundo académico anglosajón en la década de 1980.

Si bien el objetivo de Hegemonía… todavía está en los marcos de pensar la relación entre la “revolución democrática” y alguna forma de “estrategia socialista” (no revolucionaria), algo que muy poco después van a abandonar los autores, desde el punto de vista teórico, el anunciado posmarxismo es un ataque en regla a los fundamentos últimos del marxismo, tanto filosóficos como estratégicos. Progresivamente, Laclau va abandonando el término “posmarxismo”, que señalaba cierta pertenencia a la tradición marxista, hasta desaparecer de su acervo.

La ruptura con toda referencia “positiva” al marxismo se consolida en Nuevas reflexiones sobre la revolución en nuestro tiempo (1990), escrito bajo los efectos reaccionarios del triunfalismo capitalista que acompañó a la caída del muro de Berlín y de los regímenes estalinistas. Allí se afirma que el ciclo abierto por la revolución rusa se ha cerrado definitivamente. La “estrategia socialista” es reemplazada por la “construcción de una democracia radicalizada y plural” en un sistema capitalista en que se combinen la “intervención estatal y los mecanismos de mercado”. Por cierto, ninguna novedad.

 

Un esquema formalista discursivo de lo “social” y lo “político”

Laclau y Mouffe parten de la idea de que los cambios sobrevenidos como producto de la ofensiva neoliberal –la fragmentación de la clase obrera y su retroceso– y los horrores del estalinismo, habían puesto en cuestión las “verdades” que habían fundamentado la práctica del marxismo, y que este estaba en una profunda crisis porque su “esencialismo clasista” le impedía comprender las luchas “particulares” de los nuevos movimientos sociales –feministas, ecologistas, étnicos, gays, etc.– que se habían transformado en los sujetos antagonistas.

Según Laclau este “esencialismo clasista” y la reivindicación de la dialéctica llevaban a una concepción totalizadora de una sociedad reconciliada consigo misma, lo que hacía del marxismo una teoría positivista más, viciada de objetivismo y potencialmente totalitaria, como había demostrado el estalinismo. Sin dudas, la burocratización de los Estados obreros, el aplastamiento por parte de la URSS de la revolución política en Hungría, Checoslovaquia y Polonia, la hegemonía teórica del “diamat”, el carácter retrógrado de los partidos estalinistas ante la opresión sexual y de género, entre otros elementos, colaboraron con la transformación de esta caricatura economicista del marxismo en un sentido común.

Laclau cree encontrar la salida a este supuesto determinismo teleológico que le atribuye al propio Marx en la postulación de la constitución discursiva de lo social, autonomizando completamente la esfera de lo político con respecto a las relaciones sociales de producción2. La propiedad privada y la explotación del trabajo asalariado pierden toda centralidad, los puntos de antagonismos se multiplican y no hay ninguno que necesariamente tenga preeminencia.

La aplicación del “giro lingüístico” a las relaciones sociales y políticas dio como resultado un modelo abstracto y algebraico del campo de lo “político” regido por las leyes del discurso, sintetizado en la “lógica hegemónica”, que como toda “lógica” funciona de manera independiente de las determinaciones históricas concretas que solo vienen a “llenar” de manera azarosa las categorías vacías. Para decirlo en pocas palabras, si el economicismo reducía lo político a la economía, el gris determinismo lingüístico reduce la acción política a las figuras rígidas de la retórica –metáfora, metonimia, catacresis, sinécdoque.

Este esquema formalista, a pesar de la densidad teórica que le da la utilización de conceptos opacos para el común de los mortales, extrapolados de la teoría lacaniana3 (significante vacío, significante flotante, significante amo, objeto petit a, point de capiton, etc.), es relativamente sencillo. Como había planteado Saussure para el lenguaje, no existen los términos positivos, sino diferencias. Para establecer algún sentido este sistema debe ser cerrado, de lo contrario sería imposible el lenguaje. Trasladado a lo social, este también es una totalidad del conjunto de las diferencias, cuyo límite no puede ser otra diferencia sino algo excluido de manera radical y que permite que las diferencias constituyan un campo unificado. Sin embargo, esto que parece una solución sencilla no lo es, porque la existencia de un elemento excluido establece equivalencias entre todas las diferencias con respecto a él, y esta equivalencia es lo que cuestiona la relación diferencial entre los elementos de la totalidad, es decir, lo mismo que constituye el sistema lo cuestiona, por eso esta totalidad es imposible como dato dado y surge como efecto totalizante en la tensión entre diferencia y equivalencia. Este efecto de cierre de la totalidad es posible cuando una diferencia individual (particular) asume la representación de la totalidad (universal). Justamente, la relación por la cual una particularidad reclama universalidad es lo que Laclau llama la relación hegemónica. Cuanto más vacía de contenido sea la demanda particular (significante vacío) más potencialidad tiene de articular diversas cadenas de equivalencias (otras demandas particulares) en una lógica hegemónica. Esas demandas que dividen el campo político no siempre permanecen en el mismo sistema de articulación, por ejemplo, una demanda de empleo puede transmigrar de una articulación política de izquierda a una de derecha, corriendo la frontera interna de división política; en este caso actúa no como “significante vacío” sino como “significante flotante”.

En este esquema siempre hay un elemento que queda fuera de la cadena, que es irrepresentable y que termina por obstaculizar la expansión de la cadena de equivalencia, lo que es lo mismo que decir que cuestiona la hegemonía constituida y plantea la reformulación del campo político. Para Laclau, el proletariado tal como lo concibió Marx no podría jugar ese rol porque no es un “excluido radical”, sino que es parte necesaria del desarrollo de las fuerzas productivas, por lo tanto, lo que puede amenazar toda la cadena es el residuo excluido, es decir, el lumpenproletariado.

La “hegemonía”, como operación política por excelencia, es redefinida en términos de “articulaciones políticas contingentes” de sujetos múltiples particulares cuya identidad es precaria y fragmentaria. Esta misma operación funciona en la “democracia plural” en la que un conjunto de demandas por similitud se unen en cadenas de equivalencias, y también en el populismo, donde quien asume el rol de significante vacío que permite construir la cadena de equivalencia del “campo popular” es un líder que mantiene la ambigüedad suficiente para permitir múltiples identificaciones.

 

Hegemonía, clases y “estrategia socialista”

El efecto de esta operación de autonomización absoluta de lo “político” con respecto a los intereses materiales de las clases sociales fundamentales como determinantes en última instancia no fue, como pretendía Laclau, la deconstrucción de todas las clases y agentes históricos y su configuración contingente en articulaciones inestables y precarias, sino la afirmación de la primacía de la hegemonía burguesa por la vía de reforzar la operación de dominio por excelencia de la clase capitalista: el ocultamiento de sus intereses particulares de clase detrás de un supuesto “interés nacional”, o de cualquier otro “significante vacío” que tenga como efecto la unificación de un “campo popular” y que establece una “frontera interna”. Esta operación discursiva supone crear un enemigo fantasmagórico (la “oligarquía”, los “grupos económicos”, los “vendepatria”, los “zurdos”, etc.) para evitar que los explotados ataquen a sus enemigos reales, a su personal político y al Estado. Por esto, ya sea bajo las formas de la “democracia radical” o del “populismo”4, es decir, del bonapartismo, esta articulación hegemónica supone la conciliación entre explotadores y explotados, y por lo tanto la hegemonía política de la clase dominante. La encarnación de este interés nacional en el Estado, que se presenta de esta manera como un terreno neutro, lo habilita como “locus” para la lucha por la hegemonía. El divorcio entre lo social y lo político se expresa en dos tendencias de la teoría política “radical” igualmente impotentes para derrotar a la clase capitalista y su Estado. Mientras que el reformismo de Laclau expresa la “ilusión de lo político”, el autonomismo expresa el momento de la “ilusión de lo social”5. Negri postula la “inmanencia” de lo político en lo social, plantea que la esfera político-estatal ha dejado de existir y que la “multitud” como un agregado

de singularidades actúa sin necesidad de ninguna mediación ni representación política. Considera superada la forma “soviet”, porque la democracia se ejerce de manera directa, y obviamente la forma “partido” como necesidad de organización política de los trabajadores y los explotados. Sin embargo, una vez en el “mundo real”, donde la representación política y el Estado (burgués) tienen una materialidad innegable, Negri termina proponiendo optar por algún “mal menor” burgués.

La discusión de hegemonía no está reservada a la teoría política “radical” o a los debates entre intelectuales, sino que tiene una importancia estratégica fundamental para pensar cómo construir una “voluntad colectiva” que les permita a los explotados hacerse del poder político y sentar las bases de un nuevo Estado y una nueva sociedad6.

Este debate, como reconoce el mismo Laclau en Hegemonía y estrategia socialista, tiene una larga historia en el marxismo ruso y en la III Internacional. Pero al contrario de su interpretación de la hegemonía como articulación política independiente de todo contenido de clase, en la tradición del marxismo, incluso en las formulaciones más ambiguas de Gramsci, postular la hegemonía para la toma del poder adquiría su sentido en una sociedad dividida en clases, ya que implicaba definir a qué clases y fracciones de clase el proletariado se proponía “hegemonizar” (dirigir) y contra cuáles debía ejercer su dictadura (dominio). Esta hegemonía obrera no puede ejercerse desde lo social, sino que implica la necesidad de un partido revolucionario y un programa que tome las reivindicaciones sociales y democráticas de los sectores explotados y oprimidos y transforme al proletariado en clase dirigente de la alianza obrera y popular.

La explotación capitalista no es un “relato” y no hay artilugio discursivo que permita ocultar eternamente los intereses de clase que defienden quienes gobiernan. El giro a la derecha del gobierno de Cristina y su ida a los “mercados”, al que ve con buenos ojos el conjunto de la burguesía y el FMI o las políticas antipopulares del gobierno de Maduro en Venezuela, anunciadas en el marco de una reunión con lo más granado  del empresariado y el golpismo local, están anunciando el fin de la “ilusión populista”. Para no repetir tragedias históricas la clase obrera y los sectores explotados deben tener en claro quiénes son sus enemigos.

VER PDF

1. Para una evaluación sobre la trayectoria políticointelectual de E. Laclau ver: O. Acha, “Del populismo marxista al postmarxista: la trayectoria de Ernesto Laclau en la Izquierda Nacional (1963-2013)”, Archivos de historia del movimiento obrero y la izquierda 3, Año II, septiembre de 2013.

2. Para una crítica a esta concepción discursiva de lo social ver E. Meiksins Wood, ¿Una política sin clases? El postmarxismo y su legado, Bs. As., Ediciones RyR, 2013.

3. Laclau toma de Lacan la definición de cadena significante como estructura del deseo para pensar su lógica de las equivalencias y la articulación hegemónica. Para simplificar, digamos que el significante es polisémico y el sentido se desliza en la cadena significante por operaciones de sustitución como la metonimia y la metáfora. Sin embargo existen puntos donde el desplazamiento de la cadena se detiene, el significante se “anuda” a un significado y produce una significación. Este es el llamado point de capiton o punto de almohadillado.

4. Algunos de los ejemplos históricos de populismo que plantea Laclau podrían reinterpretarse a partir de la categoría de “bonapartismo sui generis” que Trotsky elaboró para caracterizar al régimen de Lázaro Cárdenas en México, y que es extensible al análisis de otros movimientos nacionalistas burgueses como el primer peronismo. Ciertos rasgos de bonapartismo sui generis tuvo también a los inicios el régimen de Chávez en Venezuela.

5. En diversas oportunidades Laclau polemizó con otras variantes de la teoría política “radical”, fundamentalmente con su exdiscípulo, S. Zizek, a quien le criticó su eclecticismo teórico, y con T. Negri, señalando que la horizontalidad de lo social tiene una articulación vertical en la política. Zizek le ha discutido correctamente a Laclau que en la multiplicidad de luchas e identidades (feministas, ecologistas, étnicas, LGTB, etc.) la lucha de clases no es un elemento más en esta cadena de equivalencias sino que tiene preeminencia para la lucha anticapitalista. Ver Contingencia, hegemonía, universalidad y La razón populista.

6. Sobre los debates actuales en torno a la hegemonía proletaria ver Gastón Gutiérrez, “Sobre la actualidad de la ‘apuesta leninista’”, Lucha de Clases 6, 2006, y Juan Dal Maso y Fernando Rosso, “La hegemonía light de las ‘nuevas izquierdas’”, IdZ 8, 2014.

2 comments

  1. Tadeo 27 junio, 2014 at 00:50 Responder

    Excelente artículo. Entendí muchas cosas y se me hicieron claras ideas que no lograba comprender. La última oración es contundente y lapidaria. Un placer leerlos.

Post a new comment

Te puede interesar

Un protocolo para blindar el ajuste

MYRIAM BREGMAN - Número 27, marzo 2016 - A poco de asumido Mauricio Macri, su ministra de Seguridad Patricia Bullrich dictó un “protocolo de actuación ...